miércoles, 31 de agosto de 2011

El Título de Preescolar


En un mundo que cada vez se vuelve más tecnológico y en el que el conocimiento se profundiza en todas las áreas subestimamos lo que se aprende en los primeros años de vida. Después de todo, a nadie le dan un título de Preescolar. Uno no sale del jardín de infancia con toga y birrete. No hay discurso, ni invitado especial y los padres sólo lloran si cuando dejan al niño este a su vez no hace un escándalo que le refuerce al progenitor la idea de que su hijo le quiere.

Hoy en día hay más gente que termina el bachillerato o que saca un diploma técnico, que se especializa en tal y cual cosa, desde lo más académico, hasta lo más práctico. Se podría decir que ya ser carpintero no es nada más agarrar madera, martillo y clavos. El mundo se ha vuelto algo muy complejo.

Nada de eso está mal. El problema es que mientras más elevados creemos que somos, más nos olvidamos de lo básico. Subestimamos aquello que nos enseñaron de pequeños, porque lo creemos ínfimo en comparación con nuestro cerebro expandido de universitario, de hombre de negocios o de padre de familia.

Pasa que en esos primeros días nos enseñaron la clave de la vida, de la convivencia. Nos enseñaron a decir por favor y gracias, a saludar al entrar a un lugar, a compartir las cosas, a convivir entre compañeros, aunque de vez en cuando a uno le decían “si te pegaron, entonces pega tú.” Porque ciertamente a veces no queda más remedio que defenderse. La vida es así. Pero es a lo largo de los años y con la llegada de la madurez que uno aprende cuando el golpe se devuelve y cuando el golpe se perdona.


No estamos haciendo la transición de niños a hombres como es debido. Tal vez la estamos haciendo físicamente, porque claro está que el tiempo no se puede detener. Aunque tratemos de aferrarnos al botox y a todo el repertorio de procedimientos del Dr. 90210, inevitablemente llega un momento en el que nos toca aceptar que la batalla con el reloj y con el espejo se perdió. Entonces ¿qué queda?

Si no hemos pensado en más nada. Si no hemos dedicado la vida a otra cosa que aferrarnos de aquello que fuimos cuando no sabíamos quiénes éramos, entonces no podemos llegar a ser gran cosa.

A diario veo que la gente se golpea mutuamente, como dice Fito Paez “tiempos donde todos contra todos. Tiempos donde nadie escucha a nadie. Tiempos donde siempre estamos solos.” Muchos de nosotros nos horrorizamos frente al televisor ante la atrocidad y la desgracia que enluta y malogra a tanta gente, algunos que no están a más de una decena de kilómetros de nuestra casa. Nos tapamos la boca y los ojos con horror. Buscamos en algún lugar de la memoria el nombre de alguien que nos sirva para echarle la culpa de lo que estamos viendo. Y si no aparece el nombre de ningún ser humano entonces culpamos a Dios o a los Mayas, porque uno creó el mundo y los otros dijeron que la destrucción era inminente.

Lo peor de todo es que después de creer que nuestro nombre pertenece a una lista de no sé qué santos inocentes, salimos a la calle a atropellarnos. Ya sea a devolver los golpes que nos dan o pegar aquellos que sentimos que tenemos derecho a dar. Porque después de todo a lo largo de la vida nos fueron dando armas, no herramientas, sino armas. Porque nos convencieron de que la única forma de ser alguien en la vida era surgir entre un mar inmenso lleno de gente que es nadie.

A veces me llena de tristeza lo vacío que se ha vuelto el mundo. Lo dependiente que nos hemos vuelto como sociedad en la frivolidad, en el materialismo desacerbado, la falta de criterio a la hora de determinar qué cosas valen la pena y qué cosas no tienen el menor valor. Da terror pensar cuánta gente habrá perdido la vida por algo tan ridículo como un teléfono celular.

Es irónico que mientras más barato se producen las cosas más caro queremos pagar por ellas. Mientras más redes sociales tenemos a la mano, más nos encerramos en nuestro propio mundo. Porque yo puedo seguir al que piensa como yo, y al que piensa distinto simplemente lo ignoro, o peor, lo puedo insultar desde el anonimato, porque ya ni siquiera hace falta dar la cara para decir lo que piensas.

