viernes, 25 de mayo de 2012

Facebook: vaya y tómese un café.


No soy de resistirme a los cambios. Al contrario. Si uno no se transforma, deja de ser materia. El estancamiento es lo peor que le puede pasar a una persona y quizás uno de los catalizadores de crisis existenciales más poderosos que existe. Pero he de reconocer que a veces hay algunos que me generan cierta aversión. 

Quizás uno de los cambios más importantes que le ha llegado a mi generación es las redes sociales. La gente un poco mayor se resiste. Los de cuarenta en adelante. Algunos participan, pero como si fuera una página web más. Otros como yo, estamos allí activamente, casi por curiosidad e inercia. Ya estamos acostumbrados a que cada cierto tiempo nos llegue algo nuevo. 

¿Aprendiste a usar el MSN Messenger? Ok. Ahora aprende a bloggear. 
¿Aprendiste a bloggear? Ok Ahora métete en Facebook. 
¿Ya te mareaste del Facebook? Ok ahora métete en LinkedIN. Espérate, no te olvides de visitar Tumblr y Wordpress, porque aunque seas un "chico blogger" también tienes que saber cómo se come lo demás. No vaya a ser que seas un bloggero infeliz y no lo sepas todavía. 
Ahora viene Twitter. Listo ¿tienes un número aceptable de seguidores? 
Ok. Ahora registra tu dominio e invítalos a tu página. 
Ok. Ahora abre una página en Facebook. 
Está bien. Ahora invita a toda esa gente a Pinterest y no te olvides de invitar a tus seguidores de Pinterest a twitter, a que se registren en tu blog, responde cada cierto tiempo los mails de tus seguidores, envía un DM vía Twitter, usa el mail de Facebook, pero deja el Gmail en el blackberry. 
Ah, espérate. ¿Es que no tienes al menos cinco círculos en Google Plus?
No me jodas. Dale. Ya. Sé social por Dios. La gente se quiere comunicar contigo y no puede. 
Además, mira, ahora Facebook tiene una herramienta en la que cada vez que lees algo todos tus amigos pueden ver lo que leíste. Bueno, sí, te gusta leer sobre la operación de tetas de una actriz de vez en cuando. ¿Y? Eso no es hacerle mal a nadie. Bueno, leíste un artículo de Gray´s Anatomy, eres el hazmerreír de tus amigos intelectuales. 
Mira, espérate. Facebook cambió su imagen. Ahora no eres una persona, ahora está allí toda tu biografía. 
¿Cómo que no quieres contar tu vida? Nadie te está preguntando. Cuando la actualización de estado dice ¿Qué estás pensando? en radiad no es una pregunta, es una orden. Y además quiere decir que tienes que contar todo lo que piensas, lo que dices, lo que has hecho, lo que quieres hacer. Las confesiones de Facebook son más fuertes que las que haces delante de un cura. Además puedes ponerle, fotos, vídeos, enlaces y la gente te puede comentar. 
Oye, ahora que lo pienso. ¿Tienes un Iphone o un Blackberry? No me digas que a estas alturas de la vida tu teléfono es más bruto que tú. No. Búsquese un teléfono con el IQ de Sheldon Cooper. Inteligente. Y bájale aplicaciones. La de la dieta. La que te ayuda a escoger la ropa. La que te dice si estás haciendo bien ejercicio. La que mide si tus relaciones sexuales son buenas, malas o si estás borderline virgen otra vez. 
¿Ya tienes una tableta? No anormal. No hablo de medicinas. Hablo del Ipad, del Kindle Fire…bueno allí también puedes bajar aplicaciones, libros, periódicos, música, juegos. Ahora sí es verdad que me voy a ir a todos los médicos por orden de llegada, para darle sentido a mi vida en la sala de espera. Con toda la mierda que tengo encima. 

Y mira, mira lo último, ahora Facebook te deja que le pongas una estrellita a tus amigos, para nombrarlos mejores amigos  y así vas a poder ver hasta sus movimientos intestinales. ¿No te parece lo máximo? 

No. Ya. Hasta allí llego. No me parece lo máximo. Me parece una cagada. Ya veo los pleitos, por qué fulano es tu mejor amigo y yo no. Además hay cosas que no quiero saber. No estoy realmente interesada en ciertos viajes Arubas y a veces me deprime ver las fotos de la gente que está atascada en su cotidianidad y está como implorando ayuda pero de forma silenciosa, en plan "mírame, yo te juro que soy feliz. Soy demasiado feliz. Anda, mira. De todos los 600 pajuos que son amigos tuyos yo soy el más feliz." 

