viernes, 29 de julio de 2011

Instinto


No voy a tener tiempo de releer esto. Así es la vida ahorita. Ni que tuviera tiempo de releerlo me serviría de algo. Si duermo tres horas seguidas es un triunfo, luego mi cerebro está un poco desajustado. Serán días extraños, de una rutina extraña. Soy una especie de máquina. Dispensa cariño, alimento, sirve de almohada y tiene un procesador de palabras que anda un poco lento. Guindado. Ideas van e ideas vienen, pero es un poco como la marea. ¿Yo era alguien antes de esto? Pareciera que “antes” ya no existiera. Ayer es una falacia. Una fantasía. Algo que nunca sucedió.

Sólo que la pioja que me recuerda que ayer es más verdad que nunca. Pues ella nació un día que desde hace tiempo está en el ayer. No olvidar: no estamos solos. Y la afirmación no tiene nada que ver con los extraterrestres. A veces te tienes que sentir bien porque te tienes que sentir bien. Y punto.

¿Y si no te sientes bien? Yo lo único que quiero es que se me quite el dolor. Poder acostarme de forma horizontal y no sentir que mis órganos son pelotas de billar. ¿Cuánto falta para eso? Quisiera tener la edad suficiente para que no resultase absurdo preguntar cada cinco minutos ¿cuándo falta para que llegue?

¿Dos? ¿Tres días? Tal vez cuatro. No sé. Sólo quiero que pasen rápido. No me importa no dormir. Sólo quiero volver a sentarme en el sofá con la compu sobre las piernas cruzadas y pararme como un bólido si la situación así lo requiere. El sueño es lo de menos. Bueno no tanto como lo de menos, pero no me hace tanta falta. “Descansar es empezar a morir.” Yo no nací para descansar, sino para vivir. Yo sueño mucho mejor despierta. Si sueño dormida me despierto con dolor de cabeza.

Tengo una gran de lista de cosas por hacer para los próximos meses. Da vueltas en mi cabeza. Vamos para allá. Nada como el caballo en hipódromo, correr todo el tiempo hacia una meta. ¿Se alcanza? A veces. Otras no. Igual uno sigue adelante.

El único camino que no conduce a nada es el que uno no toma. De resto mientras te mantengas caminando siempre descubres cosas inesperadas, lugares nuevos, parajes insospechados.

No puedo escribir mucho más. Comienza a pesar el aparato sobre mis piernas. Me duele. No. No debo pensar me duele. Debo pensar no me duele. Sólo que ahorita no me conviene demasiado escribir, sino más bien reunir las fuerzas para hacerlo. Amasar los proyectos en la cabeza. Prepararse para lo que viene.

¿Sabes cuando quieres que algo llegue ya? ¿Qué mañana sea ya? Así más o menos estoy.

Aunque la verdad es que la carita de mi piojo, durmiendo al lado mío, me devuelve una paz que no puedo describir. Y no me importa nada más. Como si el mundo de repente no existiera. No sé cómo se llama. Es una dimensión extraña. A lo mejor es eso que cuando buscan ponerle un nombre llaman: instinto.

domingo, 24 de julio de 2011

Se Acerca

Respirar fuera del agua. Abrir los ojos. Conocer. Saludar. Comenzar. Ver. Mirar. Escuchar. Llorar. Gritar. Comer. Tragar. Tocar. Dormir. Descansar. Despertar. Probar. Consolar. Sonreír. Reír. Agarrar. Desesperar. Ir. Venir. Llegar. Querer. Saber. Olvidar. Pensar. Aprender. Luchar. Patear. Soñar. Amar. Agarrar. Caminar. Gatear. Dominar. Pelear. Vestir. Poner. Arrastrar. Descubrir. Bañar. Mojar. Contar. Gustar. Odiar. Pegar. Rabiar. Caminar. Correr. Entender. Jalar. Empujar. Torcer. Ceder. Lanzar. Brincar. Hablar. Balbucear. Patalear. Desobedecer. Retar. Amar. Abrazar. Nadar. Leer. Escribir. Cavar. Trasladar. Rodar. Acariciar. Cantar. Mezclar. Ensuciar. Pintar. Romper. Asustar. Sorprender. Castigar. Recomenzar. Recompensar. Jugar. Pintar. Armar. Tumbar. Enseñar. Alimentar. Sentar. Acostar. Cocinar. Estudiar. Conseguir. Alcanzar. Vivir.


viernes, 22 de julio de 2011

El Club del Ojo Podrido



EL CLUB DEL OJO PODRIDO

Hace unos años Charles creó El Club del Ojo Podrido. Lo creó a punta de servir de paño de lágrimas de todas las que llegábamos con historias que le hacían agarrarse los pelos, y contestarnos cosas como “coño, te lo dije.” O después de la tercera vez de escucharnos decir “yo lo amo y yo lo voy a sacar de esa espiral autodestructiva.” El Charles elaboró una teoría, digna de una universidad sueca, de que existen dos tipos de mujeres, las del ojo normal y las del ojo podrido. Y le pareció que lo mejor era reunirlas en un Club. El Club del Ojo Podrido.

Las mujeres del ojo podrido, miembros del Club, somos las que tenemos un prontuario amoroso de horror. En este club no están las que amarraron al trabajador, al bien vestido, al que no levanta faldas, ni es tomador, ni sale a echarse palos con los amigos. Es el que ayuda. El que llama a los treinta y cinco minutos cuando te dice “te llamo en veinte,” es el que está ahí cuando la niña está enferma, es el que te ayuda con la cartera, te acompaña al cumpleaños de la tía que tiene halitosis y que cuando lo saluda y lo besa le dice “ay, qué muchacho más bello.” Y le clava los pelos de una horrenda verruga. Ese tipo vuelve cada año, porque es un buen tipo y porque lo escogió una cuaima de ojo sano.

Mujer de ojo sano también es la que amarró a su millonario. Aquí no entra el sentimentalismo que si el amor nada más. Muchas de ojo sano están claras que “amor con hambre no dura” y que “billete mata galán.” No estamos hablando de corazón, estamos hablando de ojo, estas que tienen hacienda, yate, helicóptero, avión, van para Moustique, apartamento, casa, de milagro no se compraron un municipio. El tipo les compra carteras de esas que tiene la D de Dior de un vulgar que casi angustia. Claro que aquí no entra la que después la dejan en plan de pagarle 10.000 dólares en pantaletas a una amante, esta es la que se queda como legítima, con el tipo amarrado como burro de la Cueva Alfredo Jahn. Porque este tipo millonario, con su camisa Hugo Boss o lo que sea, también besa a la tía bigotuda y se cala el matrimonio de todas y cada una de las primas que inventan casarse al borde del mar y lo obligan a air en Liqui-Liqui.

Ojo podrido tiene uno. Uno que empezó mal, pero no en el adolescencia. Uno arrancó fatal en Kinder. Cuando se enamoró del tipo de preparatorio que conoció en el recreo cuando te metió un pelotazo en plena bemba. O cuando te jaló el pelo y te su burló de ti, y te empujó para quitarte la moto de plástico que por fin habías logrado agarrar de primera después de echar la carrera madre cuando sonó el timbre.

