viernes, 24 de febrero de 2012

Día 13: Un Deja Vu



Disco del Día: American IV de Johnny Cash


He llegado a pensar que uno madura cuando le pierde el respeto o mejor dicho la veneración a las borracheras. En la adolescencia hay toda una mística con la embriaguez. Es más grande. Es más inteligente. Es más rata. Es más salvaje. Es más atrevido. Es más valiente. Es más adulto. Es más rudo. Es más duro. Es más osado. Vive más. El que tiene la valentía de empinar una botella, que dicho sea de paso no puede llegar a manos del bebedor de forma lícita. Parte de esa rudeza y de esa noción de transgresión y osadía tiene mucho que ver con todo lo que implica hacerse con un líquido prohibido, sobre el que tantas advertencias dan padres y maestros y que se vuelve así como el elixir de los que buscan acumular experiencias, entre los doce y los veinticinco años.


Los padres tratan de hacer su trabajo, intentando explicar algo que ellos ya comprenden. Que dentro de todo el alcohol no es mayor cosa y que no es un aliado, mucho menos en grandes cantidades, sino que con el tiempo termina siendo más bien un obstáculo. Hasta un enemigo, e incluso en algunos casos un infierno del que es casi imposible salir.


Claro que eso no hace menos cierto el hecho de que a veces una copa es necesaria. Absolutamente necesaria. Hay días que solo se salvan al destapar, servir y beber. Y no tiene que ver con pérdida absoluta de la conciencia, con escenas de esas que pintan canciones de mariachis en las que en el último estado que proporciona la tequila antes de apagarle las luces a una escena que termina en golpes o en llantos, el charro echa la cabeza hacia atrás y traga con todas sus fuerzas la pócima contra sus penas, casi siempre un despecho. Más bien el escape del alcohol tiene que ver con una especie de estado intermedio, en la que piensas lo suficiente. Ni demasiado como para ahogarte en tu vaso de agua, pero sin desprenderte de tu vida tanto como para ser negligente con las verdades que tal vez no quieres, pero debes afrontar.


A mi me gusta mi copa de vino. Si no me tomo una todos los días, es porque a pesar de lo que diga la organización mundial de la salud sobre el vino tinto y la salud cardiovascular, no creo que sea buena idea crear hábitos con sustancias que tienen potencial para generar adicciones. Al menos no me lo recomiendo siendo una experta en mí misma, pues sé que el hecho de demostrar una tendencia hacia las conductas obsesivas me exige pensar en esas cosas. Pero de vez en cuando sí me gusta mi copa de vino y esa sensación de pies más ligeros y cielo más al alcance. Además, aunque hablo hasta por los codos y a veces siento que mi vida se hubiera beneficiado mucho de un botón de mute, el alcohol suelta mis palabras. Claro, que una cosa es que las palabras se suelten y otra que se vayan corriendo sin control. Como me ha pasado, con cada copa de más, palabras de más, desastres de más. Me sobran las mañanas que entre la búsqueda desesperada por los analgésicos y un vaso de agua he ido recordando y queriendo reponer con silencios palabras que nunca debía haber dicho.


Creo que ese es uno de los peores deja vu, dejando de lados los que tienen una carga emocional o los que vaticinan situaciones que a uno le duelen y que son inminentes. Como cuando estás en una relación y el otro está distante y te da excusas para evadir esos momentos que antes compartían juntos. Uno se engaña, se dice que no es verdad lo que está viendo, que es una fase, que las excusas son razones, pero ya uno ha pasado por eso y lo sabe. Te van a dejar. Dejando cosas como esa de lado, el peor deja vu es ese que tienes cuando te estás acostando a dormir y la cama comienza a navegar hacia el remolino que está justo en el Triángulo de las Bermudas.


En ese momento hay una parte de conciencia que aún sigue viva y que trata de gritarte que estás en tu cama. Pero te cuesta demasiado creerlo. El mundo da demasiadas vueltas. Además que puedes jurar que te algo te acaba de rozar el pie y que mientras todo daba vueltas halaste la sábana y viste una aleta de tiburón. Cierras los ojos. Es peor. Cierras los ojos y todo da más vueltas y ya no sólo es el remolino, sino que hasta puedes sentir la sal y a la aleta de tiburón se han sumado criaturas mitológicas y ciertos recuerdos que no sabes por qué se asomaron si tú no los llamaste. Y así. En una lucha entre la conciencia y un mundo totalmente abstracto, desequilibrado, en el que ninguno de tus sentidos tiene una labor definida, te rindes.


El día siguiente te lo sabes de memoria. Paso uno abrir los ojos. Paso dos corroborar que estás vivo. Paso tres armar el rompecabezas del día anterior. Está la pieza del sacacorchos, está la de la copa vacía, la de la copa llena, la de la copa que alguien te sirvió, la de la copa que no era tuya y que alguien había dejado por la mitad y tú terminaste, por último otra vez la de la copa vacía. Y así entre colillas y bocas abiertas armas la escena guardando aún la esperanza de que sea ficticia, hasta que con reacción de vampiro te enfrentas a la luz y te das cuenta de que es más verdad que cualquier cosa que hayas vivido. Estás más vivo que nunca, pero jamás te has sentido más muerto. Todo tu cuerpo es como una de esas plantas que se cierran cuando las tocas. Todo te duele. Cada músculo está hipersensible, considerando una afrenta directa que intentes moverlo. Sobre todo los ojos. Por algún motivo la mañana siguiente a una borrachera uno está tan consciente de sus ojos como lo debe estar un perro Carlino.


Te levantas y tu mente tiene incorporado un tambor. Escuchas allí adentro ese sonido, como cuando estás en la playa y se oye el rumor del regueatton a lo lejos. Tú buscas las corneas, el equipo de sonido, los desgraciados que están bailotendo a orillas de la playa, insultando al mar con sus ritmos obscenos. No lo ves, pero ni falta que te hace, tú sabes perfectamente cómo son. Estarán tirando botellas vacías en la arena, y sientes una rabia como de tirano, aunque no tengas la potestad, ni el derecho, ni las pruebas, los quieres meter presos. Eso ahora está en tu cabeza, y la arena sucia es ese lugar que está entre ojo y ojo. Allí están tirando botellas que se rompen. Los vidrios te salen por las pupilas. Duele demasiado, te quieres morir.


Vas a tomar analgésicos y agua. Vas a comer algo. Vas a recurrir al café. Le vas a contar a alguien lo sucedido y vas a corroborar que toda tu escena fue verdad. La única ficción es que vas a pasar liso de esta y que vas a cumplir la promesa de no volver a tomar jamás, que hiciste apenas pusiste tu pie desnudo sobre el piso.


Buscas más remedio, pero sabes que es en vano. El ratón sólo lo pasa el tiempo. Veinticuatro horas para pagar la multa de las copas de vino que firmaste sobre la cuenta sobregirada de tu cuerpo cansado. Nadie te lo tiene que confirmar. Es un deja vu. Uno de los peores.