jueves, 28 de junio de 2012

Nunca es tarde


Nunca es tarde. Nunca es tarde para cambiar de vida, para reorganizar tus esquemas y finalmente intentar contestar la pregunta. ¿Quién crees que eres? Nunca es tarde para decir aquello que nunca dijiste, aunque ya los eventos se hayan ido por otro lado. Nunca es tarde para desesperase, para levantarse y actuar. Nunca es tarde para revertir el proceso que un día te hizo creer que eras alguien maduro y sabio. Nunca es tarde para volver a encontrar una causa no perdida. Nunca es tarde para agarrar un lienzo y allí dibujar una bandera que vas a cargar al hombro, y que va a ser el estandarte de tu vida, aquello que represente tus creencias, tus metas, que no tus logros, porque en las banderas no hay cabida para la vanidad. Porque los cabrones, enamorados de sí  mismo, dejan de amar el mundo. Aunque los pusilánimes que no se amen a sí mismos, tampoco pueden amar el mundo. 

Nunca es tarde para desmontar los esquemas que te obligaron a reprimirte y a dejar de hacer cosas, que tal vez no habrían cambiado el mundo, pero habrían cambiado tu historia. Nunca es tarde para retractarte de una palabra hiriente, ni tampoco para pedir devuelta esa declaración de amor que hiciste en vano, a alguien que no la apreció, no la sintió y la utilizó para alimentar un ego que lo que único que hizo fue hacer de este mundo un lugar más egoísta. Sin embargo, nunca es tarde, y es tal vez mucho más importante, para decirle a alguien de frente y sin tapujos todo lo que sientes. Todo lo bueno que sientes. El amor. La admiración. Las ganas. La simple y llana gratitud con el mundo, con la vida de verle llegar. De ver que contesta tus llamadas sin pensárselo demasiado. De darte la oportunidad de estar cerca con toda la tripulación de fantasmas del pasado, con el exceso de equipaje emocional, con problemas en los controles de navegación, un ala averiada, la otra soldada varias veces luego de haberse roto. Con todos tus problemas en el tren de aterrizaje que pareciera nunca poder funcionar. ¿Será que este avión aterriza? Nunca es tarde para decirle a alguien que tienes cerca, la cantidad de cosas que tienes que decir para hacerle sentir bien. 

Nunca es tarde para aprender a no devolver la sopa cada vez que le falta una pizca de sal. Generalmente la vida te la devuelve muy salada y con algo más. (Yo tengo muchos amigos que han trabajado de mesoneros, de verdad, piénsatelo dos veces. En la literal y en la metafórica, si la vida te da una sopa desabrida, párate y busca un salero). Nunca es tarde para aprender a devolver un mero a la plancha que huele a putrefacción de salitre, para decirle a alguien, con todo el respeto y asumiendo las consecuencias de tus acciones, ¿Sabes qué? Esto no fue lo que yo pedí. Nunca es tarde para aprender que en la lucha por lo que quieres hay sólo una regla que no puedes romper bajo ninguna circunstancia, lo cortés no quita lo valiente. 

Nunca es tarde para empezar a usar la ropa que de verdad te gusta. Nunca es tarde para limpiar el closet y  botar todo lo que ya no usas. Incluso esas amistades tóxicas, que a veces reconoces que no te aportan un valor real, sino que son más bien un peso. Una carga. Un juicio constante. Una especie de tarea que tienes que hacer para complacer a alguien que hace años, en nombre de la libertad que sentías cuando "lo pasábamos tan bien" y "nos reíamos tanto" se hizo una especie de pacto tácito de acompañarse el resto de la vida. Y sí, allí han estado en los momentos en que has caído con la cara al lodo, ahí estaban para escuchar el cuento del tipo del que te enamoraste. Ya va, de pronto llueven las críticas y resulta que hay un par de comentarios ácidos sobre tu estilo de vida. De pronto ya no tienes un amigo o amiga. Ya no es esa persona que se iba a reír contigo, sino que pareciera que se está riendo de ti. 

Nunca es tarde para entablar una amistad nueva. Para irse conociendo y reconociendo esa nueva afinidad. Con alquilen que vibra a tu nivel, que entiende tu idioma. Y no porque uno quiera ser una especie de video ambulante de la canción de Roberto Carlos, sino porque en la vida siempre hacen falta amigos. Porque somos parte de una unidad. 

Nunca es tarde para aprender algo nuevo, porque el que dice que loro viejo no aprende a hablar, no aprende, pero no por viejo, sino por estrecho de mente. Nunca es tarde para abrir la mente, y entender una posición a la que vivimos durante años, radicalmente opuestos.  Nunca es tarde para aprender que las frivolidades no equivalen a nada, pero que de vez en cuando las puedes usar como esos pequeños placeres que te hacen más alegre un día. 

Nunca es tarde para amar y aprender amar. Nunca es tarde pare decir adiós y cambiar de ambiente. Nunca es tarde para besar, y besar mucho. Nunca es tarde para comer bien y también para darle rienda suelta a ese placer del que siempre te reprimes. Nunca es tarde para tomarte una copa de vino solo, un día porque sí. Nunca es tarde para ir al cine solo. Para leer un libro en un café, para conversar de política con un perfecto extraño.  Nunca es tarde para aprender sobre generosidad, y dar sin estar pensado todo el tiempo qué será que me están pidiendo a cambio. Dar y punto. Nunca es tarde para aprender a saludar a viva voz a todo el que se te cruza, y decirle al marcharte, que tengas un feliz día. Nunca es tarde para consolar a alguien y darle un abrazo. Nunca es tarde para aprender a cuidar flores, ni para buscarte una mascota, nunca es tarde para tratar de cumplir la resolución de ser más ordenado. 

