martes, 28 de junio de 2011

El Pájaro que Vive en mi Cabeza y se Come mis Tareas


Mencionar las palabras horno y prendido en mi casa, es invitar a mi cuñado a contar el cuento de cuando dejé el horno de su cocina prendido durante todo un fin de semana. Tenía dieciocho años y ya ni recuerdo qué era lo que iba a cocinar. Sólo sé que lo prendí. Saqué la comida. No lo apagué. Nos fuimos. Al regresar ahí estaba, la manilla en no sé cuántos cincuenta. Un testimonio del milagro de un santo a quien debemos adjudicarle el milagro de que el apartamento no se quemó.

En esa cocina hice otro desastre. Fue un día que me dio por hacer sopa de tomate. Hice sopa como para alimentar a toda la cuadra, serví los platos. Comimos y el resto lo dejé en la olla. Se me olvidó pasarlo a un topper. Mi hermana no revisó. Nos fuimos de fin de semana, y al regresar el domingo allí estaba un nuevo planeta rojo dentro de la olla. Era uno de esos calderos de hierro, pero ni siquiera la estructura del metal pesado pudo combatir la fuerzas del nuevo ecosistema. Tuvimos que botar el caldero.

Sin embargo mi distracción no sólo causa tragedias culinarias. Más de una vez he buscado mis llaves hasta el cansancio para encontrarlas pegadas a la puerta de la casa o peor, a la puerta del carro. Sí. El carro estacionado en la calle. Y sí, tengo un cerrajero de confianza por aquello que me pasó varias veces cuando vivía sola, y que me obligaba a hacer una llamada que incluía las palabras: llaves. Adentro. Apartamento.

Ahora que no vivo sola me ha tocado llamar de madrugada y estructurar oraciones que incluyen: Llaves. Quedaron. Ábreme. Nada peor que la silueta de un empijamado de ojos lagañosos refunfuñando: “coño pana, ¿hasta cuándo?” Y siempre, siempre a la mañana siguiente: “Después de eso no pude dormir.”

Claro que los distraídos, generalmente tenemos una buena estrella que nos protege. Como la que tenía mi Motorola viejo, uno cuyo teclado se ponía azul cada vez que entraba una llamada y que vivía perdido dentro de mi cartera. Un día estaba saliendo apurada y mientras abría la puerta del carro todo el contenido de mi cartera cayó al suelo, incluyendo mi IPod.

Desgracia. El IPod sin protector no está hecho para rodar sobre el asfalto. Steve Jobs los hace bellos, pero no resistentes. Entre gritos de sifrina de Caurimare de “¡Mi IPod! ¡Mi IPod!” No tuve ojos para más nada. Además estaba tarde para una cita. Metí todo en la cartera. Me monté en el carro, comprobé que aún funcionaba el dichoso aparato musical y me fui. Claro que al acelerar sentí que el carro pasó sobre algo, pero en esta ciudad, si no es hueco es cadáver de perro. ¿Cierto?

Dos cuadras más tarde me digo: “voy a llamar a fulano.” Meto la mano en la cartera. No aparece. Normal. Sigo buscando. Estirando y recogiendo los dedos, palpando el estuche de maquillaje, las tabletas de Atamel, el paquetico de aguja e hilo, la entrada vieja de aquel concierto, tiquets de compras de mercado, una pintura de labios, una botella de agua, una caja de chicle, un libro, un bolígrafo. Todo seguía ahí. El extraño mundo de las cosas que habitan en mi cartera, junto a mi portamonedas, todas estaban presentes, menos una. El celular. Y lo supe. No había que buscar más, sino dar la vuelta en U y regresar a toda mecha al punto de partida.

Y allí estaba. El Motorola abierto como una lata de mantequilla. Afortunadamente estaba la pila por un lado y el cuerpo en estado crítico por otro. Los pronósticos de salvación no eran buenos. Al final la pila entró en su lugar y las teclas azules se prendieron una vez más. Ni Mitch Buchanan hizo rescates como ese en Baywatch.

Así tengo miles. Me ha pasado varias veces que me debato ante la pregunta “¿ya me tomé las vitaminas?” Ni hablar de las noticas que tengo que dejarme a mi misma: “hacer cita con el dentista.” “llamar a fulano.” “buscar ropa en la retoucherie.”

Claro que por otro lado no se me olvidan cosas del trabajo, ni que tal día llega la nueva de Murakami a Entre Libros, o que a las 8:30 pasan Law and Order SVU para llenar de algo sórdido nuestras vidas. Las cosas relacionadas con la pioja, generalmente no se me olvidan. Aunque hay una que otra que se me va de las manos.

No sé por qué me pasa eso. No sé por qué vive un pájaro en mi cabeza. Sé que se alimenta de historias porque todo el tiempo ando pensando en ellas. Eso sí lo tengo claro, pero no sé cómo hacerlo parar. He intentado agendas y la alarma del celular, noticas post-it regadas y cuando usaba reloj me lo cambiaba de mano.

Al final, soy una persona distraída. He chocado dos veces en una cola al carro de adelante porque pensando en la inmortalidad del cangrejo no me di cuenta que el carro se estaba moviendo. He ido al mercado a comprar leche y regresado con huevos, facilistas, gomitas, galletas Oreo y al abrir la puerta del garaje, luego del gritpo de “¡Moderrrrfoooockeeeeeeeer!” me he tenido que regresar a comprar la leche.

Me ha pasado que salgo del trabajo a buscar a mi hija y arranco camino a la casa sin darme cuenta para dónde voy. Es más, me ha pasado que salgo de mi casa y las cuatro cuadras me digo “¿a dónde iba?” También me ha pasado que me digo, “son diez para las seis, yo tenía que hacer algo a las seis…¡noooo! ¡Era ayer, a las seis de ayer!”

Sí. No me recomiendo como enfermera. No soy la persona indicada, ni tampoco esa que a la que le dices “recuérdame que tengo que…” como cuando mi esposo me dice “mañana me despiertas a las 7:30” y a diez para las ocho yo entro y digo “te dejé dormir un pelín más.” Pero él ya sabe. No es que no lo quiera dejar dormir un pelín más, es que el pájaro que vive en mi cabeza se comió la tarea.

lunes, 27 de junio de 2011

Tan Clara como mi nombre


Si me hubieran puesto Carolina, o María Gabriela, o incluso Clarissa. ¿Hubiese sido distinta mi vida? A veces me pregunto, qué hubiese pasado de haberme tocado responder a un nombre como Claudia, o como Carla, nombre que me adjudican a cada rato por ser anagrama de mi nombre.

¿Nos afecta realmente nuestro nombre? ¿O es algo totalmente accidental? Lo pienso sobre todo ahora que estoy a punto de ser mamá de nuevo y que me toca una vez más, junto a mi esposo, poner un nombre. Más de una vez nos hemos encontrado en plan de que los Álvaros son esto, los Carlos son aquellos, o tal nombre me recuerda a fulano que realmente no me cae bien y no le quiero poner ese nombre a mi chamo.

