viernes, 13 de enero de 2012

La Montaña Rusa


Para muchas personas la maternidad/paternidad es una meta, algo más que hacer en la vida. Como el viaje a China y la lanzada en paracaídas, la plantada del árbol y aquel libro que se supone que todos tenemos que escribir. Otros van directo al trasfondo filosófico del asunto que va también ligado a algunas de las cosas mencionadas anteriormente, tiene que ver con buscar formas de inmortalizarnos. De dejar algo nuestro en la Tierra para cuando ya no estemos. Una huella de carne y hueso que no se borre así tan fácil. Claro, que no uno no puede negar el componente biológico. El instinto maternal. Hay muchos que son padres porque sienten una especie de llamado. Como los curas. Como los maestros. Como los escritores. Como los médicos. Como todas aquellas personas que se lanzan a la ventura de tener uno o más hijos por algo que no pueden explicar. Unas ganas de cumplir un sueño, de verse en un papel en el que siempre se vieron.


Hasta hace poco días no había entendido mucho sobre ese llamado. Nunca me había preguntado ¿por qué tuve hijos? Sólo sé que un día, cuando mi mamá estaba enferma vi un adorno de flores en la puerta de una habitación de hospital y le dije a mi esposo. ¿Y si tenemos un hijo? No voy a entrar en la historia, pero aunque siempre habíamos hablado de tenerlos, el sueño no tenía nada que ver con la experiencia. Es vertiginosa. Es una montaña rusa de esas que sube. Baja. Se pone violentamente rápida. Luego más lenta. Da vueltas. Pasa por túneles oscuros. Luego te saca a una parte en la que tienes un paisaje hermoso, tan hermoso que no te das cuenta que el trencito está muy alto y una caída podría ser mortal. Justo cuando te estás sintiendo bien, el camino quiebra hacia un lado y caes una vez más, y sientes que te vas por un vacío.


Así es la maternidad. Es una montaña rusa. Tu no manejas. Tú no controlas. Al menos no el camino, ni el tren. A veces no todas, controlas tus emociones. Controlas cómo vives la experiencia.


Me veo una persona con tantos defectos que a veces me preocupo. Todo este tiempo mi meta ha sido hacer de mis hijos personas mejores que yo. ¿Pero cómo hago? Si pareciera que van a copiar mucho de lo que soy. Resulta una responsabilidad que puede resultar abrumadora. Me digo a mí misma "así que ahí está el detalle. Así es que se construye un mundo mejor…o peor. De allí salió el pendejo que se colea en el supermercado, el desgraciado que le grita a los empleados. Lo más probable, (sin caer en generalizaciones pues los idiotas lamentablemente se engendran de mil maneras) es que lo haya visto en su casa." Es muy fácil decirlo, pero basta que uno trate de salir de su cuerpo y ver todos sus actos. Por más que uno tenga a la mano la Guía del Ser Humano Perfecto (parece mentira cuántos creen que la tienen y viven como si tuvieran una licencia para decirle a los demás cómo vivir) y crea que al memorizarla la aplican a cabalidad, la verdad es esa que se repite hasta el cansancio cuando algo no sale mal, nadie es perfecto. Yo reconozco que eso me pegó, "cómo que nadie es perfecto. Si todo este tiempo me había preparado para que mis hijos lo fueran."


Lo peor de todo es que el mundo espera que tus hijos sean perfectos. Tú mismo esperabas que los hijos de los demás fueran perfectos. Hace dos días vi a una mujer con un niño pequeño haciendo pupú en la mitad de una avenida de Caracas. Estaban en plena acera, frente a una tienda de cocinas importadas y una cabina de teléfonos destrozada, al otro lado un gran edificio de ladrillos rojos. Me detuve mientras los carros avanzaban y vi de reojo la escena, no quise verla directamente porque me imaginé lo que estaría pasando por la cabeza de la mujer, "coño de la madre, todo el mundo me debe estar viendo, qué pena, qué desastre esta vaina, este carajito en plena calle que no se pudo aguantar una hora más hasta llegar a la casa, ni cinco minutos más hasta llegar a una panadería o una farmacia. La gente dirá que soy una mala madre, que qué clase de mujer le baja los pantalones al niño en mitad de la calle, pero sabes qué…me importa un bledo, es peor que se haga encima porque está aprendiendo y ha progresado muchísimo y no voy a dejar que nada lo haga retroceder... y sabes qué, si se hace encima la que tiene que limpiar la mierda soy yo y no el pendejo que me está juzgando desde su carro."


Hace tres años ese pendejo hubiera sido yo. Yo era de las que torcía los ojos cuando entraba a un restaurante y había niños. "Qué clase de padres trae a los niños a un restaurante." Yo era de las que no soportaba algunas conversaciones eternas sobre pañaleras y ojo, toda vía las evito en ciertas ocasiones porque creo que el equilibrio es importante y uno tiene que tener una vida más allá de la cría, no sólo porque es necesario, sino porque es parte del ejemplo que uno les da. Aún así, entiendo que a veces uno está que no cabe en sí y tiene que compartirlo con alguien "¿se te ha botado alguna vez la leche dentro del carro?" "¿se te ha quedado el niño encerrado en el carro?" "¿te has olvidado de tu hijo y te has largado rumbo al mercado para recordar a dos cuadras que lo dejaste en el brinca brinca." Claro, ese día entiendes para qué Fisher Price y todas las marcas le ponen todos esos seguros a juguetes y sillas.


