lunes, 23 de julio de 2012

Día 7


Ejercicio de calentamiento: 

Creo que tengo una tendencia al voyeurismo. No el sexual, el existencial. Me gusta ver lo que hace la gente. Me encanta ver las ventanas abiertas y ver qué pasa dentro de los apartamentos. Cuando ando de noche por la calle me quedo viendo las ventanas por las que sale una luz verdosa, como de neón, me encanta ver cómo esa luz de pronto se torna más azulada, o morada, a veces blanca y reconocer que allí están viendo televisión.

Entonces empiezo a imaginar, tal vez será una familia. Una familia de cuatro, que decidió esa noche ver una película que había propuesto la mamá desde hacía tiempo, y esa noche, por fin, decidieron complacerla. Y al final, la regañarán con cariño, porque las mamás con el tiempo se nos va ablandando el corazón, y nos gusta ver esas películas melosas y tiernas, con un mensaje súper positivo para las mujeres de cierta edad. El amor sí existe. La belleza física no lo es todo. Y el esfuerzo que has hecho durante todos estos años sí que merece la pena.

Otras veces imagino una sala con un sofá viejo y gastado. En el medio una mesa rectangular y enfrente una televisión, como las de antes, que tenían un culo enorme. Ahí un partido de fútbol que ve un gordo vestido con una camisa de rayas. Ese gordo es el marido de una mujer agotada, llena de rollos, mentales y en el pelo, que ya no sabe bien qué hacer para que su marido la tome en cuenta. Nunca he pensado si tienen hijos o no. No sé. Imagino que si los tienen están dormidos o encerrados en su cuarto, pero ella está en la cocina. Porque no le gusta el fútbol. Porque el marido jamás la invitó a ver el fútbol con ella. Porque en el fondo ella sabe que al marido le importa un pepino si ellá está con él o no. Es lo peor de todo, ni siquiera es el odio, es la indiferencia. Un desprecio silente que lo va carcomiendo todo. La autoestima. El deseo. La vida en general. Y me imagino que ella en la cocina sigue buscando algo de actividad para no pensar. Limpiar las ollas. Ya. La nevera, por dentro y por fuera. Ya. Sacarle brillo al caldero. Ya. Hacer la lista de la compra. Ya. Dejar una sopa hecha para mañana. Ya. Poner a remojar la ropa delicada. Ya. Siempre he pensado que las casas en extremo ordenadas esconden muchos secretos.

Tal vez pienso eso del orden porque yo soy una persona desordenada. No en extremo. No como una casa a la que entré una vez en la que el chamo tenía la ropa en el suelo. Literalmente. Era un montón. Una montaña de pantalones, camisas, medias, interiores, todo tirado frente de la cama. Como si nadie le hubiese dicho que había otra forma de mantener la ropa. Ese era su sistema. Cada quien tiene su sistema, dependiendo de cómo lo criaron y cuál fue su experiencia. Para unos requiere seguir al pie de la letra, de forma mecánica y obsesiva el un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar. Para otros el sistema es distinto.

Tengo una amiga que una vez llamó la policía porque estaba llegando de vacaciones y escuchó un ruido raro en su apartamento. No abrió la puerta hasta que llegó la patrulla y los oficiales fueron los que entraron primero. “¡Señora la robaron!” Y ella muerta de pena no hallaba como decirle, no, lo que pasa es que este es mi sistema, y eso que ordené antes de salir.

Yo soy más o menos así. Tengo mis manías. Los voyeuristas que se asomen por mi ventana se darán cuenta que soy obsesiva con hacer la cama. No puedo estar mucho tiempo levantada y que estén las sábanas locas, desarregladas, el cubrecamas en el piso, junto con los cojines. Me siento enferma. A menos que sea domingo. Aunque los domingos hago la cama, si puedo tolerar dejarla sin hacer un domingo. Es una manía. Es algo que no tiene explicación.

También me molesta que los cepillos de diente no estén en un vacito, en forma vertical, y que la pasta esté estripada por todos lados. Me gusta ir apretando desde el fondo del tubo para que salga todo. Así me lo enseñó mi mamá. Es una manía heredada. No me importa que las medias blancas y las de colores estén juntas y puedo tener ropa limpia y doblada al pie de la cama semanas. Literalmente semanas.