¿Es así? Yo no he conocido a una Daniela tímida. No he conocido a una Cristina que no tenga una personalidad fuerte. Las Michelle que conozco son todas mujeres de mucha determinación. Las Carolinas son dulces y melosas, por más que algunas intenten negar que no lo son.

Con el perdón de los Tomás, no es para que se ofendan, le puse Tomás a mi perro porque me parecía un nombre intelectual. No sé por qué, ni de dónde lo saqué, simplemente me dije, es barbudo, tiene cara de Tomás.

Lo mismo pasa con esas mujeres que son totalmente exóticas y que pueden llevar nombres como Ivana, Marena, Viola, Ornella. Hay nombres como esos, que si se los pones a tu hija y sale fea la terminas de condenar. Porque una cosa es que la Miss Venezuela se llame Milka Chulina, y otra muy distinta es que Milka sea la niña gordita, bajita, con ojos hundidos, cutis desastroso y dientes de piraña, a quien cada vez que le quieres presentar un amigo te contesta “ni de vaina.”

Valeria, siempre me pareció un nombre de niña soñadora y ordenada, mejor dicho, el adjetivo de las Valerias es prolijas. En cambio las María Gabrielas por alguna razón nunca me parecieron tan pulcras.

En cuanto a los hombres, los Daniel siempre son tremendos y desastrosos. Los Eduardos, ni hablar, siempre hay un Eduardo problemático en la familia. Los Carlos son los decididos y los Franciscos son intensos y de mucho carácter. Los Guillermos son siempre unos caballeros, no conozco a ninguno que me haya hecho decir, este es tremendo patán.

Después está la gente que tiene su nombre pero que pasa la vida entera con su sobre-nombre, su diminutivo o apelativo de cariño, las titis, las cuchis, las mini, las nana, los cookie, los y las dani. Las personas con diminutivos siempre son queridas, amigueras, bonchonas, de las que quieren estar siempre en todos lados.

Luego vienen los que tienen sobre-nombre por algún rasgo. Todos tenemos en nuestra vida un gordo, un chino, un negro, una flaca, un mocho, un catire, y así sigue la lista. Cada uno vive con su apodo, sin complejos, porque sabe que se lo dicen por cariño, por echar broma, porque nosotros somos así y son del tipo relajado, que al final todo les resbala, aunque de vez en cuando se pican y no tienen tanto sentido del humor como parce.

Claro que tal vez no sean las Dianas, los Manueles, los Domingos o las Marianas conjuntos cerrados de nada. Sino uno mismo y su forma de encasillarlo todo. Seguramente más de uno tendrá mil ejemplos para contradecir mis ideas sobre los nombres, cuando me hablen de la Cristina tímida y callada, del Eduardo serio y emprendedor, del que fue el El Negro toda la vida en el colegio y cuando se lo encontraron veinte años más tarde y le dijeron “¡Epa Neegrooo! Tanto tiempo. ¿Te acuerdas qué tiempos aquellos?” El tipo les salió amargadísimo, “no me llames así vale.” Resulta que nunca la pareció gracioso el tema, y más bien lo volvió un acomplejado.

Nada de esto es científico. Sé que no hay respuesta para mi pregunta, ¿mi vida habría distinta con otro nombre? Quién sabe, lo que sí es que yo soy clara en muchas cosas. Hablo de forma muy Clara. A veces demasiado. Mis expresiones son muy claras, no me guardo nada.

Pero es raro, porque no sabría decir si en general las Claras están claras.

viernes, 24 de junio de 2011

¿Quién dijo Pavoso?


A veces escribo cosas y me da miedo que mi pluma tenga algún poder cabalístico. ¿Y si escribo algo que después me pasa? Confieso que acabo de borrar todo un post. Lo volveré a escribir cuando ya esté segura que lo que estaba escribiendo no va a venir a morderme una nalga. Cuando sintiéndome pueblerina y absurda diga, ok, basta de ignorancia, basta de creer en brujas, estamos como grandes para eso, vergüenza te debería dar.

Pero ¿qué puedo hacer? No me considero una persona supersticiosa, pero sí soy de las que cada vez que toca la sal, echa un poquito con la mano derecha por encima del hombro izquierdo. Jamás dejo los zapatos al revés, ni encima de la cama. Tampoco me gustan los sombreros encima de la cama, y me aterra abrir paraguas dentro de la casa, cosa que podía matar a mi abuela.

Respeto a los gatos, pero los negros me producen una gran desconfianza y si tienen ojos verdes peor. Lo siento Misifú, no es culpa tuya, a veces el ADN nos juega unas malas pasadas, como también lo hace aquel niño que te cuenta que un gato negro con ojos verdes es el diablo. Y uno, casi treinta años más tarde no lo cree, pero tampoco vas a ir ver si es verdad.

No me gustan las peceras y bajo ningún concepto puedo aceptar que después de un viaje a la playa metan en la maleta conchas, y muchísimo menos botutos. No es sólo que aquello me parezca cursi, eso es lo de menos. Es que hace tiempo escuché la idiotez de que lo del mar se debe dejar en el mar y me lo creí.

Cada quien tiene su código de pava. Mi papá tiene varios, el más extraños es el que dice que las alfombras de animales son pavosas. Durante mucho tiempo tuvo una que mi mamá había sacado de no sé donde. Creo que era una cebra o algo así, lo cierto es que cuando Chávez ganó las elecciones los gritos que se escuchaban por la casa eran “¡La aaaallfoooommmbraaaaaaa! ¡Laaaa aaalfooombraaaaaa! ¡Yo sabía que algún día nos iba a joder la aaaalfooombraaa!” Hace doce años la alfombra salió y el susodicho no, sin embargo, ni hablar de exculpar a la pobre cebra por haber terminado como chichón de piso. La culpa de las desgracias del país la tiene ella.

Cada familia además tiene su tema. De mi esposo heredé la de que no podemos pasarnos de mano a mano objetos que corten porque peleamos. Ni tijeras, ni cuchillos, ni nada por el estilo. Primero lo pones en la mesa, después te lo pasas.

Tengo una amiga que se desmaya si pone la cartera en el piso, y por otro lado está mi mamá que sí la pone en el piso y sólo te acepta que no la pongas si es para que no se ensucie.

¿Qué nos hace creer en estas cosas?. Algo que va más allá de la religión, de nuestras convicciones sobre la ciencia. Tal vez sea algo cultural o puramente humano. Lo cierto es que cada quién tiene su ritual y su estrella, sus ideas prohibidas, y la fuerza con que influyen en nuestra vida depende de cada quién. Al final cuando obtenemos un logro, siempre le damos gracias a alguien que va más allá de nosotros.

Yo siempre cumplo con mis pequeños rituales anti-pava, mi teoría es que después de todo no se pierde nada. ¿no?

miércoles, 22 de junio de 2011

¿Qué son los alerones de un carro?



¿Cuántos años pasa uno en el colegio? ¿Quince? Entre los cinco de bachillerato y los seis de primaria, más los tres de preescolar, más o menos por ahí va la cosa. Después uno llega a la universidad y pasa entre cuatro y seis años más, dependiendo de cada caso, aprendiendo a ser “alguien” en esta vida.