Es más, ya ni siquiera hace falta pensar, le puedes dar RT a las ideas de otro y ya ni siquiera tienes que hacer el trabajo de ser tú mismo. Mientras más formas tenemos de comunicarnos, más nos aislamos. Es más cómodo así. Es mejor construir un mundo en el que sólo cabemos nosotros, y los que piensan y son como nosotros. Un poco como funcionan el cielo y el infierno, todos los buenos de un lado y todos los malos del otro.

Al final del día, eso que aprendimos de chiquitos, eso de pedir perdón y compartir, eso de convivir y escuchar al otro, de decirle por favor y gracias, de dejarlo pasar y no pegarse sino pedirse las cosas con respeto. Eso de abrazarse y seguir siendo amigos, al menos compañeros. Eso es cursi y pasado de moda. Eso es demasiado para una era en la que nuestros cerebros a diario absorben mucho.

sábado, 20 de agosto de 2011

¿Estás bien?


Quienes tengan cierta edad recordarán, que el local que está al lado del Miga de Altamira en un momento dado fue un local nocturno llamado: Stage. Una noche fui a Stage con mi hermana y su esposo a ver a Emilio Lovera. Por supuesto la pasamos buenísimo. Nos reímos. Tomamos algo. Y a eso de la una de la mañana decidimos irnos.

Para abandonar el local teníamos que bajar una escalera bastante empinada y oscura. Los escalones eran de madera, y tenía unas paredes de piedra, muy bonitas y bastante estrechas. Comenzamos a bajar y de repente fue como si hubiese surgido una versión previa del video del regaeton que dice “estás en falda y se te ve tóooo.”

Bajé escalera por escalera de fundillo, directo hacia una señora, que iba con su marido muy elegante, muy con su vestido negro y sus tacones, y que al estar de espalda no pudo ver que yo venía cual pelota de bowling a llevármela por delante y tirarla al suelo. Sí. La vieja se pegó más duro que yo.

Lo peor de todo no fue eso. Fue la humillación del caído. Ese momento en que vienen y te hacen la pregunta de mierda ¿estás bien? Nada peor que esas dos palabras cuando estás en el suelo. Yo prefiero que me dejen sangrando, que me respeten diente o hueso roto, a que vengan con esa cara de Teresa de Calcuta reencauchada a salvarme.

En ese momento vinieron mi hermana y el esposo e hicieron exactamente eso. Yo me levanté y dije lo que siempre dice uno en ese momento “estoy bien. No pasa nada.” “¿Seguro?” “Sí. De verdad. No me pasó nada.” Salimos a la calle y acto seguido, las carcajadas más feas de la historia. De esas que son mudas, de risa callada, de menearse para adelante y para atrás como asquerosos porfiados.

Sí. Yo he tenido par de caídas públicas y apoteósicas. Otra sumamente humillante fue también hace años saliendo del Teresa Carreño. Era un domingo y no recuerdo qué coño había escuchado, pero sí recuerdo que me había vestido de blanco. Pantalones blancos. Camisa blanca. Y había ido con mi novio, con cuya familia tenía planificado almorzar a la salida. El típico plan dominical. Concierto a las once, almuerzo a las dos, depresión a las seis porque al día siguiente era lunes.

Cuando salimos de la función llovía a cántaros, cuando todavía la lluvia no era el deporte capitalino de riesgo y sufrimiento máximo. La gente se resguardó bajo el techo que está frente al Hilton, esperando a que escampara un poco para ir a buscar sus carros. Mi novio, tan regio él, se sacrificó por mí y fue a buscar el carro. Yo me quedé con su hermana con las demás personas y en lo que lo vi, le dije, “le voy a ir a preguntar si te podemos dar la cola.”

En esa época no había PIN, y de novia nueva yo quería hacerle la gracia a mi cuñada. Salí brincando como una gacela, con mis pantalones blancos bajo la lluvia, pensando “no soy de azúcar, si me mojo un poquito no pasa nada.” Y fue justo entonces salí volando, literalmente volando y caí directo en un charco cual clavadista olímpico. Eso sí, tuve jurado y todo, sólo que en vez de levantar cartelitos de 9.5 o 0.1 cantaron a coro “aaaaayyyyyyyyyyy.” No tenían más nada que hacer, unas treinta o cuarenta personas que pasaron de ver llover, a ver caer y por supuesto, no pudo faltar, el macho cabrío venezolano que al ver a la doncella caer salió corriendo a su encuentro para hacer la maldita pregunta “¿estás bien?”

Y yo con mis pantalones ahora negros con esas ganas de responderle “cállate idiota, yo hago esto todas las semanas, estoy entrenando para los Panamericanos.” Final del cuento: me tuve que ir a cambiar a mi casa.

