jueves, 26 de abril de 2012

Miedo 2: Envejecer


Me da miedo la vejez. Soy una persona activa. Un fosforito. Una explosión. Yo no me contengo en mi misma. A veces siento que tengo adentro al Colisionador de Hadrones. Me da miedo llegar a una edad en la que empiece a tener limitaciones físicas para hacer lo que quiero hacer. Además soy quejona, tengo el umbral del dolor bajo y soy muy maniática y habladora. Lo que hará de mí una vieja achacosa e insoportable.

Pero dejando a un lado la vejez típica. La fea. La de arrugas. Y dientes postizos. Bastones y los riesgos de las 3 C de la vejez que siempre nombra mi primo Carlos Julio, Catarro. Caída. Cagada. Hay una parte del envejecimiento que es a la que más temo.

En realidad me da terror llegar a una edad en la que odie mi cuerpo. Me den terror las patas de gallo y entonces caiga en la crisis en la que han caído muchas mujeres. Abusar de la tecnología para tratar de hacer algo imposible: retroceder el tiempo, luchar contra la genética y verse de quince.

Hace dos días estaba caminando por la calle con un amigo, y él se paró a saludar a alguien. Estábamos al lado de un kiosko y justo se paró a comprar cigarros una mujer entre cuarenta y cincuenta años. Tenía el vidrio abajo y el brazo guindaba por la ventana.

Estaba definida como hombre. Bueno, como hombre no. Era esa definición que todas queremos tener. Musculitos marcados. El pelo liso de peluquería. Un top de gimnasio. Lo que me llevó a tener una gran ansiedad por preguntarle, amiga, ¿cómo sale una del gimnasio con peinado de peluquería? Tenía rímel (a las 9:25 de la mañana para ir al gimnasio), colorete y los labios pintados de rosado brillante. Ahora, aquí hay un problema. Los labios. Eso parecía una picada de sapo venenoso. Esos labios no eran normales.

¿Por qué? ¿En qué universo tener la boca así puede ser mejor a tener una boca normal? De verdad nadie se ve bien así. Nadie. Si usted está leyendo esto y está pensando en irse a inyectar la boca. Quédese en su casa. De verdad. NO SE VE BIEN. No se le ve bien a Melanie Griffith, ni a Nicole Kidman, ni a Meg Ryan, ni a la muchacha del carro, ni a otra que vi el lunes que también parecía un accidente de laboratorio. No se ve bien. Entonces ¿qué nos pasa?

Por supuesto que mientras la chama compraba sus cigarros yo me asomé y le vi un par de tetas. De esas de piedra. Operadas. No estaban mal. La verdad es que las tetas las hay operadas bien y operadas mal. Hay algunas que parecen una especie de gargantilla, otras que están una en un lugar, y otra en un universo paralelo. Hay algunas que no están en proporción directa con el cuerpo al que pertenecen. Pero hay otras que se ven bien. Eso sí si te las operas y te dicen "se te ven naturales." Te estás cayendo a mojones. Como cuando te subes a la balanza, ves de tres kilos más para arriba, le preguntas a alguien "¿Me ves gorda?" "No vale. Yo te veo igual." Mentira. 

Aquí empieza mi dilema. Porque me ha pasado por la cabeza un par de veces operarme. Que conste que es algo que haría por mí. Si a mi pareja no le gusta lo que tengo eso es su rollo. Soy de las que piensa que si te van a dejar por unas tetas, lo que te están haciendo no es un daño, sino un favor. Uno tiene que trabajar más en lo que acompaña las tetas, que en las tetas, per se. Además, no me sirve alguien que me quiera por mis tetas, porque eventualmente el tiempo va a pasar y no van a ser las mismas.

Pero sí me ha pasado por la cabeza operarme. Es un tema de ponerme un bikini strapless cómodamente. Es un tema de un stereotipo que uno tiene en la cabeza. Es un tema de que nos han convencido de que el tamaño sí importa y yo no mentiría si dijese que no he caído en ese juego. Que a veces no siento que un par de tetas nuevas me haría sentir bien.

Claro que me dan terror los quirófanos. No me gustan las agujas. Odio sentirme mal. Pensar que tengo que estar una semana en cama por unas tetas, me da como una sensación de pérdida de tiempo tan valioso. Y me da miedo hacerlo por las razones equivocadas. Por exceso de frivolidad, por intentar solventar un problema de inseguridad que no tiene que ver con el físico, que las tetas no van a arreglar. Me da miedo que después de las tetas venga otra idiotez y terminar como una mujer espantapájaros. Como una especie de muñeca de trapo moderna, que es una muñeca de silicón y botox.