Mi escritorio es un caos. Un desastre. Un poco como es mi cerebro. Aquí una factura, allá un folleto de unos cursos de no sé qué, más allá unos colores y por allá unos dibujos de la pioja. Las plumas están en una gaveta junto con las fichas y los cuadernos con los que trabajo, en esa gaveta no me gusta meter más nada. Es como pedirle a las demás cosas, porfa dejen a estos tranquilos que estos son importantes.

Eso es en referencia al orden. ¿Cómo se verá desde abajo mi ventana? También me gusta hacerlo. A veces llego a la casa y escucho al bebé llorar. Es la casa donde hay un bebé. Y subo corriendo y casi siempre es que uno llega justo a la hora en que se levantan de la siesta. Otras veces veo la ventana de la parte del salón donde está la compu. Una luz amarilla. Estática. Me imagino que mi esposo ya llegó y la prendió y que todo está tranquilo, porque yo llevo la marabunta encima y todo va a cambiar en lo que la llave, que voy a pasar cinco minutos pescando dentro de mi cartera, de la vuelta a la cerradura y entremos con nuestro ruido, y se prendan otras luces y comience la rutina más agobiante del día, la de acostarlos. Esperando ese momento en que podamos apagar las luces y sumirnos la penumbra del televisior. Yo siempre me levanto a la media hora. Si sigo allí no aguanto y últimamente me cansa la televisión. Entonces me imagino que de abajo se verá una luz, la de mi ventana. Una luz blanca pero un hilito de luz. Como un círculo que se ve en un extremo de la ventana y que desaparece en la oscuridad. Se notará que es una lámpara, y yo si lo viese desde abajo diría, allí alguien está leyendo. 

viernes, 20 de julio de 2012

Día 4 Un poco intenso



 Ya llego al café y el señor de la barra me dice “jugo de naranja y café con leche”. Sí. Ya soy de aquí. Me saluda el señor del perro y yo saludo a su perro. Es un perro negro, peludo y pequeño, con la cola en un arco invertido que denota que es de raza, de varias razas. Esos son los mejores. Aunque yo amo todos los perros. Soy canina, aunque aprendí a querer los gatos, ciertos gatos, no todos. Pero no me molestan en general.

En todo caso, me quedo viendo al perrito negro. Simpático. Me implora una caricia con su mirada. Tiene esa mirada de perro tranquilo, amable, fiel. Se ve que es de esos perros que sufren de ataques graves de ansiedad de serparación, que no van a morder al amo aún cuando este de zapatazos, portazos, periodicazos y todos los “azos” que hacemos los humanos cuando nos falla la inteligencia emocional.

Yo veo a este perro y pienso en la falta que me hace mi perro. Creo que todo el mundo debería tener un perro. Una mascota al menos. Siento que el contacto con los animales humaniza y calma. Y me podrán llamar loca  pero creo que a veces es hasta un ejemplo. Aunque como todo uno se da cuenta tarde, o sencillamente no se da cuenta.

Extraño mucho a mis perros. Desde que me mudé de casa de mi mamá ya no viven conmigo, y la verdad, aunque mis hermanas viven diciéndome que los olvidé y tal y que se yo, eso no es lo cierto. Los extraño. La compañía de un perro es reconfortante, es como esa manta de seguridad que tuvimos que dejar porque la edad impedía su uso, porque había que acoplarse a la regla de que a medida que creces tienes que hacerte independiente y valerte por ti mismo y no puedes andar dependiendo de nada. De muletas emocionales sobre todo.

Pero todos en algún momento necesitamos una andadera, un coche, un carro que nos ayude a llevar el peso de lo que estamos viviendo. Porque la verdad es que a veces uno no puede solo. Me pasa que siento que a veces el mundo se ha vuelto tan sínico, tan desalmado, tan competitivo, tan quítate tú para ponerme yo, tan quién eres tú, quién te crees que eres, que uno no sabe en quién confiar.

Es la anorexia emocional. Así como nos vemos obligados a estar físicamente perfectos, porque las portadas de las revistas nos ponen a competir con el Photoshop y a pasar hambre, así mismo tenemos que maquillar nuestras vidas para que parezcan perfectas. Basta meterse en Facebook. No todo el mundo, pero mucha gente. La gran mayoría me temo, te presenta un feed que parece un gran esfuerzo por convencerse de que todo está bien. De que todo es perfecto. De que Edith Piaf veía las cosas a través de sus lentes color de rosa, y uno los ve a través de sus lentes photoshop.