En esos años uno aprende operaciones básicas de matemática para que no te jueguen burro mocho cuando te dan el vuelto en la panadería, movimiento de rotación y de traslación, la fuerza de gravedad, los animales vertebrados y los invertebrados, el uso de la coma, las principales batallas de la historia, los Chibchas, los Timotocuicas, los Araguacos.

Una biblioteca entera de información que en realidad es fundamental, que te da, o al menos te debería dar una visión de mundo, una noción del país que quieres, que tienes, una forma de ser alguien en la vida. Eso que llaman cultura, educación, un medio de defenderte intelectualmente y que no venga cualquiera a embaucarte con el primer discurso que se le ocurra dar.

En eso estamos de acuerdo. Aunque uno no se da cuenta sino hasta mucho después, que a pesar de la alergia que te pueda haber producido el álgebra y la trigonometría, o el hecho de que hayas dormido de 11:00 a 12:30 corrido los martes de todo un año, mientras daban Historia Universal, la verdad es que el programa escolar es hermoso.

Luego un día estás frente a una caja que dice Peg-Perego con un coche adentro, y al abrirla piensas “eres una persona con grado universitario, que sabe perfectamente la tabla periódica, que puede incluso hacer una buena comparación entre la revolución austríaca de 1948 y la revolución checa de 1989. Un coche, un simple coche para ti no es rollo.”

Cuarenta y cinco minutos más tarde, estás junto a otra cabeza, esta tiene post-grado y todo, cayéndole a golpes a las piezas, porque a pesar de la contabilidad uno, dos y tres, de cálculo, del libro de Miguel Ángel y el Techo del Papa, armar un coche es algo que lastimosamente no te enseñan en la universidad.

Allí me paré y le dije “no sé un coño de esto, sólo sé que si ahí hubiese estado el bebé lo matamos.” Eventualmente dominamos el coche. Aunque todavía de vez en cuando lo batuqueo presa de un ataque de histeria cuando se rehúsa a abrir, cosa que según el papelito debería ocurrir con tan solo apretar un botoncito.

Claro, que siempre llega a alguien para bajarte el ego académico, mete la piecita que tú no viste o interpreta el dibujito estúpido en dos segundos y tú te sientes como la Miss Carabobo que empezó su discurso “ante que todo.” Es ahí cuando te pones a ver la cantidad de cosas que deberías saber y no sabes.

Cambiar un caucho. Plomería básica. ¿Qué coño son los alerones de un carro? Yo sé radiador, bornes, agua, aceite y correa del tiempo. Claro sé que existen y que son vitales para que prenda, pero más allá de eso, hasta que no echa humo para mí no se ha dañado. Y me quedo pensando, ¿qué coño voy a hacer si se me espicha un caucho a las nueve de la noche en la Ciudad de la Furia? Hablarle al gato, y decirle “amigo, al final del día yo soy superior, porque yo sé quién es Wasily Kandinsky y tú no.” De nada sirve, y cuando llega el mecánico, con todo y mi Kandinsky él es superior a mí, más allá de la toga y la tiradita cursi del birrete.

Y cuando nos convertimos en padres es peor. Ahí sí es verdad que te das cuenta de que no sabes nada. ¿Cuántas cucharadas de fórmula se le echan al tetero? De repente te viene a la memoria aquella clase en que vagamente se habló de Centímetros Cúbicos, pero jamás los llamaron CC, y nunca nos dijo la profe que eran lo mismo que ml. ¿O sí lo dijo? Y te ves obligada a hacer esa llamada que te deja en lo más profundo de la escalera de la idiotez: Dr. quería corroborar con usted, por aquello de que no quiero envenenar a mi hijo, cuando usted me dijo CC, y la inyectadora dice ml; ¿es lo mismo verdad?

Olvídate de lo que es montar y desmontar una sillita de carro. Hacer dos colitas en la cabeza de una niña que no para de moverse, y la pregunta de ¿qué le meto en la pañalera? ¿después de cuánto tiempo se echa a perder la leche? ¿De verdad tiene sentido esterilizar un tetero para llenarlo de agua de la nevera? ¿Para qué lo baño con agua hervida, si la bañera no está esterilizada? Y por favor no empecemos con le lectura del termómetro, porque ni el hombre mercurio está preparado para todas las teorías sobre si 37.5 es normal, quebranto, frío, fiebre o mejor esperar a un 39.5 para salir de dudas.

En mi caso que soy un ama de casa fatal tengo otra cantidad de cosas que añadir a la lista. Ni idea del riego y del cuidado de las plantas. De regalo del día de la madre me dieron un potecito, se supone que tenía que crecer una matica. No ha salido nada. ¿Eso es normal? No sé quitar manchas, más bien sé regarlas, pero se me incrusta cuando el mundo entero empieza, échale salsa soya, soda con limón, rézale tres Padres Nuestros.

Lo cierto es que a veces siento que el colegio debería enseñarnos a pensar más, a hacer más y a repetir menos. No es que lo que hayamos a aprendido no sirva, pero no es suficiente. Tal vez es que el mundo es un lugar tan amplio y uno un ser tan limitado que jamás para de aprender. Sí. Quizás es eso. Que uno nunca puede asumir que lo sabe todo, irónicamente es ahí cuando más equivocado estás.

lunes, 20 de junio de 2011

Del Fiasco del Literato, al chico que no lee, al chico que me lee.


Después del fiasco del literato. Después de aquella noche en que entré llorando a mi casa. Los zapatos en la mano, el sonido del motor de su carro arrancando a toda velocidad, me dije “me voy lo voy a buscar bien básico. Me lo voy a buscar que no lea.”

Y no tardé mucho en encontrarlo. Una noche en un bar acompañando a una amiga en un despecho, (el mío era top secret, no se lo había dicho a nadie, tal vez porque en esa época no tenía blog, tal vez porque me costaba reconocer que había perdido la jugada con otro lector) apareció mi chico iletrado.

El pobre tampoco merece ese apodo. Analfabeta no era. Sólo que no tenía ni idea quién era Sandor Marai, las palabras La Educación Sentimental no le decían nada, Crimen y Castigo era una primera plana de periódico, y le había encantado La Letra Escarlata, la película (una de las versiones cinematográficas que yo más odio en esta Tierra).

Fue peligroso para mí salir con el chico que no lee. En primer lugar porque empecé a sentir que mi calibre cultural era más elevado de lo que realmente es. Nada peor que un ego que empieza a estirar sus propios límites. Es mejor verse siempre dos escalones por debajo de donde uno está, que pasarse de la raya, que escalar más alto del pico personal, de allí uno salta a las nubes y después no hay quien te pare. Cuando vienes a ver tus pies están lejos de la tierra, te has convertido en un cabrón y pierdes todo sentido de la objetividad. Te vuelves incapaz de mejorar.

Lo peor de todo es que al chico que no lee no le interesaba para nada mi mundo de lectura. Le aburría enormemente si comenzaba a contarle que después de un quinto o sexto intento con un cuento de Borges había comenzado a verle un sentido, nunca entendió por qué aquel carnaval él se fue con unos amigos y yo no salí de mi casa y me quedé tres días completos encerrada leyendo unas novelas británicas. El libro de Middlemarch le parecía más bien algo que debía ser utilizado para sostener las puertas abiertas. ¿Quién coño se lee un libro de mil páginas en una misma vida?