¿Qué puedo decir? Soy la clásica patuleca. Me he fracturado el brazo derecho tres veces. Puntos me han cogido unos cuantos, entre ellos siete en una rodilla porque un niñito me estaba persiguiendo para pegarme con una fusta y me caí. La última fue embarazada. Llegando al trabajo con un perolero en la mano, y clavé las rodillas en Tierra.

No hay nada peor que caerse, y como todo, uno piensa que el golpe principal es el físico, pero el que más duele es el moral.

jueves, 18 de agosto de 2011

La Luna en el Cachete

Yo le pinto una estrella y ella me pregunta “mamá ¿dónde está la luna?” Yo le digo, “No sé. ¿la pintamos?” “No.” Dice ella categóricamente. “Está aquí.” Y señala mi cachete. Según mi hija llevo la luna en el cachete. Y ¿por qué no? ¿Quién dice que uno no lleva la luna en el cachete? ¿Quién dice que es imposible alcanzar el sol?

Desde que tengo uso de razón me están convenciendo de los imposibles. Me están diciendo las cosas que no puedo, o que no debo hacer. Cuántas cosas se quedan a medio camino, cuantas leguas se dejan de recorrer porque vino alguien que estableció como máxima“eso no se puede” o peor, que uno no tenía talento para eso.

En nuestro sistema, si no sabes cantar no cantas. Si no corres rápido no haces deporte. Si no tienes la letra bonita no escribes. Y lo que es más patético, si no eres el favorito de la maestra no actúas en la obra de teatro, no presentas en el acto en el acto de fin de curso, de milagro y sales en el anuario. Eres lo que eres porque sí, y aprender…eso no existe.

Nuestro sistema escolar es una basura. No sólo porque no te enseña a leer. No te enseña a pensar. No te enseña nada, porque le preguntas a un bachiller recién graduado (no vale la pena intentar con alguien que se graduó hace cinco y o diez años) cuál es realmente la diferencia entre el 19 de abril y el 5 de julio y el que “sabe” te dice: “ah, que el 19 fue lo del tipo este… ¡Emparan! Con el dedito en el balcón y el 5 fue que firmaron el papel.” (respuesta verídica, no la invente.)

No. Eso alarma, pero eso no es lo grave. Lo grave es que nuestro sistema no te enseña a soñar. No te enseña a plantearte posibilidades, a imaginarte siendo algo que vaya más allá de lo que se supone que tienes que ser. Cosa que además nadie sabe qué es ¿qué se supone que uno tiene que ser?

Si eres mujer esposa y madre. Ambos conceptos sumamente vagos. Si eres hombre, entonces no importa tanto lo que tienes que ser, sino más bien lo que tienes que hacer. Y lo que tienes que hacer es una sola cosa: Billete. Real. Más nada. El resto son periquitos, chucherías y adornos sin importancia.

Por eso entre mis proyectos está los de colaborar de alguna forma con la educación en el país. Todavía no sé bien como. Dando clases seguro. Es mi primer paso. Después quiero ver cómo entro hacia promoción de lectura. Me imagino que primero será por aquí, vía redes sociales. Después con mi proyecto literario, por eso ando ahorita con menos tiempo y energía para postear, porque se lo estoy poniendo todo a una historia. A un proyecto. Minuto que tengo libre. Minuto que uso para escribir. Iba a decir algo más, pero no quiero ser boca de chivo. Me quedo callada.

El meollo del asunto en este post es que nunca se puede dejar de soñar. Es que nunca se puede dejar de creer. No hay edad, ni horario, ni nada que impida que uno alcance una meta. Mientras uno más hace, uno más puede. Mientras uno más quiere exprimir la vida, la vida más da.

No lo digo yo. Lo dice la luna que ahora mismo, mientras brilla el sol, descansa en mi cachete.

lunes, 15 de agosto de 2011

El no sé qué del Ken


Nota Post-Post: Este post trata sobre el Ken de mi época Barbiequera (los 80) veo que el Ken actual no tiene nada que ver con el nuestro. De hecho es material para otro post. El juego de la Barbie pasó a otras ligas.

Hace días estaba hablando con Juan sobre Bill Hemmer el ancla de Fox News. Cuento corto: Bill Hemmer es un muñeco, pero siempre me había parecido que tenía algo sospechoso. Y hoy lo conseguí. Es sospechoso porque se parece al Ken.

