viernes, 15 de junio de 2012

Un lugar público en el que sientes tranquilidad


Es una versión del oasis en la vida actual urbana. Llegar a un lugar en el que sientes que no estás completamente solo, pero a la vez no conoces a nadie y nadie te molesta. Te sientes casi como una edificación. Llegas a un café, consigues una silla cómoda, te acuerdas de Friends y Central Perk y el sofá verde donde se sentaban Chandler, Rachel, Mónica y el resto de los amigos. Te sientes feliz de ser parte de una referencia urbana, contemporánea, como si fueses realmente un hijo de tu tiempo y parte de la movida actual. Porque esta vorágine tecnológica y de rapidez en el cambio nos hace sensibles a lo nuevo y alérgicos a lo viejo.

Lo antiguo es más que pasado de moda, es delicado, porque a la vez hay un culto por lo retro. Una nostalgia por lo que ha pasado, porque no hemos tenido tiempo de digerir épocas que parecieran parte de la prehistoria pero que forman parte del grupo de años que acumulan nuestra biografía. Es grave, porque resulta que ya teníamos un reloj en la muñeca que marcaba días y meses en 1983 y de repente nos parece que eso es retro. Casi como si no lo hubiéramos vivido. El tema es que sí lo vivimos, pero no lo digerimos.

No hemos tenido tiempo, entre tanta guerra, tanto conflicto, tanto asesinato, tanta toma violenta del poder, tanta teoría nueva, tanta información, el daño que te hace lo que comías con tantas ganas, el daño que hace el problema que nunca hablabas con tu pareja, el daño que te hace pasar tanto tiempo delante de la computadora, el daño que te hace no distraerte lo suficiente, el daño que te hacer no hacer ejercicio, el daño que te hace no leer libros te digan cómo vivir.

Es demasiada información. Demasiada información para todo. A veces uno no ubica dónde termina el colectivo y dónde empieza el individuo. Por un lado somos más únicos que nunca, más un YO, un solo ente, casi aislado, como si el entorno no formara parte de nosotros y nosotros no fuéramos parte del entorno. Nos reducimos a un email, a una cuenta de twitter, a un número de cédula. A las preferencias que marcamos en el Facebook. Nos gusta algo, eso nos hace único, con nuestras emociones que nada tienen que ver con el cambio climático, ni mucho menos con las preferencias sexuales de un presidente.

¿Qué es uno al final? ¿Realmente tiene que ver con el futuro del planeta la cantidad de servilletas que acabas de agarrar para tomarte ese café? Es que no nos hemos dado cuenta. Que somos uno solo. Un solo mundo. Una sola Tierra. Un solo destino. Todavía se nos olvida que en el fondo la libertad se reduce a muy poco. Al menos en lo que al mundo externo se refiere. Vivimos sometidos a la voluntad de los dioses, que en pasado eran lluvia, sol, fertilidad y amor. Porque siempre hemos sido seres que necesitan copular para reproducirse y eso aplíquese como se aplique, de forma fugaz, casual, instintiva o pasional, siempre será amor.

Somos parte de la jungla de concreto. Del ecosistema de asfalto y acero, de las cebras que nos corretean pintadas con pintura blanca bajo la señal de paso peatonal en verde. Somos parte del ruido, de la avalancha de colores, sonidos, olores, de visiones a veces surreales. Somos tan primitivos como lo fue el hombre que descubrió el fuego y el que inventó la rueda, el que bajó del árbol, tal vez asustado por algún animal, tal vez porque entendió que la libertad no es externa, sino interna. Que al final se necesita un permiso para vivir, que no tiene nada que ver con la licencia biológica que nos dan los padres de la naturaleza y la madre Tierra, sino más bien con el permiso interno que nos damos para hacer las búsquedas a las que no llama nuestro espíritu y decirnos sin que nos tiemble la voz: YO PUEDO. 

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