Si la vida es una mierda, basta con una cita de autoayuda. Si tienes una inseguridad basta con una frase de una canción o de un libro. Y ya. Pones la foto de la rumba. Si te sientes insegura como mamá todo lo arregla una foto de la niñita sonriendo, y que todo el mundo piense, y se de cuenta que nada te afecta, que no necesitas muletas, que no eres humano, que eres…joder, normal. Que cabes dentro del molde, que no piensas más de lo que te toca pensar, que no te sales de la norma, que no opinas sobre temas controversiales, que no escatimas en tiempo para dejarle claro a la humanidad que tú al final de te convertiste en alguien de provecho, de bien, que llegaste al fin de tu historia mucho antes del fin de tus días, que todo valió la pena. Al final valió la pena porque mira, diez likes en Facebook.

Precisamente solía gustarme de las redes sociales que a veces me hacían sentir menos sola. Pero últimamente es lo contrario. A veces siento que lo que realmente importa en el mundo se va yendo por un caño, como el agua se va cuando levantas la tapa de una bañera. Poco a poco. Cada vez más vacío. Más artificial. Menos sincero. Menos auténtico. Hasta el punto que estoy considerando ponerme tetas de silicona, y lo veo como una decisión totalmente normal, sensata, porque ya no es suficiente con lo que uno tiene. Hay que ser perfecto. Hay que ser normal, y un poquito más. Y la consecuencia no es otra que el desengaño.

Y yo termino aquí porque tengo que ponerme a trabajar. Pero sé que este es uno de estos posts a los que muchos reaccionan con un: hoy estás intensa. Y eso…eso es la prueba lo que digo.

Light es bueno. Pero no todo el tiempo. 

PD.: Hoy entraron tres perros al café. Uno los cuales era un boxer inmenso. lo traté de tocar y me ladró. 

miércoles, 18 de julio de 2012

Día 3.5


Día 3.5

Cambié de café. No por nada. Mañana volveré al de siempre. Con todo y que hoy me trataron mal. Medio mal. Me ignoran pues. Porque aquí son así. Unos antipáticos, hasta que te das cuenta que se están burlando de ti y es un humor negro absurdo que uno no capta. Así en plan, ah ok. Era chiste. Osea que en el fondo si eres pana. No sé. Creo que tiene algo que ver con que la gente no se ve a los ojos. Y cuando se ve es como intenso. Y entonces sonríes y ahí los desarmas por completo, porque estas ciudades enormes, llenas de gente son muy inhumanas. Son casi tan inhumanas y antisociales como las redes sociales.

Lo cierto es que cambié de café. Tenía tiempo diciendo que me quería sentar aquí. Aquí he pasado varias noches porque este es el último lugar que cierra en la madrugada. Corrección, creo, si la borrachera no me engaña, que no cierra. Está abierto  24/24. Es de esos lugares que son feos, pero no son feos. O me lo recordaba más feo. O es que lo remodelaron. No sé. No se pueden confiar en los recuerdos salidos de la metamorfosis mental de la borrachera. Lo cierto es que yo tenía un miedo con este lugar. Pero a la vez un grato recuerdo de haberme reído, reído, reído tanto. Y lo mejor de todo, de haber amanecido al día siguiente sin razón. Un poco como uno se imagina que va a ser el cielo. Borracheras de risa, sin ratón y al día siguiente muchos libros, purruños del ser amado, chocolate y sexo. Ah, y raciones de papas fritas que no engorden. El culo de Cindy Crawford. ¿Me faltó algo? No. No estoy pidiendo la perfección. Yo me quedo con mi dedo chiquito del pie encaramado y mi diente canino un poco montado. Ese que me costó tremendo lío entre mi mamá y el dentista y en el que yo salí regañada, pero sin aparatos. Los odiados aparatos.

Cambié de café por una razón. Es de noche. Y pensé que como era de noche debería hacer algo diferente. Además pensé que como es de noche me debo a mí misma salir. Joder. Vivo en una ciudad en la que no se puede salir ni a la esquina a ninguna hora sin sentir que a menos que tengas las bolas de James Bond, el pecho de Batman, la capa de Superman y el soporte técnico de Jack Bauer, las probabilidades de que alguien te joda son grandes. (Sí. Pensé en las tetas de Supergirl, pero esas sólo sirven para levantar no para evitar jodidas callejeras, y además, no hay que ser súper-heroína para tenerlas, sólo tener acceso a un Credi-Lola).

