jueves, 9 de febrero de 2012

Día 7: Un Ataque de Tiburón (O Eres Perfecto. O...)


Disco del Día: Nowhere de Ride


Cuando tenía quince años me llevaron al ortodoncista para que me pusiera aparatos. No es que tuviera los dientes como un piano que cayó de un quinto piso, pero tengo uno que está montado encima de otro, lo que hace que mi dentadura no sea perfecta. Como buen ser humano yo había querido aparatos más o menos desde los nueve años hasta los doce. Era por ver a mis amigas que los tenían y sentir que quería formar parte de ese grupo. Cuando eres pequeño esas cosas te hacen sentir que perteneces, te dan una sensación de identidad. Y ahora que lo pienso, como adultos aunque nos creamos superiores en ese aspecto, la verdad es que eso no cambia mucho. El caso es que a los quince, ya no quería los aparatos. Pero, mi mamá me llevo casi obligada al consultorio del ortodoncista.


Habíamos tenido dos citas, en las que me habían hecho una cantidad de pruebas para ver qué tipo de aparatos y por cuánto tiempo me los iban a poner. Llegó la cita final. El día en que me iban a poner los aparatos. Mi mamá y yo peleamos todo el camino hasta la oficina del doctor. Yo estaba en plena crisis de la adolescencia. No quería los fulanos aparatos y no entendía nada. Me llamaron por mi nombre y me tocó pasar a la sala en la que estaba la silla, con todos los aparatos odontológicos, que uno no entiende y que dan miedo. Miedo como dan los tiburones en los mares cálidos.


Desde siempre he odiado el dentista. Me da terror. Pánico. Me sangra mucho la boca y soy extremadamente cobarde, y las anestesias nunca son todo lo perfectas que deberían ser. Además, siempre me ha disgustado el mandato de "no puedes comer por x tiempo." Así sea media hora. Así no tenga hambre. Así sea algo que igual no me gusta comer, "no puedes comer remolachas." No manejo bien las prohibiciones. Así que ese día mi estrés era doble. De por sí odiaba el dentista, pero bajo estas condiciones, era como una doble agresión. ¿Cómo sería mi cara llena de brackets? Yo tenía un noviecito. ¿Qué le iba a decir? A lo mejor me iba a terminar. Y uno a esa edad (claro que no las adolescentes de ahora que son más pilas que las Desperate Housewives) sentía que por cualquier cosa le terminaban. Yo estaba aterrada. Indignada.


Me senté en la silla del doctor. Jamás me voy a olvidar de su cara, aunque su nombre lo borré por completo. Tenía abundante pelo negro, y él mismo tenía aparatos. Definitivamente la mejor propaganda del restaurante es que el chef coma ahí mismo. Aunque yo no estaba para trucos de mercadeo. Me miró con sus ojos marrones, se puso en la frente la bandana esa extraña que tiene un círculo en el medio, y me dijo "abre grande". Yo abrí la boca y cerré los ojos, pero no pude evitar que se me saliera una de las lágrimas que estaba reprimiendo por orgullo.


Yo soy muy llorona. Lloro por todo. Que lo certifiquen todas mis parejas. Pero como contradigo muchas cosas, cuando la cosa es en serio no lloro. Lo lógico es que ese día hubiese llegado hinchada, con los ojos rojos a ese consultorio. Pero mi indignación y mi rabia eran tales que no me salían las lágrimas. No sé por qué, pero cuando la cosa de verdad me importa, de verdad me exige, no me quiebro tan fácilmente. Sin embargo, uno tiene su punto de desborde, y ese día yo me desbordé. No me puse a llorar, se me salió esa lágrima solitaria.


El doctor se me quedó viendo y me preguntó, "¿Qué te pasa?" Entonces le conté todo. Que yo no estaba ahí porque quería. Que yo no quería los aparatos. Que podía ver por qué me los iba a poner, pero que tenía varios años con la boca así y que nunca se me habían movido los dientes. ¿Por qué se me van a mover ahora? Que yo no sentía ninguna incomodidad con mi diente ligeramente montado encima de otro. Es más me gustaban mis dientes así. Esa era yo. Y que bueno. Que no me gusta el dolor, y desde hacía un par de años no había escuchado cosas felices sobre andar por ahí con la boca llena de hierro.


El ortodoncista empujó su silla y se me quedó mirando. Ya está, me dije. Ahora viene el sermón de este también. Entonces dijo, "si te sientes así, yo no te puedo poner los aparatos. Es totalmente antitético que yo le haga un procedimiento a un paciente que no lo quiere y no lo necesita por razones médicas." Se paró de la silla, llamó a mi mamá y se lo dijo en su consultorio delante de mí.


