miércoles, 29 de febrero de 2012

¡Basta!

Hace un par de años iba con mi hermana por la cotamil y casi llegando a la salida de Terrazas del Ávila vimos una moto de tránsito en el hombrillo y dos funcionarios mirando el suelo. Casi por instinto hicimos lo que no se debe hacer, lamentablemente, en estos casos que es reducir la marcha. Nos fuimos acercando y ahí lo vimos, tirado boca bajo un cadáver desnudo, que los funcionarios habían cubierto con un plástico transparente. Contuvimos el aliento y seguimos. Lo contamos al llegar a nuestro destino, un poco para librarnos de la carga de aquella imagen grotesca. Pero al rato descubrí con gran desilusión que no era algo que nos impresionara, ni que nos sacara de la rutina, más allá de algunos momentos de reflexión, de imaginación desbordada pensando qué le habría podido pasar a aquel hombre para encontrar la muerte de manera tan grotesca e indigna, más allá de la paranoia, no nos llegó más nada. Una oración por él y por nosotros. Eso fue todo. Y lo mismo a nuestros interlocutores. Nadie se sorprendió más allá de la expresión de asombro y la señal de la Cruz.


Es que la muerte ya no impresiona. No porque sea parte de la vida, destino inevitable de todos. No es su cara natural. Es su cara violenta, abyecta, cruel, cegadora, a la que nos hemos acostumbrado. La muerte ahora es una cifra que sale en las páginas de los periódicos, a veces escondida en el cuerpo de sucesos y de vez en cuando en la tapa.


No somos policías, ni militares, ni carceleros, ni guardaespaldas, entonces hacemos lo que podemos. Cerrar seguros. Subir vidrios. Montar rejas. Guardar celulares. Escondernos de noche, bajo las sábanas más gruesas que tenemos rogando que no nos toque. Rogando ser la excepción a esa regla maldita que jamás accedimos a cumplir, y que aunque creemos saber por qué nos metieron en el juego, no lo entendemos del todo.


Yo no dejo de pensar en lo abyecto de las conversaciones y los titulares que mencionan la cifra de muertos que hay semanalmente. Como si fuese ya un índice económico. Señores, la bolsa cerró a tanto, y el índice de cadáveres bajó dos puntos en comparación con la semana pasada. Lo que para algunos significará que tal vez haya una esperanza, porque siempre hay una esperanza, de que vamos a ir de funesto para fatal. Siempre trato de imaginar esos muertos. Esas vidas que se apagaron. Algunas serían buenas, otras malas, tal vez la mayoría regulares, como al final somos todos. Con nuestras virtudes, nuestros defectos, nuestros talentos, nuestras torpezas, todos con nuestras metas, absurdas algunas, inalcanzables otras. Al final sólo somos hombres y mujeres viviendo entre esperanza y desengaño. Todos con pendiendo del hilo del siguiente latido del corazón para seguir aquí, intentando alcanzar cada quién su horizonte. Porque uno siempre está en busca de algo que no llega. Hasta que el fin fatal se presenta.


Y no dejo de pensar que es mentira que seamos todos iguales, pero algo sí es verdad y es que todos tenemos en común que alguna vez estuvimos vivos. Yo escucho los titulares y siempre me siento del otro lado de la noticia. Mis manos limpias y blancas no tienen nada que allí, pero la verdad es que eso no tal vez no sea del todo cierto, pues tengo una voz y debo decir que la he usado para muchas cosas, pero no para decir algo en contra de la violencia.


Siempre me he creído una inocente. Siempre. Hasta que vi a ese hombre de cara contra el suelo. Desnudo. Desvalido. Sin ninguna posibilidad de defenderse, a merced de los vivos que harían de él lo que más les conviniera para seguir sus propias vidas. Desde los funcionarios de tránsito hasta las dos hermanas que pasaron de largo. Actitud que tal vez haya sido la inteligente, la adecuada, pero necesariamente la irreprochable.


Entonces la verdad, es que no sé si la inocencia es algo que conservo o que ya perdí para siempre. Si es que alguna vez lo fui. Hace un par de días un niño se sentó cerca del presidente y le dijo que a su hermano lo habían matado. Yo recuerdo su carita, sus ojos, su figura aún infantil, pero sus palabras tan faltas de niñez. Pensé en la pelota que debería tener frente a él, y no ese dolor en su rostro. No esa ausencia, esa melancolía, ese desasosiego. Tan adulto. Tan desprovisto de la luz que debe tener un ser humano a esa edad. Y juro que algo en mí se murió. O al menos comenzó a morir.


No sé si es tarde para salvar la capacidad de asombro, pero sí entendí ese día que no es tarde para salvar la otredad, la capacidad de ponerse en los pies del otro. No es tarde para salvar ese sentimiento de empatía, de caridad por el que ha sufrido y no nada más la paranoia y el miedo. Nos están matando, pero somos más los que estamos vivos. Hay que volver a la vida. Hay que respirar y patear, y llorar como el primer día. Creo que ha llegado el momento de darse cuenta que no hay excusas para el silencio. No sé cómo, pero hay que buscar una forma de alzar la voz y decir ¡basta!

viernes, 24 de febrero de 2012

Día 13: Un Deja Vu



Disco del Día: American IV de Johnny Cash


He llegado a pensar que uno madura cuando le pierde el respeto o mejor dicho la veneración a las borracheras. En la adolescencia hay toda una mística con la embriaguez. Es más grande. Es más inteligente. Es más rata. Es más salvaje. Es más atrevido. Es más valiente. Es más adulto. Es más rudo. Es más duro. Es más osado. Vive más. El que tiene la valentía de empinar una botella, que dicho sea de paso no puede llegar a manos del bebedor de forma lícita. Parte de esa rudeza y de esa noción de transgresión y osadía tiene mucho que ver con todo lo que implica hacerse con un líquido prohibido, sobre el que tantas advertencias dan padres y maestros y que se vuelve así como el elixir de los que buscan acumular experiencias, entre los doce y los veinticinco años.


Los padres tratan de hacer su trabajo, intentando explicar algo que ellos ya comprenden. Que dentro de todo el alcohol no es mayor cosa y que no es un aliado, mucho menos en grandes cantidades, sino que con el tiempo termina siendo más bien un obstáculo. Hasta un enemigo, e incluso en algunos casos un infierno del que es casi imposible salir.


Claro que eso no hace menos cierto el hecho de que a veces una copa es necesaria. Absolutamente necesaria. Hay días que solo se salvan al destapar, servir y beber. Y no tiene que ver con pérdida absoluta de la conciencia, con escenas de esas que pintan canciones de mariachis en las que en el último estado que proporciona la tequila antes de apagarle las luces a una escena que termina en golpes o en llantos, el charro echa la cabeza hacia atrás y traga con todas sus fuerzas la pócima contra sus penas, casi siempre un despecho. Más bien el escape del alcohol tiene que ver con una especie de estado intermedio, en la que piensas lo suficiente. Ni demasiado como para ahogarte en tu vaso de agua, pero sin desprenderte de tu vida tanto como para ser negligente con las verdades que tal vez no quieres, pero debes afrontar.


A mi me gusta mi copa de vino. Si no me tomo una todos los días, es porque a pesar de lo que diga la organización mundial de la salud sobre el vino tinto y la salud cardiovascular, no creo que sea buena idea crear hábitos con sustancias que tienen potencial para generar adicciones. Al menos no me lo recomiendo siendo una experta en mí misma, pues sé que el hecho de demostrar una tendencia hacia las conductas obsesivas me exige pensar en esas cosas. Pero de vez en cuando sí me gusta mi copa de vino y esa sensación de pies más ligeros y cielo más al alcance. Además, aunque hablo hasta por los codos y a veces siento que mi vida se hubiera beneficiado mucho de un botón de mute, el alcohol suelta mis palabras. Claro, que una cosa es que las palabras se suelten y otra que se vayan corriendo sin control. Como me ha pasado, con cada copa de más, palabras de más, desastres de más. Me sobran las mañanas que entre la búsqueda desesperada por los analgésicos y un vaso de agua he ido recordando y queriendo reponer con silencios palabras que nunca debía haber dicho.