Así que cambié de café. Pensé en venir una mañana, porque una vez vi aquí una omelette que se veía buena. Pero entonces me asaltó el tema de la rutina y la fidelidad y me quedé en Le Parisien. Pero como era de noche, y hoy ha hecho calor. Cambié. Ya lo dije. Me metí aquí en el Old Navy.

Aquí escribió Cortázar. Nada de cursilerías de “tal vez se sentó en esta misma mesa…” nada que ver. Las paredes están recién pintadas, la cuenta es electrónica, hay calcomanías de Visa, Maestro y MasterCard en la puerta, y un Body Shop al lado. Esto apesta a globalización, se pone peor si te fijas en el logo de Coca-Cola en el pizarrón que tiene el menú. Pero igual es un lugar en el que nadie se fijaría. No es pintoresco. Ni tiene sillas de cuero, ni mesitas redonditas. No se ve gente chic tomando traguitos de copas con líquido rosado que se ven asquerosas, o vinito blanco porque hay que seguir la recomendación de la tía que cuando le dijimos, tía vamos a París, ay mi amor, tienes que ir al Mondrian o un café que se llama Le Pré y tomarte un vinito viendo a la gente pasar. Tu sabes, como hacen los parisinos. No. Este lugar no huele a Chanel Nº 5. Aquí huele a steake tartare y papitas fritas. Y yo me estoy muriendo por pedir una ración de papitas fritas, con salsa de tomate (porque soy hija de la globalización y a mucha honra, qué carajo. Arriba el libre mercado. Me la trae y que sea Ketchup. Para vainas caseras tengo un cerro de libros de cocina. Nunca he entendido el ir a comer fuera esperando “algo casero”.)

No voy a pedir paptias fritas por dos razones. La secundaria: engordan. De ahora en adelante engordar es secundario. De verdad. Sorry. No, es que me quiero poner como una pelota de playa. ¡Quiero vivir! Eso es todo. Así que si se me acaba esta cerveza pido otra. Y que se jodan los enfermos. Y mañana caminaré como alma en pena. Suena Robert Plant, me siento rebelde. Se cuenta y no se cree. Después de leer mi libro me dirán, una segunda cerveza, ¿era un acto de rebeldía? Bueno. No sé. Habrá que leer el libro y me dirán.

Por cierto. Las páginas me llaman. Se acaba este ejercicio de calentamiento. Me tengo que ir. De regreso a la historia. Si quieren estar a tono con mi día, pongan Fate of Nations de Robert Plant. A través del sonido escucho que alguien dice en francés, es que ella está sola…se acerca un tipo. Demasiado galán y me regala una flor. Yo pensaba que eso ya no existía. Pero como que si existe. Y yo que pensé que las flores se habían acabado. Y yo que pensé que los vendedores de flores de las calles jamás vendían. Para mí siempre han sido un enigma. Tal vez el tercer libro sea sobre uno de esos vendedores. Tal vez un día uno de ustedes venga al Old Navy y yo les venda flores, y parezca algo raro, pero no, sólo sería yo tratando de meterme en otra piel. Cosa que voy a hacer justo en este momento.

La cervecita me está mandando una especie de cosquilla que es como cuando el avión dicen por el autoparlante “verification de la porte possée” o si es American es algo como “Flight attendants prepare for takeoff”. Nos fuimos de aquí señores. Las ficción nos espera. Cualquier parecido con la realidad…no es coincidencia, es una cagada.

PD.: Sneak Preview: así empieza la novela. Es la advertencia pues.

Día 3 - La Paranoia


 La Paranoia

No sé si antes te ha pasado. Pero es ese momento en el que tienes varias ideas de lo que podrías hacer con tu vida, y ninguna te suena plausible porque al final sólo hay una cosa que te da vueltas en la cabeza. Vueltas y vueltas y vueltas. Y el problema es que cuando uno le da demasiadas vueltas a algo en la cabeza, pierde toda la perspectiva, de pronto, de tantas vueltas el horizonte se invierte, y todo lo que estaba arriba, o debería estar arriba, desde el tope del Empire State Building, hasta la Osa Mayor, de pronto están un sótano. El sótano de tu mundo invertido e imaginario.

