jueves, 19 de abril de 2012

Las Cosas que se Pierden


¿A dónde van las cosas que se pierden? Las fichas de los juegos de mesa. Los ganchos de pelo. La pareja de aquella media blanca que regresó sola del peregrinaje habitual a la lavadora. Los chupones. Los papelitos que tienen ese teléfono tan importante. Las facturas. Los tornillos. Las tapitas de los zarcillos o de las yuntas. Las ballenas de las camisas. Todas esas cosas que en un momento eran un deseo, una parte a la vez crucial e insignificante de nuestras vidas. Nada cuya ausencia significase la muerte, pero que a la vez su presencia era la vida. Esas cosas que tanto empeño llevaban encima y que de repente, desaparecieron. Como si después de todo el cinismo y escepticismo de la adultez no quedase más remedio que reconocer: la magia sí existe, y aunque no sé quién es el mago, hace bien su trabajo y me desaparece las cosas.

Claro que luego de un tiempo las cosas vuelven a aparecer. Cuando ya no importan, ni significan nada, y le hemos dado la vuelta a todo para resolver nuestro asunto sin ellas. Sin ponernos a pensar que a veces. Sólo a veces. Le damos demasiada importancia a cosas que no la tienen. Pensamos que no podemos vivir sin algo, que no importa.

He llegado a pensar que cuando me muera me voy a encontrar con todas esas cosas. El peluche que más nunca apareció. La muñeca que lloré con una sensación profunda de duelo. La carta que me descompletó aquel juego de familia que me había regalado mi papá. Y una que me causó un gran dolor de cabeza, la cadena del perro.

Imagino que en esa otra dimensión, o plano espiritual o ese lugar al que nos llevan para pesar nuestra alma, se aparecen las cosas perdidas y además una lista de las verdades que nunca supimos. Como si estas también hubiesen sido cosas que se perdieron. Quién mató a Kennedy, por ejemplo. Y a Danilo Anderson. Qué le pasó a la Monroe. Al mismo Michael Jackson. Creo que además de esas verdades, famosas, tan importantes para la historia de la humanidad, también aparecen otras, cruciales para la historia de nuestra humanidad.

Creo que nos vemos frente a un engaño que nunca supimos.  Nos enteramos de un daño que hicimos. De que aquel a quien creíamos indiferente y que por orgullo castigamos con desaires, pero que en el fondo también estaba enamorado. De que una persona que creíamos fiel a nuestra causa, fue la razón por la que aquel proyecto que tanta ilusión nos daba al final se cayó. Y al contrario, aquella persona a quien siempre temimos por verla con cara de perro rabioso, jamás tuvo la intención de sacar los colmillos y  a pesar de su expresión, nos admiraba.

Hay tantas cosas que se pierden a lo largo de la vida. Como el amor. La amistad. La solidaridad. Y el idealismo. La habilidad para creer. Y alguno que otro principio, que se pierde, de una forma dolorosa y con vergüenza, un poco como se pierde la virginidad. Cosas que en un momento dado fueron un deseo. Algo preciado, y por vueltas de la vida se perdieron.

El tema con las cosas perdidas es que a veces, regresan. Aparecen de la nada. Cuando no lo esperábamos. Y nos sorprenden. Nos mueven el piso. Nos recuerdan que la vida es ciclo. El único problema está en que una vez que aprendes lo doloroso que es una pérdida, así sea de algo material e insignificante. De mínimo valor. Pero doloroso al fin, a su manera. Cuando lo ves aparecer de nuevo. Cuando vuelves a llenar algo de significado, desde un anillo de plástico, hasta una mirada penetrante, sientes además de la emoción una punzada de dolor, que no es otra cosa, que miedo.

5 comentarios:

mil dijo...

hola! soy una seguidora de tu blog por RSS, desde hace poco. Me gusta como escribes y tu post fue como si hubiese leído mi mente. hoy precisamente se me cayó un zarcillo que no logre encontrar y me puse a divagar sobre el tema. esas cosas que se pierden que son en ese momento tan importantes pero cuando aparecen, si es que sucede, ya no importan. me pareció curioso que ese fuera tu tema de hoy.

Saludos

Ora dijo...

Qué bonito este post, Manu.

Hay tantos ¿por qué? sin respuesta...

Tenemos tanto miedo que, a veces y muy en el fondo, deseamos que no aparezca la respuesta.

Como dice Pablo Milanés en su canción:
"todavía no pregunté «¿te quedarás?». Temo mucho a la respuesta de un «jamás»."

...y que he escuchado tanto en estos días de la voz de Fito Páez.

Manuela Zarate dijo...

Gracias chicuelas. Bueno. Así es mil. A veces salen volando y es un misterio. No sé si es que de verdad desaperecen o es que con el afán uno no las encuentra.

Mi Ora querida. Qué ganas esa pregunta. Y qué miedo esa respuesta. Hay respuestas que son como...ácido sulfúrico. Como decía Carmen Martín Gaite de los despertares.

Muchos besos.

Arianna Corral López dijo...

Amé este post...

Unknown dijo...

qué buen post, con su adorno metafórico sutil.