domingo, 12 de febrero de 2012

Día 9: Una Cena para 12

Hace unos años me fui con mi familia a pasar el año nuevo en Margarita. Fue uno de esos viajes que salieron a última hora y en las que todo. Absolutamente todo fue improvisado. Tomando en cuenta que la gente planifica sus vacaciones de diciembre en agosto, está claro que las cosas no fueron lo más fluidas del mundo y nos pasaron varias cosas extrañas. Una prima de mi mamá nos prestó un apartamento, y en realidad esa fue la única razón por la que pudimos ir. El detalle está en que el apartamento era pequeño. No, no era pequeño, era bastante grande, como para seis personas, con su cocina muy cómoda, una salita y un balcón desde donde veías el mar, muy sabroso como para salir en la mañana y respirar ese incomparable aire salado y a la vez dulce de Margarita.


Lo que pasa es que el apartamento sí era pequeño porque no éramos seis. Éramos quince. Estaban mis hermanas, mis sobrinos, mis cuñado, mis papás, el novio de mi hermana (que se quedó en un lugar que nunca supimos dónde era) y de milagro se había venido mi perro, Tomás, quien yo había tenido la intención de llevar escondido en la cartera y que finalmente me habían convencido bajo el argumento "¿Quién va a cuidar ese perro el 31?"


Me lo habían dicho así como si ese día realmente íbamos a poder ir a cenar a algún lado. Imposible. Todo estaba reservado, más aún cuando uno llamaba pidiendo una mesa para quince personas. Además, aunque esa fecha es familiar, creo que los restaurantes le huyen a esos camotes familiares que siempre terminan en drama. Porque sí de algo sirven esas fechas tan especiales, es para sacar todo lo que uno guarda durante el año y que no dice porque juzga no trascendental, pero que un par de vinos siempre avivan y hacen que suba como cuando lanza una pastilla efervescente en un vaso de agua.


El punto es que no conseguimos donde cenar. Lo sabíamos desde Caracas, así que mi mamá hizo lo que hace toda matriarca venezolana. Embaló unas hallacas en una cava y nos las llevamos. En el aeropuerto dábamos risa. Parecíamos un episodio de algo que en su momento fue el Chavo del Ocho. Mis sobrinos portándose mal y haciendo bromas, mis hermanas a cada rato "!Mira muchachito! ¡Si tú no paras ya! Nos devolvemos para Caracas." Ellos las miraban con esa cara de "mija, tengo catorce años. ¿Crees que soy idiota? Te quiero ver decirle al Guardia Nacional, Oficial Maldonado, quiero sacar las maletas del vuelo 455 de Láser, porque este niño me lo llevo para Caracas." Mis sobrinas pequeñas quejándose del frío, del calor, de la sed, del hambre, mi mamá pidiendo que alguien le llevara la cava, mi papá con el estrés de que el retraso iba para largo y yo con un despecho amoroso de esos de ida, vuelta, ida, vuelta e ida otra vez. No quería que nadie me hablara. Además estaba un poco más gorda y no tenía ganas de ponerme un bikini. Nunca hay nieve en el Polo Norte cuando la necesitas.


En esa vacaciones nos peleamos todos. Mi mamá con mi hermana, que peleó con mi otra hermana, que discutió con mi cuñado, que estaba distante con mi otra hermana, que no aguantaba al novio, que no se hallaba en esta familia. Todos tuvimos un rollo y una vez nos sentamos a almorzar en el Sambil. Los quince. Y todo el mundo, con piernas y brazos cruzados lanzaba esas sonrisas sin dientes, que quieren decir "si me hablas te ladro" y cuando llegó el mesonero y le preguntó a mi mamá "¿qué quiere tomar?" le dijo señalando a mi papá, "no sé, pregúntele a él. Aquí uno no puede decir nada porque es un pleito." Entonces mi cuñado sugirió, que tal vez era más sano que comiera cada quien por su lado, a lo que fue embestido por miradas de odio colectivas, que le lanzamos al unísono. No. Aquí no había separación posible. Habíamos ido en cardumen y como buena familia disfuncional nos íbamos a quedar en cardumen. Para esos son las navidades, para agotarse física, económica, pero sobretodo emocionalmente.


