viernes, 16 de septiembre de 2011

Para ser bella...hay que remover al canario de mi pelo

Nunca dejará de asombrarme el sufrimiento que las mujeres somos capaces de soportar cuando de belleza se trata. Que aún en esta era de operaciones de corazón por laparoscopia, las mujeres estemos poniéndonos cera caliente en el cuerpo para después arrancar el pelo, me hace llegar a la conclusión de que somos unos salvajes.

Sin embargo, no es nada más la depilación lo que constituye una tortura para muchas de las que pertenecemos al sexo femenino. La celulitis, por ejemplo, es otra de esas pesadillas que nos ponen locas y nos hacen llegar a los extremos. Una amiga me llevó una vez a un centro de belleza. Me quitaron la ropa y me hicieron un examen. No lo pasé.

“Tienes celulitis.” Me dijeron. Fue en tono de gravedad. Como cuando se da un diagnóstico fatal o se declara algo preocupante. “Pero se puede hacer algo.” Es decir, tienes salvación. No tienes por qué vivir con ese defecto encima.

Me mandaron un tratamiento que al menos al principio no sonaba tan mal. Por supuesto me mandaron a tomar agua, cosa que hago en abundancia. Cero problema. Me quitaron cosas como el café. El refresco. Yo no soy refresquera, así la Coca-Cola no tiene la culpa. La culpa la tengo yo. Y eso de dejar de tomar café será en otra vida, porque en esta soy adicta y a mucha honra. Luego me mandaron una especie de rutina de tratamientos. Masajes. Y otra cosa que no supe lo que era hasta que me montaron en una camilla.

Los masajes sonaban bastante bien. A ¿quién no le gusta un masaje? Me encaramé en la camilla y me dispuse a recuperar algo de sueño perdido. Cuando vine a ver me estaban dando en las piernas con una máquina que parecía un guante de Rocky Balboa. Era como si estuvieran tratando de meterme en un triturador de basura. Era un cuadrado con cuatro bolas redondas.

Yo sentía hasta los huesos aquel aparato y la cara de la mujer que le daba con todas sus fuerzas, imaginando en mis piernas la cara del ex que la jodió o de la suegra que le hace la vida imposible. Pero ¿yo qué culpa tenía? A los cinco minutos le dije “amiga, ¡Ya! Yo no nací para esto. Si esto es lo que hay que hacer para no tener celulitis, pues yo no estoy dispuesta a hacerlo.”

Me trató de convencer. Pero fue inútil. Entonces me dijo que no me preocupara, que con el otro tratamiento solamente podía mejorar mucho. Así que me cambiaron de camilla. En menos de treinta segundos tenía cables por todas las piernas, como si fuese un tratamiento psiquiátrico de los años veinte. Yo estaba en negación. “No” me decía a mí misma. “Esto no puede ser con electricidad. Es imposible. Esas cosas no se usan.” Qué equivocada estaba. La mujer apretó un botón y me empezaron a recorrer las piernas unas olas de tensión. “Yo me voy a parar de aquí y voy a ser Herman Monster.” Me dije.

Me quejé del dolor, pero la mujer sentenció muy segura “eso no duele.” No le dolería a ella. Yo sentía que me estaba vomitando encima algo como Godzilla. Me costó. Pero logré que apagara la máquina.

Sí, soy una paria del mundo de la belleza. No merezco llamarme mujer. No soporto ese tipo de tratamientos. Es más, los odio. Miré a mi alrededor. En el salón habían varias camillas. Varias mujeres estaban tiradas ahí con los cables encima. Aguantando algo se parece mucho a lo que la policía usa en las dictaduras para torturar a los delincuentes cuando quieren que confiesen.

Y uno ahí. De gratis. Montado por voluntad propia. Y todo ¿para qué?

Cada quien le saca partido a cómo se ve en el espejo. Para muchas es un amuleto. Para otras un protocolo inevitable. Y está la que de verdad no le para. Para mí es confuso. No es que no me importe cómo me veo. Me importa y mucho. Después de todo soy una mujer de occidente. Crecí en occidente. Y nos importa muchísimo cómo lucimos. Pero tengo un umbral del dolor bajo y no estoy dispuesta a sacrificar el bienestar de mi cuerpo para lucirme en una playa.

Ayer hice uno de los rituales de toda mujer que se respete. La pintada del pelo. Las famosas mechitas. Casi cinco horas sentada en una silla. Me recordé por qué odio tanto las peluquerías. Porque por más que uno no puede ir por la calle dando pena, siempre siento que es una monumental pérdida de tiempo. No. No lo disfruto.

Menos lo disfruto cuando al final de aquella tortura. De que me jalaron el pelo como si yo fuese un pura sangre del hipódromo tras pleno grito de ¡Paaartida! Al verme al espejo no pude decir ni una sola palabra. Es como si un canario se hubiese estrellado contra mi cabeza. Las plumas amarillas están por un lado. La sangre roja por otra. La coagulada más allá. Y las vísceras marrones en otra parte. El corte es como si me lo hubiese hecho mi hija, no con tijeras, sino con un cuchillo mal afilado de cocina.

En fin. Que durante unos meses mi pelo no va a ser un atributo. A menos que me quieren dar el papel de La Chole en una novela mexicana. Todas las novelas mexicanas tienen una chole, que es la muchacha de servicio de casa del protagonista, que se pone de parte de la protagonista pobre y maltratada por la madrastra del tipo que los quiere separar.

En dos días volveré a otra peluquería llorando a ver si me pueden extirpar el cadáver del canario de la cabeza. Al menos así en términos de color no me dará tanta pena. Lo del corte se soluciona nada más con el tiempo. Ya el pelo volverá a crecer, al menos lo suficiente para emparejármelo. Serán unos cuatro meses largos.

Ayer quería llorar. Me decía a mí misma ¿cómo voy a salir así a la calle? Después pensé, qué carajo. Si hay una edad para hacerse loqueras con el pelo es esta. De viejo si es más grave. Por ahora me voy a convencer a mí misma de que esto era lo que yo quería. Porque después de todo, hay una cosa trillada, repetida, gastada, que a uno le cuesta creerse pero que es una verdad absoluta, la belleza no es algo que se tiene, sino algo que se proyecta. Es 100%. Totalmente. Pura y completica. ACTITUD. Más nada.

viernes, 9 de septiembre de 2011

Cerrada por inventario.

Estoy reorganizando mi vida. Escribiendo cosas que todavía no puedo publicar. Digamos que estoy cerrada por inventario. Reabriremos pronto.