Nunca es tarde para arriesgarte a vivir un sueño. Nunca es tarde para soñar con un  paso más allá. Nunca es tarde para escuchar música nueva, o leer ese clásico que nunca leíste en bachillerato o leer un bestseller, ir a un museo, ver películas que generalmente no ves. Nunca es tarde para coleccionar algo, para arrancar un nuevo hobby o para empezar a hacer ejercicio. Nunca es tarde para aprender a cocinar y hacer algo que cuando lo vayas a cocinar digas "voy a hacer… a la Yo." Nunca es tarde para responder ese mail que se quedó ahí durante meses, ni para llevarle a alguien el regalo que se te había olvidado. 

Nunca es tarde para decir lo que piensas, y liberarte del odioso filtro que nos enseñan a poner a lo que pensamos, supuestamente para protegernos de algo que nadie sabe bien qué es. La envidia de los demás, tal vez. Nunca es tarde para actuar acorde con lo que sientes. Para dejar que tu corazón sea libre. Nunca es tarde para pensar en el pasado y sacar las lecciones que debes sacar, pero también para superarlo y dejarlo, efectivamente, pasar. Nunca es tarde para planificar el futuro. Nunca es tarde para abrir los ojos y dar las gracias por estar vivo. 

Nunca es tarde para embarcarte en ese viaje que siempre has querido hacer. En avión. En barco. En bicicleta o a pie. Sólo o con alguien que amas. Nunca es tarde para aprender a disfrutar de la compañía, o para aprender a estar solo. Nunca es tarde para atracar en ese puerto que tanto te llama la atención y que has pasado de largo varias veces. Nunca es tarde para perder la pena. Nunca es tarde para vencer el miedo. 

Nunca es tarde. Nunca es tarde para llegar a ser quien eres. Mientras haya vida. Nunca será tarde. 

martes, 26 de junio de 2012

READOLESCENCIA


Antes una persona de sesenta años era un viejo. Incluso nuestras abuelas, a los setenta ya estaban vestidas de batola, tejían, jugaban cartas en la mañana, caminaban despacio. Ahora, una señora de sesenta fácil puede estar más buena que una de treinta y un viejo de setenta y cinco ser un atraco. Todo depende de la mentalidad, de las prioridades, de la vida que a cada quien le toque vivir. 

Ahora los cuarenta son los nuevos treinta y todo es ha desajustado. Antes las mujeres, como mi abuela, a los dieciocho ya estaban casadas. Ahora si te casas a esa edad, no es sólo todo el tema de te-tienes-que-graduar-de-qué-vas-a-vivir-ya-los-hombres-no-mantienen-a-las-mujeres-en-qué-vas-a-trabajar-disfruta-sal-conoce-a-muchos. Si no que si llegas a los setenta y cinco, ochenta, eso son unos sesenta y dos años con la misma persona. No que eso no pueda funcionar, pero depende del caso y además, puede resultar muy aburrido y difícil, y con las cosas cómo están el mundo es cada vez más complicado. Antes, treinta años era como una especie de proeza, ahora es lo que le espera al que se encuentra a una pareja de joven. 

Pero no es nada más el tema del amor. Todo lo que está antes y después de los cuarenta se ha desajustado, porque se suponía que ya entre los dieciocho y los veintiuno se tenía que ir madurando, precisamente para prepararse para la vida adulta, formar una familia y toda la paja que nos mete la sociedad que tenemos que hacer para ser felices. Pero ahora a los veinticinco tienes toda la vida por delante y de hecho resulta casi desconcertante ver a alguien que se pone a tener hijos a esa edad. Uno los ve y les dice, pero disfruta, vive, es la edad para tener varias relaciones, de esas que no funcionan y que te sirven para aprender, para que algún día cuando tengas que echarle pichón en serio a una, estés claro de que las cosas afuera no son como uno se las pinta. Para que vayas madurando. Vayas entendiendo. 

Porque todavía a los veinticinco te da nota la música bien alta, las noches que terminan a las seis, siete, ocho de la mañana. Porque a esa edad todavía te parece que la música tecno es también para escucharla y Shakira es una gran artista. Además a esa edad te puedes anotar en varias causas perdidas, porque se supone que todavía no estás viendo el mundo desde el cinismo y la abyección del que se ha hecho adulto y entiende que nada es como lo pintan. Es una edad para soñar y poner en las redes sociales toda clase de idioteces, cursis y absurdas, bloggear intensidades, tomar con tus amigas, e irte de viaje con ellas o con ese novio nuevo, sin tener que pedirle permiso a nadie. Es la edad para gastarte gran parte de tu sueldo en esos zapatos de muerte y no tener que pensar que más bien lo dejas de lado para ese juguete que te mueres por comprarle o para pagar la matrícula del colegio al que entra el chamo en el próximo año escolar. Eso es como para más tarde. 

El que cumple treinta ya se siente en todo plan seriedad. Porque lo cierto es que ya te dices a ti mismo, "tengo treinta años, ya no puedo…" es la propia señal de la crisis existencial que pronto se avecina. Ya es hora de depender de ti mismo, de romper cordones umbilicales y relaciones en las que aunque el sexo es increíble y los sentimientos medianamente profundos se sabe que no hay futuro. No hay plan de vida en común, ni ese no sé qué entre dos personas que te dice que allí puede haber una verdadera familia. Uno se siente como serio. Eso pasa cuando llegan las décadas. La vida pesa porque el primer dígito de la edad cambia, y es como si de pronto entendiéramos que el tiempo está pasando. 