Creo que ese es uno de los peores deja vu, dejando de lados los que tienen una carga emocional o los que vaticinan situaciones que a uno le duelen y que son inminentes. Como cuando estás en una relación y el otro está distante y te da excusas para evadir esos momentos que antes compartían juntos. Uno se engaña, se dice que no es verdad lo que está viendo, que es una fase, que las excusas son razones, pero ya uno ha pasado por eso y lo sabe. Te van a dejar. Dejando cosas como esa de lado, el peor deja vu es ese que tienes cuando te estás acostando a dormir y la cama comienza a navegar hacia el remolino que está justo en el Triángulo de las Bermudas.


En ese momento hay una parte de conciencia que aún sigue viva y que trata de gritarte que estás en tu cama. Pero te cuesta demasiado creerlo. El mundo da demasiadas vueltas. Además que puedes jurar que te algo te acaba de rozar el pie y que mientras todo daba vueltas halaste la sábana y viste una aleta de tiburón. Cierras los ojos. Es peor. Cierras los ojos y todo da más vueltas y ya no sólo es el remolino, sino que hasta puedes sentir la sal y a la aleta de tiburón se han sumado criaturas mitológicas y ciertos recuerdos que no sabes por qué se asomaron si tú no los llamaste. Y así. En una lucha entre la conciencia y un mundo totalmente abstracto, desequilibrado, en el que ninguno de tus sentidos tiene una labor definida, te rindes.


El día siguiente te lo sabes de memoria. Paso uno abrir los ojos. Paso dos corroborar que estás vivo. Paso tres armar el rompecabezas del día anterior. Está la pieza del sacacorchos, está la de la copa vacía, la de la copa llena, la de la copa que alguien te sirvió, la de la copa que no era tuya y que alguien había dejado por la mitad y tú terminaste, por último otra vez la de la copa vacía. Y así entre colillas y bocas abiertas armas la escena guardando aún la esperanza de que sea ficticia, hasta que con reacción de vampiro te enfrentas a la luz y te das cuenta de que es más verdad que cualquier cosa que hayas vivido. Estás más vivo que nunca, pero jamás te has sentido más muerto. Todo tu cuerpo es como una de esas plantas que se cierran cuando las tocas. Todo te duele. Cada músculo está hipersensible, considerando una afrenta directa que intentes moverlo. Sobre todo los ojos. Por algún motivo la mañana siguiente a una borrachera uno está tan consciente de sus ojos como lo debe estar un perro Carlino.


Te levantas y tu mente tiene incorporado un tambor. Escuchas allí adentro ese sonido, como cuando estás en la playa y se oye el rumor del regueatton a lo lejos. Tú buscas las corneas, el equipo de sonido, los desgraciados que están bailotendo a orillas de la playa, insultando al mar con sus ritmos obscenos. No lo ves, pero ni falta que te hace, tú sabes perfectamente cómo son. Estarán tirando botellas vacías en la arena, y sientes una rabia como de tirano, aunque no tengas la potestad, ni el derecho, ni las pruebas, los quieres meter presos. Eso ahora está en tu cabeza, y la arena sucia es ese lugar que está entre ojo y ojo. Allí están tirando botellas que se rompen. Los vidrios te salen por las pupilas. Duele demasiado, te quieres morir.


Vas a tomar analgésicos y agua. Vas a comer algo. Vas a recurrir al café. Le vas a contar a alguien lo sucedido y vas a corroborar que toda tu escena fue verdad. La única ficción es que vas a pasar liso de esta y que vas a cumplir la promesa de no volver a tomar jamás, que hiciste apenas pusiste tu pie desnudo sobre el piso.


Buscas más remedio, pero sabes que es en vano. El ratón sólo lo pasa el tiempo. Veinticuatro horas para pagar la multa de las copas de vino que firmaste sobre la cuenta sobregirada de tu cuerpo cansado. Nadie te lo tiene que confirmar. Es un deja vu. Uno de los peores.

miércoles, 22 de febrero de 2012

Día 12: Un Monaguillo



Disco del Día: Starfish de The Church


Cuando pienso en un monaguillo me viene a la mente Toto, el personaje principal de Cinema Paradiso, que de pequeño es monaguillo en la iglesia del pueblo y se queda dormido en misa. El padre se pone furioso y lo regaña, y Toto siempre hace una travesura, tiene una salida que desespera al padre y uno intuye que sus labores las cumple más por obligación que porque realmente sienta algo cercano a una futura vocación por el sacerdocio.


Nunca me he puesto demasiado en la piel del monaguillo, porque como deben ser hombres, jamás lo he considerado una posibilidad. La verdad es que sería fatal en ese trabajo. Considero el cura como una autoridad y le tengo terror, salvo dos o tres que he conocido a lo largo de los años, y son amigos. Les tengo miedo.


Debo confesar, por ejemplo, que no me confieso. Hace ya unos diecisiete años entré por última vez al confesionario, y salí sintiéndome tan mal, que dije, yo lo siento en el alma, pero con tanto asesino, ladrón, chulo, mentiroso, abusador que anda suelto, que me digan las cosas que me dijeron, lo lamento en el alma.


Yo tenía quince años y la verdad era que mis pecados no eran para tanto. El cura se puso como yo hubiera llegado a contarle, mira, sabes lo que sucedió en Rwanda con los tutsis, bueno yo tuve que ver con eso. Además, sé quién mató a Kennedy y quemé los papeles. Y cada vez que puedo, si veo un cachorrito en la calle voy y lo atropello, porque me gusta ver cachorrillos atropellados. Me mandó a rezar rosarios y además tenía un aliento de perro que jamás voy a olvidar. Después me dijo que me fuera, me dio la absolución con la misma flojera con la que te atienden en los bancos a la hora de almuerzo y yo me fui, la verdad, lamentando muchísimo la calidad del servicio. Porque al final del día, es un servicio que te prestan, debería ser un consejero más que un juez, y lo cierto es que yo era una estúpida, porque si hubiese tenido de verdad un problema de sexo, drogas o una relación abusiva, la actitud del cura hubiese ayudado a catapultar la mala situación. Afortunadamente mi problema era de despecho y no pasó a mayores.


Otro incidente con una de estas furias fue hace un par de años en el matrimonio de unos amigos. El cura se enfureció con el fotógrafo porque este tomó una foto durante el Evangelio. El cura dejó de leer y empezó a decir que el diablo estaba presente en la iglesia. Yo le dije bajito a mi esposo, "¡Mierda! primera vez que escucho a un cura decir la palabra que empieza con D en plena misa. Así de frente para referirse a alguien."


No conozco al fotógrafo, pero no creo que de verdad haya sido una representación de Lucifer. Más bien era una persona bastante paciente, que tomando conciencia de que tenía un contrato con estas personas que hizo a un lado y aguantó durante el resto de la misa los comentarios del padre, que cada cierto tiempo lo utilizaba como ejemplo de lo que no se debe hacer en misa. Nuestros amigos se morían de la pena, pero la verdad es que nunca olvidaremos ese día, en gran parte por ese episodio.


Siento que de haber sido Monaguillo me hubiesen tocado regaños similares. Yo también me quedaría dormida. En parte por ello sólo voy a misa cuando me sale de adentro. No voy para cumplir una cita periódica, la verdad es que no considero que cuente ir a algo para estar viendo el techo y pensando en todo lo que podría estar haciendo con ese tiempo. O peor, viendo a las demás personas que están allí. Es como ir a visitar a alguien y estar todo el tiempo que dura la visita torciendo los ojos ante cada comentario y sin cruzar palabra con la persona.


