martes, 31 de enero de 2012

Si Quieres Ser Barrendero...Sé Barrendero.


"Si quieres ser barrendero, sé barrendero. Pero sé el mejor barrendero del mundo." Eso lo poníamos hasta el cansancio en boca de nuestros padres cuando estábamos en el colegio, rebanándonos los sesos a ver qué íbamos a estudiar. Ya a partir de primer año de bachillerato entre las hormonas, los tests vocacionales y el exceso de televisión los sueños habíamos comenzado a perder el efecto de la levadura que aporta la infancia. Ya no habían tantos astronautas, ni actrices famosas, ni presidentes de la república, hasta el que quería ser zoólogo o veterinario comenzaba a cambiar de idea. Ahora todos, o la mayoría estábamos entre derecho, ingeniería, comunicación social, en fin las carreras tradicionales. Esas que todo el mundo piensa que son buenas para que uno deje la adolescencia y se convierta en un ciudadano serio y responsable, capaz de depender de sí mismo y no de los padres.


Los colegios, al menos en el sistema tradicional del país tercermundista en el que estudié hace unos cuantos años, también te orientaban a lo mismo. Eso de ser artista. Eso era de hippies, de gente disfuncional, perdida, atormentada, sufrida, rebelde, rechazada. Lo mismo daba que levantaras la mano y dijeras "profe, es que yo quiero ser escritora" a que dijeras " cuando sea grande quiero comprar algún tipo de droga ilegal para inyectármela hasta por los pies, quiero ser pordiosera, pasar hambre, quiero ser un paria de la sociedad, que nadie me quiera, tener una vida afectiva defectuosa, relaciones que terminan mal y ser un pésimo ejemplo para mis hijos."


Claro que no sólo era la de escritor la que venía con un estigma, sino cualquier profesión no tradicional. Lo que es más, eso de que una como mujer quisiera ser algo más que una ama de casa, era mal visto. Era como desear la infelicidad. Eso de ser chef o pintor, eran cosas que les pasaban a "otros." La carrera de alguien con talento surgía por eventos que estaban más allá del poder de cualquiera. No es como si realmente uno pudiese estudiar para ser pintor o para escultor. El artista nacía y se hacía mediante eventos trágicos. Lo demás era pretender pedirle tarta de pera poché a un olmo.


Si estuviera escribiendo esto en mitad de los noventa, y ustedes tuvieran que consultar a mis profesoras, estas les dirían sobre mí "es buena niña, pero talento, así lo que se dice talento. No lo veo." Y eso que me cansé de escribir ensayos y trabajos, diarios en los que me desgarraba el alma, y que un día boté, porque después de tanto escuchar en los años de bachillerato que no servía para nada, decidí hacer lo lógico, conseguirme un novio que respaldó esa opinión.


Entonces pasé años en una relación que me terminó de convencer de que yo había venido al mundo para ser nadie. No es que todavía este clara en que voy a hacer alguien, pero al menos, mis ganas de escribir, mi amor por la literatura y una cierta naturaleza rebelde me han hecho ver que uno tiene que vivir la vida que uno quiere. Poco importa quién te dice si eres bueno para esto o para aquello. ¿Quién juzga si tienes talento o no?


Pareciera que estamos llenos de personas calificadas para decidir si este escrito es bueno o si aquella fotografía es mala. Más allá de ciertos elementos objetivos que pueda hacer un experto o un crítico, el arte, la literatura, tienen que hacer contacto con la intimidad del lector o del espectador. Es cuando un trabajo toca las fibras profundas de otro ser humano que se puede hablar de talento del que hace. Porque cualquiera puede escribir, pintar, fotografiar, pero tocar hondo no lo hace cualquiera.


Hace más de dos años, siguiendo la iniciativa de un amigo me decidí a abrir un blog. Escribía casi a diario y fui haciendo una comunidad de lectores, entre los que incluso no tardaron en llegar algunos con mensajes de odio. Definitivamente hay gente a la que no le gustan nuestras ideas, pero esa es la belleza, que alguien sienta que le remueven una fibra y no pueda contener las ganas de contestar algo.