Pero si los cuarenta son los nuevo treinta y uno a los veinticinco vivía como si tuviera dieciocho, pero a la vez a los treinta ya eres un adulto, hecho y derecho. ¿Qué pasa de los treinta hasta los cuarenta? Es como si de repente viniera una especie de READOLESCENCIA. Como si de pronto te dieras cuenta, como cuando tenías quince, que tienes un montón de tiempo por delante. Que queda demasiado por vivir. Que todavía hay salud, energía y ganas de hacer mil y una cosas, no en la vida, sino todos los días. Es como si asimilaras de pronto, que te queda mucho por vivir, y por joder, y por gozar, antes de llegar a los otros treinta. Antes de volver a ser adultos. Y se alborotan las hormonas. Como a los quince. 

Entonces eres invencible de nuevo. Inmaduro. Estás en plan "eso no me va a pasar a mí" y "pregúntame que yo lo sé todo". Tal vez cargas un divorcio encima, con o sin chamos, y tal vez haya sido traumático o al más puro estilo Siglo XXI, "no somos felices vamos a cortar por lo sano". Eres un fucking libro de autoayuda, tú sabes más que Deepak Chopra y Martha Stewart y Jane Fonda. Porque has vivido. Te conviertes en lo peor, de lo peor, en el ser más insoportable del mundo, un adolescente con independencia económica, libertad y experiencia. Qué nadie te diga nada. Tú eres tú mismo y nadie te puede decir cómo vivir. Tienes tu identidad clara. Eres un jodedor nato. Nada te sorprende. 

Te quieres lanzar por paracaídas y ver el mundo. Quieres correr un maratón. Y no vas a comer torta porque lo que sí es cierto es que el metabolismo no ha asimilado que volviste a ser un niño. Quieres llegar tarde. Asumir el ratón. Declarar la república independiente de ti mismo. Tienes todo el derecho de autodeterminación, porque sabes quién eres, tienes treinta y pico de años y ni tus hijos te pueden decir que pongas tus deseos a un lado por nada del mundo. 

Estás en plena readolescencia. En los casos más graves la cosa es una hecatombe que incluye,  operación de tetas, el botox en la parte de atrás de las rodilla, la mini falda, el álbum de Facebook taggeando a un grupo "las rumberas", amante, divorcio a lo "el tipo se fue y tres meses más tarde llamó, no él, sino directamente el abogado", pelo pintado, cartera de tamaño ridículo, vestido pegado y plataforma, tanga en la playa, y un mono, no es una tienda de ropa, ni siquiera en aparatos MAC, en la misma tarjeta de crédito, sino en sesiones de psicoanálisis, porque si te vas a buscar psiquiatra tiene que ser que te escuche, ni tú a él. La plena y desaforada readolescencia. Pero que nadie te venga a decir que estás en una crisis existencial. No. Esos serán los viejos de cuarenta. 

¿Y qué será de los cuarenta? No sé. Hago un post cuando llegue allá. Yo sólo sé que este blog nació justo antes de que yo cumpliera treinta. Y es la versión mundo 2.0 del "querido diario". Lo que hacía cuando tenía doce y que un día Juan leyó. Rata inmunda. Nunca debí dejarlo entrar a mi cuarto. 

A los treinta y tres no sé si operarme las tetas. A veces lo pienso.  El checherereche de Gustavo Lima me da ganas de bailar,  me siento invencible a veces, totalmente vencida otras, y muchas veces incomprendida. Sé que escribo y me llamo escritora con todas las de la ley, porque no me importan las definiciones de los demás, sino la mía propia. Tengo una misión en la vida, hacer que la gente lea. Pero ya sé que no hay mejor lugar en el mundo que ese donde están mis dos hijos y que los mejores momentos son esos en que estamos juntos y la pioja dice "estamos apilitonados". Entiendo que mis distracciones enervan a mucha gente, y trato de hacer lo mejor posible por ser más organizada. De verdad que trato. Pero dejo las llaves pegadas de la puerta o trancadas dentro del apartamento. Me voy  a sacar un documento y siempre olvido un recaudo o dejo vencer el pago de la tarjeta. Sé que hay que , llamar a la gente en su cumpleaños, cumplir promesas, decir la verdad, sentarse bien cuando estás en falda y no dejar el carro atravesado mientras alguien se monta o se baja, mucho menos manejarlo cuando estás pasadísima de tragos. No salir sin el celular. No tomar café después de las cinco o seis de la tarde y si hay demasiada cola para ir al cine me doy media vuelta y me voy. Digo lo que pienso y lo que siento. Lloro por cualquier vaina. De vez en cuando una gota se me vuelve un vaso de agua, y en ese vago de agua yo me ahogo como si allí se hubiese hundido el Titanic, con Iceberg y posible película de James Cameron y toda la parafernalia. Y sí. De vez en cuando sostengo conversaciones profundas con mi perro. Me fijo en los paisajes, respiro hondo y me hice una promesa, jamás diré que no al menos a un tequeño en una fiesta y trato de comer helado mínimo una vez por semana. Me río de chistes baratos. Me río sola y bailo cuando nadie me está viendo. Canto en la ducha. Discuto con mi mamá y a veces en público le digo "yaaaa! mami!" Pero uso crema antiarrugas y creo que voy a empezar a usar base, porque tengo manchitas y una pancita que me quedó de los embarazos que creo que a menos que me eche cuchillo no se va a ir. A veces me importa, a veces no. 

Sí. Yo soy readolescente. No tiene sentido negarlo. A veces siento que esta estapa es lo peor, pero estoy segura que a los cincuenta, diré de esta edad lo mismo que ahora digo de los dieciocho, "joder, qué no daría por tener quince de nuevo, para hacerlo todo difieren o para hacerlo igual. Al fin y al cabo para vivirlo." 

domingo, 17 de junio de 2012

Je Veux (Yo quiero)... paparapapapara



Estoy preparando un post sobre la "educación musical". Porque la verdad es que aunque amo la música, no soy la más intensa musicalmente, ni sé mucho. Tanto como quisiera, como otras personas que me rodean, que como diría ese bloggero que me encanta Pedro (www.lacagada.blogspot.com), son de los que siempre escuchan grupos como: "Little Shitty Band Noone Cares About." (Pequeño grupito de mierda que nadie conoce) Yo ni idea. La verdad. Pero estoy aprendiendo, y ya poco a poco voy conociendo a esas "Litty Shitty Band Todo Intensto Musical Knows About". (Pequeño grupito de mierda que todo intenso musical conoce.