Ese fue tu primer crush. Una fue la que pasó primaria pensando en artistas majunches, estilo cantantes de Menudo. Claro que uno siempre lo negó. “Qué vaina tan guarra.” “Qué niche.” Es como el reguettón. El que lo niega y lo desprecia lo tiene en el Ipod y si se toma tres palos menea esas caderas y además canta las canciones. Uno tenía un gusto por unos futbolistas y unos beisbolistas, que mientras más escupían tabaco más sexy nos parecían. Eran esos que terminaban después en escándalos en la ¡Hola!

A uno le gustaba el Príncipe Felipe de España, pero cuando se le empezó a ver que era un niño bueno se volvió una especie de café aguado. Uno se mudó para Alberto de Mónaco. Más feo sí. Pero más enigmático. Además con unas hermanas dignas representantes del Club del Ojo podrido. Desde el cirquero, hasta el borracho que hace pipí en público. Eso para las miembros del club es casi parte de la carta de amor “te amo tanto que si veo un árbol pagando en una autopista me paro, me bajo del carro y lo meo.” ¿Quién necesita un Cartier cuando te regalan esa joya?

Las del club acumulamos hombres que gritan, que pegan, que dicen cosas como “paga la cuenta que nos vamos”, que describen sus genitales en la primera cita mientras mastican un pedazo carne, que no saben comer con tenedor y cubierto, fanáticos religiosos, fanáticos de las armas, deportistas obsesivos, anoréxicos, depresivos, borrachos perdidos, surfistas cuarentones, drogos, flojos, mitómanos, asexuados, mujeriegos, celópatas patrulleros de los que dejan veintiséis llamadas perdidas en el celular y bellitos complicados que salen con cuatro a la vez, salen contigo, se pierden veintiséis días y cuando llaman la miembro del club dice “sí vale, claro que te acompaño.” ¿A dónde? No importa, a lo mejor van a matar un poco de palomas en una plaza, a lo mejor le van poner flores a la tumba de la abuelita, a lo mejor van a cenar como gente normal. Si perteneces al Club del Ojo Podrido tú siempre, siempre, siempre dices que sí.

Las del Club del Ojo Podrido pasan horas con las amigas: “Yo más nunca salgo con ese carajo. ¿Tú puedes creer que ese tipo me juró que esta vez sí íbamos a enseriar la cosa, a tener algo y me tiene que llamar una amiga para decirme que está en Sawu con la geva esta de su oficina otra vez? Chama. Es que yo no vuelvo con ese carajo. Él dice que en el fondo me ama, y yo sé que es verdad. Pero es que no es capaz de comprometerse y eso no es lo que yo quiero chama. Yo quiero un tipo que esté ahí. Yo me merezco un tipo que me quiera. Que me respete.”

Todo es verdad. Pero también es verdad que cuando el tipo mande tres flores y diga “te busco y conversamos” la del Club del Ojo Podrido va a ir, se va a tragar el cuento, sabiendo que es mentira, pero se lo va a tragar y después le va a decir a la misma amiga “Chama. Es que ese tipo es el hombre de mi vida. Y yo lo quiero como es.”

Al final, según Charles, no es que el amor es ciego. Es que el ojo tiene defectos. La buena noticia es que se cura. A lo mejor hay que operar, remover quirúrgicamente lo que impide la visión 20/20, o tomarse una buena dosis de “hombre bueno” para que el ojo mejore. Yo soy el vivo ejemplo. Aunque mi historia me da una silla permanente en la junta directiva, lo cierto es que mi ojo está curado, y el mismo Charles lo certifica.

Ahora ¿cómo saber si tú o alguien que conoces califica para entrar al Club del Ojo Podrido? Aquí, parte del test:

1. Marque una X al lado del espécimen que le llama la atención:

a. Lo que sea vestido de flux

b. Lo que sea con pelo largo y una puka

c. Una calva sexy

d. Lo que sea que toque guitarra

e. Un nerd

2. Usted escucha la palabra cachos y piensa:

a. Borrón y cuenta nueva

b. Perdono pero no olvido

c. Yo soy la señora

d. Lorena Bobitt

e. Le pasa a cualquiera

3. El objeto de su afecto le dice que “te llamo seguro” y usted:

a. Cancela las próximas dos semanas de citas, eventos, compromisos laborales y va un día sí un día no a la peluquería, en cualquier momento aparece y hay que estar disponible y preparada.

b. Se mete en Facebook cada cinco minutos a ver si lo taggean en algo para lo que no fue invitada, si está en el país, vivo, frecuenta lugares que sabe que él frecuenta a ver si por medio de un encuentro fortuito logra adelantar la cita.

c. Revisa el teléfono cada cinco minutos y se vomita cada vez que suena.

d. No come. No duerme. No puede leer. Tremendo pelón en el trabajo.

e. Una mezcla extraña de todas las anteriores.

4. El susodicho del momento no la llama en su cumpleaños:

a. Nada lo obliga a hacerlo. Eso no tiene nada que ver. Eso no hace una buena persona.

b. Si usted se pone a ver, tampoco usted lo llamó a él en su cumpleaños.

c. A cualquiera se le pasa un cumpleaños.

d. Los cumpleaños son una celebración imperialista y materialista.

e. Se le arruinó la fiesta, no está de ánimo para celebrar. ¿Para qué coño celebrar el estar un año más cerca de la muerte?

5. Este ser a quién ama jamás la ha llevado a su casa o casa de sus padres pero usted posee la siguiente información:

a. Nombre de padre, madre, hermanos, medio hermanos, mascota.

b. Nombre de tíos, abuelos y número exacto de miembros de familia extensa.

c. Dirección de oficina. Detalles de clientes, proveedores, compradores, compañeros de trabajo.

d. Fechas y datos de casas de estudio donde se formó.

e. Datos de todos los vehículos que maneja. Usted es un carnet de circulación ambulante.

6. A usted le está gustando un tipo y la siguientes afirmaciones hacen que pase del “me gusta” al “me derrito”

a. La vida es una mierda.

b. Todas las mujeres son unas perras.

c. No creo en tener una pareja fija, yo creo en la libertad, en ser dueño de mi tiempo, me dan grima los niños, prefiero tener un cactus con una tarántula adentro que explote y me pique de noche que un hijo.

d. Dos de mis hermanas están en un centro psiquiátrico en Estados Unidos, mi papá está en la cárcel, mi hermano es un drogadicto perdido y no lo vemos desde hace tres meses, mi perro es esquizofrénico, yo tenía un caballo pero lo atropellé con un tráiler, mi tío es el famoso violador del Corolla Rojo de los Chorros, el papá de mi exesposa un banquero prófugo, mi ex y madre de mis cinco hijos se desnuda en twitter, no me deja ver a los chamos, está casada con boxeador que oye voces.

e. Mañana no te voy a llamar.

jueves, 21 de julio de 2011

Carta a una Futura Mamá



Es normal tener miedo. Valor no es no tener miedo, es enfrentarlo. Tú puedes. Venga lo que venga confía en ti, vas a poder.

Sí. Lo sabes pero no lo admites. Te vas a equivocar. No trates de imaginarte perfecta. No te pongas esa meta porque es imposible cumplirla. Yo sé. Vas a sentir que se te viene el mundo encima, porque todos los mensajes que nos llegan nos empujan hacia vidas decoradas cual Architectural Digest. Pero nada funciona así. Martha Stewart tiene un tremendo equipo de producción, Demi Moore hace más de tres horas de ejercicio diarias, Hillary Clinton tuvo una sola hija y debe tener al menos dos asistentes personales más ve tú a saber cuántas secretarias. No vayas a entrar en plan “yo puedo todo y si no voy a ser implacable conmigo misma.” No vale la pena. No pelees batallas que de antemano están perdidas.