En fin. Me da miedo envejecer. O mejor dicho. Me da miedo no saber envejecer. 

miércoles, 25 de abril de 2012

Día 17: Un mal gusto. Día 18: Un PIN. Día 19: Una Falsificación

Ok. Aquí van mi mal gusto. Mi PIN. Mi Falsificación. Odie el mal gusto. El PIN ni hablar. Desteté ese tema, me quedé sin inspiración y lo que se me ocurrió fue una basura. Y la falsificación me encantó. No están en orden. A ver si encuentran cuál es cuál. De verdad que parte de lo que me desanimó en la competencia fue el PIN. Ese fue el día que dije, esto definitivamente se fue a la mierda y pasa a ser una carrera de aguante. De invento. Pero la falsificación sí que la disfruté. Allí sí hay tema. Un poco por lo mismo que hablaba en el post anterior. Nosotros vivimos falsificando versiones de nosotros mismo para presentarlas a la gente. Es así.




Miedo 1: Lo que dice la gente


No pareciera al escuchar las cosas que digo que me importase un bledo lo que dice la gente. Pero mentiría si dijese que más de una vez no me cambié un zapato o me quité un leggin porque me sentía gorda o no acorde a mi edad “y me van a ver como ….”

Lo que la gente dice si nos importa y si nos duele. Por más que seamos (y al final del día sí que lo soy) de las personas que se pasan por el Arco de Triunfo los comentarios de los demás.

Reconozco que a veces me produce algo de shock cuando leo comentarios desagradables en el blog. O cuando me han mentado la madre por alguna opinión vía Twitter o lo que sea. Entiendo que tengo que soltar más la lengua, dejar de pensar tanto en los demás y más en mí. Pero no es fácil. A uno le enseñan que uno es parte de una sociedad, de un grupo, y lo más humano del mundo es intentar pertenecer, aunque en el fondo no quieras pertenecer, o mejor dicho, todo tu empuje racional te diga “este no es tu lugar” y “aquí sencillamente no eres feliz.”

A veces también uno se frena a algunas cosas por las miradas de los demás. Es algo que me enseñó el curso de fotografía de Roberto Mata. Recuerdo que digital 3 tuvimos que hacer retratos a desconocidos. Ojo, yo no sé lo que es la pena. De verdad que es algo que experimento muy poco. Pero tener que pararme en el mercado de chacao con una tela negra e irle pidiendo al que pasaba por ahí que si me dejaba tomarle una foto fue una amargura. Una amargura que poco a poco fui venciendo.

Me pasa lo mismo con lo que escribo. Me da mucha pena mostrarlo. Siento que me engaño cuando digo que puedo escribir. Lo hago porque es algo que disfruto tanto. Que necesito hacer. Pero tengo debajo de mi escritorio esa primera novela, que creo que la voy a cubrir con envoplast y la voy a dejar allí. Porque no sólo a mí me parece mala, sino que me da terror sacarla y enterarme de la verdad: que no sirvo para el oficio.

Sí. Yo sé. Harto histérico. Tengo que creer más en mí (eso es lo que estoy haciendo mientras trabajo arduamente en la segunda). Y todo lo que a uno le puede decir un psquiatra, un buen amigo, un libro de autoayuda. Pero ese es un sentimiento. No es fácil exponerse. Y para escribir bien hay que exponerse. Y para exponerse hay que aceptar el miedo a lo que dicen los demás, entender que van a decir así uno haga o no haga, y aprender a pasárselo por el Arco de Triunfo.

En todo caso al final allí está la clave. Nos van a juzgar hagamos lo que hagamos. Si rumbeamos, porque somos locos. Si nos quedamos en la casa porque somos unos aburridos. Si engordamos porque no nos cuidamos. Si somos flacos porque no sabemos vivir la vida. Si te operas las tetas no te ubicas. Si no te las operas te van a dejar por una tetona. Si lees eres una creída. Si no lees eres una bruta. Una de mis favoritas, si trabajas eres la peor mamá del mundo, porque no estás 100% con tus hijos, (esta me encanta, porque generalmente viene boca de mujeres que están 4 horas diarias entre gimnasio y peluquería. Es el clásico, cuando apuntas un dedo a los demás te apuntas 3 a ti mismo.) Si no trabajar, eres una floja que no tiene ambiciones en la vida. Si te divorcias quieres ser puta. Pero si estás con la misma pareja desde hace veinte años, seguramente eres frígida. Si te vistes como una chama, estás en crisis. Si te vistes como una vieja es que necesitas un revolcón.

En fin. Al final del día a uno sólo le debe importar una opinión. La de la conciencia. Todo lo demás es ruido. 

Quitapesares


Voy a estrenar nuevas etiquetas. Hay varias cosas distintas que quiero hacer con el blog. Empezando por publicar mis miedos. Es la etiqueta de Quitapesares. Me quiero quitar los miedos de encima. Las angustias. Porque todos tenemos miedo a algo. A varias cosas. Hay millones de proyectos. De sueños. De ideas. Que se quedan en el miedo. Millones de cosas que uno no hace porque no se atreve. Que no dice porque le da pena. En fin. Yo vivo mucho desde el miedo, y necesito desahogarme. Ir sacando espina por espina todo eso que me he clavado, por mi educación o mi experiencia y que me molesta a la hora de vivir con la intensidad que quiero vivir.