Y mi cabeza sigue. Y si….y si….y si….y generalmente los y si…van seguidos de imágenes de cataclismo y horror. ¿Cómo será el fin del mundo? ¿Qué tan blanca será la espuma de los caballos del apocalipsis? No sé. Pero comparada con las imágenes que dan vuelta en mi cabeza es cupcake.

Después viene el raciocinio. Con su voz queda. Arrinconado por ahí, en un lugar oscuro a donde lo relegaron las imágenes ficcionales del fin de todo, y empieza “ven acá. La vida no es así. Las cosas no funcionan así. Nada es ni tan horrible, ni tan definitivo como te lo pintas. Has visto demasiadas novelas. Tu concepción del mundo es demasiado blanco o negro. Hay matices de gris en todo. Todo es relativo y aunque las catástrofes existen naturales, económicas, sociales, amorosas, personales y frívolas, lo cierto es que, no creo que esta sea una de ellas. Paciencia.”

Sí. Tiene razón. Es que la paranoia, y su principal y peor síntoma, la proyección del horror, son las enfermedades más contagiosas sobre la faz de la tierra. Más que la que llevaba aquel mono en la película de Dustin Huffmann que mató a la mitad (o más) de Estados Unidos y por consiguiente del mundo, porque Estados Unidos es más de la mitad del mundo, el resto es monte y culebra, y no sirve sino para hacer cosas que provocan la debacle de la economía mundial. ¿No es así? No. No soy antigringa para nada. Yo me sé el himno nacional, y el juramento de fidelidad a la bandera, y la mitad de mis pensamientos son en inglés. Porque lets face it, eso es lo más probable que suceda cuando pasas tu adolescencia pelando bola en un internado gringo.

De hecho. En mi trabajo hay palabras metidas en la mitad en inglés. Lo siento. De verdad les pido perdón a los futuros, espero, (ok, ahí está la paranoia de nuevo. ¿Qué tal si no termino el trabajo? ¿Y si es una mierda? ¿Qué tal que publico esto y nadie lo lee? Hasta mi mamá se ladilla. O peor se arrecha. ¿Y si gusta? Y si termino como la película aquella que me contó mi amigo, que la ex del escritor se aparece en las primeras escenas, buscándolo para matarlo. Creo que algo así puede suceder. Aunque en realidad no hay personajes reales en la historia. Sólo uno. Uno que me voy a dar la libertad de poner, para que me diga, eres una marica Clara Machado. Y ya nada más con eso él debe saber, si es que ahorita tiene tiempo de leer esto, saber que es él. Pero él se va a reír y no se va a molestar. Es más se lo va a leer y se va a morir de la risa. Porque creo que da un poco de risa, ver la vida angustiosa de una protagonista que sabe de muchas cosas, pero que nunca ha sabido qué hacer con su vida. Paranoia. Paranoia. Paranoia a Little more). Les decía que mi trabajo tiene algunas palabras en inglés. Suelo hablar así, más no escribir demasiado así, me parece de mal gusto. Un poco antipático. Como esas páginas en francés de La Montaña Mágica, de la traducción de Edhasa, que no están traducidas al español. Bueno les faltó poner, durante estas 10 páginas, si no sabes francés…pues jódete. No estoy de acuerdo. Y más que esas páginas son importantísimas. Por cierto, hablando de La Montaña Mágica, me retrasé horrores, pero horrores en el maratón. Así que en estos días en vez de escribir este Diario de Manu Jones, escritora vagabunda, insegura y paranoica, me voy a tener que sentar a transcribir la novela, con una de esas nubecitas de diálogo en mi mente. ¿Sabes? Como las que salen en las comiquitas, pero en vez de diálogo va a estar la cara de mi catire, meneando de lado a lado, como diciendo, no entiendo qué coño estás haciendo. Yo sí.

Bueno. Si por fin esta novela llega al mar, y pasa a ser uno de esos libros en oferta porque nadie lo compró y editoriales y librerías lo quieren rematar y alguno de ustedes lo ve por casualidad y que, veeergaaaa, aaayyyy chica, el libro de la bloggera aquella que contó cómo lo escribía en París. ¿Será? Sí. Sí debe ser. Mira. Ay déjame llevármelo, así sea de recuerdo. (Paranoia. Paranoia once again). Entonces yo diré, que sabía perfectamente lo que estaba haciendo con lo de La Montaña Mágica y que lo que es más. Me ayudó. Y mucho.