El Ken siempre fue algo raro. Una tenía cinco Barbies y un Ken. A lo mejor el problema era ese y por eso las mujeres somos tan cuaimas y desesperadas con los hombres, porque desde el juego simulado ya tenemos en el mercado más mujeres que hombres. Tal vez por eso el tipo, así fuese de plástico era un creído, insoportable.

Es que yo no sé qué estaban pensando en Mattel, pero el Ken era demasiado perfecto. No tenía un gramo de grasa. Siempre estaba peinado que no se le movía ni un pelo. Además el coño de su madre aparecía montado en un Corvette con un sweater blanco amarrado por el cuello, con unos pantalones de golfista de domingo. Tenía además una sonrisa, no de político en campaña, sino peor, del que le dona la plata al político en campaña.

Claro que la Barbie también era perfecta, pero por alguna razón, para la pareja de la “mujer perfecta” eso siempre termina siendo un conjunto vacío. Tengan lo que tengan los hombres siempre joden. ¿A Elizabeth Hurley no le montaron cachos con una prostituta? Bueno, el Ken, ahora me doy cuenta, es el propio tipo que le decía a la Barbie que estaba gorda, que se vestía horrible, que sus plataformas eran niches, que su peinado estaba pasado de moda, que sus lentes no pegaban con el resto de su atuendo. Era el propio sonrisita fuera de la casa, monstruo al cerrar la puerta.

Eso me recuerda a la mamá de una amiga de mi hermana que solía decirle, “no se busque al más inteligente, ni al más rico, ni mucho menos al más bello. Búsquese uno normalito, que lo demás lo único que trae. Es rollo.” Ciertamente, como dice la sabiduría popular bueno es cilantro, pero no tanto. No vamos a generalizar claro, hay majaretes, muñecotes de torta que se portan muy bien, pero un hombre creído es lo peor. Lo peor del mundo. Y cuando tienen un atributo que los hace sentirse “especiales,” generalmente tienden a ser especímenes no recomendables, de esos de los que se enamoran las miembros del Club del Ojo Podrido.

De verdad la belleza para hombres y mujeres es muy distinta. Sobre todo el efecto que tiene en ellos. Para la mujer la belleza es casi una tarea con la que hay que cumplir. Desde chiquitas nos meten ese cassette. Si eres fea, no importa: te operas. Si tienes los dientes choretos, ni te angusties cariño, que así sean varios años con la boca con más metal que una chatarrera, esos dientes se acomodan.

Tetas enanas: Implantes. Culo plano: se le inyecta grasa. Celulitis: electro shock. Lo que sea, así termines como Herman Monster por un tiempo, porque pare ser bella hay que ver estrellas.

Con tal de ser bellas las mujeres nos sacamos costillas, pagamos fortunas en gimnasios, tomamos pastillas que se hacen en los rincones más bajos del tercer mundo y que bien pueden tener veneno de ratas o semen de zorrillo, pero uno se las traga porque ¡hay que ser bella! Punto.

En la mujer es algo esperado. Una condición sine qua non de su género. En cambio en el hombre, se supone que es algo que pasa casi sin esfuerzo, o que no hay más remedio. Si nació feo le dicen tranquilo amigo que el hombre es como el oso, mientras más feo más sabroso. Y si nace bellito. Entonces es un regalo de la naturaleza. Lo único que tiene que hacer es coser y cantar.

Sin embargo, decía un amigo mío que los hombres feos al final siempre terminaban por tener mucha más suerte con las mujeres y que eran mucho mejores, porque siempre les había tocado trabajar más duro.

No sé qué tan cierto sea eso. Hoy por hoy no creo en nada. Por más bello que sea un tipo. Por más Brad Pitt. Más muñeco de torta. Más hermoso. Más estatua griega. Cuando se porta mal. Cuando hace cosas que no debería hacer. Cuando tiene el ego que más bien lo que parece es un copete de Cacatua y se pone insoportable, a mí me termina pareciendo feo. Al final, trillado y todo, la belleza está en el ojo de quien mira. Tarde o temprano la manera como uno se comporta afecta hasta el físico, y eso pareciera ser verdad tanto para los hombres como para las mujeres.