En todo caso. Esta canción que no es para nada nueva la descubrí hace unos días, por esas casualidades de la radio. Cambiaste, sonó, escuchaste dos palabras y fue así como cuando Dorothy le dijo a Toto “ya no estamos en Kansas”.

Amo la letra. Básicamente es una mujer que dice que no quiere lujos, que no le interesa nada de eso, ni suites en el Ritz, ni las joyas de Chanel, ni limosinas, que come con las manos y está harta de los buenos modales, y lo políticamente correcto.

Ella quiere amor, felicidad, buen humor, quiere que la acompañen a descubrir la libertad, a que le reviente el corazón en las manos, olvidar todos los clichés, somos todos bienvenidos a su realidad.

Yo me identifico. Totalmente. Me fascina. Amo esta canción. La escucho y digo. Es que soy yo.

Disfruten. Y bienvenidos a mi realidad. 

Donnez moi une suite au Ritz, je n'en veux pas !

Des bijoux de chez CHANEL, je n'en veux pas !

Donnez moi une limousine, j'en ferais quoi ? papalapapapala
Offrez moi du personnel, j'en ferais quoi ?
Un manoir a Neufchatel, ce n'est pas pour moi.
Offrez moi la Tour Eiffel, j'en ferais quoi ? papalapapapala

Refrain:

Je Veux d'l'amour, d'la joie, de la bonne humeur, ce n'est pas votre argent qui f'ra mon bonheur, moi j'veux crever la main sur le coeur papalapapapala allons ensemble, découvrir ma liberté, oubliez donc tous vos clichés, bienvenue dans ma réalité.

J'en ai marre de vos bonnes manières, c'est trop pour moi !

Moi je mange avec les mains et j'suis comme ça !
J'parle fort et je suis franche, excusez moi !
Finie l'hypocrisie moi j'me casse de là !
J'en ai marre des langues de bois !
Regardez moi, toute manière j'vous en veux pas et j'suis comme çaaaaaaa (j'suis comme çaaa) papalapapapala

Refain x3:

Je Veux d'l'amour, d'la joie, de la bonne humeur, ce n'est pas votre argent qui f'ra mon bonheur, moi j'veux crever la main sur le coeur papalapapapala Allons ensemble découvrir ma liberté, oubliez donc tous vos clichés, bienvenue dans ma réalité !

sábado, 16 de junio de 2012

No alimente al troll


A veces uno se caza unas guerras absurdas. Guerras que no son guerras, sino más bien guerritas. Me pasó una vez por ejemplo, en un trabajo, que había una tipa que me odiaba. Pero cuando digo me odiaba,  no era odio del que siente un hincha del Necaxa, contra uno del Cruz Azul (¿se nota que los deportes no son lo mío?) sino odio del de Yo: Lupita Ferrer, Tú: Caridad Canelón. Odio novelesco. Dramático. Ridículo. Cursi. Patético. 



Regó horrores de mí en la oficina. Se burlaba. Y hasta la gente que era simpática conmigo comenzó a guardar silencio cuando yo entraba por las mañanas. Así que yo era la rechazada del grupo. A veces llegaba a la oficina y me quedaba encerrada en el carro. Le escribía a mis amigos buscando consuelo. No me quería bajar, porque sentía toda la energía negativa brotar en mi contra. No sé cómo no me fui. Es más. Hoy miro hacia atrás y me arrepiento, he debido recoger mis peroles, y largarme y no perder más tiempo en esa Guerra Fría sin armas nucleares de por medio. 

Lo absurdo del caso es que yo en teoría era una de las jefas en la oficina, pues tenía acciones en ese negocio, pero de más está decir que por una cuestión de nuestra cultura chauvinista, mis otros dos socios, que eran hombres, siempre tenían un talante de superioridad ante el grupo. A uno le da arrechera, pero esta cultura es machista, muy machista, y sí, a veces uno mismo se aprovecha de eso. ¿Cuántas veces no hemos ido en plan? 

-Seeeeñoooooorrrr (diente pelado, pecho para afuera, puntica de pie en el piso, carita de soy una damisela desmayada y cualquier cosa que no sea Camay extra suave me echa a perder mis manos de seda), me puede ayudar a cargar esta caja. - Y boom. Caballero andante. 

En ese caso me daba mucha rabia. Además, como me dijo una vez una amiga a quien quiero mucho. Esta sociedad no perdona a las mujeres que trabajan. No perdona el éxito femenino. Cómo cuesta encontrar gente que de verdad te alabe las cosas que haces. Pero de verdad. Sobre todo los hombres. Sobre todo las parejas. Pero ese no es el tema. El tema es que yo tenía allí una guerra. Que en ese momento mi vida estaba poblada por un troll. Que además multiplicó a otros trolles. Porque, los trolles paren. Como acures, si uno no controla su reproducción. 

Aquello se volvió una especie de, si tú dices blanco, yo digo negro. Si tú dices tiburón, yo digo sardina. Si tú dices McDonalds, yo digo zanahorias al vapor. Y yo alimentaba a ese troll como si fuera el cuidador de su zoológico. Buscaba y buscaba molestarme y yo, en mi frustración, me revolcaba más todavía, porque como el grupo entero estaba dominado, me veían en plan "ay supéralo, tú eres la feja, no alimentes al troll." 