Más bien concéntrate en las que puedes ganar. Recuerda que pensar en ti a veces es pensar en tu bebé. Que le transmites todo lo que sientes aunque ya no esté en tu barriga. A la pioja también. Ella sabe claramente cuando estás alterada. Es una pila. Un avión. Es más inteligente que tú y eso es un reto.

Vas a estar agotada. Te van a pesar los ojos. Te vas a mirar al espejo y te vas a ver amorfa. Así es el embarazo. ¿Por qué? Bueno, tenías adentro un ser humano. Tu cuerpo hizo un ser humano. Dale unos meses de tregua. Ha sido noble contigo, te ha llevado arriba y abajo, te ha dejado disfrutar del ceviche y al chocolate. Es tú vehículo, no es un comodín para demostrar quién eres, ni las razones por las que vives tu vida. No te define. Ni como madre. Ni como esposa.

Y tal vez no vas a querer admitir esto frente a los números del peso digital, pero tampoco te define como mujer. Puede ser que eso diga Cosmpolitan, pero dudo que esa la fuente de la verdad de la vida. Así que no le hagas caso. Es difícil. Uno tiene su corazoncito, su vanidad, y cae mal tratar de meter el tralalá en unos bluejeans y que no entre. Además la celulitis, las várices, las estrías. Pero todo eso se pasa, y ya aprendimos de sobra con la pioja, y con el paso de los años, que es algo que poco importa. No sirve de mucho. Y el que diga que te quiere por eso, no te quiere. Ya no es tu caso.

Recuerda que los bebés lloran. Trata de no perder la paciencia. La vas a necesitar. Piensa que no va a ser fácil para la pioja tener un hermanito. El mundo está cambiando para todos. Puede que te exija más atención todavía. Entiéndela. Dale un chance. No te olvides que lo más grande que les das es tu amor, tu respeto, tu paciencia, tu comprensión, tu atención, tu tiempo. Lo demás es útil, pero no es tan importante. Lo demás le va a dar entretenimiento, momentos de risa, pero no son lo que hacen carácter. Recuerda que la tienes prestada. Recuerda que tu misión en la vida es prepararla para volar sola.

Lo mismo con el piojito. Acuérdate de los abrazos. De las caricias. Recuerda hablarle y ponerle música. Cantarle. Mecerlo. Dormir con él en brazos, recostados los dos en el sofá a media mañana, a media tarde, en una hamaca. La primera que te pase por delante. Pónselo a su papá para que haga lo mismo, compartan ese momento. Los bebés recién nacidos transmiten muchísima paz, llénate de ella. No escatimes en besos. Ni en largas miradas. Velo dormir. Toma su manito. Deja que te huela y que escuche tu corazón cada cierto tiempo. Esos son los latidos que le dieron la vida y él lo sabe.

Vas a estar adolorida. Es inevitable. Aprovecha la fuerza que te da el instinto para que te recuperes más rápido. Descansa cada vez que puedas. Échate a leer hasta que se te cierren los ojos. Dale de comer con calma. Disfruta ese momento y en lo que estén más acoplados aprovechas para leer también.

Prepárate para lo imprevisto. Para lo desconocido. Eso siempre da miedo. ¿Cómo es ser la mamá de dos? Te han dicho de todo. Que es más fácil. Que es más difícil. Que es horrible. Que es una maravilla que estén seguiditos. Que es mejor cuando se llevan más. Al final, no hay respuestas concretas. Nadie puede vivir la experiencia por ti. Con los retazos de cada consejo que te han dado irás cociendo la cobija con que los vas a arropar a los dos. Y harás lo mejor que puedas con el corazón en la mano.

No te olvides que tienes ayuda. Pídela. Úsala. Aprovéchala. No te queda de otra. Ni estás, ni puedes sola. ¿Entonces para qué asumirlo así? Piensa que la palabra ayuda es clave en este proceso. Después de todo, una de las lecciones de vida más importantes para esos dos niños es que aprendan a estar ahí el uno para el otro. A quererse sin límites, ni condiciones, a apoyarse, a decirse la verdad sin actuar como jueces el uno del otro. A ser compañeros de juego, de familia, incluso a que aprendan a criticar y a defender, en conjunto y por separado, a su papá y su mamá cuando la ocasión lo requiera.

Recuerda que los niños no escuchan. Ellos observan. Copian. Más temprano de lo que te imaginas él va a estar igual que la pioja, copiando tus gestos, repitiendo tus palabras. Muchas cosas no se hurtan porque se heredan, otras no se hurtan porque se aprenden de los padres. Ellos son tu imagen, tu reflejo, tu otra vida.

Es inevitable que los demás te juzguen como madre. Trata de hacer caso omiso de comentarios que no te añaden, sino que te restan. Tú sabes bien cómo identificar la diferencia. Mucha gente lo hace, a veces más por su propio estado interno que por ti. Tú defines cómo eres como mamá. Nadie. Nadie. Nadie puede venir a decirte cómo lo haces, ni qué tienes que hacer o deberías hacer. Es decir pueden, pero al final no pueden. Si tu corazón es fuerte eso lo sabes tú, y nada supera tu instinto. Como te dijo el pediatra cuando la vio por primera vez, nadie conoce a tus hijos mejor que tú. Nadie.

Disfruta este regalo de la vida. Esta oportunidad. No te olvides que el paso por la clínica, que la ropita, que la decoración, que la barrigota y la ropa que aún guindará del closet por unos meses con la etiqueta pre-mamá, no es lo que te hace madre. Acuérdate que eso se aprende, se gana, se trabaja, se enseña. Que el amor es algo que se alimenta y viene con el tiempo. Es un sacrificio, es dar, es sembrar una semilla.

Si puedes dar pecho lo darás. Si esta vez no puedes. Trata de tomarlo con calma. Calma es una palabra muy importante. Más de lo que uno a veces reconoce o entiende. Acuérdate que Harvard está lleno de bebés que tomaron tetero desde el día uno. No es el fin del mundo.

No te olvides que ellos manipulan. Desde la cuna. Que el hecho de que sean niños no los hace deficientes mentales, sólo tienen un sistema nervioso que todavía se está desarrollando. Incluso, tienen mucho que enseñarte. Vuelve a descubrir el mundo con el piojo, como lo hiciste con la pioja, y síguelo haciendo con ella. ¿No ha sido maravilloso ponerte a pensar en cómo hace un cocodrilo y cuál puede ser la mejor forma de dibujar un elefante?

Aprovecha. Más temprano que tarde las preguntas no serán tan fáciles de responder y llegará el día en que sencillamente no tendrás la respuesta.

Cuéntales cuentos, ayúdalos a desarrollar la imaginación, la capacidad para soñar, para irse pintando las alas que necesitarán para volar sobre los obstáculos que la vida les presente. Para irse lejos cuando el mundo quiera frenarlos y convencerlos de que sus sueños son imposibles.

Aunque suene apresurado, no pierdas oportunidades, ni tiempo, ni espacio, nunca es demasiado temprano para enseñar tolerancia, respeto, amor, compasión, solidaridad y espíritu de lucha. Y es fundamental enseñarlos a rezar, porque el que no se arropa en la Fe, se le hace muy difícil la vida.