Eso sí, cuando voy. Voy. Cuando he participado en algún sacramento, como el bautizo de mis hijos, lo hago creyendo de verdad. No porque tengo una alarma en el i-cal que dice que tengo que hacerlo, sino porque creo que sinceramente la religión ayuda a formar valores y porque soy creyente. Y quiero que ellos lo sea. Que aprendan a creer, pero que también aprendan que por más que uno crea, uno jamás puede renunciar a sus ideas, ni dejarse llevar por lo que otros digan, mucho menos alegando que lo dicen en representación de un poder superior. Y lo que es más, uno no se puede dejar atropellar por nadie. Al fin y al cabo, los valores del amor, del respeto, de la caridad, no tienen nada que ver con la gran cantidad de tabúes que tienen muchos de los religiosos, de distintas creencias, que propagan y utilizan para manipular a la gente y que tanto daño le han hecho a la humanidad.


Creo que la humanidad se beneficiaria mucho de tener monaguillos que de verdad propaguen valores como la tolerancia y la otredad. El pensar en el otro como forma de pensar en ti mismo. El perdón. El respeto hacia otras ideas. Valores como la integridad, el honor y el amor incondicional.


Yo creo que tanto a Toto, como a mí, como a tantos otros que hemos hecho algunas cosas de las que nos arrepentimos y que guardamos en nuestra lista negra, nos espera una voz dulce, que el día mañana cuando vayamos a rendir cuentas nos va a decir, no te preocupes por eso, no era pecado. Así que mientras tanto, yo lo que hago es tratar de no hacer a nadie, independiente de su clase social o color de piel u orientación sexual, lo que no me gustaría que me hicieran a mí. Y mi único confesor, es la almohada.


jueves, 16 de febrero de 2012

Día 11: Un Cheque en Blanco


El Disco del Día es de Millionaires de James.


Conoces a alguien. Empiezas a salir. Le cuentas tus problemas, las cosas que has vivido. Pronto estás escuchando opiniones, buscando apoyo y dando consejos. Sigue pasando el tiempo y ya salir no es más salir, ya es algo casi tácito. Sobreentendido. Son compañeros. Escuchas señales de aprobación y reclamos. Convives. Tus decisiones, desde la más pequeña hasta la más trascendental se ven afectadas por ese otro. Estás en una relación. Y no hay cheque en blanco más grande, que el que entregas al que se convierte en tu pareja.


En esta sociedad de igualdad de géneros, en la que las mujeres usan pantalones y salen a trabajar tan duro como los hombres, a veces nos gusta creer que las relaciones no son "lo que eran antes." No gusta creer en mantener la individualidad, los mismos parámetros de vida que teníamos cuando estábamos solos. Y también nos gusta creer que la mujer pisada, anulada, es cosa del pasado. A veces pensamos que eso de las relaciones abusivas no es con gente de esta generación. Parece algo atávico y absurdo. ¿Quién se va a dejar pegar e insultar en pleno Siglo XXI? ¿Quién va a dejar que venga otro a decirle cómo vivir?


Pero basta ver a una cantidad enorme de mujeres que han pasado o que están en relaciones en las que dejan de ser ellas mismas. No se visten igual. No hablan igual. No tienen amigas, y si las tienen son las que mantienen un estilo de vida similar al de ellas. No tienen hobbies, ni trabajan, así se hayan matado junto con el resto de sus promociones en la universidad. No viajan solas (¡ni pensarlo Dios! ¿a quién se le ocurre?). Incluso cuando uno habla con ellas, uno descubre en sus comentarios la forma de pensar de su pareja. Y uno se pregunta ¿a dónde fue a parar la persona que conocí?


Claro, en cierta forma esto nos pasa a todos cuando estamos en una relación. Pretender que tu pareja no te va a cambiar es como pretender que vas a seguir siendo en quinto año el mismo niño que entró a bachillerato, o que si te ascienden en el trabajo no vas a cambiar. Eso es pedir demasiado, es muy poco realista y muchas veces genera tensión en las relaciones. Todas las experiencias nos cambian, pero la de tener una pareja muchísimo más. El tema está en no perder la esencia. En no dejar de ser uno mismo. Cambiar y dejar de ser quién uno es son cosas totalmente diferentes.


A cuántos de nosotros no nos ha pasado que guardamos una camisa que amábamos y nos poníamos un día sí y otro también, porque una pareja llegó un día y dijo "eso te queda horrible." Razón por la cual detesto ese tipo de comentarios del que tengo al lado. La regla de oro debe ser, a menos que sea una cosa que da pena, pues como dice un querido amigo, lo importante en la vida es no dar pena, qué necesidad hay de decirle a alguien que no se ve bien, si el otro se siente a gusto.


Estudiando en el taller de Roberto muchas veces me tocó ver gente que dejó de hacer cursos o paseos porque a la pareja no le gustaba. Entre otras cosas porque los viajes eran mixtos y se le pone mucha presión a las mujeres. Tengo muy buenos amigos en el taller de Roberto, la verdad es que en ningún curso, ni paseo, al menos en mi caso, he pasado momentos de incomodidad. Como todo en esta vida, es cuestión de actitud. Si vas en plan de cacería, probablemente vas a cazar. Si vas en plan de aprender fotografía, vas a aprender fotografía. El que está buscando aventura, porque necesita un tercero, porque la relación se le viene encima, ya no ama, se siente solo, lo va a buscar en dónde sea, a la hora que sea.


Una vez, hace ya varios años, estando casada con otro señor y siendo una mujer aplastada por el peso del elefante que fue aquella relación, estaba con una amiga tomándome un café a eso de las diez de la mañana, y mi amiga de repente me dice "la verdad es que en este momento mi esposo puede estar con otra y yo no tengo manera de saberlo. Si te pones a ver. ¿Cuántas veces no ha salido de la oficina para ayudarme a hacer algo? De que se puede escapar, se puede escapar. No me sirve de nada llamar al directo porque siempre me puede decir que estaba reunido, que había bajado a tomar café, cualquier cosa. No me queda otra que confiar."


Aunque al final del día yo pienso que en su mayoría los cachos son como los hijos. No se pueden esconder, siempre terminan saliendo por algún lado. Pero al menos en un principio a uno no le queda más remedio que confiar en el otro. O corres el riesgo de hacer de sospechas y paranoias tu vida. Sé de gente que es así, tanto hombres como mujeres, que llaman incesantemente, persiguen, acosan, y eso destruye la relación tanto o más que un cacho. Siempre digo que si me están montando cachos, al menos prefiero guardar mi dignidad. Hay demasiadas cosas productivas que hacer en esta vida, para perder el tiempo persiguiendo a otro.


Además, si te los van a montar, te los van a montar, así te operes las lolas, así vayas al gimnasio todos los días, así le pongas un detective privado, así te ganes un Nobel, así seas una mamá modelo, así cocines divino, así ganes millones. Nada de lo hagas va a impedir que alguien que está en plan de infidelidad lo haga. Salvo una cosa, que esa persona en efecto sea digna de tu confianza y por principios, por respeto a ti, pero sobretodo por respeto a sí mismo, sea capaz de decir "no vale, estoy en una relación, y la verdad es que no me siento cómodo. Lo siento, pero de aquí no pasa."


Mi mamá y mi papá tienen cuarenta y nueve años de casados. Han tenido momentos en que uno los ve y les dice, panitas, divorciénse. No creo que existan las relaciones en las que todo es hermoso y color de rosa, y nunca hubo pleitos, y nunca nadie se cuestionó, ¿no estaré mejor solo? Porque además, siempre él o la de al lado se va a ver mejor. Porque no se levanta con uno, porque uno no se levanta con esa otra persona y no tiene el problema de "es que tu carro me está trancando, será que te puedes vestir rápido o ponerte una bata e ir a moverlo?" La cotidianidad y su carga es una mierda, y para sobrevivirla hay que aplicar mucha inteligencia emocional y además la de Lady Gaga, reinventarse. Tener algo que hacer, no hay nada peor que el ocio para la vida en general, pero más aún para la vida en pareja.