Hoy en día no escribo tan a menudo en el blog como lo hacía antes. No es porque haya tirado la toalla o me haya cansado. Sino porque esos mismos lectores me animaron a escribir mi primera novela y ahora voy a por la segunda. No sé si eventualmente la novela llegue a ser de mí alguien famoso. Después todo, aunque suene a embuste, la fama debe ser una delicia, pero yo lo que sueño realmente es con escribir, con ver mis historias en papel y con tener conversaciones con lectores de carne y hueso. Con recibir los mensajes, así sea de odio, de parte de alguien que tuvo mi libro en sus manos.


No importa ya lo que me hayan dicho en el colegio. Ya hoy por por hoy sé que no quiero ser barrendero, quiero ser escritora, y voy a tratar de ser la mejor escritora del mundo. Porque la lección es que a veces, por más viejo que ya seas y más escéptico que la vida te haya vuelto, vale la pena hacerle caso a esas cosas que tus papás te dijeron con el corazón en la mano, y que repetías hasta el cansancio. Al final, los talentosos que se han llegado lejos, y que uno admira por su sencillez, coinciden en una cosa, pidieron grande, trabajaron duro y derrochando pasión hicieron el sueño verdad.

viernes, 13 de enero de 2012

La Montaña Rusa


Para muchas personas la maternidad/paternidad es una meta, algo más que hacer en la vida. Como el viaje a China y la lanzada en paracaídas, la plantada del árbol y aquel libro que se supone que todos tenemos que escribir. Otros van directo al trasfondo filosófico del asunto que va también ligado a algunas de las cosas mencionadas anteriormente, tiene que ver con buscar formas de inmortalizarnos. De dejar algo nuestro en la Tierra para cuando ya no estemos. Una huella de carne y hueso que no se borre así tan fácil. Claro, que no uno no puede negar el componente biológico. El instinto maternal. Hay muchos que son padres porque sienten una especie de llamado. Como los curas. Como los maestros. Como los escritores. Como los médicos. Como todas aquellas personas que se lanzan a la ventura de tener uno o más hijos por algo que no pueden explicar. Unas ganas de cumplir un sueño, de verse en un papel en el que siempre se vieron.


Hasta hace poco días no había entendido mucho sobre ese llamado. Nunca me había preguntado ¿por qué tuve hijos? Sólo sé que un día, cuando mi mamá estaba enferma vi un adorno de flores en la puerta de una habitación de hospital y le dije a mi esposo. ¿Y si tenemos un hijo? No voy a entrar en la historia, pero aunque siempre habíamos hablado de tenerlos, el sueño no tenía nada que ver con la experiencia. Es vertiginosa. Es una montaña rusa de esas que sube. Baja. Se pone violentamente rápida. Luego más lenta. Da vueltas. Pasa por túneles oscuros. Luego te saca a una parte en la que tienes un paisaje hermoso, tan hermoso que no te das cuenta que el trencito está muy alto y una caída podría ser mortal. Justo cuando te estás sintiendo bien, el camino quiebra hacia un lado y caes una vez más, y sientes que te vas por un vacío.


Así es la maternidad. Es una montaña rusa. Tu no manejas. Tú no controlas. Al menos no el camino, ni el tren. A veces no todas, controlas tus emociones. Controlas cómo vives la experiencia.


Me veo una persona con tantos defectos que a veces me preocupo. Todo este tiempo mi meta ha sido hacer de mis hijos personas mejores que yo. ¿Pero cómo hago? Si pareciera que van a copiar mucho de lo que soy. Resulta una responsabilidad que puede resultar abrumadora. Me digo a mí misma "así que ahí está el detalle. Así es que se construye un mundo mejor…o peor. De allí salió el pendejo que se colea en el supermercado, el desgraciado que le grita a los empleados. Lo más probable, (sin caer en generalizaciones pues los idiotas lamentablemente se engendran de mil maneras) es que lo haya visto en su casa." Es muy fácil decirlo, pero basta que uno trate de salir de su cuerpo y ver todos sus actos. Por más que uno tenga a la mano la Guía del Ser Humano Perfecto (parece mentira cuántos creen que la tienen y viven como si tuvieran una licencia para decirle a los demás cómo vivir) y crea que al memorizarla la aplican a cabalidad, la verdad es esa que se repite hasta el cansancio cuando algo no sale mal, nadie es perfecto. Yo reconozco que eso me pegó, "cómo que nadie es perfecto. Si todo este tiempo me había preparado para que mis hijos lo fueran."


