miércoles, 5 de septiembre de 2012

El primer día del resto de la vida


Dicen que todo el mundo llora el primer día de clases. No esperaba llorar yo. Aunque lo vi venir el día que hice el tour por el colegio, mientras a ella le hacían su prueba, y sentí que se me hacía un nudo en la garganta. Es que como mamá uno siente que el niño es de uno. Si yo la llevé nueve meses en la barriga. Vomité. Saqué estrías. Me quedó un bolsillo arrugado en la barriga como recuerdo. Yo los traje a este mundo con esfuerzo. Todavía la veo y me digo, eres mía. 

¿Cómo no? Si me levanté noche, tras noche, a darle de comer, a revisarle el sueño, cambié pañales, llamé angustiada al pediatra el día que salió el primer moco, y con cada una de las fiebres me he quedado a su lado, usando mi pecho como el mejor remedio casero para pasar la enfermedad. He velado sueños, he sido un fiscal de platos que, no tienes que comer completos, pero sí suficiente. Lo que yo considero que es suficiente, porque yo soy tú mamá. Porque como sentenció el neonatólogo, cuando la vino a ver en mis brazos, a decirme que todo estaba bien y darme un par de consejos, a ella nadie la conoce, ni la conocerá mejor que tú, porque tú eres la mamá. No hay ni médico, ni amigo, ni maestra, ni abuelo, ni tío, ni primo, nadie que la conozca mejor que yo. 

Es entonces cuando uno te tiene que darse cuenta, que ha pesar de todo eso, del sacrificio físico, emocional, económico, a pesar de todo, la realidad es que no son de uno. Es duro. Porque no son de uno. Ellos son. Solamente son. Y lo mejor que uno puede enseñarles, el mejor regalo que uno puede darles, es precisamente ese, respetar su propia autonomía, y valorar antes que nada su libertad. Por eso es tan hermoso y tan difícil un día cómo hoy, porque como dice Sally Mann, "How is it that we must hold what we love tight to us, against our very bones, knowing we must also, when the time comes, let it go? (¿Cómo es que debemos abrazar fuerte aquello que amamos, contra nuestros propios huesos, sabiendo que también, cuando llegue el momento, debemos dejarlo ir?). 

De esto se trata esta experiencia, porque hasta hoy, todo o casi todo, dependía de mí. Ahora ya no. A partir de hoy, ella que aprende a vivir, yo que tengo que aprender a dejarla ir. Día tras día, grado tras grado, año tras año, ella que irá aprendiendo a vivir, yo que iré a aprendiendo a dejarla ir. Porque hasta hoy yo decidía todo. Pero ya no todo depende de mí. Sus amigas serán las que elija, las que le toquen, no solo las hijas de mis amigas que tienen la misma edad. Escogerá de la biblioteca el libro que le guste, y ese lo traerá a la casa. Tal vez ninguno, tal vez se enamore de las clases de matemática, y sea ese su universo, uno tan ajeno al mío. Tal vez sea científica, y ese sea su sueño. O tal vez lo suyo sea el deporte, o la música. De hecho, eso fue lo que me preguntó, mami, ¿aquí cantan? Y ahí fue que una vez más me di cuenta, para el adulto es obvio, para el niño no. 

El colegio es tantas cosas. Es el lugar donde uno aprende la amistad, la cooperación, el valor del esfuerzo, del trabajo, del reconocimiento. Es también donde uno aprende el amor. Porque sea mixto o de un solo sexo, uno se lleva las angustias al colegio. Es la otra familia. Es el lugar donde uno pasa más horas y al que más le invierte esfuerzos. Es allí donde te dicen muchas de las verdades de la vida, como si existe Santa Claus y hasta te explican cómo es un beso con lengua, y la primera vez que uno lo escucha hasta dice asco y lo niega. Y después aprendes lo contrario, aprendes a contradecirte, a hacer las cosas que dijiste que jamás ibas a hacer, como renunciar a las muñecas, o al sueño de ser princesa. Aprendes a tener miedo y a ser valiente. A ser incondicional, y sí, aunque uno lo niegue, a caer en la traición. 