El problema con la gente intensa como yo, es que no podemos tolerar cuando alguien hace esas cosas y quedarnos callados. No soporto que me vengan a implantar una superioridad por que sí. Sin ningún tipo de argumento. De idea. Lo que quiero decir es que me molesta cuando la gente es demasiado cuadrada, o repite paradigmas absurdos y además se molestan porque uno no lo hace. 

He aquí la verdad, los trolles no soportan que uno sea un espíritu libre, que no esté lleno de tabús ni de las necesidades vacías, sin sentido, y que en otras palabras tenga vida interior. Y tampoco soportan que uno tenga su filosofía de vida y decida ser fiel a sí mismo. Entonces te tratan de convencer y te hacen la guerra. Guerras. Guerritas absurdas y tontas como esta. 

Como la que me hizo otro troll luego en otro trabajo. Pero en la que al final, ya había aprendido a cortar por lo sano. No echo el cuento porque no quiero herir susceptibilidades, pero fue algo así como que yo estaba trabajando y él había hecho trabajos antes con la organización, entonces pretendía llegar a cambiar lo que yo dije porque "primero fue sábado que domingo." Era, insólito. Era la propia actitud de troll. 

Reconozco, lo alimenté por un instante. Luego dije, al troll, indiferencia total. Eso los mata. En todo caso, creo que todos tenemos trolles en nuestras vidas. Hay que aprender a no alimentarlos. Hay que recordar, los trolles se alimentan de energía negativa, de envidia, de verle a uno la cara de frustración. Los trolles están perdidos en sus propias inseguridades y sus complejos, y entonces lo quieren revolcar a uno en esa mierda. Como aquellos que por ejemplo, se las tiran de dietéticos, y tal vez lo son, pero se jactan de cuán felices son al saber la cuenta diaria de sus glóbulos rojos, que son más rojos que los tuyos porque "yo no como fritanga". Entonces estando contigo, tu agarras un tequeño y te miran con compasión, como Teresa de Calcuta miraba a los leprosos y dicen: "ay amiga, no hay nada como comer sano." 

Y uno como un bolsa. Con el queso que se estira, cosa que es un placer, ahora pensando, "hello revolverás, caderita de pera." Ahora me doy cuenta, que eso no es si no envidia. Porque esa persona no es feliz en su estilo de vida ayurveda y cero chocolate. No. Está insegura y amargada. Porque muere por comerse el tequeño sin sentir que se le va vida, pero tú sí lo puedes hacer. Siempre pienso en mi mejor amiga que es nutricionista, pero de las duras, que hace campañas de alimentación sana, jamás. Jamás. Me ha salido con una estupidez como esa. Por eso somos amigas. 

Lo mismo que la gente que lo ve a uno así con cara, de "ay pobres tus hijos, tú trabajas". O la gente que te critica tu colegio, tu color de uñas, tu forma de caminar. Soy una personalidad fuerte, y sí a veces me pongo camisas de caperucita roja y botas moradas, leggins de rayas de colores, y debo decir, que todavía eso me hace la heroína de mi hija. Sé que algún día me dirá "coño mamá, ponte otra cosa." Porque ese es el destino de la relación padre-hijo. Pero al final del día, siempre qué pienso en las cosas que quiero que aprenda y quiero que haga, pienso que lo mejor que le puedo enseñar es a ser ella misma. El lema de mi internado: be true tu yourself. La fidelidad es clave en tu relación más importante, la que tienes contigo mismo. Pero no quiero sonar como un libro de autoayuda. Entonces para darle un matiz distinto a las conversaciones sobre cómo vivir, le diré a mis chamos, uno aprende a hablar de niño y a callar de adulto, un consejo de vida: NO ALIMENTEN AL TROLL. 

viernes, 15 de junio de 2012

Un lugar público en el que sientes tranquilidad


Es una versión del oasis en la vida actual urbana. Llegar a un lugar en el que sientes que no estás completamente solo, pero a la vez no conoces a nadie y nadie te molesta. Te sientes casi como una edificación. Llegas a un café, consigues una silla cómoda, te acuerdas de Friends y Central Perk y el sofá verde donde se sentaban Chandler, Rachel, Mónica y el resto de los amigos. Te sientes feliz de ser parte de una referencia urbana, contemporánea, como si fueses realmente un hijo de tu tiempo y parte de la movida actual. Porque esta vorágine tecnológica y de rapidez en el cambio nos hace sensibles a lo nuevo y alérgicos a lo viejo.

Lo antiguo es más que pasado de moda, es delicado, porque a la vez hay un culto por lo retro. Una nostalgia por lo que ha pasado, porque no hemos tenido tiempo de digerir épocas que parecieran parte de la prehistoria pero que forman parte del grupo de años que acumulan nuestra biografía. Es grave, porque resulta que ya teníamos un reloj en la muñeca que marcaba días y meses en 1983 y de repente nos parece que eso es retro. Casi como si no lo hubiéramos vivido. El tema es que sí lo vivimos, pero no lo digerimos.

No hemos tenido tiempo, entre tanta guerra, tanto conflicto, tanto asesinato, tanta toma violenta del poder, tanta teoría nueva, tanta información, el daño que te hace lo que comías con tantas ganas, el daño que hace el problema que nunca hablabas con tu pareja, el daño que te hace pasar tanto tiempo delante de la computadora, el daño que te hace no distraerte lo suficiente, el daño que te hacer no hacer ejercicio, el daño que te hace no leer libros te digan cómo vivir.