Y por último, sonríe. Es el primer deber una mamá.

Caracas. Con uno dentro y con otra encima.

miércoles, 20 de julio de 2011

Lo Dulce. Lo Dulce. Lo Dulce.


El día que yo me muera no me comen los gusanos, a mí me despedazan las hormigas. Amo el dulce. Para mí la vida no existe si no puedo comer al menos una vez al día algo dulce. Lo mío son los postres, el azúcar, ese sabor entre cochino y glorioso del chocolate, una galleta crocante y una mordida a una torta esponjosa con su tope que parece nieve.

Mi obsesión por los dulces es tal que yo los tengo clasificados. Cada chuchería tiene su momento, su ocasión especial, su lugar. Para una dulcera como yo una Susy no es una Susy en cualquier momento. Ni Cocosette sirve cualquier día de la semana.

Por ejemplo, para mí Nutella es dulce de los domingos en la noche, y no es que me siento a comerla y ya. No. Tengo que estar viendo algo en la tele, pero algo light. O leyéndome un libro. Saco la cuchara repleta y voy comiéndomela poco a poco hasta que ya no queda nada. Cuando siento que terminé tengo que tapar el pote y meterlo en algún lugar. No lo puedo dejar cerca. Corro el peligro de acabar con el pote completo. Soy como un perro, sin pensar puedo comer y comer sin importar si estoy llena o no. Eso sí, la Nutella de pote me la tengo que comer sola, es decir, no es que puedo sentarme con alguien a compartir. Mi neurosis llega al punto de que hace tres semanas dejé un pote en la sala y mi mamá dijo:

- ¿Qué hace esto aquí?

- Nada. Lo estoy donando al resto de la familia.

- ¿Y eso?

- Porque alguien que no fui yo metió un cucharazo.

- Ayyyy. Qué exagerada.

- Yo sé cuándo alguien agarró de mi pote de Nutella. Esos trazos no son míos. Yo sé.

Sí. Soy una freak. Soy una freak que todavía chupa tubitos de Ovomaltina, sólo de vez en cuando, después del café en días de semana. Siempre me da una rabia del más allá cuando me sale aire del tubito. Me provoca llamarlos y gritar

- “¡Estafa. Aquí falta chocolate!”

Galleta para mí no es postre. Es dulce de media mañana o media tarde. Y esa debe ir junto al café. No antes. No después. Van juntos. Así como la torta es mañanera. No hay como desayunar un buen pedazo de torta con un marrón gigante, claro que si desayuno torta no puede ser de chocolate, lo más lejos que llego es una torta marmoleada.

Por otro lado no como tortas de cumpleaños, sino en contadas ocasiones. Es culpa de mi cuñado que una vez explicó que él no las come porque cuando el cumpleañero sopla las velas siempre, por más que no quiera, por más que no se de cuenta, escupe la torta. Y después viene uno y se come la cosa escupida.

Gracias. Gracias amigo por arruinarme las veladas de cumpleaños feliz. No me quito la imagen de la cabeza y por eso la mayoría de las veces cuando van pasando los platicos yo digo, no gracias, y a veces me conformo con un poco de gelatina.

Pero gelatina es un postre que también me gusta comer en la casa. Solita. Cuando ando en plan de dieta. Sí. Vayan a lavarse ese paltó los que se atacan con el azúcar y las calorías. Para mí gelatina es (no la light) postre de dieta. No tiene grasa. Claro que como todo en esta vida, si haces una olla de sancocho de gelatina y te bajas una cada tres días, pues tendrás que pedirle a Soledad Bravo el teléfono de la mujer que le hace las batolas, pero un platico después del “seco” no le hace mal a nadie. Es más, dicen que mujer sin arrugas comió gelatina en su juventud, por aquello del colágeno.

El Cocosette lo como viendo películas, pero no en el cine. Las cucherías de cine son muy delicadas. Es un rubro difícil de tocar. No te vas a comer un brownie en el cine. No. El cine es para Cri-Cri y Chocolate Con Leche Savoy. Cotufas claro, y eso que aunque son saladas tienen algo que no las hace completamente saladas. No sé, no lo puedo explicar. Son chucherías.

Lo malo de abusar del dulce en el cine es que después salen las actrices con el photoshop y el botox y el entrenador personal, entonces uno se siente así como si le hubiera pedido prestado el culo a la abuela de Dumbo, pensando en la ironía de que mientras uno está disfrutando del celuloide al día siguiente estará padeciendo la celulitis.

Los dulces hechos en casa son siempre para después de almuerzo. En mi casa se consiente al goloso. Tres leches. Pie de chocolate. Torta gloriosa de chocolate. Bienmesabe. Pie de limón congelado. Brownies. Dios mío los brownies. Yo me puedo comer ocho si los pican bien chiquiticos, y ya no pruebo la masa cruda porque una vez me dio un empache de esos de “¿alguien sabe sin en Sorte hay brujos que quitan esto?”

Siempre dejo los dulces procesados por los caseros. Me digo que el empacado puede esperar, pero no es justo dejar que se pase el mejor momento de aquel postre guardado en la nevera. No hay como ese pie de manzana con bastante canela que uno mete en el microondas unos veinte segundos y al sacar baña de helado de mantecado.

Mi vida sin dulce no existe. No hay depre, ni celebración, ni momento de solaz que no se viva mejor con algo dulce cerca. Y estoy segura que es una de las tantas cosas que cuando muera, al conversar con Dios me dirá, “hija, no era pecado.”

lunes, 18 de julio de 2011

Ese mensaje que nunca debiste mandar


El gran problema con este auge de las redes sociales, el SMS y el Messenger de los teléfonos inteligentes, es que sirven como archivo de nuestros momentos brillantes. Esos momentos en que se atravesó la nube negra, diste un paso con el pie izquierdo, chocaste contra el poste de luz, te cayó encima el parapeto y te electrocutaste.

Sí. Ahora toda tu vida, tus aciertos, tus momentos de gloria y de tropezones de hierbas verdes en los dientes quedan en el muro de Facebook, en ese twitt desgraciado que retwittearon hasta sacarle sangre al pajarito, y ese mensaje que nunca debiste haber mandando se lo leen hasta el primo, “mira lo que la tipa esta me escribió. ¿Demencia o qué?”

Todos cometemos faux pas con la lengua. En algún momento de nuestras vidas se nos salió el cursi, el agresivo, el amargado, el resentido, el deprimido, el fundamentalista, el bruto, el poco tacto, el inmaduro, el intolerante, el impulsivo, que todos llevamos dentro. Hay comentarios que uno nunca debió hacer, groserías no que debieron salir de la boca, insultos que de verdad no sentíamos.

Nada como ese mensaje que después te sacan en cara desde una pantallita azul, “mira lo que dijiste,” ese trapito sucio que no es que te van a sacar al sol, sino que queda marcado bajo tu estrella y tu nombre en el Paseo de la Desgracia. Lo peor es que la entonación se la da el otro, no se la da el emisor. Hasta un “OK” puede ser la cosa más antipática del mundo, cuando en el fondo es un comentario positivo.

Pero, OK, ¿qué significa OK? ¿OK está bien lo hacemos porque a ti te da la gana? ¿OK no voy a discutir? ¿OK no digo más nada porque me da flojera hablar contigo? ¿OK sí qué chévere? ¿OK? ¿Más nada? O peor, tú dijiste que sí querías, yo armé todo esto por ti, yo te pregunté y tu dijiste, OK, yo asumí que te entusiasmaba la idea.

