miércoles, 1 de febrero de 2012

Día 1 - Un Mamífero Volador

Ya no sé lo que es viajar sin una pañalera. Aunque vaya sin mis hijos, lo cierto es que el hecho de ser madre te cambia por completo, como tantas otras cosas, esa experiencia del viaje. El año pasado me fui de vacaciones con mi esposo, mi pioja y el piojito en la barriga. No habíamos pasado migración cuando ya yo tenía la camisa llena de compota y la paciencia en nivel naranja de tanto "camina por aquí, no molestes al señor, espérate que mami se está poniendo los zapatos, no arrastres la muñeca por el piso que está sucio, cuando lleguemos a la puerta saco los frutie-loopies."


Dos puestos más atrás en la cola venía una muchacha que parecía sacada de un anuncio de Vogue. Blue jeans, blazer, lentes de aviador, sin demasiado maquillaje y el pelo perfecto. A medida que la cola avanzaba ella iba jalando delicadamente su carry-on, en el que me imagino que iban libros, revistas, música, un estuche de maquillaje lleno de todos esos frascos que a una mujer soltera se le hacen imprescindibles, como el corrector de ojeras y el desmaquillante de pestañas. Sí. Lo sé. Esa fui yo.


En mi caso, cada vez que la fila avanzaba yo me arrastraba como un elefante con una pata rota. De una de mis piernas guindaba la pioja, abrazando a una muñeca y tentándome la paciencia. Con la otra mano jalaba el carry-on y con el resto de mi cuerpo trataba de adivinar dónde había ido a parar mi centro de gravedad, entre mi cartera y el embarazo. Y no es que mi esposo sea de esos que va perfumado mientras una parece una momia, él llevaba otros dos maletines de mano. Suena a demasiado, pero en realidad no lo es. Y no es que me hubiera traído mis libros y mi música y la fulana laptop. Todo eso había quedado en casa en el rincón de "cosas que no son prioridad durante el vuelo." Las maletas estaban llenas de sweater por si hace frío en el avión, sweater dos por si el uno se ensucia, muda por si la niña se ensucia, muda dos por si la muda uno también se ensucia, pañales, teteros, fórmula, cereal, galletas, chocolate por si hay una emergencia, chupeta por si la cosa se pone grave, muñeca, muñequitos varios, cobijas porque nuca falta una aeromoza amargada que te diga "lo siento, pero no tenemos más cobijas el vuelo está full." Agua, porque en la discusión titulada "¿Realmente hace falta llevar agua?" ganó el argumento, "pana, esto es Venezuela, no te parece posible que lleguemos al aeropuerto y sea imposible conseguir una botella de agua?"


Además uno ha escuchado los cuentos de horror de la gente que dejaron ocho, diez, doce horas dentro del avión por no sé qué, y ¿si nos quedamos sin pañales? ¿sin teteros? ¿Qué hacemos cuando la chama colapse del aburrimiento de estar sobre nuestras piernas? Mete la plastilina, los colores, los marcadores, ese cocodrilo que canta Yo Tenía Un Piojo Peludo, hasta que te quieres rebanar las orejas, y tres cuentos de esos cuyas páginas ella no puede romper, pero que pesan una tonelada. Además mete la pijama y varias compotas, la primera no pesa, las segundas, es otra historia, pero nada peor que tener a la chama frente a esa hermosa comida de avión y que se ponga en plan "no quiero." No es el momento para ponernos Montesori, Jean Piaget era un duro, pero uno no educa a 37.000 pies de altura, es como cuando tienen fiebre, lo resuelves cuando todo pase.


Y es así. Yo solía ser de esas personas que miraba feo a los padres que le decían que sí al chamo cuando este no se callaba y seguía pidiendo insistentemente un juguete en pleno vuelo. Me decía a mí misma "debería ir y decirles, señores, les voy a presentar una palabra, es NO. Pruébenla." Pero ahora que sé lo que es pasar medio vuelo con el pantalón lleno de pupú que se coló por un pañal mal puesto en el minúsculo y asqueroso baño de un avión, atorada porque ya iba a despegar, entiendo que hay momentos en los que NO, no existe. También entiendo ahora que hay veces en que los padres sencillamente tienen que asumir que el llanto es la banda sonora de esos años en los que aunque tu cría ya ha salido del huevo la sigues empollando.


