sábado, 3 de marzo de 2012

Día 14: Un Ex



Disco del Día: El Amor Ya No Existe de Sentimiento Muerto


Uno va por la vida con una maleta. A medida que vives la vas llenando de cosas. Los lugares que visitaste. Los amigos que hiciste. Las oportunidades que tomaste, y claro, la lista de preguntas que te quedan sobre las puertas que viste cerrarse en tus narices. Están las promesas que hiciste, las que cumpliste y las que rompiste. Y entre esas y otras tantas cosas, están los adioses.


Odio los adioses. Porque si hay algo que pesa más que un libro a la hora de hacer una maleta es el adiós.


Yo no concibo una buena forma de decir adiós. Creo que no existe. Está la cursi y desgastada. La de lágrimas. La de excusas trilladas. La de promesas que uno sabe que jamás va a cumplir. La de las mentiras. La de la verdad absoluta, como el alcohol ese que mata todo y que más que cura es veneno. Está la violenta, llena de miedo, las cosas que se lanzan, las puertas que se tiran, los golpes que se esquivan. Al final cuando uno dice adiós el daño es más o menos el mismo. Porque si es traumático entonces es la excusa de que uno en medio del final perdió algo o toda inocencia, si no, es peor, porque a veces el exceso de frialdad y civismo nos hace sentir demasiado humanos y nos deja sedientos de algo más animal. Porque hemos aprendido a exigirle al amor su lado salvaje y a veces no aceptamos que el final nos llegue sin eso. Es como si no hubiéramos vivido.


Detesto los adioses. Nunca los últimos días fueron buenos. Nunca me gustó el sonido de la puerta al cerrarse, ni el motor del carro que arranca sabiendo que no lo iba a volver a ver, que no me iba a volver a sentar en sus asientos, ni a ver mi reflejo en el retrovisor reclamando de forma muy extraña mi territorio. Jamás me fue fácil trancar el teléfono, ni mucho menos decir las palabras que nadie quiere oír, pero que mucho menos se quieren decir "ya no te quiero" "ya no siento lo mismo" "ya nada es igual" "salida, yo lo que quiero es una salida."


Uno nunca sale ileso de un adiós. Puede ser que el amor se parezca al cine. Puede ser que los comienzos sean de película, con música cursi incluida y cotufas tiradas en el piso, con sonrisas y diálogos idiotas de esos que uno sostiene cuando está totalmente embriagado por una ilusión amorosa. Pero el final. El final no tiene nada de sencillo. Ojalá fuese tan fácil como desplegar dos palabras THE END, y luego una lista de créditos, estilo. Protagonistas: Tú y Él. Y luego todo el despliegue de actores y actrices de reparto, familiares, amigos, terceras personas, hasta sombras y fantasmas del pasado, ese otro ex que siempre está asomándose, haciendo que la nueva relación pague las cuentas que quedaron pendientes, de los temas que no se solucionaron, de lo que no escuchamos, o no superamos, o de lo que sencillamente no estamos dispuestos a cambiar. Si es que en efecto uno puede cambiar.


Yo reconozco que he llorado una sola vez en mi vida frente a un ex cuando me estaba terminando. Tenía quince años y me terminó por teléfono. Fue de esas terminadas que llegaron de la peor forma, porque yo estaba enamorada y él no. Él lo sabía claro, y yo también. Pero siempre guardaba esa esperanza que guarda el que quiere más. Ese que siempre espera que tarde o temprano el otro abra los ojos y se de cuenta. Y no nos eche.



Lo peor del caso es que después volvimos. . Y yo durante un tiempo volví a creer, hasta que me di cuenta que no tenía sentido creer. Entonces, jugamos durante un tiempo. Vivíamos en países distinto y la distancia se prestaba para todo. Fue un desastre. Un desastre en silencio. Un día hice lo que hace una cuaima de las peores, le puse un ultimátum. Yo me iba a vivir a Estados Unidos un 5 de septiembre, entonces le dije que tenía hasta que el avión despegara para hacerme saber si me quería o no. Estilo película chimba. La verdad es que no estaba esperando que se apeteciera entre los controladores aéreos intentando evitar el despegue del avión. En realidad no esperaba nada. O sí. Sí Esperaba. Esperaba que no apareciera, porque yo estaba convencida de que ese tipo no sentía nada por mí. Sino que sencillamente pensaba en mí como una X que vivía en Venezuela y que no tenía nada que ver con su vida.


Yo tenía mis maletas listas. Una vez más me iba al internado al que me habían mandado a los trece años para cerrar un ciclo que necesitaba cerrar. Es una de las pocas cosas que he terminado en mi vida. Recuerdo perfectamente que estaba en mi baño, sacándome las cejas con una pinza cuando llegó mi hermana, desesperada porque yo tenía la música a todo volumen y no escuchaba sus gritos. Me llamaban por teléfono desde México. Era el tipo. Me dijo lo que toda mujer quiere oír. Promesas, declaraciones, perdones y "tú creías que yo no te iba a llamar." Fue muy raro lo que sentí, porque la verdad cruda y ruda era que tiempo antes yo me hubiese estado muriendo al lado del teléfono esperando esa señal. Pero para ese entonces yo había perdido la fe, las ganas, la motivación de esperar y aunque aquello me alegró y le hizo bien a mi ego magullado y ya herido por él en el pasado, la verdad era que yo ya no lo quería. Pero no se lo dije. Yo manifesté alivio, alegría, felicidad, me declaré realizada. Le devolví toda la cursilería, con intereses.


Cuando llegué a mi colegio me estaba esperando una carta de él. Larguísima. Una carta que boté porque otro ex que invadió mi vida me obligó a borrar todos mis otros exes. Como si eso se pudiera, pero esa es otra historia, aún más compleja y larga. Lo cierto es que aquella carta fue algo que yo había estado esperando tres años. Le respondí con el mismo entusiasmo. Hasta con ilusión, pero con frialdad. Una frialdad muy rara porque yo sentía que al tener esa carta en mi mano tenía algo de poder. Al final no sucedíó nada. Ese fue el final. No volví a saber de él, sino meses más tarde cuando se apareció en la ciudad en la que yo vivía. Nos abrazamos como dos viejos amigos que ya no tienen nada que decirse. Ya todo estaba dicho. Ya todo estaba hecho. Ya no quedaba sino especie de amistad de guerreros vencidos.


Creo que ese ha sido uno de los adioses más pesados que he metido en mi maleta. Porque los que más pesan están llenos de silencio. Y uno siempre cree que puede interpretar un silencio, per jugar ese juego es una trampa adictiva y enloquecedora. Por eso prefiero los adioses con ruido. Los adioses destructores. Los definitivos.


1 comentario:

Ira Vergani dijo...

Para mi los adioses no destructivos se convierten en hasta luegos y hay adioses que deben ser realmente definitivos.