En todo caso, mi mamá siempre dice que ellos han durado tanto por muchas razones, pero que hay una que es clave, la confianza. Ella nunca ha dudado de lo que dice mi papá y viceversa. Ambos han trabajado mucho, y sí cómo no, a veces fueron fines de semana. A veces fueron noches. Y la verdad es que jamás se dieron motivos para dudar. Nunca hubo paseos raros, ni llegadas a las mil. Están juntos lo más que pueden, pero también se han respetado su espacio. Por más que a veces a mi papá le molestara que mi mamá trabajara tanto. Lo cierto es que en el fondo siempre terminó por sentirse orgulloso de lo que ella hizo, y creo que eso alimentó mucho su relación.


Los hombres se quejan a veces de que las mujeres estamos demasiado ocupadas y no tenemos tiempo. Que falla el manicure, o el desayuno tocó sánduche y no hay nada para cenar. Pero como le digo yo a mi esposo, el día que pasemos un mes y mi tema de conversación sea todos los días, "adivina a quién me conseguí en el mercado." o "estas calabacitas las metes en el horno, les pones la crema y listo, la verdad no me tomó nada de tiempo hacerlas." Ese es el día en que la cosa va a empezar a peligrar, porque yo te conozco y sé que esa clase de mujeres te aburren a morir.



Por eso es que la vida en pareja es tan delicada. Por eso se sufre tanto, porque cuando te enamoras, cuando estás en una relación, por más que digas que no lo vas a hacer, es inevitable darle al otro sobre tu vida, un cheque en blanco.

martes, 14 de febrero de 2012

Día 10: Un Escapista


Disco del Dia para el día 10: Achtung Baby de U2


Día 10: UN ESCAPISTA


Viví varios años en Estados Unidos. Si uno aprende algo de los gringos es que están todo el tiempo queriendo venderte algo. Vas a McDonalds, pides una hamburguesa y te empiezan a bombardear, "por tan sólo 99 centavos más usted puede triplicar el tamaño de las papas, del refreso y llevarse un postre." Uno los mira, noventa y nueve centavos para uno que está acostumbrado a meterle un mil a todo suena casi a un favor. Uno dice que sí. Vas a sacar un plan para un celular, te dicen que te cuesta veinte dólares mensuales y entonces te dicen que por tan sólo ocho más mensualmente puedes hacer llamadas a Tailandia, Uruguay y la República Central del Congo totalmente gratis. No conoces a nadie allí, pero tu mejor amiga siempre ha hablado de ir a Tailandia y sería chévere que el día que vayas tu esposo te pueda llamar gratis, (serías la más viva del grupo, ¿no?), además los uruguayos te caen bien y una vez conociste a una misionera que había hablado de ir a la RCC a hacer trabajo humanitario. ¡Qué carajo! Son ocho peluconas nada más.


Allá toda compra que haces viene con una coletilla de ofertas para que hagas otra. Si compras algo por internet, aunque cuando pagues marques con toda la fuerza del mouse la opción de "no me envíen correo promocional" en algún lugar dijiste había una opción que no viste. Y te llegan. Te persiguen. De alguna forma consiguen tu teléfono y te llaman. En la noche. En la mañana. Te ofrecen aspiradoras, seguro de salud, ventiladores que sirven para calentar cuartos, sillas que hablan, macaneadores de pies, coches. Todo absolutamente todo funciona en términos de compra venda. El que no vende, o no pertenece a una empresa que vende, está muerto.


Yo no lo critico, y confieso que salvo uno que otro día no suelo ser amargada con los telemarketers. Siempre me ha bastado con "no muchas gracias, es que ahorita estoy corta de plata" para quitármelos de encima. Nada espanta más a un vendedor que un limpio. Así que no hace falta gritarles. Con eso basta y sobra. Y es así en la gran mayoría de los países. En Argentina, con todo y que es un país con el izquierdismo a flor de piel, la cosa es igualita. Te venden de todo. Vas caminando por la calle y promotoras van, promotoras vienen. Y la publicidad en la televisión ni se diga.


Pero uno vive en un país en el que todo lo que debe estar bajo techo está al aire libre, y todo lo que está al aire libre termina bajo techo. Este es el mundo al revés. Y las ventas no son la excepción. Aquí el vendedor no persigue al comprador. Es al revés. El que vende se da pompa. No atiende el teléfono, te dice que viene a una hora y no aparece, después te manda un mensaje, (después a las dos de la mañana, cuando tú estás en pleno insomnio pensando "qué coño hago si no puedo comprar el mascuper que necesito para el techo de la terraza que se me viene encima" y como es de madrugada, no puedes responder.) Además si atosigas al vendedor, tampoco es bueno. Capaz le caes gordo y no te vende tu coroto y a ver de dónde lo vas a sacar. La moto. El carro. El coche. La bicicleta. La tabla de surf. La persiana.


Claro que cuando hablamos de servicios entonces la cosa empeora. Porque el venedor en sí, no es un escapista. El que es un verdadero escapista es el plomero, el carpintero, el cerrajero, el electricista. Sucede que en el colegio a uno le dan mucha batalla de cuanto pueblo hay en el país. Mucho apellido de autor que uno jamás va a leer. Mucho proceso de sedimentación y los nombres de familias de invertebrados que uno olvida en la primera piscinada con varones. Y por más que todos hicimos el proyecto de la lamparita, lo cierto es que no vimos una materia en la que te enseñan a destapar una pocera, corregir un bote de agua, montar una lámpara o la importancia de que el enchufe tenga tierra. No. Uno sale de bachillerato y para ver si el enchufe tiene tierra…lo sopla. Alicia Machado pues.


Los plomeros, carpinteros, electricistas, el señor que arregla el teléfono, el que arregla la puerta eléctrica, el técnico del horno, de la nevera, de la lavadora. Todos sabes que uno no tiene la menor idea. Por ejemplo a mí cada vez que me dicen "es que está dañada la tarjeta inteligente." Me pasa como un frío por el cuerpo. ¿De verdad el horno funciona con tarjeta? No será esto un cuento. Un código. Para ver si yo digo "sí, claro, ok. " o más bien "mira mijo, tarjeta un cuento. Esos son los decdef y fosfeto que están dañados, eso son 50 bolívares como mucho."


Pero la verdad es que uno no sabe nada de eso. Suele suceder que mucho de esos técnicos son un desastre. Vienen desarman todo. Hacen un lío. Y después uno prende la batidora, funciona dos días y muere. Con humo. Tornillos rodando y todo. Y es ahí donde empieza el escapismo. Empiezas a llamar, y llamar, y llamar. Y si te atienden te dicen, que ya va, que el viernes. El viernes no aparecen, que ya será el lunes. El lunes te mandan un mensaje, que el miércoles. El miércoles se convierte en viernes y otra vez será el lunes. Hasta que te das cuenta que se tiraron un Houdini y no van a aparecer. Es ahí cuando llamas a otro, que alguien que todavía no ha perdido un artefacto te recomienda y empieza todo otra vez.


Claro que de vez en cuando uno se tira una de escapista con ellos. Eso me pasó a mí. Ojo, no fue que no le pagué, que eso también se ha visto. Más bien fue una de esas en la que piensas mal y no aciertas, pero para nada. Fue un plomero que hizo un trabajo porque las tuberías son muy viejas y había que echarles una mano. Un día llegó la pioja y agarró una de esas pastillas de jabón que alguien que no tiene hijos pequeños te regala y uno guarda para "esos días especiales" que nunca llegan, entones el día especial es cuando el jabón está viejo y asqueroso y hay que botarlo. A la pioja le pareció interesante agarrar el jabón y tirarlo en la poceta.


Yo lo vi, en cámara lenta. Traté de agarrarla pero no pude. Cuando fui a sacarlo la pocera lo había chupado y no hubo forma de jalarlo. Sí. Lo lógico hubiese sido un chupón. Pero no se me ocurrió. Novata. Bruta. Estúpida. Alicia Machado. Miss Guárico. Ya. Ok. Entendí. Eso sí, que conste, llamé a un hombre que me dijo "tranquila lo más probable es que eso se disuelva pronto." A los dos días, la poceta comenzó a taparse. Bajaba pero muy lento. Y como ya mi doctor tubo me había dicho que eso seguramente se habría disuelto, yo le eché la culpa al plomero.