Pobre Ken, yo creo que aunque tenga su peinado plástico perfecto merece otra oportunidad. A lo mejor no es tan malo.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Lo que haces vs lo que No haces


Odio las montañas rusas. No le veo el sentido, el placer, a estar dando vueltas de cabeza en un aparato que hace ruidos horribles. Siempre digo que la vida te hace dar demasiadas volteretas como para ir de gratis a montarte con tus propios pies en un aparato que lo haga. Las únicas veces que me he montado, algo así como dos o tres en total, siempre que el trencito va subiendo lentamente, acercándose a la caída de vértigo me digo “¿para qué monté en esta mierda? ¿quién me mando?”

Tengo que reconocer que esas veces me bajé del aparato con una sonrisa. Con un sentido de haber logrado algo dentro de mí misma. Superar el miedo. Entonces me doy cuenta que mi mamá tiene razón cuando dice que uno siempre se arrepiente de lo no hace, pero de lo que hace jamás. Porque de una forma u otra, así te hayas equivocado. Así la primera conclusión sea “no tenía necesidad de hacer esto” lo cierto es que siempre le sacas una lección, un aprendizaje, una herramienta de crecimiento personal. Hacer cosas siempre te hace mejor persona, mientras que no hacer nada te hace quedarte en la nada.

Siempre he pensado que las crisis existenciales vienen del marasmo ante la vida. Sé que mucha gente me critica porque soy una persona que siempre está en algo nuevo. Salvo la literatura he tenido pocas cosas constantes en mi vida. Es verdad. Reconozco que a veces soy atorada en algunas decisiones. Sé que hago cosas y a veces sigo a veces no. Si me atrapan, como la fotografía, me las quedo. Si no, al menos puedo decir con propiedad que no me gustaron. Nadie me quita lo bailado. Es que me gusta vivir la vida con intensidad.

La vida hay que vivirla como si uno estuviese en una heladería. Te paras frente el mostrador y vas pidiendo distintos sabores para probar. Nunca sabes si ese helado de piña, si ese que tenía un sirope morado chorreando es el mejor del mundo. Si pides todo el tiempo mantecado y chocolate, te estás perdiendo todo lo demás. Al menos así veo las cosas.

Mis crisis, las que he tenido, siempre han llegado en momentos en que el ocio era más fuerte que yo. Uno está en su casa y te pones a pensar tonterías. Te vuelves inconforme y no valoras lo que tienes. A veces creo que mucha de la insatisfacción personal, de las crisis matrimoniales, incluso de la crisis de país viene de una suerte de conformismo con la vida.

A la vida hay que pedirle y que exigirle. La vida hay que exprimirla. Sí. Uno no se puede extralimitar. Como yo que ahorita con mis piojos estoy estirando la liga. Escribir este post es un esfuerzo astronómico. Ni hablar del trabajón que se me está acumulando en mi proyecto literario que espero poder terminar pronto. Con sueño es muy duro escribir. Siento como una especie de niebla encima del cerebro.

Sin embargo, cuando me siento a descansar y me digo “ok, ahora vamos a darnos dos horas de reposo” me empieza a entrar piquiña, como si alguien me estuviera diciendo, “mira el tiempo que tienes y cómo lo estás desperdiciando.”

Entonces decido lanzarme en dos o tres aventuras locas que puedo dominar desde mi huequito de máquina dispensadora de alimento para bebés. Un negocio. Un libro. Clases. Y una cosa más…una cosa que siempre he querido hacer: aprender a tocar guitarra.

Empiezo el lunes. Ya les contaré. Manu ahora se puso musical.

jueves, 4 de agosto de 2011

La Patrulla


Juro que digo la verdad y toda la verdad cuando les cuento, que hace ya unos cuantos años participé una conversación en la que se dijo lo siguiente: “Ay no mi amor. Él llega y ya yo estoy dormida. Cuando me doy cuenta que el hombre llegó, le pregunto. ¿A qué hora llegaste? El siempre dice doce o doce y media, algo por ahí. Entonces yo calladita, me hago la que voy a la cocina, bajo al estacionamiento y toco el capó del carro a ver qué tan caliente está. Comparo con la hora. Y si los números no cuadran…”

La verdad es que el tip, digno de un libro así como “Paranoia para Idiotas” iba acorde con la cara de la mujer y la pinta del flamante esposo, que estaba en otra esquina de la mesa fumando tabaco y echando chistes con los amigos. Era una cara como de sufrimiento, de amargue. Era la típica cara de eso que llaman: Una Patrulla.

