viernes, 5 de octubre de 2012

Hay un Camino: El 7O empezamos a caminar



"Ninguno ama a su patria porque es grande, sino porque es suya." Séneca

El cierre de campaña de Henrique Capriles me hizo recordar lo mucho que amo a Venezuela. Me hizo sentirme orgullosa de mi país. Ocurrió lo que sólo  me había ocurrido con otra líder de la política en estos últimos años. Me identifiqué. Pensé, eso es lo que quiero decir. Eso mismo. Eso que tú dices, es lo que yo siento. Me transmitió amor, orgullo. 

Creo que no me alcanzan los dedos de las manos para contar las veces que he deseado irme de Venezuela. Creo que en cada una de las elecciones desde el 98 para acá, sin contar las primarias, he pensado, si esto no sale bien, yo hago planes para irme. Muchas veces me he sentido maltratada, aislada, casi una extranjera en mi propio país. Hay muchas cosas de Venezuela y del venezolano que no me gustan. Hay cosas que me preocupan demasiado. No me gusta la falta de respeto, ni las descalificaciones. Me molesta cuando me dicen majunche o escuálida, tanto como cuando alguien dice chavistas marginales e ignorantes. A mí no me criaron así. Me molesta la gente que se colea y que no da los buenos días, ni las gracias. Y sobre todo detesto la pantalla y la viveza criolla del que se cree más "pilas" que los demás y que agarra "caminos verdes" para conseguir en tiempo récord lo que los demás pasan años sudando para conseguir. Me fastidia que desde el carnicero hasta el peluquero, siempre hay alguien te "te quiere joder". Yo soy de las que prefiere que la jodan a estar pensando en "no me voy a dejar joder por ti". Es que esa paranoia corroe al alma. Intoxica. Son cosas que me molestan de mi país. Sí. Y ni hablar de la inseguridad. Hay demasiada maldad en la calle. Demasiada. Sin hablar de la soledad y de la injusticia. Una vez hace unos tres años me puse a llorar en un semáforo cuando un niñito sucio y descalzo nos tocó el vidrio para pedirnos plata. Mi esposo me dijo, no te puedes poner así. Y yo le contesté, no lo puedo evitar. A mí esto me parte el corazón. Me lo parte. Me lo parte mal. Porque yo tengo más que él y tengo una responsabilidad de hacer algo por él, y siento que no hago nada. 

Y es por ahí donde renace la fuerza de quedarse en el país y luchar por esto. Porque si bien arriba están enumeradas muchas razones para no querer estar en Venezuela, son muchas más las que me impulsan a amar a este país, tanto como amo a mi mamá. A mis hijos. Se lo he dicho a mi esposo, si algún día yo me tengo que ir de aquí, lo haré, pero a mí eso me destruiría, sería para mí una tragedia. Yo amo esta ciudad. Yo amo a Caracas. Aquí nacieron mis papás, nací, yo, nacieron mis hijos. De mis siete sobrinos sólo uno nació fuera de Venezuela, de restos ninguno nació más allá del Municipio Libertador. De mis abuelos el que nació más lejos nació en Ciudad Bolívar. Sí, yo en la sangre tengo arepa, tengo hallaca, tengo tostones de autopista, pan de a puya, hasta el bendito Nacimiento de la comandancia general de la Guardia Nacional. Porque viví hasta los once años en el Paraíso y lo veíamos todos los años. 