Quizás por eso Dios inventó los emoticones. Esas caritas que a muchos les parecen de looser, pero que se empiezan a usar para que la gente no vaya a pensar que el OK es amargo, que el perdón es con resentimiento, que el ya voy para allá es, “si te molesta que llegué tarde no es problema mío.” Emoticon porque así sea amarilla y chiquitica a veces hay que ponerle cara y expresión al asunto. No vaya a ser que desate un conflicto internacional por un comentario que se interpretó como no era.

También pasa que a veces uno se equivoca y manda el comentario desafortunado a la persona que no es. Me ha pasado. Afortunadamente hasta ahora nada grave, pero por ejemplo una vez le mandé a un amigo una petición que iba destinada a mi cuñada en la que pedía que me comprara unos sostenes. La verdad no tenía ganas de compartir con él la talla de mis poderosas razones. Me morí de la pena, sin embargo, pudo ser peor, pudo ser alguno de los viejos que están en mi Messenger.

A un amigo en estos días le llegó la insultada y la terminada que estaba destinada a un exnovio. Pero le llegó completa. Nada de vamos a hablar, vamos a vernos, tengo algo que decirte. NO. Esto fue desde el “hijo de puta de ti vi.” Hasta el “ojalá te coja un burro y te viole un elefante.” Por el medio iba la historia completa, el regaño, la moraleja, con el “qué bolas un carajo de tu edad en ese plan” incluido.

Y eso fue lo que motivó el post. Porque a pesar de que la señora tenía toda la razón de estar molesta, de que los cachos duelen, de que cuando uno está herido a uno se le salen palabrotas y frases mal armadas, eso no se hace por escrito. Me provocaba escribirle, amiga, si quieres vamos y le quemamos el carro al señor, le tiramos la ropa por la ventana, se la cortamos con una tijera, pero nada de Facebook, nada de Twitter, nada de PIN.

Lo mismo pasa con la parte gráfica. Nada peor que meterte en tu cuenta de Facebook y que sirva como de álbum de recuerdos de tu vida amorosa. O que pongan esa foto en la que te veías como si te hubiera pisado un tren, para que te recuerdes toda la vida de ese día en que amaneciste con la pelambre llena de Moco de Gorila como Robert Serra.

Además están las fotos de la noche esa en que uno agarró tremenda rasca, y te veías como La Tigresa de Oriente. O esas fotos que te tomaste con tus amigas durante el periodo rebelde, en que te vestías como maniquí de mercado libre, o cuando te dio por usar aquellos pantalones que te hacían ver como la hija del Sr. Cabeza de Papa, o mientras andabas para arriba y para abajo con esa amiga con la que después peleaste. En general, la vida está ahí.

Y yo no puedo hablar mucho porque tengo un blog, y mucho, mucho de mi vida queda en este diario virtual y público, que más de una vez ha salido de su jaula como perro rabioso a morderme una nalga. Pero mi decisión fue escribir, y este un ejercicio para correr con las consecuencias, pues como dice ese dicho que siempre repite mi mamá, lo único que no regresa es la flecha tirada, la oportunidad perdida y la palabra dicha. El rollo es que cuando la escribes no regresa, porque nunca se va.

sábado, 16 de julio de 2011

La Koto, la piñata de palomas y el remedio asqueroso


En sexto grado teníamos una profesora de inglés, una religiosa, que se llamaba Sister Katherine. Una pobre mujer recién llegada de Inglaterra a este verdadero valle de lágrimas y desorientación mental llamado Venezuela. Resulta ser que un día la Katherine regañó a una de las alumnas, ya ni recuerdo por qué. Molesta, la niña escribió en un hoja de papel bond SISTER KOTO y se lo dejó en su escritorio. Saliendo para el recreo conseguimos el papel, y nos dio una profunda lástima.

El sufrimiento en los ojos de aquella monja que tenía pinta de haber escogido esa vida más por su fealdad física que por su amor a Dios era palpable, incluso para unas niñas de menos doce años. Hacerla sentir de manera tan directa que no la queríamos, era como mucho.

Además, queríamos ahorrarnos el típico drama que generan las acciones anónimas en los salones de clase. La llamada de la sub-directora, el sermón, la amenaza de castigo colectivo, la circular a los padres, de nuevo un sermón en la casa.

Así que hicimos algo que sentimos que sería justo. Destruimos el papel pero dijimos “a partir de hoy la bautizamos “Sister Koto.” Extraño sentido de la justicia, ciertamente, el nombre caló y pronto todo el salón la llamaba Sister Koto. La inventora oficial se sentía bastante orgullosa.

Yo llegaba a la casa y le decía a mi mamá, la Sister Koto esto. La Koto aquello. La Koto. La Koto. La Koto. Y por supuesto, llegó el día de la reunión de padres y mi mamá, sintiéndose una señora educada, simpática, intentando ganarse a la profesora de su hija se le acercó y le dijo “Hola Koto. ¿Cómo está?”

No. No saqué muy buenas notas en esa materia y a los ojos de la monja mi familia era la cucaracha del universo Kafkiano de su nuevo hogar tropical. Por eso dicen que no hay buena acción que se quede sin su debido castigo.

Así son las metidas de patas de las mamás. Como la maravillosa idea que tuvo mi bisabuela de llenar de palomas la piñata de su hija. En su mente era algo ganar-ganar. No sólo no estaría cayendo sobre los pequeños esa lluvia de chucherías y juguetes innecesarios, sino que además sería algo bello de ver, memorable. Todas las palomas volando, un inequívoco mensaje de paz y amor.

No pensó en la falta de oxígeno. En el hacinamiento asesino de los animales. Mucho menos en la parte en que las lesiones provocadas por los golpes de los palazos infantiles causarían múltiples lesiones a los pájaros. A la hora de abrir la piñata cayó la fosa común de lo que mi esposo llama ratas con alas. El trauma insuperable. Mi abuela se lo contaba a mi mamá con horror, en plan de “ni se te ocurra,” cuando la respuesta es más bien ¿a quién se le ocurre?

Otro de esos momentos maternales gloriosos le sucedió a un primo de Charles. Tenía un problema en la piel y le mandaron un remedio. Diligentemente la madre comenzó el tratamiento. Le daba una cucharada de una cosa bastante extraña, que el niño rechazaba con vehemencia. Gritando. Pataleando. “¡Maaamáaaaa! Es que sabe horrible.” “Sí, sabe horrible. Pero te lo tomas.”

La mamá intentó hacer todo lo posible por aliviar el sabor de aquel remedio. Lo diluyó, lo mezclo con pancito, pero igual sabía terrible. A una semana de haber comenzado con la toma de la medicina no aguantó más y llamó al pediatra. “Doctor. ¿No habrá otro remedio que podamos darle al niño? Es que se queja de que sabe horrible y de verdad es un infierno cada vez que le toca tomarlo.”

“¡Señora! El remedio es una pomada. ¡No se debe ingerir!”

Al rato llamaron del colegio que el niño tenía unos dolores de estómago insoportables. Resultado: Hospitalización. Lavado estomacal. Nada como estar cerca de envenenar a tu propio hijo. Por eso es que no hay llamada idiota al pediatra. Puede ser que el idiota sea uno, pero la llamada no lo es.