La Patrulla es la clase de mujer (u hombre porque los hay que pertenecen al gremio) que digno miembro del Club de Ojo Podrido, se busca un tipo que no la quiere, no le para, no la hace feliz, pero ella, enamorada al fin, se propone obligarlo a quererla, guarda la esperanza de que un día se aparezca a lo Prince Charming zapatilla de cristal en mano y le diga que no puede vivir sin ella. Mientras ese día llega, La Patrulla no descansa pensando que alguien le puede robar ese momento.

Patrullas hay solteras, empatadas, casadas, divorciadas, ya dejadas, no importa el status, lo que importa es el estado mental de la persona en cuestión. Yo recuerdo un par de relaciones en las que de repente miraba el teléfono y tenía dieciséis llamadas perdidas, un email sin texto sólo con la pregunta “¿dónde andas que te llamo por todos lados y no apareces?” y cuando por fin aparecía aquello era una interrogatorio que dejaba a Law and Order soquete.

Según La Maranga, mi prima, una Patrulla puede ser cualquiera. Es decir, tú puedes ser una mujer normal, tranquila y sin darte cuenta terminas convertida en una Patrulla. La línea se cruza un día en que inocentemente te dicen algo como “toma mi clave de gmail y porfa revisa a ver si me llegó el correo de fulano que tiene la clave de no sé qué.” Te metes y con toda la ingenuidad del mundo empiezas a revisar aquello, sin querer queriendo como decía el Chavo del 8. Después de todo, “te dieron” la clave, no fue que tú la adivinaste.

De acuerdo a la teoría de La Maranga eso es peligroso. Tarde o temprano ves algo que malinterpretas o que te genera una duda, o que te confirma algo sobre lo que no tenías la menor idea. A lo mejor el tipo efectivamente era un montacachos de mierda. Pero tú eras feliz, no lo sabías, no lo sospechabas siquiera. Te enteraste espiando, patrullando y de allí en adelante estás como Ilan Chester, eres una melodía pavosa que dice “abran paso que no puedo parar.”

Hoy en día el Facebook bien podría usar como slogan “Paraíso de la Patrulla.” Hay gente con master de Patrulla en la redes sociales, y como hay quienes hasta describen sus movimientos intestinales en el status, también lo ponen fácil. Por eso yo trato de no meterme en el Facebook de mi esposo. No tengo ganas de verle en el muro el mensaje de aquella amiguita que es la que te ve en las fiestas con cara de “tú serás las esposa mija, pero primero fue sábado que domingo” y que seguro le escribe “freeeeeeeeeennnnnnndddddddddddddddddddd, ¿dónde has estado? ¡Me dijeron que tienes un chamo! ¿Te acuerdas de la noche aquella que bailamos Sopa de Caracol? Pana que pea tan grande la del Gordo. Te mando un mail con mis datos para retomar el contacto. Muuaaa.”

No. No quiero ver eso. ¿Para qué? Si al final del día soy cuaima (lo admito. Fack. Es cierto) y no pienso alimentar mi cerebro a punta de esa. Mi teoría es si te van a dejar, te van a dejar. Punto. Si se van a quedar contigo. Se van a quedar contigo. Claro que eso no significa que vas a regalar la granja, pero de ahí a estar espiando, a estar revisando teléfonos, a estar analizando las fotos de la fiesta de la oficina a ver si a fulanita se le nota algo raro en la cara. De verdad que eso no. Al menos yo tengo otras cosas que hacer con mi tiempo. Por eso también es clave el tema de la vida propia, señoras eso de “vivir para otra persona” es muy 1929 y sumamente peligroso.

Además el problema de los celos Patrulleros es que todo va in crescendo. Llega un punto que el Facebook y el email no son suficientes, se pone a los amigos a llamar por teléfono, se memorizan las placas de los carros, se pasea delante de la casa del tipo a ver si el carro está allí, incluso llega a olerle la ropa interior, cosa que como diría Phoebe Buffay “Eeeuuu and oh no.” El Patrullaje puede terminar siendo como una droga.

Lo peligroso es que cada cosa que uno hace da en la autoestima. Mientras más baja la autoestima, más grande la inseguridad. Mientras más grande la inseguridad las paranoia crece, y poco a poco se pierde la noción de la realidad. Recuerdo una de mis terminadas importantes con uno de los Patrulleros que me persiguieron en la vida, el hombre juraba, perjuraba que había alguien más. No hubo forma de convencerlo de que eso no era así. Estoy segura que en su mente hay un nombre y todo, un Rosco, un Alex, un Jorge, un personaje ficticio pero demasiado real que según él le “echó a perder” su relación. Y no era así, parte del problema que lo dañó todo fue precisamente el control y la Patrulla. ¿Qué puede uno admirarle a alguien que se respeta tan poco?