La etiqueta se llama. Quitapesares. 

sábado, 21 de abril de 2012

Hacer el Bien. Hacer el Daño.


A veces me pregunto ¿cuál es mi función como madre? Criar. Formar. Educar. Preparar. Amar. Enseñar. Son toda una cantidad de infinitivos relacionados con darle a mis hijos las herramientas necesarias para enfrentar la vida. Claro que la mayoría de las veces, más bien siento que tengo que funcionar como una especie de maya de seguridad en contra de todo lo horrible que hay en el mundo. Que no se vuelvan abyectos demasiado pronto. Que se no se den cuenta que no todo es maravilloso. Que no se enteren del cinismo, de la maldad, del egoísmo. Es decir, esconderles la verdad la mayor tiempo posible. Prolongar la inocencia y tratar de mantener su corazón lo más puro que se pueda y tratar de que descubran la realidad por sí solos y paso a paso, para que el golpe no sea demasiado grande. 

Todo eso lo pienso a medida que me encuentro en una disyuntiva. El chupón. Clarissa tiene dos y medio y ya llega la hora en que pediatras, psicólogos, mamás del parque, todo el mundo presiona porque "ya es demasiado grande para el chupón." Cae todo sobre mí. Porque yo soy la mamá. Yo soy la que tiene que hacer la tarea. A los trancazos. A punta de libros de psicología. De sobornos. De castigos. Usted verá a ver cómo, pero la sociedad quiere resultados y uno tiene que producirlos. Además la conciencia también necesita ver que el niño está creciendo y está creciendo bien. No vaya a resultar que al final del día usted creó a un niño con defectos, traumatizado, una especie de Frankenstein de nuestros desastres emocionales y de nuestras malas decisiones. 

Me siento a hablar con ella y le hablo de que está demasiado grande para su chupón. Que no lo puede tener todo el día. Que tenemos que establecer unas reglas. Que le buscamos una cajita para que lo guarde. Un lugar que será seguro para él y para ella. Que ella sepa que el aparatico va a estar siempre allí. Esperándola. Ella me ve con cara de que no quiere renunciar a él. Es un objeto preciado. Es algo que quiere. Que disfruta. Que le gusta. 

Me mata ver la decepción en los ojos de mi hija. Es la tristeza de un primer duelo. No es que no haya dejado atrás otras cosas. Como la cuna. Como aquella pijama de conejito que tanto adoraba y que también me tocó explicarle que sencillamente ya no había espacio para sus piernas dentro de aquel traje tan cómodo para ella. Tan caliente. Tan acogedor. 

Y ni hablar del trapito que abrazaba todas las noches para dormir. Renunció a él con tal estoicismo, con una resignación casi adulta. Mucho más madura de la que a veces utilizo yo para entender que lo que quiero no se puede dar. Que ese objeto o ese sentimiento que me proporcionaba seguridad sencillamente no lo puedo tener. Se resignó a racionalizar lo que yo le estaba explicando y entenderlo así, "el trapito se nos quedó en otro lugar. Ya no lo tenemos. Pero eso no quiere decir que no puedas dormir. Porque ya eres grande. Tienes cama de niña grande. Cobija de niña grande. Y ahora tienes un nuevo amigo (un pingüino que le regaló una prima.) que te va a hacer compañía.)"

En cierta forma cambiamos un objeto por otro. Lo curioso es que no se aferró al pingüino de la misma forma. Lo quiere, pero ya no es imprescindible. Ahora duerme con varias cosas. Cada una tiene su importancia, pero sobre todo su momento. Una de las más curiosas es el maquillaje. Primero muerta que sencilla, ella duerme con una cartuchera que tiene sus pinturas, dos collares y una pulsera. Unas cremas. Así somos las mujeres. 

Tal vez por eso le estresa tanto que toquemos el tema del chupón. Porque ya sabe lo que es la pérdida. Porque  ya el duelo se avecina. Porque sabe que es inminente la perdida de ese objeto, para siempre. Así es la vida. Y a veces me siento como un verdugo. ¿Por qué? Por qué tengo que ser yo  la portadora de las malas noticias. La mano de la maldad que le arrebate algo tan querido. ¿Quién determina que es necesario para crecer? Sí. La gente que sabe algo más que yo. 

Tengo que ser  yo porque la vida es así. Y es mejor estar preparados. Sin embargo, por más que todas las razones sean correctas. Por más que sea el momento adecuado. El lugar perfecto. Por más que el libro, el pediatra, la abuela te digan mil veces "estás haciendo lo correcto." Eso no lo hace menos doloroso. Eso no hace que se me hunda un poco el corazón en el pecho cuando la miro a los ojitos. 