Cuando llegó el 31 mi mamá sacó las hallacas que tanto trabajo nos había costado llevar y que casi se quedan en el taxi de bajada, en el área de reclamo de equipajes, en el taxi de ida al apartamento. Como siempre hacerla fue un lío. Todo el mundo tenía una opinión. Cenamos temprano para que las niñitas chiquitas coman. Tarde porque después se hace eterno esperar a las doce. Ni tan temprano, ni tan tarde porque nos morimos de sueño y de hambre y a las diez de la noche quién hace hallacas. Como siempre esa fue la hora que se metieron en el agua y como siempre vino la discusión de si son 10 minutos, de si tu cortas y yo abro, de si yo no lo hago porque yo destrozo hallacas y el pleito de "coño pana, contigo siempre es lo mismo haciéndote la loca para no hacer nada."


Estábamos en ese plan cuando…puf. Se fue la luz. Chao adiós. La cocina era eléctrica, pero felizmente las hallacas estaban justo en su punto. Así que nos sentamos a comer. Poco a poco el ambiente de fin de año fue colando y nos fuimos olvidando de todos los esqueletos que se habían salido del closet y nos dispusimos a meterlos allí una vez más, hasta el año siguiente. Ya a un cuarto para las doce nos fuimos a un lugar, donde no habíamos conseguido mesa pero nos habían dejado ir a recibir el año en la barra y ver los fuegos artificiales. Era un lugar bellísimo, al aire libre, típico lugar de Margarita. Llegamos y las mesas aledañas nos vieron con horror. Nada peor que un grupo con niños, los adultos además llegando ya comidos y medio rascados. El infierno.


Habíamos pedido un par de botellas cuando. Cayó. Del cielo. Tremendo palo de agua. Fue como la escena de Tiburón en que la que la gente sale pegando gritos del mar, corriendo para salvarse, atropellando gente. Así fue esto. Al lado de la barra había un techo bajo el cual estaba un mesón y unas sillas apiñadas, daba hacia una especie de depósito y hacia la puerta de la cocina. Fuimos los primeros en entrar, poco a poco fueron llegando comensales emparamados. Basta ver un pájaro en la lluvia para entender que las plumas no se deben mojar, así estaba la gente. Algunos lamentando que su comida se había mojado. Un desastre, el Titanic, pero sin Iceberg. Y en eso una de mis hermanas dice "no importa, lo que importa es que estamos todos juntos."


Mi papá, que en ese entonces tenía 76 años se emparamó, lo que nos estresó a todos. Y el novio de mi hermana, tratando de ser más galán que Raul Amundaray, consiguió que el bar tender se quitara una camisa negra, sin mangas y se la diera. Mi papá la vio, con cierta duda. El bartender, sirviendo tragos desde las siete, no estaba seco antes del palo de agua. Ponerse esa camisa, era como ponerse una casaca de Bolívar que no han lavado desde que la usó en la Campaña Admirable. Pero mi papá es un caballero, aguantó el verdadero palo agua y se la puso. Por supuesto tenemos fotos de todo el evento.


Al final, dejó de llover justo antes de las doce. Fueron los diez minutos más largos de la historia. Recibimos el año. No abrazamos emparamados. Con el rímel corrido y la ropa hecha un pegoste. Bailamos, brincamos, cantamos y como a la una y media subimos de nuevo al apartamento. Llegamos y oh maravilla. Había vuelto la luz. Pero había un olor extraño. Como a quemado…mi cuñado fue a la cocina y encontró casi en llamas la olla de las hallacas. Habíamos dejado la cocina prendida y no nos dimos cuenta por el apagón. Unos minutos más y quemamos el apartamento.


Al final llamé a un primo que estaba en la isla y me fui a echar tragos con él. Eso había que pasarlo con caña.


Fue una cena de quince, para celebras la llegada de las doce, de las más memorables que he vivido.

1 comentario:

mifractalmental dijo...

Pana, qué historia más buena. Divertida, honesta, optimista.