lunes, 10 de diciembre de 2012

Cita con el Pasado


La oficina de El Pasado está situada al fondo de un pasillo oscuro. La puerta es muy estrecha y las paredes blancas están totalmente desnudas. Los únicos muebles son una silla y un escritorio pequeño, ocupado por una secretaria
de esas que sólo hay verlas para entender lo eficientes que son. La mujer teclea sobre máquina de escribir de un año que no podrías nombrar bajo ningún tipo de presión, física o psicológica, pero sí sabes que es mucho anterior al de tu nacimiento. Tiene un moño, de esos que se hacen las mujeres que no tienen rasgos asiáticos, pero es como si quisieran tenerlos. Tiene las uñas más rojas que has visto en tu vida. Las vez e imaginas algo infame. Imposible, te dices. No puede ser. Debe ser un esmalte nuevo, o tu imaginación desbordada. Pero por otro lado estás en la oficina de El Pasado. Aquí cualquier cosa es posible. 

En lo que pones un pie en la oficina la mujer levanta la mirada y da la orden con amabilidad mecánica: 

- Dígame. ¿En qué puedo ayudarle? 

- Buenas. - Alargo la A y la S,  como para que la palabra dure más. Esto de estar tan cerca de El Pasado. Me revuelve el estómago. Me hace temblar. - Tengo una cita con… El Pasado. 

- Obvio. Aquí no se puede venir sin cita. Es usted. ¿Clara Machado? 

- No. Yo soy Manuela Zárate. 

- Disculpe, pero esa no es la persona que está anotada para la cita de hoy. 

- Pero, es que yo hice esa cita hace casi un mes y medio. Y me la confirmaron, ayer creo. Es más. Esta mañana recibí un mensaje tipo recordatorio. 

- Ya va. 

La mujer se levanta. Tiene una falda ceñida color púrpura. Le queda regia. Envidio su figura. Envidio su trabajo. Su posición de poder. Me pregunto si yo trataría así a la gente. Uno siempre dice que no, que uno haría las cosas mejor. Pero uno es humano, y el ser humano ya me ha probado tantas veces que es una mierda, que francamente no sé qué creer. 

Regresa y se sienta arqueando las cejas. 

- Lo siento señora…

- Zárate. 

- Sí. Señora Zárate. - Siempre se olvidan de tu nombre, como para restregarte que no eres nada. - Mire, usted no está aquí anotada, y El Pasado no ve a nadie si no es por previa cita. Lo lamento mucho, pero no podrá atenderla. 

- Pero ¿cómo es posible? Debe ser una equivocación, la otra señora ¿ya entró? 

- No puedo decirle, eso es confidencial. Las reglas son muy estrictas. Si relamente hizo una cita debería saberlo. Es lo primero que le decimos a quienes quieren encontrarse con él. 

- Sí. Lo sé. Es que no entiendo por qué está anotada ella y no yo. 

- Francamente yo tampoco. 

- ¿Y entonces cómo hacemos? 

- Bueno tiene dos opciones, podría esperar o hacer otra cita. 

- ¿Cuánto tiempo tendría que esperar? 

- Ah. Eso no sabría decirle. Puede ser que se desocupe inmediatamente, puede que dure horas, días, incluso años. Puede que…puede que al salir simplemente se niegue a verla. Esas son las reglas. Debería saberlas. 

- Pero es que…¿Y si hago otra cita? 

- Puede hacerla, pero tiene que pasar por todo el procedimiento primero. 

- ¿Otra vez? 

- Le recuerdo que a efectos de esta oficina, y lo que tengo aquí registrado usted no lo ha hecho. 

- Pero si claro que lo hice. Di todos mis datos. Conté la historia. Pasé los exámenes médicos. Mandé los formularios firmados reconociendo que no puedo cambiar nada, y hasta puse causa urgente, y me habían dicho que estaba todo aprobado. 

- Lo siento. Pero tengo mucho trabajo y realmente no hay más nada que pueda hacer por usted.

- ¿Y ahora qué hago? - Se me quiebra la voz. 

- Lo que le he dicho, realmente no puedo darle otra opción. 

- ¿Qué me recomendaría usted? Según su experiencia. - Esa es la cosa con la gente que está en estas posiciones, reconoces el hecho y se apiadan. Su mirada se suaviza. 

- ¿Cuál era la causa de la cita con El Pasado? 

- Tenía palabras que me habían sobrado y no sabía qué hacer con ellas. 

- ¿Probó donarlas? 

- ¡Claro! Intenté donarlas. Regalarlas. Venderlas fue lo primero, pero nadie me las compró para que le voy a mentir. 

- Ni modo que mienta, aquí lo sabemos todo. Sí, es raro que alguien compre palabras viejas, aunque a un buen vendedor...

- Exacto. Sí. Yo no soy buena para eso.  También probé una receta para comérmelas, pero las vomité todas en mi cama esa misma noche. 

- Uy. Terrible. Difícil grupito de palabras que tiene usted ahí atravesado. - Me pica el ojo. Se burla de mí. No sé si ofrecerle un chicle o una cachetada. 

-Traté de enterrarlas, pero. No importa qué tan profundo cavo el hoyo, vuelven a salir. Lo mismo pasa si trato de callarlas con música, con lo que sea. Están ahí. No tengo otra salida, necesito dejarlas en el pasado. Tan sólo un momento. Es nada más un segundo. De verdad. - Mi tono es de súplica. 

- Mire, le puedo sugerir sólo una cosa, para que esté más tranquila. Escóndalas en unos cuadernos. Pruebe eso. Seguirán ahí pero al menos, se calmarán un rato. Llene el formulario y espere. ¿Quién sabe? Si escribe bien a lo mejor él mismo lo lee y de una le da una cita de inmediato y resuelve ese problema. Es más, si crea una ficción suficientemente buena a lo mejor se quedan ahí, y ya no quieren salir, y no tiene ni siquiera necesidad de volver por aquí. 

- ¿Y si escribo una poesía? Yo creo que tal vez…no me quedan tan mal. 

- ¡También! - La mujer se emociona. Hasta creo que asoma una sonrisa. - ¡Qué bonito! Sí. Eso me encanta. ¡Pruebe eso! Definitivamente. ¡Pruebe eso! - Eso es lo que necesita uno cuando está al borde de la locura. Otro idiota que la alimente. 

- Cierto digo. Muchas gracias. - 

- De qué. - Me dice. - Y suerte con las palabras. 

4 comentarios:

Ira Vergani dijo...

If this is what those words want to say, I'm all eyes!

Ciruclo de Lectura Amagi dijo...

Thanks babe! Por ahí van los tiros.
Moi.

Anónimo dijo...

yyy??????????? cuandoooo :)

Unknown dijo...

sublime!!