"Esta gente. Vale. Te hace trabajos, te cobra, rapidito eso sí. Y te deja todo mal hecho." Llamé. Me tiró una de hoy no puedo, mañana sí. Total que con más razón yo le echaba la culpa. Llegó un día y afortunadamente yo no estaba en la casa. Me encontré a la señora casi en llanto. "No sabes lo que fue. No sabes. Tuvieron que arrancar la pocera, salió todo…sí, todo para afuera, y al final era un jabón que estaba atracado."


Yo me tiré un Houdini. Le mandé un SMS y le pedí a mi esposo que le pagara. Qué pena. De verdad qué pena. No lo llamo más. Esa vez fui yo la escapista.


domingo, 12 de febrero de 2012

Día 9: Una Cena para 12

Hace unos años me fui con mi familia a pasar el año nuevo en Margarita. Fue uno de esos viajes que salieron a última hora y en las que todo. Absolutamente todo fue improvisado. Tomando en cuenta que la gente planifica sus vacaciones de diciembre en agosto, está claro que las cosas no fueron lo más fluidas del mundo y nos pasaron varias cosas extrañas. Una prima de mi mamá nos prestó un apartamento, y en realidad esa fue la única razón por la que pudimos ir. El detalle está en que el apartamento era pequeño. No, no era pequeño, era bastante grande, como para seis personas, con su cocina muy cómoda, una salita y un balcón desde donde veías el mar, muy sabroso como para salir en la mañana y respirar ese incomparable aire salado y a la vez dulce de Margarita.


Lo que pasa es que el apartamento sí era pequeño porque no éramos seis. Éramos quince. Estaban mis hermanas, mis sobrinos, mis cuñado, mis papás, el novio de mi hermana (que se quedó en un lugar que nunca supimos dónde era) y de milagro se había venido mi perro, Tomás, quien yo había tenido la intención de llevar escondido en la cartera y que finalmente me habían convencido bajo el argumento "¿Quién va a cuidar ese perro el 31?"


Me lo habían dicho así como si ese día realmente íbamos a poder ir a cenar a algún lado. Imposible. Todo estaba reservado, más aún cuando uno llamaba pidiendo una mesa para quince personas. Además, aunque esa fecha es familiar, creo que los restaurantes le huyen a esos camotes familiares que siempre terminan en drama. Porque sí de algo sirven esas fechas tan especiales, es para sacar todo lo que uno guarda durante el año y que no dice porque juzga no trascendental, pero que un par de vinos siempre avivan y hacen que suba como cuando lanza una pastilla efervescente en un vaso de agua.


El punto es que no conseguimos donde cenar. Lo sabíamos desde Caracas, así que mi mamá hizo lo que hace toda matriarca venezolana. Embaló unas hallacas en una cava y nos las llevamos. En el aeropuerto dábamos risa. Parecíamos un episodio de algo que en su momento fue el Chavo del Ocho. Mis sobrinos portándose mal y haciendo bromas, mis hermanas a cada rato "!Mira muchachito! ¡Si tú no paras ya! Nos devolvemos para Caracas." Ellos las miraban con esa cara de "mija, tengo catorce años. ¿Crees que soy idiota? Te quiero ver decirle al Guardia Nacional, Oficial Maldonado, quiero sacar las maletas del vuelo 455 de Láser, porque este niño me lo llevo para Caracas." Mis sobrinas pequeñas quejándose del frío, del calor, de la sed, del hambre, mi mamá pidiendo que alguien le llevara la cava, mi papá con el estrés de que el retraso iba para largo y yo con un despecho amoroso de esos de ida, vuelta, ida, vuelta e ida otra vez. No quería que nadie me hablara. Además estaba un poco más gorda y no tenía ganas de ponerme un bikini. Nunca hay nieve en el Polo Norte cuando la necesitas.


En esa vacaciones nos peleamos todos. Mi mamá con mi hermana, que peleó con mi otra hermana, que discutió con mi cuñado, que estaba distante con mi otra hermana, que no aguantaba al novio, que no se hallaba en esta familia. Todos tuvimos un rollo y una vez nos sentamos a almorzar en el Sambil. Los quince. Y todo el mundo, con piernas y brazos cruzados lanzaba esas sonrisas sin dientes, que quieren decir "si me hablas te ladro" y cuando llegó el mesonero y le preguntó a mi mamá "¿qué quiere tomar?" le dijo señalando a mi papá, "no sé, pregúntele a él. Aquí uno no puede decir nada porque es un pleito." Entonces mi cuñado sugirió, que tal vez era más sano que comiera cada quien por su lado, a lo que fue embestido por miradas de odio colectivas, que le lanzamos al unísono. No. Aquí no había separación posible. Habíamos ido en cardumen y como buena familia disfuncional nos íbamos a quedar en cardumen. Para esos son las navidades, para agotarse física, económica, pero sobretodo emocionalmente.


Cuando llegó el 31 mi mamá sacó las hallacas que tanto trabajo nos había costado llevar y que casi se quedan en el taxi de bajada, en el área de reclamo de equipajes, en el taxi de ida al apartamento. Como siempre hacerla fue un lío. Todo el mundo tenía una opinión. Cenamos temprano para que las niñitas chiquitas coman. Tarde porque después se hace eterno esperar a las doce. Ni tan temprano, ni tan tarde porque nos morimos de sueño y de hambre y a las diez de la noche quién hace hallacas. Como siempre esa fue la hora que se metieron en el agua y como siempre vino la discusión de si son 10 minutos, de si tu cortas y yo abro, de si yo no lo hago porque yo destrozo hallacas y el pleito de "coño pana, contigo siempre es lo mismo haciéndote la loca para no hacer nada."


Estábamos en ese plan cuando…puf. Se fue la luz. Chao adiós. La cocina era eléctrica, pero felizmente las hallacas estaban justo en su punto. Así que nos sentamos a comer. Poco a poco el ambiente de fin de año fue colando y nos fuimos olvidando de todos los esqueletos que se habían salido del closet y nos dispusimos a meterlos allí una vez más, hasta el año siguiente. Ya a un cuarto para las doce nos fuimos a un lugar, donde no habíamos conseguido mesa pero nos habían dejado ir a recibir el año en la barra y ver los fuegos artificiales. Era un lugar bellísimo, al aire libre, típico lugar de Margarita. Llegamos y las mesas aledañas nos vieron con horror. Nada peor que un grupo con niños, los adultos además llegando ya comidos y medio rascados. El infierno.


Habíamos pedido un par de botellas cuando. Cayó. Del cielo. Tremendo palo de agua. Fue como la escena de Tiburón en que la que la gente sale pegando gritos del mar, corriendo para salvarse, atropellando gente. Así fue esto. Al lado de la barra había un techo bajo el cual estaba un mesón y unas sillas apiñadas, daba hacia una especie de depósito y hacia la puerta de la cocina. Fuimos los primeros en entrar, poco a poco fueron llegando comensales emparamados. Basta ver un pájaro en la lluvia para entender que las plumas no se deben mojar, así estaba la gente. Algunos lamentando que su comida se había mojado. Un desastre, el Titanic, pero sin Iceberg. Y en eso una de mis hermanas dice "no importa, lo que importa es que estamos todos juntos."


Mi papá, que en ese entonces tenía 76 años se emparamó, lo que nos estresó a todos. Y el novio de mi hermana, tratando de ser más galán que Raul Amundaray, consiguió que el bar tender se quitara una camisa negra, sin mangas y se la diera. Mi papá la vio, con cierta duda. El bartender, sirviendo tragos desde las siete, no estaba seco antes del palo de agua. Ponerse esa camisa, era como ponerse una casaca de Bolívar que no han lavado desde que la usó en la Campaña Admirable. Pero mi papá es un caballero, aguantó el verdadero palo agua y se la puso. Por supuesto tenemos fotos de todo el evento.