Yo ahora trataba de esconder la sonrisa. Mi mamá estaba furiosa. Se dijo de todo con el médico. Que era una tontería lo que estaba haciendo, que a los quince años nadie sabe lo que quiere en la vida, que yo me iba a arrepentir algún día de haberme dejado la boca así y entonces andaría con aparatos de adulto, que yo era menor de edad y ella era mi representante y le exigía que me pusiera los aparatos.


Nada. El médico dijo que no. Que a su parecer, me había educado muy bien, porque "su hija valora otras cosas que la perfección física." Creo que eso fue lo que más rabia le dio a mi mamá. No sé por qué. Pero en vez de sentirse halagada eso la puso más brava. Pero a la vez creo que eso fue lo que me salvó de un castigo.


De eso han pasado exactamente diecisiete años. Toda la vida he tenido mi diente un poco choreto. Mi dentista dice que eso no se va a mover y que mi mordida está bien. Así que yo soy feliz así. No se nota mucho y cuando se nota yo digo, aja esa es mi boca. No critico a las personas que se ponen aparatos. Al contrario, yo tuve la suerte de que no tenía que hacerlo. Hay gente que de verdad los necesita por razones médicas y estéticas también. Y que los quiere, y punto. Pero aquí el hecho es que lo mío era un detalle y a veces esos detalles te hacen quién eres, te dan algo extra.


Sencillamente, a veces me preocupa el perfeccionismo de este mundo en donde todo parece ser de diseño. Ya no sólo son las laptops y los teléfonos, el carro, la silla, el termo de café y la tetera. Hasta las tetas y las nalgas vienen ahora con su marca ACME. Pareciera que si te sales de algún esquema de esos estás haciendo algo mal. Fatal. Estás fallando como ser humano. La vida es tan perfecta que ya uno no puede ni siquiera ser un rechazado, porque tienes Facebok, Twitter y Google+ para recordarte que hasta los más raros tienen su secta. Este mundo se ha vuelto tan perfecto que ahora ser NERD está de moda.


Ni hablar de lo que Photoshop ha hecho en cuanto a la imagen que tenemos como prototipo de ser humano. Caderas que no existen, abdominales que son imposibles de sacar, sonrisas tan blancas que parecen fantasmales, pestañas de metro y medio, bronceados que no hay sol en galaxia alguna que de ese tono. Ahora envejecemos sin arrugas, y como dice mi hermana, las mujeres se embarazan y no pueden engordar, porque se sale del esquema de perfección. Está mal visto.


Errar ya no es de humanos. Errar es del pasado. Cualquier desperfecto, sea de naturaleza, de fábrica o de diseño, hay que corregirlo, a punta de medicamentos, tecnología, psicoanálisis y homeopatía. Cualquier otra cosa es inaceptable. La obsesión con ser bellos y perfectos es un ataque de tiburón, a lo Spielberg y en 3D. Eso sí. Un tiburón de mordida perfecta, que a diferencia de la que escribe esto, no tiene ningún diente encaramado encima de otro. Tiburón valiente, que no lloró en la silla de su ortodoncista.

4 comentarios:

Andrea dijo...

Veo tus posts de mucho tiempo atras y se nota la diferencia, has ido mejorando tu escritura bastante, te felicito! No sabes como disfruto tus historias! No se como haces para tener tantas, a veces me pregunto si habre vivido poco o que, pq no se me ocurririan tantas.

Aparte de lo buenas que son, es mas la forma como las relatas, de verdad excelentes! Ojala hubieran mas personas como tu para divertirnos con sus cuentos!

Bueno felicidades de nuevo y exito con tu libro, yo creo q te va a a ir bien pq te has ido superando en esto de la escritura :)

Clara dijo...

Gracias Andrea! De verdad. Bueno se hace lo que se puede. Aunque no te conozco, no creo que hayas vivido poco, todos tenemos una tremenda historia que contar. No creas a veces a mí me toca ponerme a pensar y pensar, jajaj. En fin...me alegro mucho que te guste el blog, y bueno...dándole tiempo al libro y pensando ya en el segundo. Pronto me pondré a trabajar oficialmente para tenerlo listo.

Saludos y de nuevo gracias.

Doña Mar dijo...

Coincido con Andrea. Que historias tan fantásticas! Un abrazo

Eduardo Arias dijo...

Good... Me recuerdas a un escritor, pero no logro poner mi dedo... Mi memoria apesta, pero esta noche -cuando no pueda dormir tratando de recordar- me mato pensando... o quiza si sigo leyendo.. mmm... debo ponerme a trabajar Manuela, deja de mantenerme distraido.
(5to post)