sábado, 16 de junio de 2012

No alimente al troll


A veces uno se caza unas guerras absurdas. Guerras que no son guerras, sino más bien guerritas. Me pasó una vez por ejemplo, en un trabajo, que había una tipa que me odiaba. Pero cuando digo me odiaba,  no era odio del que siente un hincha del Necaxa, contra uno del Cruz Azul (¿se nota que los deportes no son lo mío?) sino odio del de Yo: Lupita Ferrer, Tú: Caridad Canelón. Odio novelesco. Dramático. Ridículo. Cursi. Patético. 



Regó horrores de mí en la oficina. Se burlaba. Y hasta la gente que era simpática conmigo comenzó a guardar silencio cuando yo entraba por las mañanas. Así que yo era la rechazada del grupo. A veces llegaba a la oficina y me quedaba encerrada en el carro. Le escribía a mis amigos buscando consuelo. No me quería bajar, porque sentía toda la energía negativa brotar en mi contra. No sé cómo no me fui. Es más. Hoy miro hacia atrás y me arrepiento, he debido recoger mis peroles, y largarme y no perder más tiempo en esa Guerra Fría sin armas nucleares de por medio. 

Lo absurdo del caso es que yo en teoría era una de las jefas en la oficina, pues tenía acciones en ese negocio, pero de más está decir que por una cuestión de nuestra cultura chauvinista, mis otros dos socios, que eran hombres, siempre tenían un talante de superioridad ante el grupo. A uno le da arrechera, pero esta cultura es machista, muy machista, y sí, a veces uno mismo se aprovecha de eso. ¿Cuántas veces no hemos ido en plan? 

-Seeeeñoooooorrrr (diente pelado, pecho para afuera, puntica de pie en el piso, carita de soy una damisela desmayada y cualquier cosa que no sea Camay extra suave me echa a perder mis manos de seda), me puede ayudar a cargar esta caja. - Y boom. Caballero andante. 

En ese caso me daba mucha rabia. Además, como me dijo una vez una amiga a quien quiero mucho. Esta sociedad no perdona a las mujeres que trabajan. No perdona el éxito femenino. Cómo cuesta encontrar gente que de verdad te alabe las cosas que haces. Pero de verdad. Sobre todo los hombres. Sobre todo las parejas. Pero ese no es el tema. El tema es que yo tenía allí una guerra. Que en ese momento mi vida estaba poblada por un troll. Que además multiplicó a otros trolles. Porque, los trolles paren. Como acures, si uno no controla su reproducción. 

Aquello se volvió una especie de, si tú dices blanco, yo digo negro. Si tú dices tiburón, yo digo sardina. Si tú dices McDonalds, yo digo zanahorias al vapor. Y yo alimentaba a ese troll como si fuera el cuidador de su zoológico. Buscaba y buscaba molestarme y yo, en mi frustración, me revolcaba más todavía, porque como el grupo entero estaba dominado, me veían en plan "ay supéralo, tú eres la feja, no alimentes al troll." 

El problema con la gente intensa como yo, es que no podemos tolerar cuando alguien hace esas cosas y quedarnos callados. No soporto que me vengan a implantar una superioridad por que sí. Sin ningún tipo de argumento. De idea. Lo que quiero decir es que me molesta cuando la gente es demasiado cuadrada, o repite paradigmas absurdos y además se molestan porque uno no lo hace. 

He aquí la verdad, los trolles no soportan que uno sea un espíritu libre, que no esté lleno de tabús ni de las necesidades vacías, sin sentido, y que en otras palabras tenga vida interior. Y tampoco soportan que uno tenga su filosofía de vida y decida ser fiel a sí mismo. Entonces te tratan de convencer y te hacen la guerra. Guerras. Guerritas absurdas y tontas como esta. 

Como la que me hizo otro troll luego en otro trabajo. Pero en la que al final, ya había aprendido a cortar por lo sano. No echo el cuento porque no quiero herir susceptibilidades, pero fue algo así como que yo estaba trabajando y él había hecho trabajos antes con la organización, entonces pretendía llegar a cambiar lo que yo dije porque "primero fue sábado que domingo." Era, insólito. Era la propia actitud de troll. 

Reconozco, lo alimenté por un instante. Luego dije, al troll, indiferencia total. Eso los mata. En todo caso, creo que todos tenemos trolles en nuestras vidas. Hay que aprender a no alimentarlos. Hay que recordar, los trolles se alimentan de energía negativa, de envidia, de verle a uno la cara de frustración. Los trolles están perdidos en sus propias inseguridades y sus complejos, y entonces lo quieren revolcar a uno en esa mierda. Como aquellos que por ejemplo, se las tiran de dietéticos, y tal vez lo son, pero se jactan de cuán felices son al saber la cuenta diaria de sus glóbulos rojos, que son más rojos que los tuyos porque "yo no como fritanga". Entonces estando contigo, tu agarras un tequeño y te miran con compasión, como Teresa de Calcuta miraba a los leprosos y dicen: "ay amiga, no hay nada como comer sano." 

Y uno como un bolsa. Con el queso que se estira, cosa que es un placer, ahora pensando, "hello revolverás, caderita de pera." Ahora me doy cuenta, que eso no es si no envidia. Porque esa persona no es feliz en su estilo de vida ayurveda y cero chocolate. No. Está insegura y amargada. Porque muere por comerse el tequeño sin sentir que se le va vida, pero tú sí lo puedes hacer. Siempre pienso en mi mejor amiga que es nutricionista, pero de las duras, que hace campañas de alimentación sana, jamás. Jamás. Me ha salido con una estupidez como esa. Por eso somos amigas. 

Lo mismo que la gente que lo ve a uno así con cara, de "ay pobres tus hijos, tú trabajas". O la gente que te critica tu colegio, tu color de uñas, tu forma de caminar. Soy una personalidad fuerte, y sí a veces me pongo camisas de caperucita roja y botas moradas, leggins de rayas de colores, y debo decir, que todavía eso me hace la heroína de mi hija. Sé que algún día me dirá "coño mamá, ponte otra cosa." Porque ese es el destino de la relación padre-hijo. Pero al final del día, siempre qué pienso en las cosas que quiero que aprenda y quiero que haga, pienso que lo mejor que le puedo enseñar es a ser ella misma. El lema de mi internado: be true tu yourself. La fidelidad es clave en tu relación más importante, la que tienes contigo mismo. Pero no quiero sonar como un libro de autoayuda. Entonces para darle un matiz distinto a las conversaciones sobre cómo vivir, le diré a mis chamos, uno aprende a hablar de niño y a callar de adulto, un consejo de vida: NO ALIMENTEN AL TROLL.