Jamás me acompañó a una librería y en cambio me arrastró domingo tras domingo a ver películas de perseguideras de carros, tiros, bombas, hombres que se convertían en no sé qué animales, algunas muy buenas por cierto, pero que a mí me resultaban tan desabridas como a él mis comentarios de “siente qué divino el olor a papel.”

Aún así. Intenté luchar por el chico que no lee, porque después de todo, me agarraba la mano en el cine, me abría la puerta, bailaba merengue muy sabroso y era un tipo inteligente. Que no supiera quién era Ciorán o que no se hubiera leído el Ulises no lo hacía tampoco un deficiente mental. Después de todo, yo todavía no he leído el Ulises, no porque no haya querido, sino porque reconozco con toda humildad que no he pasado de diez páginas. Hay cosas con las que uno no puede. ¿Entonces? ¿Quién era yo para reclamar nada?

Este chico hacía deporte, me invitaba a lugares bonitos, me llamaba con regularidad, parecía preocuparse por mí. Era una buena persona.

Un día simplemente nos dimos cuenta que ambos éramos muy buenos, pero que nos aburríamos juntos. No nos entendíamos. Éramos avestruz y ballena tratando de hablar el mismo idioma. Uno estaba en AM y otro en FM. No era la misma frecuencia, ni nuestras palabras querían decir lo mismo. Nos dimos cuenta que si bien nuestra mirada apuntaba hacia el mismo lugar, no estábamos viendo lo mismo.

Mi chico que no leía quería una mujer que se quedara en su casa. Le parecía que mi hábito de escritura era perfecto pues me mantendría suficientemente ocupada como para no molestarlo, pero con tiempo libre para hacerle la comida, lavarle la ropa y remendarle las medias. Veía en la literatura una especie de “vida propia femenina… de la que no estorba.”

Lo mismo sucedía con las clases que daba a menudo para redondearme. “Es el trabajo perfecto para una esposa.” Me dijo la última vez que lo vi.

No sé si fue la palabra esposa lo que me espantó, pues en ese entonces yo apenas tenía unos meses de haberme separado. No me veía como la esposa de nadie. Después de todo había intentado ese modelo y no me había gustado. Yo estaba buscando un papel más protagónico en la vida del objeto de mi afecto. Algo estilo compañera, amiga, algo que implicara una sociedad a partes iguales, en la que nos repartimos los costos y las ganancias.

Recuerdo perfectamente que estábamos en Café Olé y después de aquella conversación no hizo falta decir nada. No hizo falta terminar, fue como una especie de epifanía. Él supo que sus comentarios no habían calado bien, que yo no me iba a quedar con eso y supe que él jamás iba a tolerar alguien que le peleara una convicción tan profunda.

No hubo drama. Simplemente no nos volvimos a llamar y allí murió todo. A las dos semanas una amiga que vivía afuera me preguntó si había salido con alguien, y cuando le dije el nombre del personaje su comentario fue “mira, ¿para qué te pones a salir con ese tipo? Si no pega nada contigo, ese chamo no lee.”

Ella me presentó otro que supuestamente si leía. Con ese estuve un tiempo más, pero al final me di cuenta que era del tipo lector tóxico. Porque era de uno de estos lectores que lee, pero no lee. Es decir, acumula libros y recopila autores, pero no piensa en lo que lee. No digiere. No evoluciona.

A ese sí le terminé con verbo, sujeto y predicado. Me aburrió la olimpíada del saber. La especie de competencia. Ese tampoco me regaló libros, ¿para qué? ¿Para que yo los leyera y estuviéramos como en tenis, “30 all.”? Él no se arriesgaba a eso. Era de estos que necesitan que tú estés clara que él sabe más. Además, esa barajita de la pareja que compite contigo también la tenía. Y de verdad que las barajitas sentimentales repetidas son una pérdida de tiempo.

Más adelante me conseguí a mi chico que lee, a mi chico que le gusta que yo lea, a mi chico que respeta mi mundo literario, a mi chico que no es intruso en mis textos, sino que cuando entra ellos lo hace como un cordial invitado, pero uno de esos invitados que te dice con toda sinceridad si a la sopa le falta sal.

Sí era importante encontrarme al chico que lee. Porque es el que tiene la inteligencia de dejarme ser yo misma, de quererme como soy, de respetar mi espacio y dejarme soñar. Y ese nivel de inteligencia sólo te lo dan los libros.

Yo soy feliz con mi chico que lee. Mi chico que me deja leer. Un día se apareció con El Último Encuentro de Sandor Marai y me dijo: no lo he leído, pero cuando le describí al librero cómo eras tú, me dijo que seguramente te iba a gustar. Ahí me cayó de golpe, lo más importante es que el chico que lee, te lea a ti.

De vez en cuando nos consigues boca arriba, luces prendidas, libros en mano. Es en esos momentos en que yo siempre hago una pausa y pienso: la vida a veces es una mierda, pero a veces, es sencillamente perfecta.


viernes, 17 de junio de 2011

Salir con el chico que lee


Esto lo escribí en respuesta al artículo Salir con la chica que lee / salir con la chica que no lee.

Quedaste con él a las nueve de las noche. Se apareció a las 10:15 y tú estabas decidida a recibirlo en pijama con un reproche que no se le iba a olvidar nunca más, porque a ti nadie te hace esperar. Pero algo en el SMS que él te envió te hizo cambiar de opinión, te ablandó. Te vino a buscar. Se bajó, y algo en su forma de moverse, de abrirte la puerta, la frase que soltó para pedirte perdón, incluso antes que tú pudieras emitir cualquier sonido, logró que te montaras en el carro sonriendo como el gato Cheshire. Si ese es tu caso no cabe duda. Estás saliendo con un chico que lee.

El chico que lee habla como en olas. Todas sus frases oscilan y están bien construidas, te confunde, te dice cosas que te hacen jurar que lo tienes donde lo quieres, que está perdidamente enamorado de ti, pero cuando te pones a analizar lo que te ha dicho te das cuenta que no ha dicho nada.

El chico que lee sabe que a las mujeres nos encanta sentir que nos hacemos las duras, pero que al mismo tiempo tenemos un lado masoquista que nos domina, que nos arrastra hacia lo que nos hace daño. Ese lado que espera, que sufre, que mira el teléfono cada cinco minutos, que brinca cuando suena el timbre, que se aplica cera caliente por el cuerpo y arranca aguantando el dolor físico a cambio de un placer prometido para más tarde.

El chico que lee sabe que nuestro instinto es sacrificarnos.

El chico que lee te hace sentir que tienes que estudiar para estar con él, para competirle, para estar a su altura. No importa si lees o no, el chico que lee siempre te hace dudar de tu calibre cultural. Y lo hace porque entiende perfectamente que la mujer es competitiva por naturaleza.

El chico que lee es Quijotesco, te dice que a todos los hombres les gusta algo de competencia, batirse por su dama, sólo que hoy en día no lo hacen con lanzas y caballos y toda esa parafernalia, sino que lo hacen en discotecas a empujones que no siempre terminan bien, y en el que tu adorado chico que lee termina molesto con una sola persona. Contigo.

