domingo, 30 de octubre de 2011

Reto: La Montaña Mágica


Este post es parte de mi nuevo proyecto: El Perro Naranja. Lo pueden encontrar en la siguiente dirección: http://elperronaranja.tumblr.com/

Hace un año más o menos mi papá me preguntó algo sobre la Montaña Mágica de Thomas Mann. Lo siento. Fue mi respuesta. No sé. No lo he leído. Me salió regaño. ¿Cómo es posible que no hayas leído la Montaña Mágica de Thomas Mann? No sé. No sé cómo pasó. Pero la verdad es que ni siquiera la tenía en una lista, ni sabía muy bien por qué era un libro tan importante.

De ahí en adelante he empezado a preguntar a mis amigos lectores sobre el libro. Quienes no lo hemos leído le tenemos algo de miedo, porque quienes lo han leído hablan la experiencia de forma contradictoria. Es maravilloso a la vez terrible, no lo puedes soltar, pero tampoco lo puedes terminar. Es decir, es placer puro y duro. Te lleva de un lado al otro. Te atrapa.

Confieso que le tengo miedo a la Montaña Mágica. Lo he tenido durante año y medio allí esperándome. Reprochándome la cobardía de haberlo sacado de la librería para dejarlo ahí esperando, como queriéndome decir, ¿qué esperas? Mi paciencia no es infinita.

En Twitter varias personas me han hablado del libro y estos días un compañero twittero me instó a leerlo. Llegó la hora. Invité a los compañeros del club de lectura a unirse al reto, los que quieran y en Abril del año que viene organizaremos un encuentro para discutirlo.

A partir del 1 de noviembre empieza el reto. A ver quién llega vivo. Quien llega muerto. Quien cae en la mitad. Quien descifra el secreto. Quien lo ama. Quien lo odia. Quien lo recomienda. Quien se pierde. Quien se enamora. Quien cambia. Quien sigue igual. Quien se desmorona. Quien muda la piel. Quien enloquece. Quien tira la toalla.

El reto culmina el 15 de abril.

¿Quién se anota?

1. El Perro Naranja

lunes, 17 de octubre de 2011

¡Vamos Maickel!


Nunca he hecho este experimento por miedo al resultado que pueda encontrar, pero me gustaría hacer un conteo de cuántas noticias buenas trae la prensa en un día cualquiera. No me extrañaría que si uno deja de lado la cartelera de cine y las demás noticias culturales, seguramente hay muy poco de bueno en la prensa tanto nacional como internacional.

No sé si será el agujero en la capa de ozono, si será la predicción del fin del mundo según los Mayas o si tenga que ver el hecho de que se hace más investigación en el área de cirugía plástica que en la búsqueda de la cura del cáncer. El hecho es que es a veces uno siente que el ser humano no puede ser más egoísta, más cínico, más inhumano que cualquier villano de historia fantástica.

Uno ve tanta crueldad o peor, tanta indiferencia, que es imposible no sentirse desesperanzado y cuestionarse todo. No seré la única que se ha preguntado antes de dar a luz, “¿A qué clase de mundo voy a traer a mi hijo?” Pero uno, con su naturaleza siempre optimista, termina por retomar la confianza, termina por volver a creer o por dejarse llevar. Por esperar a que mañana realmente sea otro día. Tal vez el genio de la botella, la barita mágica de algún hada protectora o los rezos diarios a ese Santo tan querido, terminen por caer sobre la humanidad y todo cambie, y se haga realidad ese final de toda historia que nos leyeron de pequeños. El final feliz.

Pero bien me ha repetido mi mamá, que a su vez le dijo tantas veces mi abuela, que a Dios rogando y con el mazo dando. Dicho popular que no es tan popular como debería serlo. Que la magia no existe y si existe está en ejecutar tus deseos, en hacer realidad tu sueño tú mismo. En ir para adelante como el elefante, no pensar en el vaso medio vacío, o para ponerlo en términos que están más de moda según los psiquiatras, no autosabotearte, no ser tú mismo tu peor enemigo.


Todo suena muy fácil. Cree en ti. Tú puedes. YES WE CAN. Lucha. Cree. Sueña. Persevera. Como dijo Steve Jobs, no dejes que el ruido de las opiniones de los demás te lleven a vivir la vida de otro, te impidan escuchar la voz de tu corazón. Y tiene toda la razón. Yo enmarqué hace años ese discurso y lo colgué en mi closet para verlo todos los días. Mientras me visto y empiezo a pensar tonterías como ¿será que este zapato se ve bien con este pantalón? Termino diciéndome, al garete con todo eso, lo que tengo que hacer es luchar. Trabajar duro. En coloquial: echarle bola. Hoy amanece y tengo un ayer más de vida y un mañana menos de tiempo.

Apuro. Uno vive con una sensación total de apuro. Hoy en día hay quien gana el Pulitzer antes de los 30, y hay mujeres que a los 40 parecen de 20, están los que a los 50 tienen acumuladas más de 100 vidas. Los números están totalmente locos, reducidos, dicen por ahí que el eje de la tierra cambió de inclinación y ahora el tiempo es más corto. ¿Has visto cuánto dura una mañana? Nada. La puedes medir en algo así como: dos diligencias y una reunión de trabajo que termina con “me tengo que ir, ya no me queda más tiempo.”