Eso me pasó cuando calculé mal el tiempo entre que nos montamos en el avión y el mismo despegó. Pensé que me daría tiempo de preparar el tetero y dárselo una vez que estuviéramos en el aire. Craso error. El avión tardó en la pista. Se vino la hora de la cena. Y la chama dijo, me sabe Air Lo Que Sea o AeroPendejos, yo tengo hambre y se lo contó a todo gañote a los pasajeros que estaban sentados a nuestro al rededor, que nos veían con cara de "estos panas no tienen ni idea, para qué coño viajan con un bebé, por qué no le dan algo para que se calle." La respuesta era sencilla, el algo para que se calle estaba en el maletín guardado sobre el compartimiento superior, que una simpática aeromoza con sonrisa de "ja-ja me gusta ver como sufres cuando yo digo NO" negó el permiso a bajarla hasta que "el capitán haya apagado la señal de abrocharse los cinturones." Fueron unos cuarenta minutos de una música pesada, pero no era metal precisamente, sino cuerdas vocales, Unplugged.


Otro trauma de esos viajes es la fulana cuna que te ponen. De ida no la quisieron poner porque a la aeromoza le pareció que la niña era demasiado pesada. Al final no lo sufrimos porque ese vuelo tuvo un desperfecto y lo regresaron al aeropuerto. Nos cambiaron de linea y ahí sí nos dieron la cuna. Pero efectivamente, la niña estaba un poco grande para el espacio y nos tomó una eternidad dormirla. A cada minuto sacaba la cabeza y nos veía como queriendo decirnos, "par de irresponsables, les gustaría dormir en la caja en la que vino el televisor que tienen en la sala." Cuando por fin fue más el sueño que la incomodidad, la aeromoza se acercó con el carrito, y con su sonrisa de gato en celo gritó "¿Qué desean de tomar?" Mi esposo peló los ojos, pero fue inútil, ya el daño estaba hecho, la respuesta fue, llanto y torcida de ojos en todos los asientos vecinos. Nos dieron unas coca-colas aguadas y media hora más de llanto.


Sin embargo uno entiende por qué a veces las aeromozas no son de lo más amables con los niños. No sólo son las piezas de los rompecabezas que quedan regadas. Los pasajeros que viajan solos y que les piden, les ruegan, les exigen que les cambien el asiento porque el niño no los deja dormir. Es el desastre que uno deja atrás, lo difícil que es cumplir todas las reglas de poner el asiento en posición vertical y cerrar la famosa bandejita cuando por fin el chamo estaba tranquilo pintando, ni hablar de abrocharse el cinturón, si ya todos estamos hartos de estar montados unos encima de otros, por más que nos queramos. Es que en el último viaje cuando dejamos el asiento al voltearme vi la plastilina pegada, la pared pintada con colores y una raya de marcador (lavable lo digo con conocimiento de causa) en uno de los asientos y dije, somos el horror. Somos una vergüenza. Somos ese desastre que tanto criticamos. Y juro que tuve el impulso de ir y sacar toallitas para limpiar la pared, pero no me daba el sueño, el mal humor, las ganas de ir y depositar a la cría en una cuna, con cobijas, y además tenía que guardar fuerzas, pues todavía teníamos un trecho importante de aeropuerto y taxi por delante.


Ahora entiendo por qué el único mamífero volador es el murciélago. Los demás dijeron, no gracias, nosotros nos quedamos aquí abajo. Pero el hombre siempre con sus ganas de desafiarlo todo nos lleva un paso más allá.


Así que cuando vean a unos padres sufriendo con sus crías a cuesta, no los miren feo, denles un chance, es duro ser un mamífero volador.

1 comentario:

@LeonaCaraquista dijo...

Sensacional!!!! La analogia es "c'est magnifique"