El chico que lee te describe a la mujer de sus sueños de forma etérea, en condicionales, te habla de que quiere una compañera. Jamás te habla de esposa, ni mucho menos de hijos o de planes concretos. El chico que lee sabe que su éxito depende de que te imagines que vas a ser ella.

El chico que lee sabe que a la mujer le gusta que le hagan sentirse inteligente y valiosa, especial. El chico que lee sabe suficiente de Emma Bovary como para entender que las mujeres vivimos los textos que leemos, sobre todo los cuentos de hadas, y juega con eso.

El chico que lee no tiene que aplicar su inteligencia desarrollada para envolverte, lo hace inconscientemente. Te siembra frases y hasta escenas por todos lados. Te manda mensajes que prácticamente quieres guardar en un cuaderno, y lo hace en el momento justo. El chico te lee te llama cuando ya estabas a punto de declarar que había desaparecido, te despierta de madrugada para decirte que está pensando en ti. Aunque seas una más de tantas en su vida el chico que lee te hace sentir única. Te hace sentir un personaje de novela.

Los finales con el chico que lee siempre son dramáticos. Siempre hay una lágrima, siempre una expresión de dolor. El chico que lee te hace sentir que realmente le duele separarse de ti, aunque ya no soporte la cadencia de tu respiración, aunque quiera escribirle una carta a la casa que produce tu perfume para que lo saquen del mercado y no tener que respirar tu esencia más nunca. El chico que lee sabe de finales dolorosos. Al chico que lee hay que conquistarlo, porque el chico que lee no se deja conquistar.

El chico que lee es peligroso. Te va a mandar al foso de la depresión sin que te des cuenta. El chico que lee no es fácil. Cuesta mucho pelear con él, siempre tiene un argumento, una forma de escabullirse cuando quieres reclamarle algo, o de convencerte de que no tienes la razón, o incluso es capaz de dártela, sólo para que entonces te veas en la encrucijada de que lo magnánimo es perdonarlo. El chico que lee no se equivoca.

Salvo cuando pasa algo…cuando se consigue a una chica que lee. Supernova. Cuando dos que leen que se encuentran, ahí puede pasar cualquier cosa.

jueves, 16 de junio de 2011

Adivinanza: Aunque trates de ella no te puedes escapar


A ver…¿Qué será?

No importa el tamaño. No importa dónde estés, no puedes escapar de ella. Si te miras al espejo se te aparece, en la forma tus ojos o en ese mueca que haces cuando algo te tiene frustrado. Es simple y a la vez complicada. Te crea problemas, pero siempre recurres a ella cuando necesitas solucionar algo. Por ella te enfureces, agarras rabietas de niño de dos años y juras que más nunca le vas a dirigir la palabra. Sin embargo sabes, que la vida sin ella es sencillamente imposible.

RESPUESTA: LA FAMILIA.

Sí. Ya a estas alturas sabemos que es mentira que el cordón umbilical lo cortan al nacer. Es un cuento que nos hacen creer para que nos traguemos nuestra independencia. Estamos ligados a nuestra familia. Por más loca, por más disfuncional, por más tradicional, por más extraña, por más lo que sea que nos haya tocado como parientes, están ahí de una forma u otra.

Antes la familia tenía un formato único, como si fuese una de esas planillas que llenas para sacarte el pasaporte.

- Mamá.

- Papá

- Hijos

Hasta hace un tiempo otros miembros no eran considerados. La gente no se divorciaba, muchos menos se volvía a casar. Y eso de casarse con alguien que ya venía de otra familia y que introdujera hermanastros, padrastros y cualquier otro tipo de “astros” estaba reservado a los drogos, los poetas, los actores de Hollywood y los rebeldes sin casusa. Los “pobrecitos” de la sociedad. Los locos.

Hoy en día el cuento es otro. Hoy en día el cuento de hadas dice: hasta que firmen una separación de cuerpos y bienes en el tribunal civil de su jurisdicción (o hasta que les den la conversión a divorcio porque se han visto casos).

La familia ya no es lo que era. Ya no hay que quedarse. Ni hay que calarse nada. Que uno quiera hacerlo es otra cosa, pero lo cierto es que si María encuentra a Pepe tirando con Ana su mejor amiga, se lo cuenta a su psicólogo que intentará ayudarla a tomar las cosas lo mejor posible. Lo más probable es que María le tire a Pepe todo el closet por la ventana del apartamento, y si Ana está más buena de lo debido a lo mejor procede a quemársela. Y adiós luz que te apagaste.

María odiará a Pepe un tiempo. Se dirán cosas horribles. Se tirarán el teléfono. Pepe actuará en un principio como un pollito descarriado, y después empezará a decirle a María que en el fondo ella le dio los motivos para montarle los cachos. Que se amargó, que se puso gorda o que se obsesionó con ser flaca y se puso bruta, que dejó de atenderlo y entenderlo, que si el amor sencillamente se acabó y Ana pues…joder como pasar por alto las tetas repotenciadas de Ana. Así es la vida.

Después de un tiempo Pepe y María tendrán que buscar un terreno común. Porque hay hijos de por medio, y si algo nos enseña la psicología infantil moderna es que pelearnos no nos lleva a nada. Y lo que es más, si algo nos enseña la vida es que el conflicto arruga, envejece y la peor venganza es la indiferencia y un novio que esté bien bueno o que tenga tremenda chequera.

Así que pronto Pepe y María incluirán en la celebración familiar a su media naranja. Le explicarán a los niños que la vida sigue, que no hay por qué odiarse, que lo más importante en la vida es que los niños sean felices, pero para que los niños sean felices los padres tienen que serlo también.

Porque después de todo, nadie quiere cargar con viejos amargados que se mean encima, eso que lo haga la nueva pareja en nombre del amor, mientras los hijos están a su vez jurando que ellos no se van a divorciar nunca a fin de no repetir el pastel que pusieron sus padres.

Y todavía habrá gente que se extrañará, que se preguntará por qué no hay odio, ni rencor, ni esa tirria tan natural hay que tenerle a ese que ya no es pareja. La verdad es que la familia moderna tiene algo que en mi opinión la hecho evolucionar, es que ya no reniega del pasado, ni lo esconde, y creo que eso lejos de confundirnos nos hace mejores personas.

Nos toca aceptar que “formar una familia” es algo que puede venir en cualquier formato y escala de colores. Con adopciones, segundas nupcias, noviazgos, y pare usted de contar. Huir de ello es imposible. Y al final del día, mientras más ecléctica más sabrosa, mientras más se acepta como es, más unida. Y hay que quererla porque moderna o tradicional de tu familia jamás vas a escapar.

miércoles, 15 de junio de 2011

No sé nada de política: Ahí está el detalle


Yo no sé nada de política. Ahí está, lo dije. Lo confesé. Lo admití. No tengo ni la menor idea. Ni Rajoy, ni Obama, ni Le Pen van a perder el sueño por mis opiniones. Lo vuelvo a decir, no sé nada de política.