Pienso en eso y me siento como un vulgar libro de autoayuda. Digo vulgar porque para no caer en generalizaciones diré que casi ningún libro de autoayuda da verdaderas respuestas. La gran mayoría se queda en ideas vagas, tú puedes. Sí. Tú puedes, pero ¿puedes qué?

La realidad es que la gran mayoría de las veces el que sabe lo que quiere, a menos de que esté un poco loco, tenga padres obsesivos o mucho dinero se queda a la mitad de sus sueños. Siempre hay una parte del sistema que te quiere probar lo que el libro de autoayuda te vende, que no puedes. Que no sirves. Que si tienes talento no tienes tiempo. Que si tienes tiempo entonces no vas a vender lo suficiente. Que un buen corazón no hace curriculum. Que una cosa es Teresa de Calcuta y otra es Harvard. Que un blog no hace a un Vargas Llosa.

Es por eso que a veces me siento como el personaje de El Árbol Rojo de Shaun Tan. “A veces la oscuridad te supera.” Sí. A veces siento que la oscuridad me supera. Me siento como una gallina cuyo corral acaba de ser sacudido por la patada del granjero. Corro para todos lados, cacareando desesperada. Tengo de todo menos tiempo. Me lleno de problemas. El vaso de agua en el que vivo se desborda como una represa y yo salgo volando, surfeando esas olas sin tabla, ni salvavidas, solo con una cuerda muy fina de un bote que se va alejando y siento que si no me agarro duro se va a perder y yo voy a morir ahogada en la oscuridad.


Entonces viene el destino y de una forma que sólo él entiende mete la mano. Paso una noche cualquiera, de un día que ya no recuerdo y veo una sombra que va corriendo delante de las luces encendidas de un carro. La sombra corre con mucho esfuerzo. El carro va despacio. Todo tiene un aire muy extraño. En una ciudad como esta puede ser cualquier cosa. Uno teme pararse y se siente culpable de seguir. No queda más remedio, me detengo y observo un segundo.

“Ese es Maickel Melamed.” Le digo a mi esposo. Me emociono. “¡Joder! Ese es Maickel Melamed.” Ya se aleja y yo. Estúpida yo, reprimo el deseo de abrir la ventana y gritarle “¡Vamos Maickel! ¡Vamos!” Reprimo el deseo de gritarle “Maickel, tú eres todos nosotros. Tú eres todo aquel que aún no encuentra su árbol rojo. Tú eres todo aquel que ha dudado, que se ha perdido, que no se encuentra, tú eres todo aquel que está confuso en el laberinto de las cosas que no importan, de las depresiones fútiles, de las desesperanzas vacías, de los amores vanos. Tú eres la humanidad que le falta a la gran mayoría de los seres que aspiran a serlo porque nadie les enseñó de pequeños. Finalmente, Maickel tú eres He Man, no tendrás el mismo corte de pelo, pero eres He Man, tienes el poder. Tú sabes lo que quieres y enfrentas los obstáculos. Tú sabes que el sueño no vale nada sin el hecho. Más nada.”

Me declaro fan número uno de Maickel Melamed. Me declaro su admiradora. Su seguidora. Su groupie. Cuento con emoción que un día se sentó a mi lado en Arábica y nos pusimos a hablar. Clarissa jugó con él. Y sé que era él porque cuando nos íbamos y le dije “dile chao a tu amigo, ¿cómo te llamas?” El respondió Maickel, y la verdad yo salí de allí sintiéndome mejor. Como tocada por una barita. Esa barita que te hace entender por un momento que no hay imposibles.

Gracias Maickel, porque tú me devuelves la fe en el ser humano. Porque cuando te escucho me calmo. Porque entiendo que hay gente que no cree nada más en la fama, el dinero, la venta. Porque me doy cuenta que hay quien entiende que el sueño de uno llega corriendo un maratón, luchando, con el cuerpo y con el corazón. Porque al final uno tiene su momento, y sólo el corazón lo sabe. Porque has inspirado a muchísima gente. Porque el mundo no es tan vacío, ni tan cruel como las noticias nos llevan a pensar.

Gracias Maickel porque tu sombra esa noche me recordó que no es la meta, es el camino, y por ende no existe tal cosa como “un pequeño paso.” Todos son grandes. Que al final del día, como diría mi esposo, la clave es conseguir algo que uno quiere y echarle pichón: más nada.

Al final Maickel, desde ya el maratón lo ganaste. Y aunque yo no esté en Nueva York, sólo te puedo decir que desde mis sueños corro contigo. ¡Vamos Maickel!

miércoles, 5 de octubre de 2011

El Alter Ego de Lupita Ferrer


Ella se monta en el metro con la cartera, una carpeta en la mano, el niño casi arrastrado con su lonchera que es más grande que él y una bolsa en la mano. Le dice “apúrate hijo, que ya estamos tarde. Camina bien por favor.” En la mente lleva un mapa mental de todo lo que tiene que hacer. Desde peluquería hasta la planificación del día de trabajo. La reunión con el jefe. Las llamadas a los clientes. Y el mercado. Siempre falta algo del mercado.

