martes, 26 de junio de 2012

READOLESCENCIA


Antes una persona de sesenta años era un viejo. Incluso nuestras abuelas, a los setenta ya estaban vestidas de batola, tejían, jugaban cartas en la mañana, caminaban despacio. Ahora, una señora de sesenta fácil puede estar más buena que una de treinta y un viejo de setenta y cinco ser un atraco. Todo depende de la mentalidad, de las prioridades, de la vida que a cada quien le toque vivir. 

Ahora los cuarenta son los nuevos treinta y todo es ha desajustado. Antes las mujeres, como mi abuela, a los dieciocho ya estaban casadas. Ahora si te casas a esa edad, no es sólo todo el tema de te-tienes-que-graduar-de-qué-vas-a-vivir-ya-los-hombres-no-mantienen-a-las-mujeres-en-qué-vas-a-trabajar-disfruta-sal-conoce-a-muchos. Si no que si llegas a los setenta y cinco, ochenta, eso son unos sesenta y dos años con la misma persona. No que eso no pueda funcionar, pero depende del caso y además, puede resultar muy aburrido y difícil, y con las cosas cómo están el mundo es cada vez más complicado. Antes, treinta años era como una especie de proeza, ahora es lo que le espera al que se encuentra a una pareja de joven. 

Pero no es nada más el tema del amor. Todo lo que está antes y después de los cuarenta se ha desajustado, porque se suponía que ya entre los dieciocho y los veintiuno se tenía que ir madurando, precisamente para prepararse para la vida adulta, formar una familia y toda la paja que nos mete la sociedad que tenemos que hacer para ser felices. Pero ahora a los veinticinco tienes toda la vida por delante y de hecho resulta casi desconcertante ver a alguien que se pone a tener hijos a esa edad. Uno los ve y les dice, pero disfruta, vive, es la edad para tener varias relaciones, de esas que no funcionan y que te sirven para aprender, para que algún día cuando tengas que echarle pichón en serio a una, estés claro de que las cosas afuera no son como uno se las pinta. Para que vayas madurando. Vayas entendiendo. 

Porque todavía a los veinticinco te da nota la música bien alta, las noches que terminan a las seis, siete, ocho de la mañana. Porque a esa edad todavía te parece que la música tecno es también para escucharla y Shakira es una gran artista. Además a esa edad te puedes anotar en varias causas perdidas, porque se supone que todavía no estás viendo el mundo desde el cinismo y la abyección del que se ha hecho adulto y entiende que nada es como lo pintan. Es una edad para soñar y poner en las redes sociales toda clase de idioteces, cursis y absurdas, bloggear intensidades, tomar con tus amigas, e irte de viaje con ellas o con ese novio nuevo, sin tener que pedirle permiso a nadie. Es la edad para gastarte gran parte de tu sueldo en esos zapatos de muerte y no tener que pensar que más bien lo dejas de lado para ese juguete que te mueres por comprarle o para pagar la matrícula del colegio al que entra el chamo en el próximo año escolar. Eso es como para más tarde. 

El que cumple treinta ya se siente en todo plan seriedad. Porque lo cierto es que ya te dices a ti mismo, "tengo treinta años, ya no puedo…" es la propia señal de la crisis existencial que pronto se avecina. Ya es hora de depender de ti mismo, de romper cordones umbilicales y relaciones en las que aunque el sexo es increíble y los sentimientos medianamente profundos se sabe que no hay futuro. No hay plan de vida en común, ni ese no sé qué entre dos personas que te dice que allí puede haber una verdadera familia. Uno se siente como serio. Eso pasa cuando llegan las décadas. La vida pesa porque el primer dígito de la edad cambia, y es como si de pronto entendiéramos que el tiempo está pasando. 

Pero si los cuarenta son los nuevo treinta y uno a los veinticinco vivía como si tuviera dieciocho, pero a la vez a los treinta ya eres un adulto, hecho y derecho. ¿Qué pasa de los treinta hasta los cuarenta? Es como si de repente viniera una especie de READOLESCENCIA. Como si de pronto te dieras cuenta, como cuando tenías quince, que tienes un montón de tiempo por delante. Que queda demasiado por vivir. Que todavía hay salud, energía y ganas de hacer mil y una cosas, no en la vida, sino todos los días. Es como si asimilaras de pronto, que te queda mucho por vivir, y por joder, y por gozar, antes de llegar a los otros treinta. Antes de volver a ser adultos. Y se alborotan las hormonas. Como a los quince. 

Entonces eres invencible de nuevo. Inmaduro. Estás en plan "eso no me va a pasar a mí" y "pregúntame que yo lo sé todo". Tal vez cargas un divorcio encima, con o sin chamos, y tal vez haya sido traumático o al más puro estilo Siglo XXI, "no somos felices vamos a cortar por lo sano". Eres un fucking libro de autoayuda, tú sabes más que Deepak Chopra y Martha Stewart y Jane Fonda. Porque has vivido. Te conviertes en lo peor, de lo peor, en el ser más insoportable del mundo, un adolescente con independencia económica, libertad y experiencia. Qué nadie te diga nada. Tú eres tú mismo y nadie te puede decir cómo vivir. Tienes tu identidad clara. Eres un jodedor nato. Nada te sorprende. 