Cuando digo nada. Es nada. Nada. No sé de estrategias, ni de campañas, ni de alianzas, ni de si la propaganda del político tal realmente tiene potencial de éxito. No sé si el pendón de la campaña municipal está bien hecho o no. No sé si es buena idea eso que están haciendo ahora, que suena el teléfono de tu casa y te sale una voz que dice “Hola es Menganito de Tal, desde nuestro partido Unidos por la Población vamos a mejorar tu vida y cambiar todo para que seas feliz, sólo tienes que darnos tu voto.” ¿Eso funciona?

No sé. Sólo sé que yo tranqué el teléfono porque me sentí un poco invadida, y sin ganas de escuchar un discurso que parecía venir cargado con “más de lo mismo.” No. La verdad es que no sé de política.

Sé de huecos en las calles. Sé que si salgo de mi casa después de las seis de la tarde, salgo aterrada. Sé que la educación y la salud públicas no educan a nadie, ni curan a ninguno. Sé que en cualquier momento se va a luz y tengo que verlo como algo normal.

Sé que nos caemos a pedazos. Sé que la corrupción está en todos lados, no nada más en el gobierno. Siempre hay alguien esperando que “no me den, sino que me pongan donde hay.”

Sé de canales de tv cerrados, sé de cambios de flechado absurdos, sé que cuando se tardan año y medio para arreglar una acera es que alguien está chupando de un presupuesto, sé de permisos de construcción que jamás debieron ser otorgados, sé de varias personas que operan negocios que no pagan impuestos, ni patentes, ni nada.

De eso sí sé. Lo sé porque lo vivo, y nadie me lo tiene que contar.

También sé de otra cosa. Sé de políticos. De ellos sé bastante. Esta camada de gente que está cazando puestos, nombramientos, oficinas, celulares, viáticos, poder de decisión, ruedas de prensa y todo lo demás.

Sé de discursos repetidos que no dicen nada estilo “vamos a transformar este país en lo que soñamos” “vamos a construir el país del siglo XXI” vamos a…vamos a…vamos a…

A veces uno se pone a escuchar cómo pintan el futuro y ni Aladino con una fábrica entera de lámparas podría pintarle a uno más deseos llenos de belleza. De esa paja si sé, hasta el punto que cuando me la quieren meter por el auricular del teléfono de mi casa mi reacción inmediata es tirarlo.

Entre otras cosas porque también sé que aquí hace falta unidad y aunque se habla mucho de eso, y el discurso de los que sí saben de política es “vamos a estar unidos para lo que viene porque es la única manera de salir de ello con éxito,” lo cierto es que cada cosa que hacen va en contra de todo lo que dicen.

Hay muy pocos, yo puedo contar dos o tres a lo sumo, que parecen darse cuenta de que este país está lleno de gente que al igual que yo no sabe nada de política.

No sabe nada del acuerdo entre el partido X y el Y. No sabe que las declaraciones de Perico de los Palotes vinieron en código para hacerle daño a Trucutrú Tralala o para picarle adelante a Barriga Verde. No.

Pero sí sabemos mucho del país que queremos, de los líderes que buscamos, de la eficiencia que esperamos en nuestros funcionarios públicos. De que en el fondo, a pesar de que al igual que les pasa a ellos muchas veces nuestras acciones van en contra de nuestro discurso, (como por ejemplo cuando hablamos de querer vivir en un país con orden y nos vivimos comiendo los semáforos en rojo) lo cierto es que estamos buscando soluciones a problemas básicos: seguridad, trabajo, educación, salud.

Lo vuelvo a decir: yo no sé nada de política. Sólo puedo afirmar que me pareció espantoso el pendón de tal o cual candidato.

Pero al final del día lo que yo sepa o no poco importa. Lo grave. Lo realmente grave es que los políticos no sepan nada de sus ciudadanos.

Como decía Cantinflas, “ahí está el detalle.”

jueves, 9 de junio de 2011

Los Libros: El agua de ese planeta que llamamos Alma.

Foto: Un amor platónico. Trabajo para concurso Una Foto x Día x 28 días

En tercer año de bachillerato nos mandaron a leer El General en su Laberinto de Gabriel García Márquez. Para ese entonces yo ya era un ratón de biblioteca, no porque haya nacido con ningún don en especial o como dirían por ahí “tocada por la barita” sino porque desde que tengo uso de razón me acostumbraron a que los libros eran algo divertido, maravilloso.

De hecho no puedo decir que esa edad agarraba grandes clásicos de la literatura. García Márquez fue mi primer autor serio, y amé ese Bolívar “humano, demasiado humano” delirando por la traición de “Casandro” mientras atravesaba el Magdalena para ir a morir.

Pero no fue siempre así. Llegar allí fue un viaje. Eso sí, jamás me presentaron los libros como algo aburrido o como una tarea, ni nada relacionado con el colegio o con la presión de sacar buenas notas, de hecho, no fui buena alumna sino hasta bien entrado el bachillerato cuando me fui a vivir al exterior.

Recuerdo la enciclopedia El Mundo de los Niños, una belleza de nueve tomos, cada tomo relacionado con un tema y cada tema identificado con un color. Recuerdo el tomo del cuerpo humano y el de los animales.

También amaba mis libros de cuentos clásicos, y desde chiquita también me impulsaron a amar los libros raros, como por ejemplo la versión que La Sirenita se llama Pescadosía, y cuyas ilustraciones oscilaban entre lo monstruoso, lo surrealista y lo bello.

El cuento oral también fue gran parte de mi vida. Mi papá y mi mamá jamás limitaron su imaginación. Cuando me fracturé un brazo a los siete años mi papá llegó a la emergencia y lo primero que hizo fue contarme uno de sus cuentos, de una familia inventada que vivía en el Amazonas. Por supuesto esa familia éramos nosotros, con nombres inventados pero adjudicados coherentemente. Y así, yo me pintaba en mi cabeza a través de su relato cazando tigres con un arco y flecha.

Una vez se fue a un viaje de trabajo a Guayana y me trajo una cesta con flechas. Y aunque por esas cosas que uno no entiende o porque es la ley de la vida más adelante la perdí, pero la guardo en mi memoria, un tubo que no tendría más de sesenta centímetros de largo, decorado con rayas negras y anaranjadas y que olía a algo que me hacía sentir como la del cuento. Como si tuviera otro yo. Tal vez esa fue la raíz de todo. Tal vez esa fue la primera vez en que jugué a ser otro. En que sentí en carne propia lo que era vivir la historia que me estaban contando.

Yo mi viví mi adolescencia literaria, Los 7 Secretos, los Hollister, VC Andrews y Barbara Taylor Bradford, mi mamá arrancaba las páginas que contenían las escenas explícitas de sexo, porque decía que aún no estaba lista. Ya después me cansé y me fui cambiando de género, hasta que un día no me quedó más remedio que caer en manos de la literatura seria.

De allí en adelante me ha pasado más de una vez que vivo mis libros o mis libros me viven a mí. Me ha pasado que los repito, o los cito, o les temo, me han mantenido despierta, me han hecho llorar, me han enfurecido, me han hecho cambiar de opinión o ver las cosas de una forma que jamás me plantee, me han hecho viajar, me han acompañado o me han empujado hacia la soledad y la melancolía.