EL punto es, si estás con alguien que te revisa la cartera, o si sientes que para estar en una relación honesta necesitas que los SMS de tu pareja hablan por él, 1. Esa relación está mal. No sirve. O la arreglas o la botas. 2. Sí. Lo sentimos mucho, pero formas parte de la división de Patrulla del Club del Ojo Podrido. Pero como todo en el club, mantenemos el optimismo, con esfuerzo y trabajo ese mal, se cura y adiós Patrulla.

martes, 2 de agosto de 2011

Ficciones: Texarkana


Nosotros siempre fuimos almas viejas. No nos robamos el carro, aunque sí manejamos a escondidas. ¿Eso es robarse el carro? Bueno, entonces sí lo hicimos. Pero fuimos siempre prudentes. No mentimos más de la cuenta. No nos escapamos. Fuimos como los muertos de la canción de Mecano, todo lo hicimos sin pasar de la puerta, porque sabíamos dónde teníamos que estar.

No nos botaron del colegio. Ni llamaron a nuestros papás. Y si lo hicieron al menos yo no lo recuerdo. Sí fumamos a escondidas, entre los matorrales de casa tu abuela. Yo me moría de miedo y tú los sacabas como si fuese cualquier cosa. Como si hubiese una cámara escondida y el mundo te estuviera viendo. Presenciando tu franca rebeldía.

Nos enamoramos mil veces. Yo de ti. Tú de mí. Nunca al mismo tiempo, y después no quedó más remedio que enamorarse de otra gente. Odié a tu primera novia tanto como tu odiaste al tipo que resultó ser destinatario del “me empaté” que según tú, te confesé demasiado tarde. Me reclamaste haberte enterado de último. Claro que tu reclamo no fue el de cualquier celoso, más bien estabas como resignado. Como si en el fondo no te importara.

“¡Qué mierda” me dijiste “vas a pasar veinte meses con ese tipo y después te vas a arrepentir.” Tenías toda la razón. Luego de tres años un día me dije, no fueron veinte, sino treinta y seis meses que se fueron a la basura, todo para escuchar un día algo que hoy es un clásico de las mentiras para terminarle a la pareja: “no eres tú, soy yo.”

Es curioso, como cuando escuchas algo la primera vez suena tan original. Como cuando escuchas algo al estar enamorada te parece la verdad más grande del mundo. Como en la adolescencia todo tiene un deje tan puro, tan inviolable, tan parte del mundo y tan incomprensible por todos los demás. Somos tan únicos, tan impolutos, tan nosotros mismos aún sin saber quién somos.

Recuerdo que te llamé llorando y tú me dijiste casi con crueldad “yo te dije que ese tipo no te quería.” Yo no dije nada. No estaba de acuerdo, pero no tenía fuerzas para defenderlo. Yo pensaba, pero si él me dijo que yo no era por mí, era por él, si no me quisiera me lo hubiera dicho de frente. “¿Te lo dije o no?” Insististe. Pero yo no estaba lista para reconocerlo. Para ese entonces teníamos diecisiete. Esa tarde nos montamos en el carro de tu papá y le gritamos a la gente que caminaba por la zona de Colinas de Tamanaco cosas como “¡se le cayó la peluca!”

Sacábamos la cabeza por la ventana como perros. Nos reíamos y yo sentía que no aguantaba, que me iba a hacer pipí de la risa. Se acercaba carnaval y yo te dije que la semana próxima deberíamos comprar huevos y tirarlos. Y te dije que fuéramos al colegio de él. Tú no sospechaste nada. Creo yo. O te hiciste el loco. No tenías por qué sospechar, después de todo, él se había graduado, ya estaba en la universidad, nosotros éramos unos niños de pecho. Él no iba a estar allí ¿Qué podría ganar yo con ir a tirar huevos a su colegio si él no iba a estar?

No sé. Era algo totalmente irracional. Yo sentía que estando en su colegio al menos una parte de él estaría allí. Qué patéticas somos las mujeres ¿verdad? Yo siempre te quise confesar eso. Es la típica cosa que a los treinta ya puedes confesar sin que te juzguen demasiado, porque se supone que a esta edad ya entiendes la vida mucho mejor que cuando no llegabas a los veinte.