Así hay miles. Como cuando te llevan a la fiesta el día que no es. O te disfrazan cuando la fiesta no es de disfraces. O echan ese cuento que les parece tan cómico que te deja como tremendo imbécil. Ni hablar de ese remedio casero espantoso que te llevó del dolor de barriga al vómito. La tarea que te hicieron mal. O ese vestido que te pusieron que te hacía ver como un híbrido entre Alicia en el País de las Maravillas y Pablo el de Backyardigans.

Claro que no lo hacen por mal, pero a veces los padres son humanos, demasiado humanos.

jueves, 14 de julio de 2011

El "Vete Mamá"y el Dejarlos Ir


“From the moment I could talk I was ordered to listen.

Now there's a way and I know that I have to go away.” Cat Stevens Father and Son

No puedo dejar de pensar que la fotógrafa Sally Mann tiene razón. Luchas, preparas, sacrificas todo por otro ser que en esencia es tuyo, y lo haces por una sola razón, porque lo tienes que dejar ir. Esa es la parte más dura de este lío en el que uno se mete cuando trae al mundo un hijo.

El otro día una amiga me estaba diciendo que una de sus mayores frustraciones había sido cuando a menos de los tres años de edad escuchó a su hijo decir las palabras: “vete mamá.” Yo la entiendo. En su primer día de colegio la Pioja no lloró.

Me fui pensando egoístamente “¿yo no me merezco ni una lagrimita?” Fueron dos semanas en las que me dedicó miradas de desinterés mientras yo peregrinaba lentamente hacia la salida, y los demás padres luchaban con los gritos de los niños que no se querían quedar. Lo normal.

Debí imaginar que digna hija mía todo en la vida lo hace a su tiempo, a su ritmo, cuando se siente segura y convencida, y como digna hija de su padre, hace las cosas no porque se las exigen, sino porque siente que ese es su deber. Dos semanas más tarde al dejarla junto a su mesita de trabajo comenzaban los gritos y los abrazos desesperados a mi pierna.

Me di cuenta que dentro de todo era mucho más fácil el adiós indiferente. Cómo se desgarra uno cuando ve a un hijo llorar, así sea por cosas banales, fútiles, baladí, por sin razones. Es por eso que uno ve a padres en centros comerciales ceder ante la presión del grito “¡papá helado!” o “¡mamá muñeco!”

Mientras uno no tiene hijos uno les lanza esa mirada que yo llamo, “La mirada: ¿Qué clase de padre?” Te ven así con cara de “¿Qué clase de padre no sabe poner carácter? ¿Qué clase de padre no sabe decir que no? ¿Qué clase de padre cede ante el tormento de esos gritos? ¿Qué clase de padre saca a la calle a un hijo así? ¿Qué clase de padre está engendrando una futura amenaza para la sociedad?”

Después tienes hijos y no sabes realmente qué te paso. Es un tren. Es un avión. Es el Correcaminos que te pasó por delante Bip-Bip, y tú quedaste como el Coyote. Es el pasado. Es el futuro. Eres tú.

Al ser padre te sientes poco preparado, bruto y de vez en cuando grande, porque la capacidad de amar que se despierta en ti es absurda. ¿Cómo puedes querer a algo hasta el punto de que tu mismo a veces te importes tan poco? Hasta el punto en que a veces te das cuenta de que por tu hijo serías capaz de cualquier cosa.

Lo más curioso de todo esto, es que la capacidad de amar a tu hijos no es automática. No es hormonal. Ni animal. Ni es instinto. Sí. Uno quiere creer que es así. Uno quiere pensar que es como la foto de la propaganda de compota, la mamá mira a su bebé extasiada. No existe más nada en el mundo. Ciertamente hay momentos parecidos, pero nada en esta vida es así de rosado.

Los hijos se aprenden a querer. Se sufren. Van creciendo dentro de ti. Van dejando raíces en tu alma a medida que te van demostrando que eras un tremendo arrogante, que por más título universitario no sabes nada de la vida. Y los amas por eso. Porque el amor nace en el momento en que otra persona te hace sentir que te estás convirtiendo en una mejor persona, que vale la pena luchar, que en lo pequeño está lo realmente grande.

Claro, que la satisfacción de saberte padre o madre no es suficiente para hacerte infalible. Te equivocas una y mil veces. Vas guiándolo pero como un ciego en plena selva amazónica. A veces atraviesas zonas peligrosas y esquivas sin darte cuenta el nido de la culebra, la planta carnívora y llegas al claro de los loritos que es tan divertido escuchar.

Otras pisas el nido de arañas y pasas un mal rato. Los demás “exploradores” pasan a tu lado y te ven con cara de “¿Qué poco preparado?” o te dan un consejo que no sabe a consejo sino más bien sabe a juicio, y te tienes que tragar las ganas de tirarle la brújula que estás aprendiendo a usar por la cabeza.

En medio de todo aquello. En medio de todo ese esfuerzo escuchas “mamá vete.” “papá no.” Y a medida que van creciendo ellos mismos van comenzando a trazar su propio camino. No es algo que empieza en la universidad, ni en bachillerato, ni en esa primera fiesta o la primera dormida casa de un amigo. Es algo que empieza antes. Muchísimo antes.

Me doy cuenta que poco a poco mi esposo y yo vamos comenzando a hablar ese lenguaje de los padres. Ese que pareciera estar compuesto de oraciones de tres o menos palabras.

-Ponte un sweater. Come más. Camina con cuidado. Estás comiendo demasiado. Llega temprano. Maneja con cuidado. Dices demasiadas groserías. Saluda. Dónde estás. Cuando vienes. Recoge tu desorden. No me contestes. No te escondas.–

Algunas son atemporales. No tienen edad. Sirven de los 0 a los 99 años. Y las respuestas son casi siempre las mismas: torcidas de ojos, pucheros, suspiros, llanto, pataleo, portazo, “no” “Ok ¡ya!” “vale papá, ya me lo dijiste,” “mamá no te pongas intensa” “aja” “me has llamado cien veces para decirme lo mismo, te dije que síiiiiii.” “Mamá, de pana no es normal una gente que repite lo mismo sesenta veces.”

Tal vez somos los hijos quienes tenemos la razón. No es normal que te repitan lo mismo sesenta veces. Ni que te llamen a cada rato a ver dónde estás. Ni que te pongan un sweater en la playa. No se trata de normal o no, se trata de que los padres, desde el momento en que los vemos descubriendo el mundo ya los estamos dejando ir, pero siempre hay un pedazo que se queda. Y a ese nos aferramos con todas nuestras fuerzas.

martes, 12 de julio de 2011

Dime quién eres y te diré si lees.



En respuesta a comentarios y posts sobre el tema de ¿Cómo es el Chico/Chica para poder definirle como "que lee."

El Chico que Lee. La Chica que Lee. Definámoslos de una vez por todas. ¿Cómo son? Él tiene pelo de jugador de futbolista argentino, medio largo, seguro usa lentes y carga un bolso que se cuelga como si fuera una banda presidencial. Lleno de libros por supuesto. Es profesor de literatura o todo lo contrario, es un físico, un matemático puro, pero es profesor. Da clases porque es muy callado, valga la ironía. El chico que lee está lleno de contradicciones. Es un poeta atormentado. Es tímido con los desconocidos, pero no tolera bien la bebida.