No puedo pasar frente a una librería sin sentirme atraída como por un imán, por una fuerza superior, como una especie de gravedad, como si entre los libros y yo hubiese un compromiso ineludible de por vida.

Sí. Más de uno a lo mejor al escucharme hablar o al leer estas líneas pensará que peco de arrogante, porque después de todo el tema de la cultura muchos lo usan para atizar el ego y montarse en el Parnaso al que supuestamente sólo entran unos pocos, esos que hacen llamar “intelectuales.”

Para nada. Mientras más libros leo más pequeña me siento, pero no de esa pequeñez de autoestima baja, sino de una que tiene que ver con sentirse humano, falible, capaz de errar y lleno de defectos, pero a la vez infinitamente poderoso. Es una sensación muy extraña, pero un éxtasis comparado con pocos. Como si en el fondo del alma se removiera un fuego que arde con una llama incolora, inodora, con la potencia de generar un nuevo “Big Bang.”

Así de poderosa y de apasionante es la lectura. Así son los libros para mí, y cada día que pasa me convenzo más que vine aquí con un trabajo que tiene que ver entre otras cosas con promover la lectura. Con animar a la gente a leer. A leer cosas maravillosas. A distinguir entre los mensajes vacíos y manidos, y aquellos que como escribió Octavio Paz, nos obligan a hacernos las preguntas que todo ser humano debe hacerse. Lo que él llama los libros necesarios.

De repente entiendo que uno no nace humano. Uno se hace y se hace a través de la lectura. Y sí, a medida que el ser humano haga más contacto con la cultura, a medida que viaje y aprenda a preguntarse y a ver las cosas con ojo crítico (algo muy distinto criticarlo todo) el mundo será mejor. No hay otra forma.

Y el que no quiera creerme, lea y después hablamos. Sé que hablaremos de cómo los libros son el agua de ese planeta interno que llamamos alma. Y ya sabemos que para el hombre sin agua no hay vida.

lunes, 6 de junio de 2011

Preguntas de Una Tarde Cualquiera


¿Qué es la otredad? ¿Qué significa aceptarse y tolerarse? ¿Por qué en este mundo en que está tan de moda la paz interior, la autoayuda, el movimiento ecologista, la protección de los derechos humanos, la igualdad, la inclusión y todo eso, pareciera que el racismo está más latente que nunca? ¿Por qué pareciera que mientras más tratamos de convencernos de que somos iguales más diferentes nos vemos?

¿Por qué nos creemos educados cuando no sabemos nada? ¿Por qué nos creemos con autoridad para juzgar a los demás cuando nadie nos ha dado esa potestad? ¿Vamos a seguir creyendo que los estereotipos son verdad? ¿Realmente es tan difícil aceptar al que no piensa como nosotros? ¿No cabe la menor posibilidad de que en algunas cosas estemos equivocados?

Yo he visto fotos que mienten. Realmente lo he visto. Así que no. Una imagen no vale más que mil palabras. Una imagen vale lo que vale, dependiendo de quién la hizo, por qué la hizo y qué pretende hacer con ella. Las mil palabras valen lo que quien las dice o las escribe puede y quiere lograr con ellas. Te pones a ver y mil palabras no son mucho. Mil palabras no son nada. Este post tiene 570.

¿Por qué decimos amar una cosa y somos incapaces de defenderla? ¿Por qué el miedo a lo desconocido? ¿Por qué siempre tomar la palabra de otro como una verdad? ¿Por qué nos cuesta tanto hacernos una opinión propia? ¿Por qué siempre atacar en vez de defender?

Nos la pasamos atacando, linchando, juzgando, fustigando. A veces parece que viviéramos en una especie de coliseo romano, sin tigres, sin sangre y sin gladiadores, pero con las mismas ansias de devorarnos unos a otros. Déjame ver cómo hago para que quedes en ridículo, déjame ver cómo hago para caerte encima a ti por haberte equivocado. A ver si alguien se fija en tu error y el mío pasa desapercibido.

¿Por qué seguimos creyendo en mitos y leyendas? ¿Por qué seguimos copiando modelos equivocados? ¿Por qué nos cuesta tanto aceptar la realidad, si lo que nos está carcomiendo no viene de afuera sino de algo corroído en el alma?

¿Por qué es tan difícil dar paso? ¿Darle una silla a una señora? ¿Decir buenos días? ¿Entender que la señora malhumorada que te atiende está despierta desde las tres de la mañana y no sabe si va a volver viva a su casa? ¿Por qué nos jactamos de ser felices cuando no lo somos?

¿Por qué nos juramos amor eterno cuando somos mortales? ¿Por qué es tan duro resignarse a que el tiempo ha pasado y las cosas no son como antes? ¿Por qué no empezamos por reconocer que antes tal vez era una mejor versión de ahora, pero no éramos felices y por ende no podíamos saberlo? ¿Por qué no terminamos de aceptar que siempre podríamos estar peor?

¿Por qué nos cuesta tanto dar? ¿Por qué nos empeñamos en creer que podemos ser valientes y patanes? ¿Por qué las mentes tan cerradas? ¿Por qué el fracaso es tan temido? ¿Por qué hay que maquillarse siempre? ¿Por qué no ser sinceros de vez en cuando? ¿Por qué el miedo a ser uno mismo? ¿Por qué vanagloriarse en frivolidades todo el tiempo? ¿Por qué no aceptar de vez en cuando que los héroes hacen falta?

¿Por qué ser tan poca cosa? ¿Por qué resignarte a morirte sin ser nadie?


¿Por qué el miedo?

viernes, 3 de junio de 2011

Ficciones IV - Stops (¿quién era?)

Hola, D. ¿cómo has estado?, sonó su voz al otro lado del teléfono. Me pareció increíble su capacidad para hacer de mi nombre un sin sentido. Bien. No sé que le contesté. Cosas casuales. Hubiese podido contarle sobre el cadáver pero no lo hice. Simplemente estaba tratando de no ahogarme, de no atropellarme, de no sonar demasiado infantil, ni ridícula, ni desesperada, ni feliz, ni distante, ni sola, ni acompañada. Estaba tratando de sonar como él, para él, pero a la vez sin serlo. Un asco total.

Me invitó a almorzar y yo dije que sí. Otra vez la misma historia. La última vez habíamos terminado en la playa un miércoles a las cuatro de la tarde. Yo había dejado todo. Trabajo, diligencias, la cena con las amigas, el lavado que le había dado al carro, la agenda repleta que tenía la mañana siguiente, por irme con ese ser a pasar una noche en la playa. Una noche a la que siguió un fin de semana en el que yo juraba que por fin las cosas habían quedado en el lugar en que tenían que quedar, porque siempre estoy buscando el final de las cosas. El paso definitivo. El letrero de FIN. La calle ciega de la incertidumbre.