Lo peor de todo es que el mundo espera que tus hijos sean perfectos. Tú mismo esperabas que los hijos de los demás fueran perfectos. Hace dos días vi a una mujer con un niño pequeño haciendo pupú en la mitad de una avenida de Caracas. Estaban en plena acera, frente a una tienda de cocinas importadas y una cabina de teléfonos destrozada, al otro lado un gran edificio de ladrillos rojos. Me detuve mientras los carros avanzaban y vi de reojo la escena, no quise verla directamente porque me imaginé lo que estaría pasando por la cabeza de la mujer, "coño de la madre, todo el mundo me debe estar viendo, qué pena, qué desastre esta vaina, este carajito en plena calle que no se pudo aguantar una hora más hasta llegar a la casa, ni cinco minutos más hasta llegar a una panadería o una farmacia. La gente dirá que soy una mala madre, que qué clase de mujer le baja los pantalones al niño en mitad de la calle, pero sabes qué…me importa un bledo, es peor que se haga encima porque está aprendiendo y ha progresado muchísimo y no voy a dejar que nada lo haga retroceder... y sabes qué, si se hace encima la que tiene que limpiar la mierda soy yo y no el pendejo que me está juzgando desde su carro."


Hace tres años ese pendejo hubiera sido yo. Yo era de las que torcía los ojos cuando entraba a un restaurante y había niños. "Qué clase de padres trae a los niños a un restaurante." Yo era de las que no soportaba algunas conversaciones eternas sobre pañaleras y ojo, toda vía las evito en ciertas ocasiones porque creo que el equilibrio es importante y uno tiene que tener una vida más allá de la cría, no sólo porque es necesario, sino porque es parte del ejemplo que uno les da. Aún así, entiendo que a veces uno está que no cabe en sí y tiene que compartirlo con alguien "¿se te ha botado alguna vez la leche dentro del carro?" "¿se te ha quedado el niño encerrado en el carro?" "¿te has olvidado de tu hijo y te has largado rumbo al mercado para recordar a dos cuadras que lo dejaste en el brinca brinca." Claro, ese día entiendes para qué Fisher Price y todas las marcas le ponen todos esos seguros a juguetes y sillas.


Y ojo, no es que ya no juzgo. De vez en cuando uno ve a un papá o a una mamá que no es como uno y se siente tentado, porque así es el ser humano, a hacer un comentario. O porque este o aquel no le dejan cierto juguete a su chamo, o porque aquella lo despierta, o porque la otra va y lo levanta y se mete en su cama con él porque "es que amo dormir con mi bebé." Sí, algunas cosas son mejores que otras, pero la verdad es que uno no es nadie para juzgar a otros padres. Dígame ahora que está de moda la lactancia materna. Yo la apoyo, con todas mis ganas. Tuve la suerte de tener mucha leche y de armar mi propia filosofía para dar pecho. Yo dije, me sabe tuétano al que le parezca que el niño tiene derecho a tomar leche materna, para mí es un regalo que le voy a dar. Más nada. El día que me agote, que no me salga o que no me salgan las fuerzas para darle o que se convierta en un castigo. Ese día cierro el chorro. Mucha gente no me entendió. O porque dar más de tres meses era someterse a una esclavitud (llevo casi seis con el segundo) o porque dar menos de dieciocho era casi un acto de maldad contra la cría.


Lo siento. Nadie me va a decir a mí, salvo tal vez el papá del niño y su pediatra, cuál es el límite de mi capacidad para dar pecho. Lo que digan los demás está totalmente de más. Y se lo mando a todas las mamás que están esperando o que están en ese infierno. No escuchen a más nadie, la voz viene de adentro, y es una lección de la naturaleza para todas las cosas que uno hace al criar. Se hace lo que se puede. Y si no puedes no importa, ya le diste lo mejor a tu hijo. Lo que él necesita. Lo que ella espera. Lo mejor de ti. Lo demás es paja.