De verdad me gusta la tecnología, pero cuando se pone needy y desesperada me fastidia. Llega un punto en que la estrategia debería ser más bien. Hijo, vaya y tómese un café. Socialice. Hable. Piense. Y sobre todo. LEA. A eso sí le pongo la estrella. 

(Foto: Un Operador 11 de UnaFotoxDíax29Días)

domingo, 13 de mayo de 2012

Feliz Día de las Madres


A todas las que hemos salido de la casa con el coche, la cartera, las llaves, un libro, un peluche, mientras hacemos una llamada de trabajo y contestamos y escuchamos una vocecita que dice “mami, el bebé está haciendo pupú.” Y justo entonces recuerdas que en la pañalera, a pesar de su nombre, no hay pañales. A todas las que vamos dejamos uno, buscamos a otro, protegemos de la lluvia, comemos frío, dormimos menos horas de las que recomiendan todas las organizaciones de salud, rara vez nos da tiempo de ir a una peluquería o echarnos a ver televisión. A todas las que hemos servido de almohada, de babero, de pañuelo y hasta de pañal. A todas las que se hemos sentido una punzada de dolor cuando lo hemos dejado, porque al final como dice Sally Man, la pregunta de la maternidad es: “¿Cómo es que  debemos abrazar muy fuerte, apretándolo contra nuestros propios huesos, aquello que más amamos,  pero sabiendo todo el tiempo, que cuando llegue el momento debemos dejarlo ir?”. Felíz día a todas. Biológicas, adoptivas, de sangre, de corazón, de piel, futuras…a todas, todas las que trabajamos como madres, porque el día que nos encontremos a un Superhéroe, con capa, poderes y todo le podremos decir, “no te llevo nada.” 

miércoles, 9 de mayo de 2012

A Opinar También Se Aprende


Hace años iba con mi mamá a una peluquería que consideraba detestable. En realidad, todas las peluquerías siempre me parecieron detestables. Quizás es porque estudié toda mi vida en colegios de puras niñas y uno de ellos fue un internado, así que he tenido mi sobredosis de hormona femenina y me agota tanta mujer. Pero no era el doble cromosoma X lo que me fastidiaba de ese lugar. Era sucio, oscuro y desordenado y si íbamos era sólo porque mi mamá es una de esas personas que no puede ver una causa perdida porque se empeña en ganarla. No puede ver un corazón roto porque inmediatamente busca en su alma crazy glue y se hace a la tarea de recomponerlo. Por eso íbamos allí.

Yo no paraba de criticar el lugar y las peluqueras. Tristes. Flacas. Apagadas. Era una queja habitual que llegué a dominar con facilidad. Casi con arte. Arte de la horrenda. Hasta que un día me senté como de costumbre dándole la espalda a un gran lavacabezas negro, y justo cuando incliné la cabeza hacia atrás fijé la mirada en un cartelito de madera, que con letras de colores decía: CRITICAR ES MUY FÁCIL. CUALQUIER IDIOTA PUEDE HACERLO.

No hizo falta profundizar demasiado en interpretaciones. Ni buscar metáforas. Ni alegorías. Ni demasiadas figuras literarias. Era muy sencillo, había una idiota. Y esa idiota era yo. La criticona. La burlona. La de la boca demasiado grande. Porque al final del día me pasaba haciendo comentarios de más. Hirientes y fuera lugar, que distaban mucho de la lectora, de la curiosa, de la futura escritora que desde ya quería ser, aunque tal vez en ese momento no lo supiera.

Quisiera decir que he mejorado mucho desde aquel entones. Pero eso sólo sería engañarme. Debo decir con vergüenza que de vez en cuando me siento juez del mundo, aunque en realidad nadie me haya investido con ese cargo.

En estos días una vez más han surgido en esta ciudad de una furia que ya no es latente, sino más bien abierta, campante, cómoda, casi aceptada, esperada y a veces, para mi triste sorpresa, asumida con orgullo, actitudes que tienen que ver con la crítica más despiadada y vil que haya escuchado.

Una gente, unos niños que montaron un video internet, el cual seguramente ya hemos visto, escuchado y seguramente opinado fueron blanco de una descarga de rabia, como pocas veces se ha visto. Yo reconozco que critiqué el mencionado video. Y lo vuelvo a hacer. Me pareció fatuo, poco profundo, y sinceramente lo que sobró en honestidad, faltó en reflexión. Pero también fui de las que al criticar dije, que la culpa no es de ellos. Son unos jóvenes, que son víctimas. Sí. Repito. Víctimas. De un sistema educativo caduco, gastado, desmoralizado, en el que se enseña a repetir y no se enseña a pensar. Es más, a cuántos de nosotros no nos bajaron puntos por hacer un trabajo “en nuestras propias palabras.” Las cosas  había que hacerlas, y eso sigue siendo así, “como dice el libro.” Si no. Tenías cero.

