viernes, 9 de noviembre de 2012

A dos horas de volver a ver el mar




Ella: Mami, ¿dónde está el mar? 
Yo: Detrás de esa montaña que se llama Ávila
Ella: Yo lo quiero ver
Yo: Yo también hijita. Yo también. 

Yo tengo varios rincones del país que adoro. Lugares que ocupan grandes terrenos de mi memoria y a los que voy cuando quiero recordar un tiempo feliz. Mi infancia fue una maravilla. Y lo puedo decir porque cada vez que sale de un horno el olor a torta subiendo, yo me transporto a un lugar seguro. Si no tengo cerca a mi mamá, es como si algo la trajera a mí. Así sabes que fuiste feliz de chiquito. Que tenías un espacio seguro. 

Sin embargo en estos días he estado pensando mucho en cuál es mi rincón favorito. Hay un lugar en los altos mirandinos que amo y que siempre será más especial que nada, pero la verdad es que si tuviese que escoger mi lugar favorito de Venezuela, sería sin duda la carretera del litoral. Esa que arranca pasando Naiguatá y llega hasta más allá de Caruao. Yo amo esa carretera. 

Lo que más me gusta hacer cuando la recorro es bajar el vidrio y sacar la cabeza, literalmente como un perro. Es algo que también me gusta hacer bajando por el Ávila. Hay algo del olor a bosque mezclado con playa. No puedo decir qué es. No sé exactamente por qué me gusta tanto. Es como una máquina del tiempo. Como un psiquiatra. Como un amigo. Como un castigo. Es una emoción nueva cada cien metros cuando estoy rodando por esos lugares. 

Me fascina ver el mar. Me fascina como la carretera da vueltas y te va mostrando pequeños pedazos de playa virginal, con rocas distintas, de formas locas, que a veces parecen caballos, otras cuevas abandonadas, otras la morada de algún monstruo triste y viejo a quien ya nadie teme. Porque eso suele pasar. A veces me imagino que me encuentro al monstruo y nos hacemos amigos. Porque esas son la clase de locuras que yo tiendo a imaginar. Esos son mis sueños. Me despegan tanto que a veces me ponen a dudar sobre la realidad. 

La playa me pone melancólica. Tal vez por eso la amo. En ningún otro lugar siento tanto la pureza del mundo. El latido de la vida. Será porque el mar es tan variable, pero a la vez tan constante. Y siento que se parece a mí. Nunca sabes qué va hacer, ni cómo va a estar. Turbio. Picado. Tranquilo. Cristalino. Cálido. Gélido. Lleno de piedras, o regalándote un banco de arena para que metas las manos y la agarres con toda tu fuerza. 

Como escribió Baudelaire "¡Hombre libre, tú siempre adorarás el mar!" Ese es el mar. Es la prueba más grande de libertad. Es la inmensidad. Es el espacio. Ese que parece infinito. Que si tienes voluntad te lleva a mundos nuevos, o en el que puedes flotar eternamente a la deriva. Sin rumbo. Sólo dejándote llevar, rogando la fuerza suficiente para no naufragar en las tormentas. Ese que se traga las cosas y no te las devuelve. Las desaparece hasta convencerte de que nunca existieron, y después, el día menos pensado, te las devuelve. Te las trae con una ola y las pone a tus pies.

Yo adoro la playa. Adoro el mar. Adoro la arena. Si algún día nos vemos, a la orilla del mundo, y mi mirada es de perro triste, es que mi corazón está reconociendo los latidos de la libertad.  

2 comentarios:

Ainara dijo...

Manuela, hermoso. El texto y el mar. Ese mar de Naiguatá para allá.

Manuela Zarate dijo...

Ainara! Gracias. Sí...ese mar es el más bello. Único. Cómo lo amo. Y qué divino estaba. Me dio un dolor horrible venirme. Pero bueno...así es la vida.