En estos días un gran amigo y vecino me dijo que me escuchó regañando a mi hija y que se sintió identificado. Acto seguido me dio un remordimiento terrible. A veces me siento muy culpable porque pierdo la paciencia con ella. Y lo peor es que creo que se pone peor, porque la crianza no es un virus, no se pone mejor con el tiempo, ni más fácil, ni uno se acostumbra. Es una montaña rusa, la caída libre viene en cualquier momento. A veces estás divino, a veces te sientes mal. Muy mal.


Nada me preparó para esta experiencia. Después de tantas ciencias naturales, de tanta historia, de tantos libros, tantas batallas que un memorizó, la ecuación cuadrática, la estructura de la oración, la memorización de conceptos como ósmosis y las capitales de cada estado, lo cierto es que cuando hicimos la disección de la rana en bachillerato, no habían consejos sobre cómo ser padre. No había un manual ni para armar el coche, ni una clínica para saber cuándo exactamente era el momento de quitar ese tetero infernal que te corta el sueño a las 3:00 am. No estaban ninguna de las respuestas a las preguntas de la maternidad/paternidad. Las fiebres. Las pataletas. La negociación con la hora de televisión o la insistencia con el tema recoger los juguetes y el karma de la hora de la comida. Es que uno espera que sus hijos coman perfecto, que amen el pollo y el brócoli cuando uno vive tentado de ir a McDonald´s.


Cuando estaba en etapa de universitario menospreciaba todo. Como si hubiéramos crecido solo. Parecía que eso no hacía falta. Que ser padre o madre lo podía hacer cualquiera. Yo ahora me doy cuenta. No. No es cualquiera. Es un llamado. Y uno, si no la tiene por amor hay que buscarla, porque este trabajo es tan difícil, un horario tan impredecible y unas exigencias tan duras que sólo se puede hacer por vocación. En cuanto a la paga. Se equivoca el que piensa que no hay paga. Esa está en un abrazo, en una sonrisa, en unas palabras que reflejan lo mejor de ti. Tu lucha por ser y construir una mejor persona. No hay cheque que pague más que eso.


viernes, 6 de enero de 2012

Después de la Muerte: El Peso del Alma


Para pensar en la muerte sólo hay que estar vivo. Es el gran misterio de nuestra existencia y no hay nada que le hale las piernas a la imaginación como un misterio. ¿Qué hay después de la vida? Un todo. La nada. Cielo. Infierno. Purgatorio. Un universo paralelo. El mismo mundo en que ya vivimos pero ahora en otra forma. Mejor. Peor. Animal. Vegetal. Respuestas hay de todo tipo. Desde el que duda con toda su alma, hasta el que está convencido y arregla desde ya las cosas para el próximo estado de su alma. Como el que no come zanahorias porque regresa como hortaliza.

Yo siempre me imaginé algo muy parecido al peso de las almas de los egipcios. Su creencia es que luego que uno sale de este mundo navega (por eso en los alrededores de las pirámides se encontraron barcas) y llega a un lugar donde uno pasa por todo un proceso que culmina con el peso del corazón. Este se pone en una balanza, de un lado está obviamente el corazón, del otro una pluma. Si pesa más pues ni modo. Maldición eterna. Este será comido por una bestia con boca de cocodrilo y cuerpo de pantera.

Pregúntale a alguien con educación judeo-cristiana, con toda su tradición basada en la culpa. Desde la masturbación hasta el asesinato harán que nuestro corazón pese unas cuantas toneladas. Si viste una porno o peor, si pensaste en entrar en un puticlub o a un bar de bailarinas exóticas la pluma saldrá volando. Poco importa que lo hayas hecho. Lo mismo que si omitiste decir algunas verdades o ayudar a ese pobre mendigo que con dientes rotos y olor nauseabundo tocó tu ventana cuando al semáforo aún le quedaban unos cuantos segundos en rojo.

Hoy le dije a un amigo que imaginaba el cielo como Borges, con una gran biblioteca. Él me dice, exclente, lástima que a mí no me van a dejar entrar. No sé por qué yo he asumido todo este tiempo que yo sí tengo derecho a entrar. Tanto derecho que hasta hago planes y un diseño de las cosas que voy a tener allá arriba.