Ella tiene lentes. Es amante de los animales. Estudió letras o arte. Pinta como los dioses. Sabe hacer Origami como si se llamase Makoto. No se pinta las uñas, ni usa aparatos de esos para alargar las pestañas. No usa tacones y le encantan las bragas. No es marimacha, porque hay algo que de ella que es pura feminidad. Tiene un carácter fortísimo. Es intensa.

Chico y chica que leen tienen libros por toda la casa. Claro que chico los tiene desordenados, una pila en la mesa de noche, una pila en el suelo al lado de la cama, una pila al lado del sofá, una pila en el baño, cinco o seis tirados en el carro. Chica los tiene todos organizados por orden género, tema, autor y color del lomo.

Esta hermosa pareja, juntos o por separado tienen una lista de autores aprobados. Necesarios. Una lista que en realidad, más allá de su apariencia personal y su orientación en cuanto a la moda fue lo que les permitió acceder al elitesco grupo de “los que leen.”

Nabokov. Dostoievski. Borges. Cortázar. Homero: Ilíada y Odisea. Ovidio. Cervantes. Bioy Casares. Shakespeare. Sontag. Bradbury. Hardy. Orwell. Freud. Montaigne. Poe. Vargas Llosa. Mann. Nietzsche. Lorca. Oscar Wild. Sábato. García Márquez. Hemingway. Murakami. Dumas. Kafka. Aristóteles. Kundera. Hesse. Ribeyro. Pérez-Reverte. Mendoza. Bolaño. Perec. Pérez-Galdós. Unamuno. Tolstoi. Flauvert. Maupassant. Chejov. Bryce-Echenique. Cela. Vila-Matas. Paz. Wolf. Eco. Apollinaire. Rimbaud. Beaudelaire. Balzac. Sartre. Camus. Capote. Keruac. Tagore. Bocaccio. Ortega y Gasset. Benedetti. San Agustín…y sigue. La lista sigue. Pero que quede claro. Es una lista cerrada. Hay autores prohibidos, géneros desterrados. El Tártaro de la literatura, a la que sólo acceden los ignorantes. Los “que no leen.”

Entonces ¿es así?

¿No puede haber un chico que lee que sea rumbero, playero y fiestero? ¿Ni un gordito que se caiga a Oreos mientras va pasando las páginas, dejando la cama llena de migas negras? ¿Tampoco puede haber una lectora que viaja de tapa a contratapa mientras espera en la cola del colegio de los chamos, o que lee después de cuarenta y cinco minutos de trote, ducha y cambio de ropa?

No. No hay ratón de biblioteca buen mozo, ni Miss con capacidad de analizar ideas profundas. Eso no lo trae el formulario.

Mucho menos están admitidos los que no han leído a los autores correspondientes.

Entonces, estoy en el limbo literario. No tengo permiso de acceder al cielo. No me puedo llamar lectora. Sucede que de la lista hay muchos que todavía me faltan, varios que no sé si llegaré a leer. Por falta de tiempo, tal vez, incluso por rebeldía. Porque no me enseñaron a que la lectura era algo tan serio, tan grave.

Aprendí que leer era un viaje. Una aventura. Una puerta a los sueños. Un vehículo para viajar mucho más lejos de lo que cualquier medio de transporte jamás nos podría permitir. Una ventana a la reflexión. Un método para conocerme, para conocer el mundo, para conocer a otras personas.

Sí. Existe el ego. Ciertamente de vez en cuando sirve también como amuleto para creerse inteligente. Sin embargo, ya lo he dicho antes, todo delirio de grandeza termina en infinita pequeñez. Basta que uno encarame bloque sobre bloque y trate de usar eso como palestra para que todo caiga al suelo con estrépito.

Yo no tengo lista. Sinceramente. Como dice Elefante “las reglas suelen ser tu peor enemigo, el más aburrido y cruel y disfraz. Un salto al vacío. El veneno más letal.” Leo lo que me provoca, un día es infantil mañana es un clásico, y aunque el camino que he recorrido página a página me ha llevado a odiar a algunos autores y a desterrar uno que otro género, incluso vituperar en su contra (sí Coelho es contigo, cero uno en esa boleta, ¿qué quieres que te diga?) tampoco se puede llegar al fundamentalismo literario.

Creo que todos tenemos nuestros libros. Autores que nos mueven el piso, que nos parecen unos genios, que nos hacen sentir comprendidos y otros a los que les damos quince páginas porque “el saludo no se le quita a nadie.” ¿Quieres leer Crepúsculo? ¿Te emociona? Está bien. Sinceramente creo que como todo en la vida tarde o temprano uno aprende y deja atrás ciertas cosas. Es lo que se llama evolución.

O como dice mi papá con respecto al vino, no se puede apreciar un Chateaux Margaux si no se sabe disfrutar de un Beaujolais Nouveau. Todo tiene su momento. Y lo sencillo es necesario para llegar profundo. Para llegar al Quijote tuviste que pasar a juro por Ma-Me-Mi-Mo-Mu y después de eso Caperucita.

En fin. Lectores hay como los sabores de helado. Amargo como el de limón. Sabroso como el de coco. Empalagoso como el de chocolate. Suave como el de mantecado. Rosado como el de fresa. Exótico como el de parchita. Extraño como el de aguacate. Light como el sorbete. Completo como la copa gigante con bolas de todos los sabores. Difícil de conseguir como el de Nutella, Nutella de verdad. Modesto como el artesanal y hecho en casa. Distinguido y respingado como el italiano.

Decir que lector es uno sólo es poner límites que la misma lectura nos enseña a desafiar usando la imaginación.

jueves, 7 de julio de 2011

Tiempo para pensar sin pensar


Aunque no tengo datos precisos me atrevería a decir que en promedio no tardamos menos de cuarenta y cinco minutos en llegar a nuestro trabajo. Quizás esa cifra es hasta conservadora. En la Ciudad de la Furia una gran mayoría está sometida al yugo de recorrer distancias cortas en grandes cantidades de tiempo. Dos y hasta tres horas para recorrer 20 km. Es una cantidad enorme de tiempo en la que el cerebro queda como en standby.

Atrapados en un mar de luces rojas a uno le queda muchísimo tiempo para pensar, y no hay nada más peligroso que una mente ociosa. Cuando uno está ocupado no tiene tiempo para estudiar el número de patas que tiene el gato. En cambio, cuando la radio te atormenta una vez más con el “E-E” de Movistar, la cuña de Aires Acondicionados Coronet o una entrevista más en la que analizan el mapa electoral concluyendo que el futuro es incierto o lanzando una marca de traje de baños, uno se pone a pensar. Pensar. Pensar. Pensar.

Pensar de todo. Sin pensar en nada.

¿Y si fulano realmente no me quiere? ¿Y si mengana me estaba viendo feo? ¿Qué estoy haciendo con mi vida? Estoy gorda. Estoy flaca. ¿De qué sirve ser flaca si un día te mueres y ya? ¿Y si hubiera agarrado ese trabajo? ¿Y si le hubiera dicho que sí a aquel peor es nada que tenía mal aliento? ¿Cómo me hubiera ido con él? A lo mejor habría logrado llevarlo a un dentista, curarle la halitosis y ahora viviríamos felices en Australia. Él cazando tiburones y yo atendiendo un alquiler de motos de agua. A lo mejor estaría divorciada. Sí. El peor es nada era insoportable.