Y ojo, no es que ya no juzgo. De vez en cuando uno ve a un papá o a una mamá que no es como uno y se siente tentado, porque así es el ser humano, a hacer un comentario. O porque este o aquel no le dejan cierto juguete a su chamo, o porque aquella lo despierta, o porque la otra va y lo levanta y se mete en su cama con él porque "es que amo dormir con mi bebé." Sí, algunas cosas son mejores que otras, pero la verdad es que uno no es nadie para juzgar a otros padres. Dígame ahora que está de moda la lactancia materna. Yo la apoyo, con todas mis ganas. Tuve la suerte de tener mucha leche y de armar mi propia filosofía para dar pecho. Yo dije, me sabe tuétano al que le parezca que el niño tiene derecho a tomar leche materna, para mí es un regalo que le voy a dar. Más nada. El día que me agote, que no me salga o que no me salgan las fuerzas para darle o que se convierta en un castigo. Ese día cierro el chorro. Mucha gente no me entendió. O porque dar más de tres meses era someterse a una esclavitud (llevo casi seis con el segundo) o porque dar menos de dieciocho era casi un acto de maldad contra la cría.


Lo siento. Nadie me va a decir a mí, salvo tal vez el papá del niño y su pediatra, cuál es el límite de mi capacidad para dar pecho. Lo que digan los demás está totalmente de más. Y se lo mando a todas las mamás que están esperando o que están en ese infierno. No escuchen a más nadie, la voz viene de adentro, y es una lección de la naturaleza para todas las cosas que uno hace al criar. Se hace lo que se puede. Y si no puedes no importa, ya le diste lo mejor a tu hijo. Lo que él necesita. Lo que ella espera. Lo mejor de ti. Lo demás es paja.


En estos días un gran amigo y vecino me dijo que me escuchó regañando a mi hija y que se sintió identificado. Acto seguido me dio un remordimiento terrible. A veces me siento muy culpable porque pierdo la paciencia con ella. Y lo peor es que creo que se pone peor, porque la crianza no es un virus, no se pone mejor con el tiempo, ni más fácil, ni uno se acostumbra. Es una montaña rusa, la caída libre viene en cualquier momento. A veces estás divino, a veces te sientes mal. Muy mal.


Nada me preparó para esta experiencia. Después de tantas ciencias naturales, de tanta historia, de tantos libros, tantas batallas que un memorizó, la ecuación cuadrática, la estructura de la oración, la memorización de conceptos como ósmosis y las capitales de cada estado, lo cierto es que cuando hicimos la disección de la rana en bachillerato, no habían consejos sobre cómo ser padre. No había un manual ni para armar el coche, ni una clínica para saber cuándo exactamente era el momento de quitar ese tetero infernal que te corta el sueño a las 3:00 am. No estaban ninguna de las respuestas a las preguntas de la maternidad/paternidad. Las fiebres. Las pataletas. La negociación con la hora de televisión o la insistencia con el tema recoger los juguetes y el karma de la hora de la comida. Es que uno espera que sus hijos coman perfecto, que amen el pollo y el brócoli cuando uno vive tentado de ir a McDonald´s.


Cuando estaba en etapa de universitario menospreciaba todo. Como si hubiéramos crecido solo. Parecía que eso no hacía falta. Que ser padre o madre lo podía hacer cualquiera. Yo ahora me doy cuenta. No. No es cualquiera. Es un llamado. Y uno, si no la tiene por amor hay que buscarla, porque este trabajo es tan difícil, un horario tan impredecible y unas exigencias tan duras que sólo se puede hacer por vocación. En cuanto a la paga. Se equivoca el que piensa que no hay paga. Esa está en un abrazo, en una sonrisa, en unas palabras que reflejan lo mejor de ti. Tu lucha por ser y construir una mejor persona. No hay cheque que pague más que eso.


6 comentarios:

Doña Mar dijo...

Hola Manu! Tal cual lo relatas... Sucede que cuando los hijos crecen te encuentras con un modelito que no fue el que te imaginaste! No es nada facil, la montaña rusa en cuestión. Te falta que crezcan: Problemas mayores, y nos echamos la culpa de sus desgracias porque no los educamos bien o no los preparamos para las adversidades. Pero... es la mas grande experiencia de una mujer. Ese amor sin límites, poder perdonarles sus errores, disculparlos ante lo demás. Es sencillamente maravilloso

royery dijo...

Yo y mi esposa leímos este post... tenemos un retoño de mes y medio.. GENIAL.

Paola dijo...

Espectacular y tan cierto... Felicitaciones por tu blog.

Manuela Zárate dijo...

Gracias amigos! Me alegro les haya gustado y felicitaciones por sus retoños!

Cariños!

@LeonaCaraquista dijo...

Imaginate como es esa montana rusa cuando se tiene un hijo dentro del espectro autista y otros dos que copian conductas inapropiadas...

Clara dijo...

Leona. Eres una dura. No se puede decir más nada.