domingo, 18 de noviembre de 2012

Pájaro


Al abrir la jaula verás al pájaro casi moribundo en el suelo. Sentirás de hecho la muerte muy cerca.
Altiva.
Desafiante.

 Lo tomarás con prisa y con gotas aguas sobre su pico decolorado intentarás humedecer su lengua. Revivirlo. Recordándole que nadie muere tan triste como el que muere captivo.

Mirarás su ojo. Marrón profundo. Un ojo que ya no es una ventana. Es un hoyo de soledad.

El pájaro sentirá tus manos. Tu latido cerca. Casi tan cerca, que intentará aferrarse a tus pulsaciones para sobrevivir.

Triste. Batirá su pecho en tus manos. Está vivo. Pero está muerto. O casi muerto.

Desesperado le abrirás las alas. Verás el lugar exacto en donde alguien las cortó. Verás cicatrices y remiendos. Plumas falsas que en algún momento le indujeron a creer que podía volar y que lo llevaron a esa caída fatal. A ese choque fulminante.

Volar era un sueño.
Pero si no hay cielo.
Poco importa el sueño.
Ya no hay sueño.

Lo único que queda es esperar la muerte, o la metamorfosis. 

1 comentario:

Carlota Bellés dijo...

Ay Manuela qué bello y qué triste¡ A menudo siento que todo lo bello tiene su lado triste y pensando, y pensando sobre eso, he concluido que lo bello es bello porque es completo (entre otras cosas).
Tu pájaro es completo. Lo recreo ilusionado por estar vivo, triste por estar cautivo, alegre porque se muere y ya no estará cautivo y triste porque se muere y ya no nos tendremos. Bellísimo tu escrito. RIP pájaro.