Me provoca decirle, "yo te di esta vida, pero cómo me hubiera gusado darte una mucho mejor. Una en la que no existiera el dolor, ni la pérdida." Pero eso es imposible. Y mejor que la prepare yo, a que las decepciones vengan por el camino, sin anestesia y sin apoyo. Mejor vivir la pérdida, que vivir perdida. Palabras que están a años luz de distancia, aunque sólo las separe un acento. 

Entonces me digo a mí misma, que si de algo me tengo que deslustrar es de la culpa. Al final todos tenemos nuestro camino, y como dice Fito Paez, "tendré que hacer el bien y hacer el daño." El tema está en hacerlo con el mayor amor posible. Porque el amor daña también. Pero aunque suene cursi y gastado, un daño con amor, duele menos. O se entiende más. 

jueves, 19 de abril de 2012

Las Cosas que se Pierden


¿A dónde van las cosas que se pierden? Las fichas de los juegos de mesa. Los ganchos de pelo. La pareja de aquella media blanca que regresó sola del peregrinaje habitual a la lavadora. Los chupones. Los papelitos que tienen ese teléfono tan importante. Las facturas. Los tornillos. Las tapitas de los zarcillos o de las yuntas. Las ballenas de las camisas. Todas esas cosas que en un momento eran un deseo, una parte a la vez crucial e insignificante de nuestras vidas. Nada cuya ausencia significase la muerte, pero que a la vez su presencia era la vida. Esas cosas que tanto empeño llevaban encima y que de repente, desaparecieron. Como si después de todo el cinismo y escepticismo de la adultez no quedase más remedio que reconocer: la magia sí existe, y aunque no sé quién es el mago, hace bien su trabajo y me desaparece las cosas.

Claro que luego de un tiempo las cosas vuelven a aparecer. Cuando ya no importan, ni significan nada, y le hemos dado la vuelta a todo para resolver nuestro asunto sin ellas. Sin ponernos a pensar que a veces. Sólo a veces. Le damos demasiada importancia a cosas que no la tienen. Pensamos que no podemos vivir sin algo, que no importa.

He llegado a pensar que cuando me muera me voy a encontrar con todas esas cosas. El peluche que más nunca apareció. La muñeca que lloré con una sensación profunda de duelo. La carta que me descompletó aquel juego de familia que me había regalado mi papá. Y una que me causó un gran dolor de cabeza, la cadena del perro.

Imagino que en esa otra dimensión, o plano espiritual o ese lugar al que nos llevan para pesar nuestra alma, se aparecen las cosas perdidas y además una lista de las verdades que nunca supimos. Como si estas también hubiesen sido cosas que se perdieron. Quién mató a Kennedy, por ejemplo. Y a Danilo Anderson. Qué le pasó a la Monroe. Al mismo Michael Jackson. Creo que además de esas verdades, famosas, tan importantes para la historia de la humanidad, también aparecen otras, cruciales para la historia de nuestra humanidad.

Creo que nos vemos frente a un engaño que nunca supimos.  Nos enteramos de un daño que hicimos. De que aquel a quien creíamos indiferente y que por orgullo castigamos con desaires, pero que en el fondo también estaba enamorado. De que una persona que creíamos fiel a nuestra causa, fue la razón por la que aquel proyecto que tanta ilusión nos daba al final se cayó. Y al contrario, aquella persona a quien siempre temimos por verla con cara de perro rabioso, jamás tuvo la intención de sacar los colmillos y  a pesar de su expresión, nos admiraba.

Hay tantas cosas que se pierden a lo largo de la vida. Como el amor. La amistad. La solidaridad. Y el idealismo. La habilidad para creer. Y alguno que otro principio, que se pierde, de una forma dolorosa y con vergüenza, un poco como se pierde la virginidad. Cosas que en un momento dado fueron un deseo. Algo preciado, y por vueltas de la vida se perdieron.

El tema con las cosas perdidas es que a veces, regresan. Aparecen de la nada. Cuando no lo esperábamos. Y nos sorprenden. Nos mueven el piso. Nos recuerdan que la vida es ciclo. El único problema está en que una vez que aprendes lo doloroso que es una pérdida, así sea de algo material e insignificante. De mínimo valor. Pero doloroso al fin, a su manera. Cuando lo ves aparecer de nuevo. Cuando vuelves a llenar algo de significado, desde un anillo de plástico, hasta una mirada penetrante, sientes además de la emoción una punzada de dolor, que no es otra cosa, que miedo.

miércoles, 18 de abril de 2012

Sexo, Palabras y Elefantes


A Bill Clinton hay que reconocerle que puso de moda dos cosas: el sexo oral y el pedir perdón. Fueron dos momentos claves en la historia de nuestra generación. Primero verlo negando algo, al mejor estilo de "es mejor negarlo hasta la muerte." Y luego verlo pidiendo perdón por sus acciones. Intentando remendar el daño hecho. Tratando de convencernos de la premisa "es que en mi libro el sexo oral no es sexo" y la más importante de todas "yo estoy realmente arrepentido."