Es demasiada información. Demasiada información para todo. A veces uno no ubica dónde termina el colectivo y dónde empieza el individuo. Por un lado somos más únicos que nunca, más un YO, un solo ente, casi aislado, como si el entorno no formara parte de nosotros y nosotros no fuéramos parte del entorno. Nos reducimos a un email, a una cuenta de twitter, a un número de cédula. A las preferencias que marcamos en el Facebook. Nos gusta algo, eso nos hace único, con nuestras emociones que nada tienen que ver con el cambio climático, ni mucho menos con las preferencias sexuales de un presidente.

¿Qué es uno al final? ¿Realmente tiene que ver con el futuro del planeta la cantidad de servilletas que acabas de agarrar para tomarte ese café? Es que no nos hemos dado cuenta. Que somos uno solo. Un solo mundo. Una sola Tierra. Un solo destino. Todavía se nos olvida que en el fondo la libertad se reduce a muy poco. Al menos en lo que al mundo externo se refiere. Vivimos sometidos a la voluntad de los dioses, que en pasado eran lluvia, sol, fertilidad y amor. Porque siempre hemos sido seres que necesitan copular para reproducirse y eso aplíquese como se aplique, de forma fugaz, casual, instintiva o pasional, siempre será amor.

Somos parte de la jungla de concreto. Del ecosistema de asfalto y acero, de las cebras que nos corretean pintadas con pintura blanca bajo la señal de paso peatonal en verde. Somos parte del ruido, de la avalancha de colores, sonidos, olores, de visiones a veces surreales. Somos tan primitivos como lo fue el hombre que descubrió el fuego y el que inventó la rueda, el que bajó del árbol, tal vez asustado por algún animal, tal vez porque entendió que la libertad no es externa, sino interna. Que al final se necesita un permiso para vivir, que no tiene nada que ver con la licencia biológica que nos dan los padres de la naturaleza y la madre Tierra, sino más bien con el permiso interno que nos damos para hacer las búsquedas a las que no llama nuestro espíritu y decirnos sin que nos tiemble la voz: YO PUEDO. 

domingo, 10 de junio de 2012

Quitapesares: Traducir...con Chocolate


La casa está silenciosa. La tengo toda para mí sin haberlo planeado. La grande está con su papá y el bebé duerme. Es casi un acuerdo tácito "está bien vieja, yo te voy a hacer la segunda de pasear un rato largo con Morfeo para que tú seas feliz un rato." Entonces yo reviso los espacios y me doy una vuelta por la cantidad de cosas que puedo hacer con un domingo un poco muerto. 

1. Tumbarme a leer un libro. 
2. Colgar los cuadros que aún no cuelgo. (Descartada no se puede hacer tanto ruido los domingos, no creo que me digan nada, pero sería bien descortés con mi vecino de arriba que es mayor)
3. Cocinar. Me acerco a la nevera. Lo veo todo. Cambio de idea. 
4. Recoger. Hago la cama. Llevo ropa que estaba tirada al cesto de ropa sucia. Ya. Dios no limpió un domingo. 
5. Bloggear la depre. Done. Inmediatamente me siento mejor. 
6. Adelantar tres páginas del Maratón de Lectura de La Montaña Mágica. Listo. Se siente bien adelantar trabajo. Pero entonces me digo, eso en sí no es un placer. 

Siento que el chamo se remueve en la cuna. ¿Será que me quiere regresar ya a mi rutina dominical? Morfeo, dame una hojita más por favor. Yo no duermo mucho. Tómalo de mis horas acumuladas. Pienso en echarme frente a la tele. Embrutecerse es un placer culposo y divino. Entonces me doy la vuelta por la biblioteca y encuentro un libro que se llama "Le plus beaux textes de l´histoire de l´art" (los textos más bellos de la historia del arte). Qué título encantador. Tentador. Además es un libro de papel glasee, que huele a gloria, con fotos de obras de arte que son para morirse. Amo ese libro. 

Pienso, me voy a sumir en un placer gallo, no por pretensión, sino porque tengo ganas: voy a traducir. Y antes, le voy a tirar un placer de ñapa: un cuadrito de chocolate con leche Milka morado, antes del almuerzo. 



Y voy a cerrar esto y a postrar, y escucho unos gritos que vienen de un apartamento vecino…Claro, están viendo el fútbol. Verdad que hay placeres y calvarios en todos lados.  

Buscando Placeres


En la Venezuela de hoy en día qué difícil es ser joven. Es imposible ser libre. Es una tarea casi absurda ser optimista. Hay que ser un loco para ser feliz. Y ojo, yo adoro a mi país, y no me quiero ir por nada del mundo, pero a veces siento que esta relación amor odio me está matando. Porque mentiría si dijese que no hay días en que en realidad la situación puede más que yo.

A veces es muy difícil no sentirse como una especie de insecto. Como si uno fuese una especie de mariposilla de esas, polilla, que tienen una alas de por pura biología estricta se llaman así, porque a penas si te levantan del suelo. Lo único que te queda es pegarte a un mueble de madera y consumirlo hasta que desaparezca, junto con las demás polillas. Y luego, aparecerá otro mueble, otro escaparate, nadie sabe cómo, ni de donde, o sí. Lo sabemos, nuestra madera es negra y está bajo tierra y la vamos sacando, siempre con la idea en mente de que eso se le va a secar a otro. Cuando ya estemos bien muertos y no seamos ni polvo, y entonces ya no será nuestro problema. Somos mineros, o peor, como decía Cabrujas, somos huéspedes en un hotel. 

Un pelo depre

La vedad es que a veces me siento cabizbaja. Entre la paranoia, la dificultad para hacer cualquier proyecto, la apatía de la gente. Eso es lo que me mata. La apatía, la flojera, la desconexión, el cinismo, la abyección, la carencia de alma, la facilidad con que se critica todo, y además la arrogante convicción que tenemos todos de saber muchísimo de política y de opinar como si supiéramos. Es que a veces de verdad, somos unos cabrones. 