Es un círculo vicioso. Porque a nuestros maestros no lo respetamos. Aquí si alguien te dice que quiere estudiar educación uno lo ve como que, 1. Es alguien cuya única ambición es ser parásito de otro que le pague las cuentas. 2. Es un tarado que no entró en otra carrera, porque “mi abuelo decía que el que no sabe enseña.” Eso sí. Para nosotros, para nuestros hijos siempre queremos el mejor maestro, la mejor profesora. Que sonría. Que corrija a tiempo. Que nunca falte. Que sepa de lo que esté hablando. Porque sí no cae en nuestra lengua como enemiga número uno. Y si no nuestro hijo no aprende, si nosotros mismos no sacamos algo de un curso, la culpa siempre la tiene el profesor. Nosotros jamás.

Lo que más me sorprendió del video no fue sólo lo que ya mencioné. Cómo unos niños que de repente sienten la necesidad de expresar algo, y hay que darles el mérito por hacer el esfuerzo, ven ese resultado final y lo sienten digno de compartir. Sin cuestionarse si le hacía falta algo. Quizás eso que decía melancólicamente Margaret Thatcher de que ya no se trata de hacer algo, sino que ahora es ser alguien, tuvo que ver. Un apuro por ser los “chamos famosos” del video, les trajo la fama equivocada. A lo mejor si hubiesen sido un poco más críticos, y sí, un poco menos chamos, no les hubiera salido tan mal.

Pero retomando la idea, lo que más me sorprendió es que la gran mayoría de las críticas eran igual de vacías, sino peor, que el video. Insultos de la peor calaña. Hasta malos deseos. Como si fuésemos gente que no ha visto nada peor en la calle que alguien que dice una estupidez. Es más, como si nosotros mismos, jamás hubiésemos abierto la boca para decir algo que de lo que nos arrepentimos al poco tiempo. Porque el que jamás haya hecho un comentario que estaba de más, contácteme por esta vía, que yo con gusto le doy una piedra para que me la tire. Pues yo sí. Yo sí he dicho tonterías, aunque aún no he tenido el infortunio de que se hayan hecho tan públicas.

Me da demasiada tristeza vernos como sociedad ¿en qué nos hemos convertido? Se nos hace tan fácil lanzar piedras, sin miramientos. Sin pensar. Sacamos conclusiones porque como dice Eduardo Sánchez Rugeles “hemos aprendido el odio” y no sólo para odiar al que se pone una camisa de un color que no nos va. Sencillamente hemos aprendido a odiar lo que sea. Lo que se mueva y piense como nosotros. Lo que no tenga la misma orientacón sexual, el mismo credo, el mismo acento. Odiamos todo. Y le descargamos rabia, porque olvidamos siempre que al final, por más diferentes que seamos, o que nos creamos hay una cosa que nos une y de la cual no hay tecnología, ni creencia, ni nacionalidad, ni calibre intelectual que nos separe, la condición humana.

 “Criticar es muy fácil, cualquier idiota puede hacerlo.” Lanzar juicios efectivamente lo puede hacer cualquier idiota. Y más de una vez así nos comportamos. Claro, que uno tiene derecho a decir lo que piensa  a expresar un punto de vista. A defender una idea. Una creencia. Pero eso es otra cosa. Eso es opinar. A opinar, como todo en esta vida, también se aprende. Lo que sucede es que para opinar con fundamento hay que tener base, y para eso hay que abrir la mente y aprender. Haber hecho algo, sin importar si eres alguien o no. Y eso de “hacer algo” sí es verdad que no lo hace, cualquier idiota.


miércoles, 2 de mayo de 2012

FILBO Mi Primera Feria


Hay frases trilladas que son necesarias. Como aquella que dice que uno sólo se arrepiente de lo que no hace. Es cierto. Aunque claro, están esas mañanas en las que uno se vio al espejo y ofreció parte de su alma, un riñón y hasta un ovario porque algún poder divino borrara los eventos del día anterior. En todo caso, al final, siempre nos agarramos de esas escenas vividas, por más dolorosas que hayan sido, para acumular eso que llaman experiencia. Y eso, aunque nos duela en ese lugar del intelecto del que queremos expulsar todo vestigio de autoayuda y frase pavosa, nos hace seres más completos. Porque ya el hecho de arrepentirte significa que lo reflexionaste. 