Aunque sí tengo eso en la sangre, creo que más que ADN es algo que se enseña, porque también sé de mucha gente que no nació aquí y que adora este país, y que no tenemos que comparar ni medir nuestro amor. Es igual. En mi casa se era cursi en el patriotismo. Me enseñaron a respetar la bandera. Yo nací un 12 de marzo, y tal vez por eso, pero mi mamá me enseñó a que eso era un honor. Yo me sé el himno a la bandera. Así como sé el himno a la virgen de Coromoto la Patrona de Venezuela. Y nos lo enseñaban en el colegio, pero uno ya se lo sabía, porque en la casa nos reforzaban todo eso. Mi papá y mi mamá nos hablaron siempre de lo importante que era respetar las leyes y valorar la democracia. Del miedo que habían sentido cuando de jóvenes habían vivido en dictadura. No hay nada comparable con perder la libertad. No hay. De hecho, mi mamá cuando le tocó ponerle el nombre a la casa en la que todavía vive le puso, Libertad. Para que nunca se olviden. 

A mí me enseñaron a amar el Ávila, a venerar Los Roques, a admirar sin límites el Salto Angel, y Canaima. Mi papá siempre me decía que no había maravilla como La Cueva del Guácharo, y una vez en Higuerote salimos todos emocionados a ver el Farallón Centinela. Mi mamá me contaba sobre el Relámpago del Catatumbo, y cómo era Catia La Mar mucho antes de que naciéramos, y lo que ha podido ser, si se hubiese urbanizado de otra forma. 

En mi casa siempre se comió Pastel de Polvorosa, Arepa con todo tipo de relleno, Hallacas hasta en agosto (para mí un horror, pero mi mamá las guarda y las congela y las saca), queso de mano o telita, junto al queso de cabra. El tequeño. Las empanaditas de queso. El pabellón, el asado negro, los tostones machacados, el jojoto hervido, la ollera de gallina. En mi casa se come mucho criollo. Hasta la torta de queso, que a mí no me gusta, y las panelitas de San Joaquín que trae mi hermana de sus viajes, y que tampoco me gustan, pero que me encanta ver en la casa. Son parte de quienes somos. 

He vivido siete años de mi vida fuera de mi país. Y la última vez que me fui, me fui diciendo que estaba harta de Venezuela. Y a los seis meses de irme me di cuenta que me faltaba el cielo de Caracas, el Ávila, los chistes de los programas del radio, el bien cuidaito del parqueo, hasta los sí te lo tengo amiguita, y los claro que sí mi doctora, y los mi reina, mi amor, mi corazón. Son cosas que a uno le molestan, pero que al final del día, ya forman parte de nuestra identidad. 

Yo amo. Amo este país. Y no sé si tenga más cosas que enumerar para decir que lo amo. Salvo mi mamá, mis hermanas, mis hijos, mi esposo, mis amigos, los mejores, hasta los tóxicos, hasta aquellos que me han sorprendido llamándome cuando me he sentido triste. El carnicero que me enseñó de cortes de carne, la señora que me hace las manos y que le pinta las uñitas a mi hija con todo el cariño, la señora que me vestía para el colegio cuando tenía siete años y que hace una semana casi llora cuando vio a mi hija con su uniforme. Ya estamos viejos. Sí. Ya estamos viejos y aquí seguimos. 

Yo amo este país. Lo amo. Y no encuentro muchas más razones para amarlo. Simplemente se hincha el pecho cuando recuerdo esa cita de Séneca, "Ninguno ama a su patria porque es grande, sino porque es suya". Y sí, yo la amo porqués es mía. 

Henrique Capriles dice que el poder es una responsabilidad. Y tiene razón. Pero nosotros también tenemos una responsabilidad. Votar, y más allá de eso trabajar por Venezuela. Es verdad que uno no va a salvar el mundo, ni a eliminar el hambre. Pero si uno trabaja duro, hace bien su trabajo, es honesto, y aporta un granito de arena a los más necesitados las cosas mejoran. Y mejoran mucho. 

Este país merece que lo rescatemos. El potencial es infinito. Sólo nos falta una cosa, creer, de verdad creer que es posible. Y hacer el esfuerzo. Porque hay un camino, pero para recorrerlo hace falta entrega y compromiso. Ningún país recorre el camino solo. Hay que andarlo. Y yo el 7O me pongo las botas para empezar a caminar.