sábado, 21 de abril de 2012

Hacer el Bien. Hacer el Daño.


A veces me pregunto ¿cuál es mi función como madre? Criar. Formar. Educar. Preparar. Amar. Enseñar. Son toda una cantidad de infinitivos relacionados con darle a mis hijos las herramientas necesarias para enfrentar la vida. Claro que la mayoría de las veces, más bien siento que tengo que funcionar como una especie de maya de seguridad en contra de todo lo horrible que hay en el mundo. Que no se vuelvan abyectos demasiado pronto. Que se no se den cuenta que no todo es maravilloso. Que no se enteren del cinismo, de la maldad, del egoísmo. Es decir, esconderles la verdad la mayor tiempo posible. Prolongar la inocencia y tratar de mantener su corazón lo más puro que se pueda y tratar de que descubran la realidad por sí solos y paso a paso, para que el golpe no sea demasiado grande. 

Todo eso lo pienso a medida que me encuentro en una disyuntiva. El chupón. Clarissa tiene dos y medio y ya llega la hora en que pediatras, psicólogos, mamás del parque, todo el mundo presiona porque "ya es demasiado grande para el chupón." Cae todo sobre mí. Porque yo soy la mamá. Yo soy la que tiene que hacer la tarea. A los trancazos. A punta de libros de psicología. De sobornos. De castigos. Usted verá a ver cómo, pero la sociedad quiere resultados y uno tiene que producirlos. Además la conciencia también necesita ver que el niño está creciendo y está creciendo bien. No vaya a resultar que al final del día usted creó a un niño con defectos, traumatizado, una especie de Frankenstein de nuestros desastres emocionales y de nuestras malas decisiones. 

Me siento a hablar con ella y le hablo de que está demasiado grande para su chupón. Que no lo puede tener todo el día. Que tenemos que establecer unas reglas. Que le buscamos una cajita para que lo guarde. Un lugar que será seguro para él y para ella. Que ella sepa que el aparatico va a estar siempre allí. Esperándola. Ella me ve con cara de que no quiere renunciar a él. Es un objeto preciado. Es algo que quiere. Que disfruta. Que le gusta. 

Me mata ver la decepción en los ojos de mi hija. Es la tristeza de un primer duelo. No es que no haya dejado atrás otras cosas. Como la cuna. Como aquella pijama de conejito que tanto adoraba y que también me tocó explicarle que sencillamente ya no había espacio para sus piernas dentro de aquel traje tan cómodo para ella. Tan caliente. Tan acogedor. 

Y ni hablar del trapito que abrazaba todas las noches para dormir. Renunció a él con tal estoicismo, con una resignación casi adulta. Mucho más madura de la que a veces utilizo yo para entender que lo que quiero no se puede dar. Que ese objeto o ese sentimiento que me proporcionaba seguridad sencillamente no lo puedo tener. Se resignó a racionalizar lo que yo le estaba explicando y entenderlo así, "el trapito se nos quedó en otro lugar. Ya no lo tenemos. Pero eso no quiere decir que no puedas dormir. Porque ya eres grande. Tienes cama de niña grande. Cobija de niña grande. Y ahora tienes un nuevo amigo (un pingüino que le regaló una prima.) que te va a hacer compañía.)"

En cierta forma cambiamos un objeto por otro. Lo curioso es que no se aferró al pingüino de la misma forma. Lo quiere, pero ya no es imprescindible. Ahora duerme con varias cosas. Cada una tiene su importancia, pero sobre todo su momento. Una de las más curiosas es el maquillaje. Primero muerta que sencilla, ella duerme con una cartuchera que tiene sus pinturas, dos collares y una pulsera. Unas cremas. Así somos las mujeres. 

Tal vez por eso le estresa tanto que toquemos el tema del chupón. Porque ya sabe lo que es la pérdida. Porque  ya el duelo se avecina. Porque sabe que es inminente la perdida de ese objeto, para siempre. Así es la vida. Y a veces me siento como un verdugo. ¿Por qué? Por qué tengo que ser yo  la portadora de las malas noticias. La mano de la maldad que le arrebate algo tan querido. ¿Quién determina que es necesario para crecer? Sí. La gente que sabe algo más que yo. 

Tengo que ser  yo porque la vida es así. Y es mejor estar preparados. Sin embargo, por más que todas las razones sean correctas. Por más que sea el momento adecuado. El lugar perfecto. Por más que el libro, el pediatra, la abuela te digan mil veces "estás haciendo lo correcto." Eso no lo hace menos doloroso. Eso no hace que se me hunda un poco el corazón en el pecho cuando la miro a los ojitos. 

Me provoca decirle, "yo te di esta vida, pero cómo me hubiera gusado darte una mucho mejor. Una en la que no existiera el dolor, ni la pérdida." Pero eso es imposible. Y mejor que la prepare yo, a que las decepciones vengan por el camino, sin anestesia y sin apoyo. Mejor vivir la pérdida, que vivir perdida. Palabras que están a años luz de distancia, aunque sólo las separe un acento. 

Entonces me digo a mí misma, que si de algo me tengo que deslustrar es de la culpa. Al final todos tenemos nuestro camino, y como dice Fito Paez, "tendré que hacer el bien y hacer el daño." El tema está en hacerlo con el mayor amor posible. Porque el amor daña también. Pero aunque suene cursi y gastado, un daño con amor, duele menos. O se entiende más. 

2 comentarios:

royery dijo...

He leído y me siento afortunado de que mi hijo de 4 meses (quizá sea demasiado joven) no quiera un chupón, cada vez que intento meterlo en su boca es como si me dijera "Ok papito, ese pedazo de goma con sujetador bonito no tiene el buen sabor de mis manos, teta o tetero que tanto me gusta" y con la lengua lo bota! Soy afortunado de no tener que pasar por lo tuyo entonces. Saludos y bendiciones a tu bebé.

Manuela Zarate dijo...

Jejeje. Sí. Es un lío el chupón. Aaaaa...en fin...qué difícil la maternidad, la crianza. Igual bendicones para el tuyo. Cariños.