La vida está hecha de tiempo. Es lo que la compone. Es lo que la nutre. Es lo único que tenemos, y la vez es lo que no tenemos. A veces parece que sobrara y otras más bien termina siendo nuestro tormento, como si no pasara, como si se estancara en nuestras narices con un único propósito, burlarse de nosotros.

A veces siento eso con estos últimos doce años. Siento que han pasado tan lento, como si la historia de la humanidad hubiese comenzando no hace millones de años, sino apenas en 1998. Lo demás parecen cantos Homéricos, invenciones de autores como Murakami, que cruzan la realidad con la magia, con el sueño y la pesadilla, con la calma y la violencia.

A veces me parece incluso que mi propia vida, mi propio pasado fue algo que me escribieron y no algo que yo viví. O que fue un sueño más que vino a mi cabeza mientras estaba en una cola. Mientras le pasaba al lado a la camioneta destartalada o un tipo en una 4X4 gigante se atravesaba frente a la modesta trompa de mi carro convencido de que si adelanta a lo macho llega más rápido.

Tan lento se me ha pasado el tiempo.

Y a veces pienso en gente que tengo a mi alrededor. Pienso en lo que les preocupa, en lo que les quita el sueño, en lo que reclaman y valoran. Me digo ¿de dónde? ¿de dónde salen estas ideas que no tienen sustancia como para aguantar ese nombre? Y luego me dijo, el rollo viene del tiempo muerto que no se ocupa en nada.

Tan peligroso puede ser tener horas para pensar y no pensar.

Me ha sucedido que estando en medio del tráfico magnifico historias, pleitos, desencuentros. También me ha servido para analizar mi propia conducta, respirar hondo y dar segundas, terceras, cuartas oportunidades.

He soñado con el futuro, me he proyectado como la dueña de alguna casa al lado de la cual paso varios minutos parada. O a veces me limito sólo a imaginarlas por dentro. ¿Cuántos baños tendrán? ¿Vivirá un perro allá adentro? ¿Será un perro feliz o un perro de esos que la familia olvidó cuando el niño pasó de un grado a otro y se sintió más atraído a sus amistades humanas que al amor canino?

Una mente en Park es un peligro. El cerebro necesita de actividad constante, de estímulo continuo, no hay nada peor que acostumbrarse a pensar sin pensar. Como me dijo una amiga hace poco, termina uno convirtiéndose en gente que vive dejándose llevar, como el que va en una balsa, sin decidir nada, sólo dejando que el río siga su cauce, a veces furioso, pero te dejas llevar al fin.

Quizás por eso es que valoro tanto el tiempo que he pasado en esas ciudades en las que lo único que necesitaba para ir de un lugar a otro eran mis propios pies. Soy capaz de vivir encapsulada, de salir poco, de limitarme a ver poca gente. No por antisocial, sino porque me aterra perder el tiempo, porque no me gusta que la vida me vaya pasando lentamente y sin cambiar, como los millones de cuadritos negros que componen el asfalto y que puedo ver desde la ventana del carro.

No me gusta esperar. No me gusta la ociosidad. Cuando me obligan a estar quieta me siento impotente.

martes, 5 de julio de 2011

Bicentenario de 200 Razones


Hubiese querido dar rienda suelta a toda la cursilería que hay dentro de mí para expresar mi amor por este país. Hubiese querido enumerar las doscientas razones por las que a pesar de lo que dicta la razón, la lógica, la prudencia y el sentido de la oportunidad yo sigo viviendo en Venezuela y no contemplo hacerlo en otro país.

Me hubiese gustado contarles como me emociono, estilo Betulio Medina “cuando canto una gaita con orgullo y sentimiento,” o como me pongo pavosa cuando en ciertos momentos suena el Alma Llanera, porque ¡carajo yo nací en esta rivera del Arauca vibrador y a muchísima honra!

También me habría gustado dejar un párrafo para decir lo mucho que me hiere cuando leo comentarios despectivos sobre Venezuela en portales como Facebook, sobre todo de gente que ya no vive aquí. Me lo tomo a pecho, me lo tomo personal y no me gusta, porque este país es mío y si te metes con él, te metes conmigo. Porque además me parece que golpear la patria es golpearse uno mismo, golpear a la familia, es como escribir en el estatus “mi mamá es una tal por cual, que no sirve para nada, vieja hortera, inútil…” entonces, ¿por qué hacerlo con tu país?

Luego hubiese retomado el estilo cursi para decir que yo me tomo dos tragos, escucho a Ilan Chester cantar Cerro Ávila y me transporto, y le canto al monte. Desafinado, pero con mucho sentimiento.

Hubiese elaborado sobre el tequeño, la hallaca, la ensalada de gallina y el pan de jamón. La cachapa con queso, el na´guará, el na´gueboná, el qué molleja, la mandoca, la conservita de guayaba, de coco, la panelita de San Joaquín, los diablos de Yare, los tostones con salsa rosada y queso blanco rallado a orillas de la playa. Hubiese descrito el color del mar desde Los Caracas hasta más allá de Caruao. Y los fantasmas de Carmen de Uria, que cada vez que paso por ahí pienso que con ellos hay un país entero que tiene una deuda pendiente.

Pero no puedo. Tengo las palabras atracadas. Tengo la emoción encadenada, como si estuviera metida en un baúl, cerrada por un candado enorme que le impide salir.

¿Cómo celebrar la independencia?

Si fuésemos libres, si fuésemos independientes podríamos celebrar.

Sucede que como ciudadanos dependemos cada vez más de los caprichos de una persona. Depende hasta nuestra tranquilidad mental de la ambigüedad de sus palabras, de su cuadro clínico, de su estado emocional. Si un día se le ocurre que para gastar nuestro dinero tenemos que fajarnos a hacer carpetas, pues tenemos que hacerlo y no nos queda más remedio. ¿Es eso libertad?

Ir a un automercado y que te digan que no puedes llevarte sino tanto aceite, que en tal página de internet no puedes comprar, que no tienes permitido hablar sobre un tipo de cambio, que si quieres importar un producto alguien te tiene que dar permiso, tantas cosas de nuestra vida diaria que no dependen de nosotros. Tanto de nuestra vida que debería determinarse por nuestro grado de lucha, de inteligencia, de trabajo o de potencial para crecer y que más bien depende de los planes políticos de un sector que se niega a aceptar un planteamiento tan sencillo como “existen distintas formas de ver la vida.” ¿Eso es independencia?

Las garantías que tenemos hoy en día se reducen a: quédate callado, no te metas con nadie, has tu trabajo, aguanta, no salgas hasta tarde. Entonces no podemos celebrar con fuegos artificiales algo que no tenemos.

Sin embargo, el día de hoy no es del todo inútil. Ha de servirnos para entender que dos siglos atrás existió una generación de venezolanos que se sintió con la misma desesperanza, con la misma angustia, con el mismo miedo que nosotros. Que arriesgó vida, propiedad y futuro por el ideal de libertad, por un país en que cada ciudadano tuviese la construcción de su destino en sus propias manos.

No. Hoy no es un día para celebrar. Es un día para inspirarse. Para aprender. Para darse cuenta que la lucha no es nueva, que ya muchos antes que nosotros han pasado por esto y han salido adelante. Que tenemos que luchar más duro para que nuestros hijos hereden un país en el que al menos haya futuro.

No da el día de hoy para enumerar las doscientas razones por las que adoro este país. Simplemente me viene una que hay que repetirse doscientas veces hasta que no aceptemos otra: Venezuela de venezolanos libres e independientes.