En la teoría Católica por más que el cura te absuelva te dicen que si no te arrepientes, así repitas de manera impecable el Acto de Contrición Dios no te perdona. Primero te tienes que arrepentir. Si no. El perdón no cuenta. Siempre me llamó la atención el arrepentimiento de Bill Clinton. Una de mis fantasías es invitarlo a tomar un café y decirle "por favor. Déjame hacerte una pregunta ruda. ¿Tú de verdad te arrepientes de la mamada de Mónica?" Me imagino que salvo su respuesta dependerá de qué tan buena o qué tan mala haya sido Mónica en el asunto. Al final del día me imagino que el arrepentimiento estará más que en el acto en sí, en la forma cómo se manejó todo.


A lo mejor Bill se arrepiente de no haber sino más honesto desde un principio. A lo mejor se arrepiente de haber manejado ese episodio de su vida como manejamos tantas cosas quienes fuimos criados, crecimos y vividos bajo el sistema de culpas judeocristiano. A lo mejor a estas alturas del partido se arrepiente de "no haber sido mas llano, decir en primer lugar es mi vida privada, y a usted no le interesa con quién me acuesto, aunque no necesariamente esté acostado, sino que esté pendiente de que su vida sea mejor. Porque al final del día es sólo sexo." Pero nunca es sólo sexo. Siempre es algo y mucho más.


A todas estas nosotros tenemos en la memoria la imagen de ese hombre, el más poderoso del mundo, pidiendo perdón. Nos dio al resto de la humanidad un escalón de superioridad que nos hacía falta. Así que el jefe de los gringos, después de todo, también es humano. También tiene momentos de absoluta pequeñez. Yo siempre pensé en Hillary. Porque todos pensamos que la mujer lo iba a mandar a dónde lo tenía que haber mandado hacía mucho tiempo. Al carajo. Pero no lo hizo. No sólo lo perdonó. O tal vez no lo perdonó, sino que hizo lo que hacen las duras. ¿Sabes qué? Ahora me toca a mí. Y saldaron sus diferencia. Se pagaron. Se dieron el vuelto y ahí siguen juntos. No se sabe si más, menos o igual de felices, pero se hicieron más fuertes. Y resulta que ahora ella es Secretaria de Estado y estuvo a punto de ser presidente.


En todo caso Bill Clinton le enseñó a un gentío que el sexo era mucho más y mucho menos de lo que pensábamos. También nos enseñó o nos recordó que tú miras al ojo de la cámara, dices que lo sientes y todos deberíamos hacer las pases y quedar a mano. Es lo que veo ahora con el caso de Ozzie Guillén. No tengo ganas de entrar a juzgar, si lo que dijo o no dijo está bien o está mal. Al final del día, viviendo en país con tanta división, y tantas opiniones y tantas teorías, a veces de verdad me cansa pensar si las declaraciones de alguien que no tiene ningún tipo de injerencia en mi vida importan. No creo que de verdad el mundo sea mejor, ni peor por lo que diga Ozzie Guillén, que al final fueron una cantidad de estupideces. Es un tipo que no tiene verbo. El pobre.


Lo que me llama la atención, es que de un comentario idiota, sale un "acto de contrición" sumamente elocuente. Pensado. Trabajo. Me pone a pensar. ¿Dónde está de verdad el arrepentimiento? ¿En el hecho de haber dicho lo que dijiste, o en el hecho de que te lo sacó un periodista al que le hiciste el agosto? Tal vez en las dos cosas. Pero lo que me llama la atención es el regocijo con que la prensa y el resto de la humanidad acoge el perdón, y se revuelca en humillar un error, que en un país en el que matan tanta gente, la verdad, al menos yo, lo veo mínimo. Hay tanta gente que hace cosas peores, ladrones, corruptos, estafadores, que hacen negocios con el gobierno y joden a mucha gente, y a esos, no se les pide, ni una mínima disculpa. Hay tanto cabrón feliz por ahí, sin pagar y este se le va la lengua y tiene que pedir perdón de rodillas, y es apedreado por una sociedad que supuestamente clama a gritos libertad.


Me sucede lo mismo con El Rey de España. También acaba de salir con cara de rey de las angustias, pidiendo perdón por haber ido a cazar elefantes. Me da mucha pena. A mí me cae bien el rey. Pero me cuesta horrores asumir su perdón a lo Bill Clinton. Creo que su arrepentimiento está más cerca del "coño de la madre, para qué me tuve que tomar la puta foto" del "quién carajo me mandó a mí a ir a matar a un pobre elefante." Y ese es mi problema. Me fastidia la hipocresía. Creo que ese tipo de cosas dañan a la sociedad. Dañan más que el mismo hecho. Creo que nos hace un poco más de honestidad. De confesión ruda. Porque no tenemos valores. Y cuando andamos por ahí basando nuestros principios en pura doble moral, nos alejamos más todavía de lo que deberíamos ser.