Al final, dejó de llover justo antes de las doce. Fueron los diez minutos más largos de la historia. Recibimos el año. No abrazamos emparamados. Con el rímel corrido y la ropa hecha un pegoste. Bailamos, brincamos, cantamos y como a la una y media subimos de nuevo al apartamento. Llegamos y oh maravilla. Había vuelto la luz. Pero había un olor extraño. Como a quemado…mi cuñado fue a la cocina y encontró casi en llamas la olla de las hallacas. Habíamos dejado la cocina prendida y no nos dimos cuenta por el apagón. Unos minutos más y quemamos el apartamento.


Al final llamé a un primo que estaba en la isla y me fui a echar tragos con él. Eso había que pasarlo con caña.


Fue una cena de quince, para celebras la llegada de las doce, de las más memorables que he vivido.

viernes, 10 de febrero de 2012

Día 8: Un Asunto de Honor


El Disco del Día: Missplace Childhood de Marilion


En sexto grado me copié en un examen de matemática. Empujé mi pupitre. Moví los pies. Hice una seña y mi compañera de al lado entendió que le estaba pidiendo la dos. Entonces a la velocidad del rayo ella soltó una cantidad de números que yo, con esos talentos sobrenaturales que uno desarrolla en momentos de estrés, los entendí perfectamente y los anoté. Entonces vino un grito. Como un chillido de terodáctilo.


- Miiiijaaaaa. Flas Gordon se quedó soquete. (Se refería a Flash Gordon, pero la maestra hablaba así).


No nos quitaron el examen. No nos regañaron. Ni quiera nos pusieron una marca roja. No pasó absolutamente nada, como suele pasar cuando alguien se copia en un examen en este país. No fue el único examen en el que me copié. Sexto grado no fue un buen año para mí. Al final de ese año me había copiado en varios exámenes. Una monja que teníamos como profesora de inglés me acusó con mi mamá. Suena demasiado a Kiko Botones pero así fue.


Fue una vergüenza. No me castigaron. Pero las cosas que me dijeron y la cara que me pusieron mis papás, se me quedó grabada. Tan grabada, que en todo bachillerato, cuando el descontrol de las copiadas y las chuletas agarra el nivel máximo, yo fui incapaz de hacerlo. Recuerdo una vez, en tercer año. Una amiga atrás mío me decía "por favor, te lo pido por favor, vamos a intercambiar respuestas. Te lo pido." Y yo no pude. Me sentí como la peor de las extremistas. Pero desde sexto grado me había quedado claro que cualquier actitud deshonesta en un examen era antes que nada algo que yo hacía contra mí misma.


Al fina, me decían mis papás, lo sabes tú. Y con eso es suficiente. Engañarás a la maestra, a la que pasa las notas, a la universidad en la que vas a estudiar. Pero tú lo sabes. Esa nota no es tuya. No te la ganaste. No la obtuviste limpiamente. El papel dirá 20, o 16 o hasta 10. Pero no sabes nada. ¿Te crees muy inteligente? Piensa otra vez, porque si no puedes responder sola las preguntas de la hoja. No sabes nada. Y además, me dijeron, no creas que es una exageración el decir que ese tipo de cosas no se compara con robar dinero, o discos de una tienda, o zapatos, o medicinas, o tracalear al aguien, porque al final de día te estás apropiando de algo que no es tuyo.


Sí. Mi visión en cuanto a copiarse en un examen siempre extremista. Y me dio dolor no ayudar a mi compañera. Pero realmente no quería enfrentarme de nuevo a la cara de mis papás. No quería enfrentarme a mi almohada. Lapidaria. Destructora. Incapaz de decir las cosas con edulcorante.


A medida que bachillerato fue pasando me di cuenta que copiarse no significaba nada. Más bien. No copiarse era ser un tonto. No dejar que otros se copiaran era ser de lo peor. Yo fui de lo peor. Y parte de mí, está tan acostumbrada a la regla principal de esta sociedad bananera, que es romper todas las reglas o al menos doblarlas hasta dónde sea posible, que yo a veces recuerdo mi forma de ser tan estricta y la juzgo exagerada. Pero lo cierto es que en el fondo no está mal. Y a quien más juzgo es a todos los profesores, a los directores, a los padres, que nunca hicieron nada por enseñarles a sus hijos que copiarse está mal.


Parece una tontería. Pero si en tus años de formación te acostumbras a que puedes hacer lo que te da la gana, a buscar atajos vía deshonestidad y mentira para conseguir lo que quieres y apropiarte de cosas que no son tuyas, cómo vas a pretender que como adulto verás las cosas de otra forma. Hoy en día como profesional he visto cosas terribles. No sólo a nivel de empleados públicos, como las secretarias que te dicen en un tribunal "póngamelo en la gaveta," para que les pases una suma sin la cual no te dan una copia certificada de un documento que es tuyo. O como el policía que acepta dinero a cambio de no multar a alguien que infringió una norma de tránsito. También he visto horrores a nivel privado. Comisiones. Licitaciones terriblemente mal llevadas. Y además gente que por el camino te aúpa a que te comportes de esa manera. Que te dice, que de otra forma es imposible surgir. O te quiebras o te rompes.


Yo sigo igual. Ciertamente a veces he perdido frente al que está dispuesto a hacer cosas que mi conciencia y mi estómago no toleran. He visto con horror como gente ha llegado a plantearme dilemas morales, sin tomarlos como dilema, cosas como "pero ya va, yo estoy dejando que él agarre la comisión, pero yo no la estoy agarrando. Es él. Yo se la voy a dar. Eso es todo." El que da amigo, también está participando. Por donde usted lo vea. Lo grave es hacerlo sin darse cuenta.


El honor, ya no significa nada. Antes la gente te decía "Palabra de Honor." Y era algo serio. Empeñar el honor era algo que contaba. Era algo importante. No nada más de novelas de caballería en las que el protagonista está loco. O de un mundo rosado y utópico. Y todavía hay países en los que si te copias, y te descubren, estás fuera de esa institución. Y peor que quedarte sin el título es la mancha, el deshonor. Porque sobre los hombros de esos educadores no queda que dejaron pasar a alguien que más allá de que supiera, mucho, algo o absolutamente nada de la materia, trató de quedarse con algo que no era suyo.


Ser un tramposo es algo realmente fácil. Y cuando el entorno se presta para ello. Cuando si no lo eres más bien se burlan de ti. Cuando no se te premia, sino que más bien se te castiga, porque al fin y al cabo cuando en Roma hay que hacer como los romanos, más difícil la cosa todavía. Yo siempre será come flor e idealista. Yo creo que en el fondo, estamos hartos de esta sociedad en la que los vivos están haciendo de las suyas. En la que no hay valores, ni respeto, ni integridad, ni palabra.


Yo terminé graduándome de bachiller en Estados Unidos. Regresé a mi país y me tuve que enfrentar a una de las peores cavernas del sistema. El Ministerio de Educación. Me convencieron de que la única forma de revalidar mi título sería pagando por ello. Le pagabas a una gente, ibas a una casa, allí tomabas unas pseudoclases y hacías unas pruebas fraudulentas, que ellos entregaban al Ministerio y luego te traían tu título firmado. Yo fui a tres clases. A la cuarta le dije a mi mamá, "como que no te acuerdas de sexto grado, porque así no podemos. O yo lo consigo derecho, o no lo consigo."


Me fui al Ministerio y como me negué a pagar. Como me negué a entregar lámparas, tostadoras, o a poner dinero en la gavetica, me condenaron a un año y tres meses de presentar exámenes los sábados por la mañana en el Liceo Andrés Bello. Fui presentando, cada quince días, materia por materia. Me rasparon en matemática de quinto año y cuando por fin terminé todo tuve que esperar seis meses para que alguien corrigiera mis exámenes de latín.


