martes, 16 de octubre de 2012

¿Qué diría Tom Colicchio de mi torta de cambur?


A los diecisiete me dio por cocinar. A los veinticinco paré, por razones pertinentes a otra historia. Y hace unos meses me dio por volver en serio. Cosas de ser mamá. De eso que decía Mónica Geller de querer ser la mamá que hace las mejores galletas de chocolate chip. Dicho sea de paso, jamás me han quedado bien las galletas de chocolate chip. Habrá que hacerse con tremenda receta. 

En todo caso, hace unas semana hice un risotto a la champaña por primera vez en diez años, y me quedó un poco salado. Luego hice una sopa de tomate que me quedó demasiado dulce. Y cada fin de semana trabajo en hacer el huevo frito perfecto. Una vez hablé con un chef francés, que me dijo que quizás una de las cosas más difíciles de lograr era un huevo frito perfecto. ¿El truco? Según él, aceite de oliva, mantequilla, lanzar el huevo a fuego muy fuerte y luego bajarlo y dejarlo cocinar. Sigo intentando. A veces lo cocino tapado. A veces sin tapar. Es cuestión de trabajar la yema. 

Hoy me lancé con una torta de cambur. La receta de Armando Scanone (pag. 581 del libro azul). Claro que yo no soy de las que sigue la receta al pie de la letra, aunque en repostería trato de hacerlo. Tengo que hacerlo porque la repostería es una alquimia y si te pelas una medida puedes echar a perder todo. Igual, yo a veces me arriesgo. Esta vez me sucedió que no conseguí nueces en el mercado. Cosa muy típica de la República Bolivariana de la escasez. Aquí hay que inventarse cualquier cosa.  Así que como tenía avellanas en la despensa resolví que le iba a poner avellanas. Y va lo mismo con la azúcar morena. Entonces sustituí por papelón molido. 

Cuando comencé a batir la azúcar y la mantequilla junto con el papelón, me olió raro. Como amargo. Sí, el papelón es un poco amargo. Susto. Así que añadí azúcar normal y corriente para contrarrestar la amargura. Seguí batiendo. Siempre que hago torta de cambur me asusta ver cómo se pone la mezcla al añadir el puré de cambur. Se ve cortado. Pero mejora enormemente cuando uno añade la harina. 

Una vez mezclada la harina la cosa se veía mucho mejor y olía bastante bien. Me encanta cómo la mezcla de hacer tortas se ve toda chiclosa cuando está lista. La puse en el molde, y le hice una camita de harina porque me encantan esas camitas de harina bien cocida que le dan a las tortas un toque como casero. Es como reconfortante. Me hubiese gustado tener un molde de ponquesitos y haberla hecho tipo muffin. Me tocará pedírselo prestado a mi mamá. 

Lo que sí disfruté fue de nuevo mi Kitchen Aid. Fue un regalo que me hice hace diez años. Ha estado conmigo todo este tiempo. Todavía tiene una etiqueta que dice SEA, porque cuando me mudé de  Estados Unidos me la traje. Yo vine en avión junto con el perro, y ella vino por mar junto con la batidora, unas sillas y otras cosas de casa. Cuando me mudé a esta casa hace un año me di otro regalo que ahora estoy comenzando a disfrutar de lo lindo. Un ayudante de cocina Cuisinart. Quizás para muchas personas escuchar el estruendo de un aparato de cocina como ese es un tormento. Pero para uno, que más de una vez picó nueces con cuchillo es casi música. Amo mi ayudante. Lo cuido, casi le hablo como si fuera un ser vivo. Después de todo, es un ayudante y cómo ayuda. Como si fuera un asistente de diez manos. 

No sé cómo quedó la torta porque está en el horno, que se había hachado a perder y tuve que esperar varias semanas por el respuesta porque…exactamente no se conseguía. Vamos a ver qué tal. 

En lo que la pruebe les cuento como quedó y a ver qué sigue. A ver si de una vez por todas y por fin Manu culinaria está de vuelta. 

De paso, les cuento, estoy demasiado enfiebrada con Top Chef y sueño algún día ser jurado de ese concurso.  En estos días, cada vez que cocino me digo ¿qué diría Tom Cholicchio de este plato? No sé. Ya les contaré cuál creo que sería el comentario de mi torta de cambúr cuando la saque del horno. Y claro, la respectiva foto. No faltaba más.