No estoy tan segura. De verdad ya no estoy tan segura. No sé en qué momento maduré, si es que alguna vez lo hice. Sólo sé que un día se volvieron inapropiadas ciertas conductas. Sólo sé que una pelea con mi esposo un día escuché que gritaba “no soporto tu actitud de niña de cuarto año de bachillerato. Es insoportable.” En ese momento me pegó todo.

Me quedé callada porque en mi cabeza sonaban The Commitments, Try A Little Tenderness, y tú y yo gritábamos a todo pulmón. Yo el coro y tú eras la voz principal, y el Chevrolet azul de tu papá se mandaba la bajada del Hatillo como si abajo estuviera la gloria. Porque así éramos nosotros. Íbamos siempre al revés.

Esa pelea, de las últimas que tuve con el que ahora llamo “ese señor” fue en un hotel de Luisiana. Una ciudad poblada por fantasmas que van a casinos, que tienen vasos de algo que parece whisky en la mano, pelos amarillos y pieles anaranjadas. En las calles muchos negros. En los caminos muchos negros.

Al día siguiente nos montamos en el carro y seguimos el camino hacia Arkansas. No sé si es que Luisiana es así, pero se a mí se me pareció mucho a ese camino que hicimos en Margarita. Cuando nos paramos en La Galera y nos sentamos en la plaza a imaginarnos lo que sería vivir allí.

A mi lado el hombre con que me había casado iba callado. Mirando el camino sin decir nada, y yo que pensaba en La Galera y en los negros sentados a la orilla de la carretera, dejándose llevar como un río, y me moría de ganas de decirle “imbécil, all you gotta do is try a Little tenderness.” O no. No gritarle. Eran ganas de cantar, de ser otra vez lo que fuimos a los diecisiete. ¿Por qué no pudimos seguir siendo eso? ¿Quién dice que no se puede? ¿Quién dice que no puede haber un hipopótamo montado en el techo? ¿Quién dice que un día dices que sí y eso es todo?

Y viendo los árboles pasar a velocidades supersónicas, mezclados con casas, con gasolineras, con camionetas Chevy enormes, con asfalto y la señal gigante de decía Welcome to Arkansas no dejaba de sentir un hueco en el estómago. Una perforación de extractor de petróleo. ¿A dónde te habías ido? ¿Dónde estaba mi mejor amigo? Ese que iba estar ahí toda la vida. Con su mal aspecto de adolescente descarriado. Con su sabiduría de viejo prematuro. La música pavosa que a mí me gustaba. El rock y la banda que habías formado con otros tres loosers a los que también les había perdido la pista.

¿Qué había pasado con el mundo que íbamos a conquistar? ¿En qué momento de nuestro horrible vestuario de los años noventa lo habíamos convertido en un mundo corriente? ¿En qué día pasamos de ser alguien a ser cualquiera que se viaja rumbo a Arkansas? A una vida que no era la planeada. ¿No le íbamos a demostrar a la directora del colegio quiénes éramos? ¿Al bullie y al papá del bullie? ¿A la vieja loca? La mamá de aquella estúpida del salón que la tenía agarrada conmigo?.

¿Y tú batería vieja? ¿Mi cuaderno morado? Ese que nunca terminé de llenar. Lo vendimos todo por un poco de adultez. Y el viaje a la Gran Sabana. Y los besos en aquel cine. Y las discusiones acaloradas sobre política y la porquería del mundo. Y las tareas que no hicimos. Y los conciertos en que nos sentimos en el tope del mundo. Y Los zapatos esos que me costaron la mesada de un mes. La camisa que te regaló aquella tipa que llamabas tu novia. La carta que me escribió el pobre diablo al que le dije mil veces que no. El castigo de tu papá. La noche que nos quedamos en la puerta de mi casa hablando hasta la cinco de la mañana, la primera vez que pisé una discoteca. El perro que murió. La primera borrachera, cuando me trajiste una vez más sana y salva hasta la puerta de mi casa.

¿Qué pasó con todo eso? Con todo los que quedó pendiente. No sé qué le hice a mi vida. Sólo sé que tenía que llegar hasta Little Rock y me bajé en Texarkana. Tiré la puerta del carro y me fui a buscar un hotel. Mientras llenaba la ficha con mis datos en un Holiday Inn inmundo recordé que había una canción de R-E-M que te encantaba, Texarkana. Terminaba con la frase “catch me if I fall.” Entonces lo vi claro. Las casualidades no existen. Mi primera tarea en esta nueva etapa mi vida: encontrarte. Tú me vas a proteger de esta caída. Una vez más.