Ella se monta en el carro. Amarra el niño a la silla. Le suena el teléfono. Hace un paneo de la calle como si la hubiera entrenado el mismísimo FBI. La leona de hoy en día protege a sus cachorros del depredador urbano por excelencia, el motorizado. Pasa el peligro. Prende el carro. Ajusta la radio. Estira la mano, alcanza la cartera y mientras esquiva a un loco en una camioneta que le tira su camastrón a todo el mundo, consigue una pintura de labios y se empieza a pintar. Recuerda el celular. Devuelve la llamada. El niño le pide que ponga un canción que le gusta y mientras va cuadrando una reunión hace lo que le piden. Y recuerda que antes de que se acabe que el día tiene que pasar por el mercado.

Quedarán pendientes para el fin de semana. La peluquería. El corte de pelo. El servicio del carro. La ferretería. La cosmetóloga. La compra de esos regalos que siempre estorban, el de la piñata que ya está encima, el del día de la madre, del padre o la navidad inminente que amenaza con sembrar el caos en la ciudad y dejarlo a uno más pobre y más cansado que cualquier otro mes del año.

Cuando se acuesta a dormir recuerda que la semana va por miércoles y no ha cumplido la promesa que hizo el sábado pasado en la noche de comenzar a hacer ejercicio ese lunes. Es que había escuchado en la radio a una mujer que dice que “siempre hay tiempo para todo. Siempre se puede hacer un huequito para hacer ejercicio.” Además había añadido que es importante para las mujeres hacer ejercicio, no sólo hay que estar en forma, no sólo que cuidarse de llegar a la vejez antes de tiempo y en un temible estado de decrepitud, sino que además hay que ponerse buenota. Porque para los hombres las cosas no son como antes, ellos ahora quieren tener la torta, comérsela, venderla, hipotecarla, prestarla, congelarla, dejársela a las siguientes generaciones.

Ahora quieren que su ama de casa esté buena. Autosuficiente. Segura. Pero no demasiado. Que se queme las pestañas, pero que se las pinte también. Que sean falsas, pero que no parezca. Tome nota de eso último, que sean falsas, pero que no lo parezca. Esa es la parte más importante.

Esta generación le dijo a adiós a las mujeres florero. No más conversaciones sobre muchachas de servicio, recetas de cocina que no sean gourmet o marcas de coche infantil. O corrección, esos temas se siguen admitiendo, pero también hay que hablar de los pormenores del trabajo, de lo insoportable que es el jefe, de las manías kafkianas de los clientes.

Y mientras tanto una se pregunta. ¿A dónde coño se fue Lupita Ferrer? Se nos fue. La señora. La doña que teníamos que ser. Se nos perdió. Nos la robaron. La dejamos en algún lugar del manifiesto de la liberación femenina que nunca nos consultaron, que ni nos dejaron leer. Nos dieron derecho al voto, a heredar de nuestros padres, a solicitar el divorcio y a no tolerar cachos, ni golpes, abrieron la puerta y nos dijeron que teníamos que celebrar la libertad.

Corrimos desnudas por el bosque un rato y nos divertimos. Nos sentimos superiores a la mujer que todavía está encerrada porque en su cultura todavía no consiguen la llave de la jaula. No nos paramos a pensar en lo duro que es ser libre. En las responsabilidades. En el trabajo extra.

Andamos con una especie de crisis de adolescencia prolongada. No sabemos quiénes somos todavía. Tal vez somos marcianas. O mejor, somos Superman con la ropa interior por dentro, de encaje y combinada por supuesto. Quizás somos unas criaturas fantásticas, somos la pedrada que le cayó a un Tolikien por ahí y brotamos de su cabeza. Hablamos un idioma propio que tiene muy poco de humano.

Pero lo más probable es que no seamos nada de eso, sino simplemente el resultado de la siguiente receta:

Mezcle todos los ingredientes y lleve a ebullición: Hormonas. Lolas. Zapatos de goma y tacones. Rimel. Pintura de labios. Peluquería. Mechas. Computadora. Trabajo. Impresión. Tarjeta de crédito. Débito. Depósito. Cheque. Motorizado. Pediatra. Costurera. Fashionista. Cocinera. Artista. Filósofo. Psicóloga. Arquitecto. Electricista. Decorador. Cura. Piedra, papel y tijera, pare y none. Y colores de pintura de uña al gusto.

Metes en el horno y sales tú.

En mi caso. Fui al espejo. Me puse mi crema antiarrugas. Los bluejeans que siempre me hacen sentir gorda. Me di cuenta que un día más estaba saliendo tarde. Y dije, a partir de hoy me declaro: el Alter Ego de Lupita Ferrer.

Mujer de hierro llorona.

¿Y la costilla de Adán? Se me fue por el triturador de alimentos. Sorry.