Al final lo logré. Una de las funcionarias que firmó mi título me veía con odio como el que he visto pocas veces. Peor para ella. Mi título es mío. Mi lección es mía. Fue un asunto de honor. No quebrarse siempre lo fue.


De vez en cuando me asalta la duda, ¿será que estoy equivocada? Pero no. Yo a mis hijos los educo así. A que sepan que ser honesto es un asunto de honor. Y que ser fiel a eso es lo más importante en la vida. Pues si no eres fiel a ti mismo, no tienes nada.

jueves, 9 de febrero de 2012

Día 7: Un Ataque de Tiburón (O Eres Perfecto. O...)


Disco del Día: Nowhere de Ride


Cuando tenía quince años me llevaron al ortodoncista para que me pusiera aparatos. No es que tuviera los dientes como un piano que cayó de un quinto piso, pero tengo uno que está montado encima de otro, lo que hace que mi dentadura no sea perfecta. Como buen ser humano yo había querido aparatos más o menos desde los nueve años hasta los doce. Era por ver a mis amigas que los tenían y sentir que quería formar parte de ese grupo. Cuando eres pequeño esas cosas te hacen sentir que perteneces, te dan una sensación de identidad. Y ahora que lo pienso, como adultos aunque nos creamos superiores en ese aspecto, la verdad es que eso no cambia mucho. El caso es que a los quince, ya no quería los aparatos. Pero, mi mamá me llevo casi obligada al consultorio del ortodoncista.


Habíamos tenido dos citas, en las que me habían hecho una cantidad de pruebas para ver qué tipo de aparatos y por cuánto tiempo me los iban a poner. Llegó la cita final. El día en que me iban a poner los aparatos. Mi mamá y yo peleamos todo el camino hasta la oficina del doctor. Yo estaba en plena crisis de la adolescencia. No quería los fulanos aparatos y no entendía nada. Me llamaron por mi nombre y me tocó pasar a la sala en la que estaba la silla, con todos los aparatos odontológicos, que uno no entiende y que dan miedo. Miedo como dan los tiburones en los mares cálidos.


Desde siempre he odiado el dentista. Me da terror. Pánico. Me sangra mucho la boca y soy extremadamente cobarde, y las anestesias nunca son todo lo perfectas que deberían ser. Además, siempre me ha disgustado el mandato de "no puedes comer por x tiempo." Así sea media hora. Así no tenga hambre. Así sea algo que igual no me gusta comer, "no puedes comer remolachas." No manejo bien las prohibiciones. Así que ese día mi estrés era doble. De por sí odiaba el dentista, pero bajo estas condiciones, era como una doble agresión. ¿Cómo sería mi cara llena de brackets? Yo tenía un noviecito. ¿Qué le iba a decir? A lo mejor me iba a terminar. Y uno a esa edad (claro que no las adolescentes de ahora que son más pilas que las Desperate Housewives) sentía que por cualquier cosa le terminaban. Yo estaba aterrada. Indignada.


Me senté en la silla del doctor. Jamás me voy a olvidar de su cara, aunque su nombre lo borré por completo. Tenía abundante pelo negro, y él mismo tenía aparatos. Definitivamente la mejor propaganda del restaurante es que el chef coma ahí mismo. Aunque yo no estaba para trucos de mercadeo. Me miró con sus ojos marrones, se puso en la frente la bandana esa extraña que tiene un círculo en el medio, y me dijo "abre grande". Yo abrí la boca y cerré los ojos, pero no pude evitar que se me saliera una de las lágrimas que estaba reprimiendo por orgullo.


Yo soy muy llorona. Lloro por todo. Que lo certifiquen todas mis parejas. Pero como contradigo muchas cosas, cuando la cosa es en serio no lloro. Lo lógico es que ese día hubiese llegado hinchada, con los ojos rojos a ese consultorio. Pero mi indignación y mi rabia eran tales que no me salían las lágrimas. No sé por qué, pero cuando la cosa de verdad me importa, de verdad me exige, no me quiebro tan fácilmente. Sin embargo, uno tiene su punto de desborde, y ese día yo me desbordé. No me puse a llorar, se me salió esa lágrima solitaria.


El doctor se me quedó viendo y me preguntó, "¿Qué te pasa?" Entonces le conté todo. Que yo no estaba ahí porque quería. Que yo no quería los aparatos. Que podía ver por qué me los iba a poner, pero que tenía varios años con la boca así y que nunca se me habían movido los dientes. ¿Por qué se me van a mover ahora? Que yo no sentía ninguna incomodidad con mi diente ligeramente montado encima de otro. Es más me gustaban mis dientes así. Esa era yo. Y que bueno. Que no me gusta el dolor, y desde hacía un par de años no había escuchado cosas felices sobre andar por ahí con la boca llena de hierro.


El ortodoncista empujó su silla y se me quedó mirando. Ya está, me dije. Ahora viene el sermón de este también. Entonces dijo, "si te sientes así, yo no te puedo poner los aparatos. Es totalmente antitético que yo le haga un procedimiento a un paciente que no lo quiere y no lo necesita por razones médicas." Se paró de la silla, llamó a mi mamá y se lo dijo en su consultorio delante de mí.


Yo ahora trataba de esconder la sonrisa. Mi mamá estaba furiosa. Se dijo de todo con el médico. Que era una tontería lo que estaba haciendo, que a los quince años nadie sabe lo que quiere en la vida, que yo me iba a arrepentir algún día de haberme dejado la boca así y entonces andaría con aparatos de adulto, que yo era menor de edad y ella era mi representante y le exigía que me pusiera los aparatos.


Nada. El médico dijo que no. Que a su parecer, me había educado muy bien, porque "su hija valora otras cosas que la perfección física." Creo que eso fue lo que más rabia le dio a mi mamá. No sé por qué. Pero en vez de sentirse halagada eso la puso más brava. Pero a la vez creo que eso fue lo que me salvó de un castigo.


De eso han pasado exactamente diecisiete años. Toda la vida he tenido mi diente un poco choreto. Mi dentista dice que eso no se va a mover y que mi mordida está bien. Así que yo soy feliz así. No se nota mucho y cuando se nota yo digo, aja esa es mi boca. No critico a las personas que se ponen aparatos. Al contrario, yo tuve la suerte de que no tenía que hacerlo. Hay gente que de verdad los necesita por razones médicas y estéticas también. Y que los quiere, y punto. Pero aquí el hecho es que lo mío era un detalle y a veces esos detalles te hacen quién eres, te dan algo extra.


Sencillamente, a veces me preocupa el perfeccionismo de este mundo en donde todo parece ser de diseño. Ya no sólo son las laptops y los teléfonos, el carro, la silla, el termo de café y la tetera. Hasta las tetas y las nalgas vienen ahora con su marca ACME. Pareciera que si te sales de algún esquema de esos estás haciendo algo mal. Fatal. Estás fallando como ser humano. La vida es tan perfecta que ya uno no puede ni siquiera ser un rechazado, porque tienes Facebok, Twitter y Google+ para recordarte que hasta los más raros tienen su secta. Este mundo se ha vuelto tan perfecto que ahora ser NERD está de moda.


Ni hablar de lo que Photoshop ha hecho en cuanto a la imagen que tenemos como prototipo de ser humano. Caderas que no existen, abdominales que son imposibles de sacar, sonrisas tan blancas que parecen fantasmales, pestañas de metro y medio, bronceados que no hay sol en galaxia alguna que de ese tono. Ahora envejecemos sin arrugas, y como dice mi hermana, las mujeres se embarazan y no pueden engordar, porque se sale del esquema de perfección. Está mal visto.