Te quieres lanzar por paracaídas y ver el mundo. Quieres correr un maratón. Y no vas a comer torta porque lo que sí es cierto es que el metabolismo no ha asimilado que volviste a ser un niño. Quieres llegar tarde. Asumir el ratón. Declarar la república independiente de ti mismo. Tienes todo el derecho de autodeterminación, porque sabes quién eres, tienes treinta y pico de años y ni tus hijos te pueden decir que pongas tus deseos a un lado por nada del mundo. 

Estás en plena readolescencia. En los casos más graves la cosa es una hecatombe que incluye,  operación de tetas, el botox en la parte de atrás de las rodilla, la mini falda, el álbum de Facebook taggeando a un grupo "las rumberas", amante, divorcio a lo "el tipo se fue y tres meses más tarde llamó, no él, sino directamente el abogado", pelo pintado, cartera de tamaño ridículo, vestido pegado y plataforma, tanga en la playa, y un mono, no es una tienda de ropa, ni siquiera en aparatos MAC, en la misma tarjeta de crédito, sino en sesiones de psicoanálisis, porque si te vas a buscar psiquiatra tiene que ser que te escuche, ni tú a él. La plena y desaforada readolescencia. Pero que nadie te venga a decir que estás en una crisis existencial. No. Esos serán los viejos de cuarenta. 

¿Y qué será de los cuarenta? No sé. Hago un post cuando llegue allá. Yo sólo sé que este blog nació justo antes de que yo cumpliera treinta. Y es la versión mundo 2.0 del "querido diario". Lo que hacía cuando tenía doce y que un día Juan leyó. Rata inmunda. Nunca debí dejarlo entrar a mi cuarto. 

A los treinta y tres no sé si operarme las tetas. A veces lo pienso.  El checherereche de Gustavo Lima me da ganas de bailar,  me siento invencible a veces, totalmente vencida otras, y muchas veces incomprendida. Sé que escribo y me llamo escritora con todas las de la ley, porque no me importan las definiciones de los demás, sino la mía propia. Tengo una misión en la vida, hacer que la gente lea. Pero ya sé que no hay mejor lugar en el mundo que ese donde están mis dos hijos y que los mejores momentos son esos en que estamos juntos y la pioja dice "estamos apilitonados". Entiendo que mis distracciones enervan a mucha gente, y trato de hacer lo mejor posible por ser más organizada. De verdad que trato. Pero dejo las llaves pegadas de la puerta o trancadas dentro del apartamento. Me voy  a sacar un documento y siempre olvido un recaudo o dejo vencer el pago de la tarjeta. Sé que hay que , llamar a la gente en su cumpleaños, cumplir promesas, decir la verdad, sentarse bien cuando estás en falda y no dejar el carro atravesado mientras alguien se monta o se baja, mucho menos manejarlo cuando estás pasadísima de tragos. No salir sin el celular. No tomar café después de las cinco o seis de la tarde y si hay demasiada cola para ir al cine me doy media vuelta y me voy. Digo lo que pienso y lo que siento. Lloro por cualquier vaina. De vez en cuando una gota se me vuelve un vaso de agua, y en ese vago de agua yo me ahogo como si allí se hubiese hundido el Titanic, con Iceberg y posible película de James Cameron y toda la parafernalia. Y sí. De vez en cuando sostengo conversaciones profundas con mi perro. Me fijo en los paisajes, respiro hondo y me hice una promesa, jamás diré que no al menos a un tequeño en una fiesta y trato de comer helado mínimo una vez por semana. Me río de chistes baratos. Me río sola y bailo cuando nadie me está viendo. Canto en la ducha. Discuto con mi mamá y a veces en público le digo "yaaaa! mami!" Pero uso crema antiarrugas y creo que voy a empezar a usar base, porque tengo manchitas y una pancita que me quedó de los embarazos que creo que a menos que me eche cuchillo no se va a ir. A veces me importa, a veces no. 

Sí. Yo soy readolescente. No tiene sentido negarlo. A veces siento que esta estapa es lo peor, pero estoy segura que a los cincuenta, diré de esta edad lo mismo que ahora digo de los dieciocho, "joder, qué no daría por tener quince de nuevo, para hacerlo todo difieren o para hacerlo igual. Al fin y al cabo para vivirlo." 

1 comentario:

Joise!! dijo...

El año que viene cumplo 30 y debo confesar que tenia miedo, pero luego de leer esto ha cambiado mi paradigma sobre los 30 y el miedo cambió por curiosidad.