Al rey lo quieren sacar del WWF, cosa que me parece muy bien. Porque sinceramente, así adopte a Dumbo, no creo que le haya importado mucho la masacre de los elefantes. Sí creo que a lo mejor se arrepiente de haberse ido en ese plan tan "exótico" por llamarlo de alguna manera en plena crisis. Incluso, croe que allí está más el problema que en la parte de la cacería. Porque al final del día al que está en España, no consigue trabajo, le cuesta llegar a fin de mes y siente que no tiene futuro, le importa un bledo en un elefante, pero sí le importa que están haciendo sus líderes para asumir su responsabilidad y enfrentar la crisis.


En todo caso. Creo que Bill, Ozzie, Juan Carlos y cuando pobre diablo famoso ha hecho algo y luego ha tenido que pedir perdón tienen algo que enseñarnos, y no es a ser humilde y pedir perdón. Es que no importa si es sexo, palabras o elefantes, el tema es reflexionar y ser sincero. Porque sí no lejos de corregir un mal, haces otro daño.

viernes, 13 de abril de 2012

Día 14: Un Ex Día 15: 560 Calorás Día 16: Un Ñu

Mi inspiración para esta foto fue: Doña Florinda. No fue algo que me salió del alma. En realidad puse cachos y mujer en goolge y me salió una foto de ella. Pensé entonces en lo fea que era esa mujer, pero no físicamente. Creo que El Chavo del 8, a pesar de que mucha gente lo juzgue mal tiene una gran profundidad y habla sobre muchas de las cosas que suceden en Latinoamérica. Doña Florina era un personaje despreciable. Llena de complejos, se sentía superior por no tener los vicios que tenía Don Ramón, por estar mejor económicamente de él y además estaba muy amargada por su situación de madre soltera. Cosa que se comprende, pues en realidad, ahora que soy madre entiendo lo duro que debe ser para una mujer criar a un hijo sola. En todo caso, hay mucha gente que sin andar por la calle en delantal y rollos, (cosa que yo creo que eran una simbología excelente, pues ese ñu no está necesariamente "el pelo" sino "en la cabeza") va por ahí tratando a los demás de "chusma despreciable" cuando ese es precisamente su comportamiento. Y un momento de autoreflexión. Creo que todos en algún momento de la vida, tal vez a diario, le ponemos la cara de Ñu a alguien.
¿Cuantas veces no nos hemos sentido así? Justo después de abusar de algo. Uno casi puede escuchar el sonido del cuerpo expandiéndose. Las caderas creciendo. La barriga saliendo. Los muslos inflándose, como si el chocolate, o la hamburguesa, o lo que sea que comimos estuviese soplando por un tubo mágico. Comer es divino. Pero la sensación de culpa y la promesa de siempre de cerrar el pico de allí en adelante son un flagelo terrible. Y lo peor es que muchas veces es algo aprendido y escuchado. Voces de una sociedad que somete a las mujeres a unos cánones de belleza que ya no son humanos.
Un ex. Todo el mundo tiene derecho a dejar a un lado lo que no quiere ser. Sea lo que sea. Pero sé tu mismo. Hay tantas máscaras que mientras te puedas quitar una mi opinión es. Más poder para ti.

miércoles, 11 de abril de 2012

El Teleoperador No Tiene La Culpa


En la vida hay quien hace lo que hace por necesidad o por amor. En el mejor de los casos por las dos cosas. Aunque trabajo es trabajo. Probablemente Julia Roberts entre un café y un vaso de agua mineral dirá que "qué ladilla los directores, que qué infierno estar siempre con el trauma de que si no eres más flaca que la actriz de al lado te quieren pagar menos, que qué no hay peor infierno que tratar de ser humano cuando los amarillistas siempre le quieren sacar dinero a tus peores momentos." Igual, yo digo que estrella de cine está entre los Top Ten trabajos. Sin embargo yo pongo locutor de radio primero. Me encantaría algún día ser locutora de radio.

También están los críticos de comida. Los de cine. Los de libros. Está la gente que tiene que viajar y probar aerolíneas y hoteles. Están los banqueros, esos que trabajan poco y ganan mucho. En fin. Trabajos buenos hay bastantes. Aunque una vez más, al final. Trabajo es trabajo. Y no sólo depende de la actividad en sí, sino de como se lo toma uno.

Siempre he pensado en el pobre que le toca estudiar los exámenes de heces. ¿Qué clase de trabajo es ese? Sí. Uno que paga. Y con eso deber ser suficiente. Imagino que además es uno necesario para el que quiere ser laboratorista o algo por el estilo. Entiendo que hay gente que ve con pasión el cuerpo humano. Que no ve las heces como mierda. Pero igual. No es la actividad más agradable del mundo. Igual que tampoco lo es nada relacionado con basura, con cloacas y con nada que tenga que ver con deshechos. Nada más imaginarse quién limpia la mierda de elefante en los zoológicos. Deber ser algo a lo que uno se acostumbra sí. Pero por más que ames al elefante limpiarle las gracias no debe ser nada que uno diga "Síiiii! Qué emooocióoonn! Manisito cagóooo!" No.