Nos criticamos nos a otros y nos alabamos virtudes que realmente no lo son. No existe una verdadera meritocracia, y la injusticia está mucho más allá del sistema judicial. Nos mueve la envidia. Y como leí el otro día en el parabrisas de un camión (parece mentira cómo los propuestos y los camiones a veces tienen lecciones de sabiduría que te marcan más que la obra "milpaginaria" de algún famoso erudito) "la envidia mata." 

¿Qué nos pasa? De verdad. Aquí  matan a la gente y es como si nada. Y no es nada más el gobierno. Ni la policía que te regaña si le dices "mira, le acaban de arrancar el teléfono a un señor allá abajo." Y la respuesta "bueno, para qué anda hablando teléfono por la calle. ¿no sabe dónde vive?" La gente ya te levanta los hombros frente a la corrupción porque "todo es así." o "es así en todos lados." Estamos siempre esperando que otro haga. Cómodos. Esperando. Esperando y mientras no pasa nada. Y los que hacemos algo nos ven así como "ay pobre come flor, le va a dar una diarrea del Pleistoceno."

Y me pregunto. ¿Qué hacer? Cómo combatir el vacío que a veces se siente. La falta de ganas. El poco interés. La soledad desmedida. La que va más allá de la natural. Está sensación de no hallarme en ningún lado. De encontrarme a gente y sentir que en mi soundtrack de vida suena Creep de Radiohead. 

Bueno, lo voy a hacer copiándome una idea. Es de un tipo que llegó un día con una sensación parecida a la que tiene uno (sin los setenta muertos cada fin de semana, ni la escasez, ni la amenaza de expropiación del lugar de trabajo, etc…pero cada quien tiene su propio calvario) y en medio de su crisis existencial decidió ir documentando pequeños placeres. 

Y eso pienso hacer. Porque la vida a veces es seria. Y hay que estar a la altura de los grandes acontecimientos. Pero también hay que hacer burbuja, porque es corta. Y no vaya a hacer que de verdad las décadas hayan pasado. No vaya a ser que la cédula de identidad tenga razón, ya no eres menor de edad, aunque todavía no seas mayor, ni estés llegando a la tercera edad. A lo mejor todavía estás comiendo verdes en país en el que si quieres las maduras, vas a tener que no sólo que cuidar el árbol, sino meter en el congelador, y enterrar una que otra bien profundo en la tierra. Pero eso no quiere decir que no hayan cosas buenas. 

Placeres hay y muchos. Grandes, pero sobre todo pequeños. Y viendo la experiencia de este señor, cuando uno lo descubre, la cosa como que mejora. Vamos a ver. 

jueves, 7 de junio de 2012

Miedo 3: Preguntas Absurdas


Días que se hacen demasiado largos. Demasiadas preguntas. ¿Quién soy? ¿Qué hago aquí? Si me muero mañana, ¿habrá valido la pena? ¿Será que de verdad nadie me entiende? O es que yo me entiendo. O me sobrestimo. O será verdad que me subestimo. ¿Por qué será que siempre la voz se lleva lo mejor de mi autoestima? ¿Los cabrones son más felices? ¿El malo siempre pierde? No. Yo he visto malos que ganan. ¿Seguro? Bueno no. Hay buenos y malos. O no. Hay regulares. Al final somos una gran mayoría de regulares, unos cuantos buenos y unos cuantos malos. Pero por alguna razón los cuantos malos están dominando las cosas, lo que quiere decir que la mayoría de regulares no hace un coño y los cuantos buenos no están haciendo las cosas como las tienen que hacer. Ahora claro, los regulares, cuando te pones a ver, no son del todo buenos. Porque siempre por más bueno que seas tienes algo malo. ¿No? Entonces. Creo que uno termina en ese lugar en que los extremos no son buenos. Pero sí creo que hay gente mala. Que no tiene casi nada de bueno. No sé qué nos pasa al resto la verdad. Apatía y flojera. Comodidad. Facilismo. Noesculpanuestrismo.

¿Será que de verdad puedo cambiar el mundo? ¿A dónde se me ha ido el tiempo que he perdido?  ¿De verdad puedo hacer tantas cosas? ¿Será que cuando me levante un día ya vieja me voy a dar cuenta que tres  cuartas partes de lo que me quitó el sueño de joven no valía la pena? A veces no sé que estoy construyendo para mi futuro. Yo sé que mi vida son los libros. Pero a veces muevo tanto los otros que se están quedando en el camino los que yo tengo que escribir. Joder. No me puedo olvidar de lo que yo tengo que escribir. ¿Y todo lo demás?

Sí niña. Estos son los días en que “te pones un poco intensa.” Pero dime ¿de qué carajo sirve la vida si uno no es intenso? ¿Para qué vino uno? ¿Para ser un café con leche? ¿Un guayoyo? ¿Uno de esos americanos que no te puedes ni tomar porque saben a agua sucia? No gracias. Yo quiero ser un expresso doppio recién salido de la máquina. Que todavía echa humo. De esos que te desvelan. Que te aceleran. Que te hacen presentir problemas del corazón.

¿Será que necesito implantes? ¿Será que estoy arrugada? ¿Será que de verdad importa ser flaca o gorda? ¿Será que de verdad importa la marca de la cartera? ¿Y si estoy equivocada? ¿Si los come-mierda del universo tienen razón? Seré un weirdo toda la vida.

Se paga un precio alto por ser quién uno es. De verdad que sí. Suena demasiado fácil. Pon Placebo. Súbele el volumen a Plasticine y declárala tu canción favorita. Pero no es así de fácil. Nada que valga la pena nunca lo fue. Así que mejor meter la cabeza  bajo la colcha. Agarrar fuerzas. Abrazarse a lo que uno quiere ser. Y hacerse preguntas. Lanzarlas al aire y después olvidarlo todo.