A ese fin de semana le siguió el silencio. Sin llamadas. Sin mensajes. Incumplida quedó la promesa de vamos a ir a juntos a tal o cual restaurante y te voy a llevar a casa de no sé quién para que veas un cuadro que quiero que veas. Yo me lo había tragado todo. Como quien traga un puño de pastillas para dormir. Yo me había querido suicidar con esas píldoras infectas, putrefactas, nocivas. Y una vez más tuve que lavarme el estómago yo sola a punta de alcohol, noches largas, libros de autoayuda y obras de teatro en las que destruyen a los hombres. En las que alguien se lanza un monólogo en el que trata de convencerte de que no los necesitas, cuando tú sabes que eso es mentira.

Ahí estaba yo. Diciéndole que sí una vez más, mientras cambiaba de tercera a cuarta para llegar a tiempo al trabajo. Quedamos en vernos y trancamos. Sólo había tomado unos cuatro minutos para que él volviese a mi vida y me desarmara por dentro.

Me había afectado tanto que ya no me importaba ni el tráfico, ni la portada del periódico que agitaba una mujer en pleno semáforo, ni siquiera me di cuenta de que un motorizado estaba asaltando al conductor del carro que tenía adelante. No me di cuenta, sino cuando el tipo arrancó y del Sentra blanco se bajó una mujer llorosa con las manos en la cabeza y los demás carros comenzaron a tocar corneta desesperados porque estaba trancando el tráfico.

Ya nada tenía que ver conmigo. Ni el número de barriles de petróleo que vendíamos al año, ni el último reporte de casos de dengue. Pobres los afectados. Yo no era uno de ellos, yo estaba perfecta, bien, a salvo. Yo era la interlocutora, la elegida, la que lo vería llegar a la hora convenida a un restaurante de esos que a él le gustaban, en los que servían pescado crudo en platos cuadrados.

Y así llegó él. Puntual. Regio. La corbata clásica, el flux combinado, el pelo perfecto, las manos limpias y la mirada turbia y penetrante. Un contrincante impecable. Y yo, convencida de que por fin en esta partida le iba a ganar.

Cortos Interruptus: Si vas a pensar, que sea por ti mismo.


Ayer recibí una de esas que yo llamo “cadenas de fanático.” Esta mañana, no eran ni las ocho y ya estaba recibiendo otra más. La cadena en cuestión habla de una película que se llama Cortos Interruptus, la cual no he visto y mucho menos sé de qué trata. Sólo sé, que a juzgar por lo que dice esta cadena, muestra a Cristo y sus discípulos como homosexuales y no debo verla. Más bien debo defender mi Fe e ir cine por cine exigiendo que no la pasen, que la gente no la vea o algo por el estilo.

Confieso que me no sólo me desagrada esta actitud, me asusta. No entiendo con qué autoridad voy a ir a casa de alguien a decirle: no veas esta película porque contradice algo que yo considero sagrado. Es decir, no pienses por favor, piensa como yo, es que puede que no lo sepas, pero yo tengo la verdad en la mano.

No puedo. Detesto los fanatismos y se me hace casi imposible respetar a un fanático por definición (fanático: entusiasmadamente ciego por algo). Yo creo con ojos abiertos y yo trabajo, yo escribo, yo lucho por abrir ojos, no por cerrarlos. Por hombres ciegos es que el mundo está como está. Nos va a pasar como a aquel personaje de Stephan Sweig que mata a su hermano porque ciego en la batalla no se da cuenta a quién le está clavando la lanza.

Mi problema con el fanatismo es que en la gran mayoría de los casos viene precedido por la ignorancia. Por aquello que Chimamanda Adichie llama, “el peligro de una sola historia” (comentado en el blog hace tiempo). El fanático generalmente se deja llevar por un sentimiento, por una pasión, incluso por alguna vulnerabilidad que tiene su base en una experiencia freudiana. Como el que anticatólico furibundo que no soporta ver a una monja porque en el colegio la Hermana Anunciata le insultaba o hasta le propinó una tunda por mala conducta.

Me considero creyente, y de hecho rezo todas las noches, pero no tengo el más mínimo respeto por los religiosos de cualquier tipo que fustigan a los agnósticos o a los ateos. No respeto a los fanáticos del deporte que se agarran a golpes a las afueras de un estadio, porque me gritaste en la cara que tu equipo era el más grande. No respeto a los fanáticos de la política que no pueden abrir su mente para reflexionar sobre un idea, ni mucho menos respeto a los que se declaran fieles creyentes de sistemas democráticos sin tener la menor idea de cómo funcionan, por qué, ni bajo qué conceptos, motivo por el cual su comportamiento termina por ser el menos democrático.

Me pregunto, de esas personas que están pasando la cadena de Cortos Interruptus ¿cuántas han visto la película? ¿Cuántas se sentaron a discutirla? ¿Por qué tengo que impedir que los demás la vean si dar mi propia lectura?

Si algo me ofende hago dos cosas, o miro hacia otro lado y no le doy importancia, o si realmente considero que debo defenderme, contesto la ofensa con ideas. Uno no puede olvidar que lo cortés no quita lo valiente. De nada me sirve que la gente crea en algo que yo digo simplemente porque viene de mi boca, sino que lo crean porque se identifican con algún planteamiento que hago.

No creo que Dios, ni Jesucristo, ni Alá, ni Buddha, ni ningún sabio o maestro esté interesado en una corte de focas que no piensa por sí misma. No creo que para eso nos fue dado el intelecto. Se supone que lo que nos diferencia es nuestra capacidad de reflexión, y lo que es más, lo que nos hará una sociedad realmente avanzada será nuestra capacidad de tolerar a aquellos que no ven las cosas como nosotros.

Sinceramente me preocupa ver mensajes de gente inteligente que no es capaz de pararse un momento a pensar: déjame ver de qué trata esto antes de ponerlo en mi boca como una verdad.

Es algo que uno ve todos los días, como la gente que no ha pisado un barrio en su vida y dice que en los barrios a la gente no le duele la inseguridad, o la gente que pasa cadenas virales en las que se afirma que un producto tal o cual da cáncer y no tienen ni idea de medicina, incluso la gente que todavía jura que hay una droga que se llama burundanga y que si te la ponen en la piel te pueden controlar, y jamás le preguntaron a un médico serio si aquello era cierto (la burundanga debe ser inhalada o ingerida, pero por roce con la piel nadie te va a drogar.)

Ciertamente en la vida uno debe tener Fe ciega para algunas cosas, sobre todo para las que no podemos controlar, porque sin duda que no todo tiene una explicación. Como las tragedias o nuestra propia mortalidad. Sin embargo, hay muchas cosas que sí la tienen, sobre todo las que involucran a otras personas, su reputación, su destino.

Hacer afirmaciones sin saber de lo que se habla es el colmo de la ignorancia. Es lo más peligroso que existe y no, no lo apoyo.

Así que lo siento por quienes me pasaron la cadena. No pienso decir ni “ñe” sobre esa película antes de verla. Y aún cuando la vea, si siento que su mensaje agrede a una de mis creencias, escribiré sobre eso y buscaré la forma de rebatir ese mensaje, pero jamás exhortando a que quienes me lean o me escuchen se hagan una idea de ella que no venga desde su propia experiencia.

Como dicen por ahí, “piensa, piensa, eso sí, si vas a pensar que sea por ti mismo.”