En el colegio aprendes a actuar, a fingir, a mentir, a equivocarte. Aprendes a volver a empezar. Aprendes a pelear y a defenderte, a llorar en público, pero también a tragarte las lágrimas. Aprendes a gritar y a correr, hacia algo que quieres, pero también hacia las faldas de la maestra, de tu mamá. Aprendes a que en tu casa tienes un refugio, pero que a veces también necesitas un refugio de tu casa. El colegio unos días es un karma, y otros es un alivio. Aprendes la autoridad, y lo que es sentirse casi oprimido, y la realidad de la vida, de que a veces no todo es como quieres y las reglas no las pones tú, pero igual hay que seguir, pero también te enseña que hay batallas que hay que dar, y cosas que puedes cambiar. Aprender a ser tú mismo, aprendes a ser otro. 

Empiezas cosas, terminas cosas y seguramente hay otras que se quedan a la mitad. Aprendes a tener pena, y a levantar la voz. A jugar. A estresarte, a lidiar con gente difícil, que no escogiste, pero que te tocó en el camino y punto. Aprendes a perder amigos y a ver la gente cambiar, o cambiarte a ti, por razones que no logras entender. Aprendes a equivocare, y a ganar. Aprendes a que unos ganan más que otros, y que unos tienen más que otros, y si tus padres lo hacen bien (porque esto si es cosa que enseñamos nosotros), aprendes a no fijarte en eso, sino a apreciar lo que tienes y ser feliz con eso. Aprendes el orgullo y el dolor de la humillación. Aprendes a que después de un mal día siempre viene otro, tal vez mejor, tal vez hasta peor, pero siempre, siempre, vuelve a amanecer, hasta que lo malo pasa, y lo bueno también. La vida es ciclo. 

Y yo estoy aquí, tragando duro. Porque sé todo eso. Porque habrá días que venga riendo, y otros no tanto. Habrá días que se quede y me diga que me vaya, y para eso tardará un poco, porque todavía me llora, y me grita, y se aferra a la reja com King Kong, y yo con ganas de hacer lo mismo, pero sabiendo que ha llegado el momento de comenzar a dejarla ir. Porque lo que no aprendes ahora, después es paga muy caro, porque ahora dejarla ir es resignarse a que llegue un día diciendo que se le perdió la lonchera, o que le regaló un peluche a un amiguito, o espero que no sea el caso, que se lo quitaron, y yo tendré que irla enseñando a defenderse, o cuidar sus cosas, o a ser menos despistada, no sé con qué moral, o bueno, con la que nos exige tratar lo mejor posible de hacerlos mejores que uno. Pero el día de mañana, cuando tome sus propias decisiones y sea la mujer que sueño, íntegra, valiente, decidida, generosa, consciente de la otredad, pero con suficiente aplomo para no dejarse pisar, me diré que valió la pena el esfuerzo, y recordaré el día de hoy. 

Como Walt Disney dijo, que no podemos olvidar que todo empezó con un ratón, yo me diré, que no podemos olvidar que todo empezó el primer día de colegio. Cuando llegamos diciendo, hola ella es Clarissa, y ella bañada en lágrimas me dijo, mami no quiero que te vayas. Y yo pensando, yo tampoco quiero irme. Pero así es la vida. Hoy es el primer día del resto de nuestras vidas. Pero sí quiero guardarme una frase, que no la va a entender todavía, pero que en algún momento espero le sirva, sobre todo para esos días lluviosos, y es que aunque esté aprendiendo todos los días a dejarte ir y a ser tú misma, hay algo que es lo más maravilloso de todo, es que el camino ya no lo puedo, ni debo hacer por ti, pero lo hacemos juntas. Y una vez que tragamos duro, y pasamos los sentimientos de nostalgia y el miedo, llegamos a lo mejor, una gran sonrisa, porque bueno o malo, como diría Papachu, mala cara, ¡Nunca! 

"Hoy es el día más hermoso de nuestra vida, querido Sancho...
Los obstáculos más grandes, nuestras propias indecisiones...
Nuestros enemigos más fuertes, el miedo al poderoso y a nosotros mismos...
La cosa más fácil, equivocarnos...
La más destructiva, la mentira y el egoísmo...
La peor derrota, el desaliento...
Los defectos más peligrosos, la soberbia y el rencor...
Las sensaciones más gratas, la buena conciencia, el esfuerzo para ser mejores sin ser perfectos, y sobre todo, la disposición para hacer el bien y combatir la injusticia donde quiera que estén."