No sé. Demasiadas preguntas es un miedo. Un miedo arrecho. Una trampa peligrosa. Mejor no hacerlas y aplicarle a la vida un poco de tercermundismo. De tranquilo, que no sabemos cómo pero al final todo se arregla. Si no, uno corre el peligro de tomarse la vida demasiado en serio.

martes, 5 de junio de 2012

La Señora de los Libros


Ayer fui panelista en un foro por primera vez en mi vida. La verdad es que como todo lo que me pasa, lo bueno sobre todo, yo no me lo creo, y no me lo creí, hasta que entré en el auditorio y estaban poniendo sonido y vasos de agua. Me entraron ganas de decirle al organizador, “mira pana, yo creo que confundimos las cosas, mejor vamos a dejarlo así y que hablen los otros. Es que en serio. Pregúntale a mis panas, yo tengo una capacidad para decir burradas, que es más grande que la que Diosa Canales tiene para mostrar el culo por Twitter. Mira, para ponerte un ejemplo, hace dos días estaba con unos amigos y dije que quería ser mesonero. Cosa que no tiene nada de malo, pero no expliqué que eso fue hace como cinco años y que había descubierto que la paga era buena y mi primo y yo teníamos un sueño de montar una escuela de mesoneros y aprender el oficio. Y bueno, cuento corto lo que se entendió fue que olvídate de ser escritora yo quiero ser mesonero. ¿Tú te imaginas que yo diga algo así aquí?

Además me pasó que como llegué muy temprano, porque para añadir angustia al asunto, ya me habían pasado sesenta cosas y no necesitaba una más. Me senté al lado de otro ponente. Un profesor de derecho de la UCV que es una de esas personas que cuando la conoces te provoca interrumpirla y decirle “Ya va señor. Es que, yo quisiera decirle que me gustaría que fuéramos amigos para toda la vida.” Gente especial pues. Que te hace sonreír. Puede ser que este señor sea el hombre más culto con que he cruzado palabra en mi vida. Además me dice que él no es experto en la obra de Thomas Mann (Ah, no les había dicho era el Foro de La Montaña Mágica) y que no sabía por qué estaba allí. Luego empieza a hablar de toda la obra de Mann, a recorrer la novela dándome su análisis su manera de ver las cosas, y yo me quedé así como…ahora si es verdad amiga que usted no tiene nada que decir en este panel.

Cuando la cosa empezó habían unas treinta personas en el auditorio. Eso en este mundo literario es así como un juego Caracas – La Guaira. Además habían jóvenes, alumnos de la Universidad Metropolitana y uno sabe cómo son los jóvenes. No voy a decir que di el discurso de J.K Rowling en Harvard. Pero no me fue tan mal. Expliqué por qué creo en la lectura, que dedico mi vida a ello, que leer es fundamental sin importar a qué te dedicas en la vida, y que es através de los libros que uno trasciende. Luego hablé un poco de mi experiencia como lectora luego de haber aceptado el reto de 1048 páginas. Y sobre la novela y por qué la considero, luego de leerla, una novela fundamental.

Después hablaron los demás ponentes. Más tiempo que yo. Uno es Andrés Broenner librero de Noctúa y luego el Dr. Mario Pesci-Feltri. Cada uno dio su análisis profundo de la novela. Dentro de lo que cabe, pues la novela es tan amplia que tomaría demasiado tiempo discutirla. Pero fue sensacional. La verdad es que salí con ganas de volver a leer y de seguir trabajando duro en el Maratón de Lectura que montamos con El Perro Naranja en el que te llega una página diaria de la novela por mail. Una forma distinta de leer.

En todo caso. Para mí fue un día especial. Todo el mundo me pregunta cuándo voy a publicar libros. La verdad yo no escribo con estrés de publicar. Sé. Sé que tengo que compartir mi trabajo. Sé que es una tarea y que tengo que dejar el miedo de lado. Pero, cuando ese momento llegue. Llegará.

Creo que por ahora voy a publicar, por esta vía. Tal vez en este mismo blog el libro que escribí hace ya dos años. No es nada del otro mundo. Es una historia fantástica y con millones de cosas que corregir. Lo sé. Pero ese fue mi primer intento. Así que lo voy  compartir aquí. Después de todo, yo empecé a escribir eso como un ejercicio que quería compartir así. En el blog. Cuando comencé a escribirlo no era el libro que quería escribir.

Ayer me di cuenta que si uno se queda fiel en su camino. Si uno recorre. Si uno aguanta. Las cosas llegan. A lo largo de los años me insisten en que tengo talento para muchas cosas (gracias los amo a todos los que creen en mí.) Que debería estar en la radio, en la tele, que por qué no hago tal casting, que por no hago tal otro. Pero mi idea en la vida, con todo respeto al que viva así, no es ser alguien. Yo quiero hacer algo.

El otro día estaba montada en un columpio con la punta de los pies hacia el cielo, y escucho la voz de un niño que grita “¡Maaamaaaaa! ¡Esa es la señora de los libros!” Escribo esto y se me llenan los ojos de lágrimas. Jamás me ha gustado tanto que me llamen señora. Ahí  me di cuenta, eso es hacer algo, el nombre, tal vez eso le importe a los abogados, al banco. Pero a la vida, a la vida le importa más lo que define eso que haces. Y entre tantas cosas que quisiera que pusieran en mi tumba, debo confesar que junto a “no soy una señora” me encantaría tener “la señora de los libros.”

Y bueno. La señora de los libros estuvo ayer en un panel. Mi primer panel. Después les cuento de las peripecias para llegar allí. El día fue Kafkiano, empezando por que mi hija no tuvo clases y casi tuve que llevarme a los dos chamos al auditorio. Eso sí hubiese sido una montaña mágica.