Sin embargo hay un trabajo en especial que creo debe ser uno de los más difíciles. El de operador de atención al cliente de un banco o una compañía de teléfonos. Yo jamás he llamado para decirles. "hola amigo, te llamo porque estoy feliz. La tarjeta siempre pasa. Voy al banco y no hay cola. Me mandaron un SMS a tiempo y saliendo para mi casa compré una tarjeta y no me quedé sin saldo. Ayer hablé un buen rato con mis minutos libres con una amiga que tenía años sin ver y no sólo quedamos para almorzar sino que me echó unos cuentos buenísimos." Nada de eso.

Generalmente llamo cuando estoy molesta, arrecha, presionada, cuando quiero descargarme porque algo no funciona. El teléfono además le da a uno un escudo. Porque no es lo mismo gritarle a alguien en la cara que su servicio es una basura a decírselo por teléfono. Yo siempre les echo chistes después de haberles dicho hasta del mal que se van a morir. Claro que sin insultar, nada de "eres una inútil o ustedes son todos unos estúpidos." Debo aclarar que no soporto ver la gente que hacer reclamos usando calificativos hacia las personas. Es de las cosas más feas y humillantes que he visto. Y de verdad. Por más bravo que uno esté, insultos jamás.

Yo más bien siempre empiezo pidiéndole perdón de antemano. "Mira amiga. Yo sé que esto no es TU culpa. Yo sé que el fondo no está en tus manos..." y después me lanzo, pero es que "¿cómo es posible que una empresa de telefonía celular no te ponga en letras enormes lo que te cuesta el minuto de roaming? Claaarooo, así cualquiera. Así también yo me hago rica. Es más chica, eso es lo que voy a hacer. Yo mañana le paso a mi cliente una factura que diga....toma pajarito...aquí esta en letra mínima un montón de cosas que compraste sin darte cuenta. Aaaaa, ¿no quieres pagar? Bueno chao pescao."

Creo que todo el que tiene un rollo con alguien y no lo puede soltar lo paga con el pobre bolsa que está atendiendo las llamadas. Los líos escondidos con la mamá, con el papá, con el jefe que no sirve para nada. Con Chávez. Yo a veces hasta les saco a Chávez. Los pobres. ¿Qué tiene que ver Chávez con tu sobregiro? NADA. Pero a la vez si tiene que ver. Yo les digo que si tiene que ver. Y les hablo de la globalización y de la historia, y de la manipulación. Después les digo que yo daba clases de servicio y atención al cliente y que ellos las necesitan urgente. Que es un lástima que no sean sus jefes los que están atendiendo el teléfono para dar la cara y aprender lo que es estar en trato directo con la parte más importante de su negocio. EL CLIENTE.

Además uno siempre saca un complejo. Algo estilo "cllaaaaaaaroooo, como yo no soy cliente VIP entonces les importa un pepino cortarme el servicio. ¿Qué les importa si yo me voy con Movistar? Nada. ¿Van a quebrar? No."

Lo que más rabia da es cuando el pobre operador, que me lo imagino pintando palomas, pero sudando a la vez, dice lo que la libreta dice que diga cuando el cliente está fuera de sí. "Entiendo su enojo señora...pausa para leer cuál coño era el nombre de la geva...pero no puedo hacer nada en este momento, sino pedirle mil disculpas y ofrecerle en el futuro el mejor servicio. Usted es muy importante para nosotros."

Yo al final no sé qué más decir. Ellos están obligados a preguntarte "¿Hay algo más que pueda hacer por usted?" Y yo siempre contesto "Me puedes recomendar entre tu competencia cuál será el menos parecido a ustedes. Porque al final ustedes son como los hombres. Todos se venden como el mejor, el distinto, pero cuando te tienen amarrada se comportan como la misma mierda." Risas. Bueno, por lo menos el pana tranca y dice, "Acabo de discutir con tremenda puta, amargada, coño de su madre, histérica, borderline esquizofrénica, pero por lo menos tiene sentido del humor."

Yo tranco. Descargué mi furia. Siento que es algo que he debido hacer más bien con mi psiquiatra. Me da remordimiento de conciencia. Y pienso...coño pobre teleoperador. Él no tiene la culpa. La culpa es mía que sigo sin cumplirles la amenaza de cambiarme.

lunes, 9 de abril de 2012


Mi cabeza da vueltas. Y vueltas. Voy caminando por la calle y voy pensando. Anotando ciertas cosillas.


- No hay nada peor que meterse a bañar, correr la cortina y ver que no hay paño caliente.


- Segunda cosa peor, que el paño disponible haya sido usado hace poco por otra persona. Secarse con un paño mojado es no secarse.


- Horribe encontrarse a alguien cuando estás en la peluquería haciéndote las mechas y pareces la encarnación de cualquier bruja. De todas las brujas.