¿Y sí mi resultado es un corazón pesado? Porque a juzgar por lo que nos han enseñado, no importa tanto cuanto dicte la balanza interna, la de nuestra conciencia, sino la de las autoridades celestiales.

Siempre me imaginado algo así. Una figura como de hombre que busca entre una especie de estantería infinita, llena de frascos con plumas de distintos colores y distintos tipos. Busca cuál va a utilizar para pesar mi corazón. Todo depende de mi dossier. No van a usar la misma la pluma para mí que para para Carlos el Chacal. Me dirá:

- A ver, usted tiene el numero, 748296372846327846328746237.

- Sí. Yo quería hablarle de mi año 15. Bueno…yo…es que mire. Yo bueno, yo le tumbé el novio a Marielita Duarte. Pero, qué íbamos a saber de la vida entonces. No fue intencionalmente. Me gustaba el muchacho. Yo le gustaba.

- ¿Y por qué me dice eso?

- No entiendo.

- Lo que usted narra amiga, no era pecado.

Me quedo pensando. ¿Eso no era pecado? Pero si todo este tiempo yo he llevado eso en mi conciencia.

- Señor. Usted sabe bueno yo…

- Tampoco era pecado.

- Y el chocolate, la gula, las mañanas que desperté sin saber dónde había dormido. O esa en que después de lavarme los dientes salí corriendo a ver el celular y estaba la llamada perdida de él. Y me vino el recuerdo a la memoria. Sí. Ahora él estaba engachado pensando que yo quería, cuando yo lo que quería era olvidarme, pero no de él. Y se confundió. Yo no supe qué decirle. Entonces me empaté. Después vinieron más mentiras para terminar.

- Tampoco era pecado. Por favor. Déjeme trabajar. La cola es muy larga. Otro terremoto en un país del tercer mundo.

- Pero, todos estos años. Pensando en eso. ¿Años perdidos?

- No lo sé. Sólo sé que no era pecado.

Me imagino la gran cantidad de cosas que no sólo no entrarán en lista, sino que serán totalmente indiferentes, hasta equipararse con datos como, número de pasos dados en vida, número de fotos, número de comidas que te saltaste o días de vacaciones.

Uno está tan acostumbrado a la culpa que es escribiendo esto que me doy cuenta que cuando uno piensa en el juicio final, es a lo malo a lo que se dirige toda la atención. Lo bueno pareciera que no contara. ¿Fuiste un amigo leal? ¿Fuisete alguien honesto? Eras de los que llamaba en los cumpleaños, de los que mantuvo una promesa de amistad, de los que perdonaba fácilmente y le hacía la vida sencilla a los demás. O más bien fuiste de los que era una tragedia porque se ofendían por cualquier cosa.

Me pregunto si las palabras de los deudos realmente contarán. No las misas. No. Si no las palabras. Me pregunto si al cielo se va con cartas de recomendación.

“Estimados Señores Paraíso Terrenal,

Me dirijo a ustedes por medio de la presente para recomenar a la señorita, Manuela Zárate, quien en vida me ayudó a estudiar para un examen, se rascó conmigo en las numerosas ocasiones en que me vi envuelta en crisis amorosa, se levantó de la mesa cuando alguien habló mal de mí y aunque olvidó algunos de mis cumpleaños, y de vez en cuando pasamos temporadas sin hablar, siempre consideré una buena amiga.

Doy Fe de que a participaba en el chisme común, sin embargo, siempre fue una buena persona, que intentaba trabajar sus defectos.”

Creo que puedo hacer toda una historia sobre el peso de las almas. A lo mejor esa es mi segunda novela. Creo que se pondría interesante, si cuando la mujer llega al cielo, al final, el hombre que está delante de la estantería con los frascos de plumas le dice a la mujer.

- Muy bien señorita. Aquí la está la pluma. Pero no la peso yo. La pesa usted.

Tal vez ella puede. O se estanca. O el corazón cae al piso. O es la pluma la que deja una marca en el suelo. O cuando se saca el corazón este pesa lo mismo que la pluma.

¿Cuál será? ¿Qué pasará entonces?

¿Sólo Dios sabe? ¿O lo sabe uno?