Errar ya no es de humanos. Errar es del pasado. Cualquier desperfecto, sea de naturaleza, de fábrica o de diseño, hay que corregirlo, a punta de medicamentos, tecnología, psicoanálisis y homeopatía. Cualquier otra cosa es inaceptable. La obsesión con ser bellos y perfectos es un ataque de tiburón, a lo Spielberg y en 3D. Eso sí. Un tiburón de mordida perfecta, que a diferencia de la que escribe esto, no tiene ningún diente encaramado encima de otro. Tiburón valiente, que no lloró en la silla de su ortodoncista.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Día 6: Un Derecho de Admisión

Disco del Día 6: Sgt. Pepper and the Lonely Hearts Club Band

Mi mamá decía que uno no se podía colear en las fiestas porque "uno no va donde no lo invitan." Siempre me gustó esa sentencia orgullosa, con un deje de superioridad estilo "allá ellos, que no requirieron mi presencia." Además a uno, muy típico de la cultura machista en la que vivimos, le inculcaron que las mujeres no se colean. Eso es más de hombres, aunque tampoco es que sea una virtud. Pero sí hay cierto permiso, porque el varón que no se coleó en una fiesta de chamo, era visto como demasiado bueno. Hasta gafo pues.


Yo fui buena niña. Jamás me colee. Pero como todo en esta vida siempre hay una primera vez. Hace unos siete años estaba un sábado en mi casa. Esos sábados en los que uno está solo, aburrido. Las horas pasan y sientes que ya viste toda la televisión, leíste todos los libros, hablaste con todos los amigos. Es un conato de crisis existencial. O haces algo o puedes caer en una adicción o tener un acceso de locura de esos que te llevan a rayar paredes o hacerte cortes en los brazos. Así que llamé a un amigo. A Juan. Nos pusimos hablar de todo y comentamos que esa noche había un matrimonio en Caracas, de esos a los que mucha gente le da curiosidad ir, pero poca gente estaba invitada. Recordé las tarjetas de invitación en la sala de mi casa. Mi papá y mi mamá estaban invitados, pero estaban de viaje.


No tuvimos ni que decirlo. "Me voy a vestir" le dije, me pasas buscando a las diez más o menos. "Perfecto." Llegamos a la conclusión de que si nos rebotaban en la puerta iríamos al Tamanaco. Siempre hay un matrimonio en el Tamanaco al que uno puede entrar y saludar a la novia con cara de "amiga, pero si hicimos juntas el corte de repujado." Al rato llamó otra amiga sin plan, entonces recordé que una de mis hermanas también estaba invitada al enlace capitalino y tampoco iría, por razones personales. Listo. Éramos tres.


Salimos ataviados, perfumados, tarjetas en mano y unas excusas fatales para los encargados de seguridad que por alguna razón que no entiendo, no nos pidieron la cédula. Tampoco sé cómo no sospecharon, si Juan y Yo éramos el Sr. y la Sra. y mi amiga, en teoría era la hija, cómo es que había tan poca diferencia de edad y ningún tipo de parecido físico. Me imagino que pensaron que era una prima lejana o algo así. Lo cierto es que pasamos.


No voy a decir de quién era el matrimonio, pero fue uno de esos eventos que uno no entiende por qué se dio. Era un salón de fiestas enorme que estaba vacío. Era como el cementerio del matrimonio opulento. Mesas, decoración de techo a piso, adornos de flores gigantes, y una que otra persona aquí y allá. Inmediatamente me dio como una sensación de vergüenza. En realidad a mí no me habían invitado para que viera aquello. Me dio dolor por la novia y el esmero que había puesto en su fiesta y lo que habría gastado. Era una verdadera lástima.


Justo en ese momento empezó a tocar un grupo de música y por supuesto nadie salió a bailar. Nos buscamos una mesa en el fondo del salón. Casi, casi la mesa de los músicos. Donde nadie nos viera. Empezamos a empujar champaña y pasapalos que estaban calculados para cinco veces más la cantidad de gente que había allí y por supuesto la pena que teníamos al principio se pasó rápido. Nos conseguimos una amiga que llegó con un Bailey´s en la mano. Nos provocó. Así que salimos a pescar el trago cuando nos dimos de frente con una tremenda mesa de sushi.


Para el que ama el sushi comerlo es una necesidad. Uno agarra así sea la bandeja de supermercado que uno sabe que tiene un wasabi que no tiene ningún sabor y el color del atún así como triste. Pero igual uno se lo come. En este caso era como tener la puerta abierta al paraíso del sushi para uno sólo. Había de todo y te hacían en el momento el roll que quisieras. Yo me imagino que con la poca gente que había ya habían divisado que éramos polizontes en aquel barco matrimonial. Pero ya no pensé en eso. Yo sólo pensaba en los palitos y en la salsa soya y en el banquete que me iba a dar. A Juan le pasó lo mismo.


Nos servimos un plato épico. No es que era un plato grande. Eran dos platos colosales, una montaña de roles, de sashimi, de arroz. Era una exageración, una vergüenza, una pena, un desperdicio, una burla. Era el colmo del invitado coleado. Después de eso lo único que quedaba era terminar de agarrar una pea y montarse en la tarima y gritarle a una tía cosas por el micrófono, algo así como "daaa seeeniiora del vestido dooodaadoo. Sí tú. Ven a baiiidaarrr chica."


Juan y yo cruzábamos el salón de regreso a nuestra mesa apartada. Salivábamos como lobos. Aquí y allá una vieja demasiado arreglada para un matrimonio tan apagado. Las amigas del cortejo tratando de animar el bonche, pero nada. En eso escucho detrás de mí:


- ¡Juan! ¿Qué haces tú aquí?


Me volteó y allí estaba. La novia. Con un vestido imponente. Ancho. Con su tocado. Su maquillado profesional. Sus quilos de laca. Y su mirada, de bueno, así es la vida, viendo a Juan con una expresión de sorpresa, que no pude leer si era de "al menos alguien vino" o de "a ti no te enseñado que uno no va donde lo invitan." Nos quedamos helados. Yo la miraba de arriba abajo y veía a Juan que se quedó petrificado, hasta que soltó, como si no pudiera contenerlo más tiempo,


- Yo vine con ella. - Y me señaló a mí. La que hasta el sol de hoy será la que recuerdan como la "tipa aquella que tenía dos platos de sushi en la mano que eran el colmo de la mala educación." Sí. Me señaló a mí. Me culpó a mí. Además con el cara de "vine porqué esto me sale más barato que Bonsai." La mujer se quedó viéndome. Esperando algo de mí. Una aclaratoria por supuesto. Yo soy la hija de…yo soy la prima de…yo estudié quinto grado con tu esposo. Nada. Hice lo que uno hace cuando lo agarran infraganti. Me creí mi mentira. Me di por invitada.


Le di un plato a Juan. Me acerqué a la novia, le planté tremendo beso, tremendo abrazo y un "felicitaaaciooooonneeeeessssss. Estáassss beeellaaaa." De esos de tercer año de bachillerato. Con voz chillona y todo. Me di media vuelta, le pelé los ojos a Juan y seguimos hasta nuestra mesa.


- Coño de tu madre. Me delataste.


- Perdón. Es que no me salió más nada.


No comimos. Por más que nuestra amiga que si estaba invitada insistió ya no nos podíamos quedar. Yo sentía que en cualquier momento venía seguridad a escoltarnos hasta la salida, con un "por favor si es tan amable." Mientras nos acercábamos a la puerta escuchamos a alguien gritar por el micrófono "los novios a la tarima ¡ya!" No había nadie en la pista y me imagino que los novios no querrían acercarse a la tarima, por pena, por sentir que era más dingo bailar en el baño o en la sala de la casa a lo Tom Cruise en Risky Business. Igual y en el fondo en ese momento hubiésemos sido invitados, pero ya no daba para más. Nos sentíamos unos delincuentes. Eso pasa cuando uno es demasiado decente. Cualquier pendejada parece una transgresión.


Nos montamos en el carro. No fuimos al Tamanaco. Creo que terminamos en una arepera. Yo sólo espero que si algún día vuelvo a ver a esa novia no sea en un restaurante de sushi. No creo que se acuerde de mi cara. Pero el plato, eso sí que era memorable.