jueves, 17 de noviembre de 2011

Te Odio Blackberry


Mi Blackberry no sirve. No sirve para nada. Hace unas semanas decidió volverse loco. A lo mejor fue a causa del escaso contenido de cordura en algunas de mis conversaciones. No sé. El caso es que no marca la E, no marca el dos, me obliga a escribir mensajes como: “Como t fu anoch.” “Dsd cuando stas así?” “ya voy llgando” “t mando un corro” “vins sta noch?” “qu tal ls fu n l fin d smana.”

No puedo marcar números locales que no tengo grabados, pues es imposible marcar el 212. Entonces tengo que pedirle a alguien que me los mande vía SMS, para yo darle al botón y que se marque solo. Si quiero llamar a algún Eduardo tengo que buscarlo por el apellido, siempre que no empiece con E.

Además la batería casi no dura y a veces sencillamente no quiere hacer llamadas. Me sale un mensaje de error. Y no. No se resuelve quitando y poniendo la pila. Ya lo he intentado mil veces.

Creo que la histeria de dicho aparatico viene de la manipulación de mi hija. Siempre sale alguien, más sabio, más inteligente a decir “¿para qué se lo das?” es la clase de pregunta del ser inferior que se cree superior. Es obvio que si hubiese una solución más inteligente a darle el aparato la hubiera tomado hace años.

Lo cierto es que la gran mayoría de mamás que conozco, buenas mamás de paso, tienen un teléfono que ha sido manipulado por sus hijos y ha sufrido las consecuencias. En el camino de la maternidad aprendes una máxima, a veces no te queda de otra. No puedes ser rígida. Y tarde o temprano habrá algo que en principio fue un punto de honor y en lo que te viste obligada a ceder.

La maternidad es así, si no te la tomas con soda. Te sale por la nariz e incluso, se te puede ir por el camino viejo y hasta puedes terminar ahogándote.

El hecho es que en estos días he estado pensando mucho en mi Blackberry. He llegado hasta a agarrarle miedo. A veces, no salgo con él por miedo a que me vengan a asaltar para quitármelo. Sí. En esta ciudad no es que los roban, matan por ellos.

Todo me lleva a pensar en el absurdo poder que han adquirido esos aparatos sobre nosotros. Es común entrar a un lugar de comida y ver varias cabezas inclinadas sobre el aparatico. Es una escena corriente estar con un familiar que dice estar escuchándote pero que en realidad está pendiente del chisme que le está entrando en el Messenger, o el email de trabajo que acaba de entrar para amargar el fin de semana de relax. Yo a veces lo uso para evitar situaciones incómodas, esperas largas.

Un blackberry es capaz de acabar con la paz, de fungir como catalizador para el fin de una relación, de ponerlo a uno en peligro, de revelar verdades sobre uno que forman parte del espectro de cosas que no quieres compartir con nadie. Hay gente que mete sus claves de todo en el bendito teléfono inteligente, y como ya sabemos, la inteligencia ya no es algo plano, ahora tiene muchísimas dimensiones y si te pones a ver hay momentos en los que el teléfono es todo menos inteligente. Y su uso ni hablar.

Me he dado cuenta que odio el Blackberry. Es útil, sí. Tampoco quiero sonar como una de esas personas que ven en la tecnología y su desarrollo el apocalipsis, pero la verdad es que a veces siento que ese aparato en particular me trae más problemas que soluciones, pues todas su utilidad la puedo solucionar de otra forma.

Eso sin contar que a veces es sano, justo y necesario que no te encuentren. A veces a uno le hace falta que un remitente no tenga una D a su alcance para saber que te llegó el mensaje y una R que le de la seguridad de “ya lo leyó.” En tal caso debería haber un DT, una fórmula para uno poder ejercer el derecho de tomarse un tiempo para responder, a no hacerlo si el caso es que sencillamente no quieres hablar con nadie, sin que eso implique estás hiriendo sentimientos.

La verdad es que a veces me asusta todo lo que ese aparato tiene de mí. Si fuese un transformer podría arruinar mi vida. Tiene desde mis últimas ideas sobre proyectos literarios, pasando por mi agenda, por los teléfonos de mis amigos, por fotos de momentos entrañables, hasta el chiste privado que tengo con mi hermana sobre un actor de Hollywood que me cae mal. Hace rato le quité el mail porque me molestaba pensar que todo estaba allí. Y porque no quiero que me anuncie con vibraciones y pitos que alguien me escribió.

A veces odio esa luz roja, que de vez en cuando se prende de madrugada cuando algún insomne, que no ha descubierto el placer de leer de madrugada o de escribir en un cuaderno los pesares de no poder conciliar el sueño, le da por decir una estupidez que podría haber esperado la mañana siguiente o hasta el año entrante.

Odio que a veces un OK puede sonar como una parquedad, o un Tranqui como algo agresivo, o un Te Quiero Mucho como algo más amoroso que fraternal. Odio que ya mucha gente no me llame porque prefiere mandarme un mensaje por ahí, tal vez porque hablo mucho, tal vez porque con escribir tres palabras sales del asunto y te sientes bien contigo mismo. Odio sentir que si el bicho colapsa voy a perder información valiosa y que dependo del bienestar del amasijo de tornillitos, chip y batería.

Odio, sobre todo, darme cuenta de que en el fondo no lo necesito. Odio que otra gente me ignore por estar pendiente de ese aparato, que interrumpa en el cine, en la clase de música, en la cena, en el desayuno, mientras está manejando (cosa que hago yo misma, Dios!)

En fin. Que le quiero poner coto al asunto y esperar a que cumpla su ciclo de vida para comprarme el aparato más barato del mercado, porque encima de todo tiene costo desproporcionado.


En fin BlackBerry, que sé que estás aquí para quedarte, pero no sabes cuánto te odio.