En todo caso, si hay algo que duele es lo que uno dejó de hacer. Queda como un sabor en la boca. Como un dolor en la piel que es difícil de explicar. Es una especie de entumecimiento en las manos, de haber tenido cerca una oportunidad, tan cerca que uno pudo tocarla y haberle cerrado la puerta. La mayoría de las veces por razones que luego descubrimos que no eran razones, sino más bien excusas. Por miedo. Por inseguridad. Y lo que es peor, por comodidad. No hay nada más fácil que echarle la culpa a una circunstancia para no hacer algo. 

Es el caso de la mayoría de los venezolanos. Si echamos en una bolsa todas las cosas que dejamos de hacer "porque ahora no es el momento." "porque voy a esperar que se vaya Chávez." "Porque voy a esperar a ver qué pasa el año que viene," nos encontraríamos una especie de bolso de Mary Poppins cuyo contenido iría desde computadoras, bicicletas, hasta hijos y una vuelta al mundo. Esa, con la que soñaba un amigo que decía que iba a agarrar su moto y se iba a ir de pueblo en pueblo. O la mochila del pana que soñaba con irse a la India solo y nunca lo hizo. 

El año pasado, después de ver pasar por internet las noticias de varias Ferias de Libros dije, como ya había dicho tantas veces, "el año que viene voy a la Feria del Libro de Bogotá." Había visto pasar la de Buenos Aires, (la de adultos y la infantil y juvenil), la de México DF, Frankfurt, Madrid y la de Guadalajara. Una con la que sueño más que nada, y que en al menos dos o tres oportunidades he visto ir y venir diciéndome "este año no se puede, pero el que viene. Será." 

Siempre me quedo a medio camino. Con la página de la línea aérea abierta en ese espacio en el que si le das reservas el cupo. Y después me pongo a hacer otra cosa. Me distraigo y no hago nada. Hasta que en diciembre de este año le escribí a varios amigos, lectores empedernidos, y les dije "en abril del año que viene voy a la feria de Bogotá. El que quiera venir. Que venga." 

Hacer la declaración me ayudó. Porque mentiría si dijese que en febrero no empecé a llenarme de excusas para no ir. Es complicado dejar a los niños. No he reservado los pasajes. No sé si tengo que comprar las entradas de la feria con anticipación. Y la típica, la maléfica ¿qué voy a hacer ahí? ¿yo soy escritora? Habrá quien diga que todavía no. ¿Entonces?

Entonces compré los pasajes y me empeñé. Porque les había dicho a mis amigos que era una decisión tomada, y se había vuelto una cosa de orgullo. Y fui. Fui a la Feria del Libro de Bogotá. Y lo dije cuando me preguntaron en el aeropuerto. Y en el hotel.  Y no cabía en mí de la emoción. Y me volví loca en la puerta. Y en los stands. Y sentía que lo que estaba viendo era más grande que yo. Me sentí diminuta y a la vez enorme. Y me pareció mentira que algo tan poco trascendental, tan pequeño, surtiera ese efecto en mí. Después de todo, no es que estaba adoptando un niñito Somalí, ni emigrando a una tierra extraña. 

O sí. Tal vez si emigré a una tierra extraña. Esa tierra en la que a fuerza de voluntad haces cosas que te propones. Y te das cuenta que las cosas deben ser pequeñas. Que vas poco a poco. Porque cuando uno se propone cosas como "cambiar el mundo" se ahoga en imposibles, en océanos. Es tarea imposible lanzarse a cruzar un océanos, pero después te das cuenta, que si te propones dar diez brazadas, y luego otras diez, y así…tarde o temprano habrás llegado. 

Para mí esta feria no fue un océano. Fueron diez brazadas. Y me encantó sentir el agua. Me encantó haberme lanzado. Me encantó haber probado un pedazo de un sueño. Algún día voy a recorrer en un año ferias de libros al rededor del mundo. Es una meta que tengo, para eso necesito dos cosas, una que mis hijos estén más grandes y me den la libertad. Y dos, haber conocido suficientes ferias como para volverme una ducha y sacar al máximo de la experiencia. Así que de ahora en adelante, cada vez que pueda me voy a lanzar. 

Espero antes que acabe el año volver a otra. Quién sabe y logro acuñar voluntad para Guadalajara este año. Pero quien sabe si se presenta otra por ahí. O a ver cuál me recomiendan.  

Lo mejor de todo es que una vez más comprobé. Nadie te quita lo leído. Ni lo bailado. Ni lo fotografiado. Ni lo comido. Ni lo bebido. En fin...la fortuna de uno está en haber vivido, lo vivido.