- Desgracia doméstica: querer hacer vinagreta y que queden seis goticas de aceite.


- Quiero que alguien me diga la verdad sobre la fecha de vencimiento de las medicinas. No. No el sabiondo de turno que vio un programa en el Discovery Channel o se cree todo lo que le llega por internet. Quiero un informe médico. Hasta entonces si se pasó la fecha no consumo. Gracias.


- ¿Por qué hay gente que no dice buenos días cuando entra a un lugar?


- Lo cortés no quita lo valiente. En serio que no.


- Los echones deberían tener su universo paralelo. La gente que cree que es elegante porque se viste de marca también.


- Y los que mandan fotos de delfines y frases de Paulo Coelho vía Facebook también.


- A veces me agotan tantas redes sociales. Cómo quitan tiempo carajo.


- El Blackberry no es un instrumento de trabajo. Es una cárcel.


- La única ley que se cumple a cabalidad es la de Murphy. Todo lo demás es relativo.


- La culpa no es de la vaca. Es la salsa lo que engorda.


- Hasta en las mejores familias hay celulitis.


- ¿Si yo fuera modelo me dejaría photoshopear? ¿Qué sentido tiene? Eso no es como decirle a otro pana que escriba un libro, voy le pongo mi nombre y les digo voilá. Al final es una mentira. Una fabricación. Una especie de plagio.


- En la vida uno siempre tiene que comer menos, ahorrar más y criticar lo menos posible.


- No confío en la gente que hace malos comentarios sobre cómo están vestidas las otras personas.


- No hay zapato cómodo y bonito. Zapato bonito es una ampolla segura.


- El sushi sí que llena.


- Con el tiempo y el exceso de pedicures cuando me corto las uñas de los pies hago un pésimo trabajo.


- Quiero remodelar el blog pero no sé cómo.

jueves, 5 de abril de 2012

No Pasó Nada


De la mayor virtud al peor defecto hay una línea de 360 grados. Es decir, uno está en el mismo lugar. Suele suceder que aquello que es nuestro gancho, que nos hace únicos, que la mayoría de la gente nos alaba sin cesar es justamente lo que nos termina metiendo en problemas.


En mi caso una de las mayores virtudes que tengo es mi capacidad para hablar. Puedo hablar como una ametralladora. Soltando palabras como un aguacero, de esos de gotas gordas que caen tan duro y tan rápido que casi duele. Como esos bailarines de flamenco que zapatean a velocidades que molestan en los ojos, y que contagian las ganas de zapatear.


Yo no puedo estar callada. No puedo. Ni siquiera cuando estoy sola. Cuando no estoy sola, aunque no hable, mi cerebro está en plena conversación. Es una especie de esquizofrenia funcional. O tal vez no es esquizofrenia, llamémoslo más bien una especie de comunidad imaginaria. Como un Facebook especial en mi cabeza.


Lastimosamente al final del día esa comunidad pertenece toda a una misma persona que soy yo. Los aciertos y los errores, todas las consecuencias de lo que asume es comunidad los asumo desde esta piel.


Es un problema a veces ser hablador. Uno suele soltar el comentario que no es. La palabra desafortunada que echa a peder un buen momento, o que hace que a uno le dirijan una mirada de "por favor cállate." Cosa que no suele ser la más cómoda de las situaciones.


En todo caso, suele suceder que a veces esa virtud, ese defecto, falla. Te encuentras en una situación en la que tienes que reaccionar. En la que tienes que decir algo. Nada viene a la mente.


Todo esto para contar que hoy me encontré a Mónica Belluci. Crucé una mirada con ella y me sonrió en plan "verga, me reconociste, pero no estoy para escenas de tómate una foto." La verdad no la culpo. Debe ser un fastidio someterse a eso toda tu vida.


Pero yo soy una bocona y tenía ganas de acercarme y decirle algo. La tuve enfrente un buen rato. Y pensé mil cosas. Desde citas famosas, hasta el clásico "me podría tomar una foto contigo?"


Al final después de un buen rato decidí no decirle nada. No me vino nada a la mente. Me quedé sin municiones y no tenía ganas de pasar por idiota o peor, de sentir que me estaban tirando un portazo en el cara. Aunque no está mal que te rechace Mónica Beluci.


Más tarde pensé que hubiese sido tremendo tener en la mano el guión de una película y dárselo, para luego recibir una llamada. Semanas más tarde que cambiaría mi vida. Un cuento digno de una entrevista de Hollywood. Una especie de Cenicienta del séptimo arte. En esta no se cae un zapato, se cae una historia.


En todo caso, eso no pasó. No le dije nada. Tal vez algún día salga mi libro, alguien quiera hacer la película, la escojan a ella y yo pueda decirle, "sabes, cuando estaba por empezar a escribir mi segundo proyecto de largo alcance, te vi, pero te veías seria y me dio pena hablarte."


Sí. A veces virtud y defecto nos fallan. Y entonces no pasa nada.