Listos para comenzar el día 3. Como diría Mecano, el control en Tierra dice a Laika adiós….¡Y faaaaaaaaaaaaaaaaack! Se me quedaron los audífonos. Esto va a estar duro hoy.

Paranoia. Paranoia. Espera un rato. Y después nos vamos a tomar un trago juntas, mientras debato si no será una irresponsabilidad ignorar tus imágenes de desastre o  mejor entregarme a la filosofía de “lo único más difícil que cambiar el pasado, es predecir el futuro”.

PD y Note to Self.: Las chaquetas de bluejean no abrigan. Los vestidos demasiado cortos no son apropiados para las mamás de niños menores de cinco años. (No. No es pacatería, es que cuando te agachas a recoger, chupones, juguetes, galletas, cerrar coches, abrir coches, poner cobijas o sweaters, limpiar manos, lágrimas o dar compotas, o tercera galleta bajo amenaza de que es la última. Pareces el video oficial del reguetton que dice…estás en falda y se te ve toooo).

PD2: Me tocó ir a buscar los audífonos y dejé la compu a cargo del mesonero. Qué bolas. Qué bolas de verdad. La paranoia no sirve para lo que tiene que servir. 


martes, 17 de julio de 2012

Día 2




El sonido de la Mac al prenderse.  Es el día II de mi trabajo oficial. Yo pensé que era el dos de cuarenta y cinco, pero son mucho menos. Con suerte llego a treinta señores. Así que hay que ponerle los motores al ejercicio de escritura.

Perdón mundo. No puedo Twittear estos días. No puedo casi Facebookear. No voy a instagramear, y a mis amigos acostumbrados a mis divagaciones vía Messenger del Blackberry, lo siento. Esa broma aquí sale muy caro y no tengo tiempo. Demasiado trabajo. Demasiadas cosas que hacer. Incluso está cancelado el hablar con los vecinos de mesa del café. Siempre hay alguien con vocación de periodista que pierde la curiosidad y decide que te va a hablar y te va a preguntar a lo niño de dos años, ¿qué estás haciendo?

Paréntesis, creo que me acaban de gritar algo desde un camión. Pero no escucho bien con los audífonos, así que los veo con cara de: eres un motorizado feo y sigo. No. No era conmigo. Los camioneros estacionaron el camión y entraron. Abrazaron a mi amigo de la barra. Sí. Ya me reconoció. Así que estuviste aquí hace dos años y después nos olvidaste. Y si le cuento que mis intenciones eran irme a otro café, porque yo parezco super social, pero en el fondo no lo soy. Siempre termino siendo lo que menos aparento. Yo le sonrío a todo el mundo. Soy capaz de hablar con las piedras, pero sabes. Me fastidia el exceso de compañía y que no me den mi espacio.

Suena About Today. The National. Porque ya es tradición que al hacer Paris comience a sonar The National. Pero no siempre About Today. Esa canción me trae recuerdos dolorosos y una resolución de olvido. Me recuerda todo lo que pensé pisando duro hacia el Sena una noche, de esas noches de verano que no son noches, porque oscurece tan tarde que quedan pedazos de sol en las ventanas y en las paredes de los edificios, y la oscuridad se vuelve tímida, delgada, como si de pronto hubiese caído enferma y perdido fuerza. Y así llegué hasta el Sena, pisando duro cada piedra. Pensando que allí habrán pisado miles de personas antes que yo. Tristes. Cansadas. Agobiadas. Confundidas. Desengañadas. Pensé en mis verdades unidas por un hilitos finos de mensajes tecnológicos que se volvieron un rompecabezas mediante el cual yo ilustré una historia. Hice una promesa. Y la tiré al Sena. Bajo la sombra de los edificios que han visto cambiar el mundo. Que fueron testigos de revoluciones, invasiones, intentos de paz. De pequeños eventos que han cambiado la historia. Y mi historia. La que ha cambiado cien veces y se ha salido del camino y se ha vuelto a encaminar. Y mi mundo interior, con sus criaturas mitológicas y toda su zoología fantástica, alimentándose de sombras, claridades, sensateces, sentimientos precoces y otros ya caducos, tóxicos, casi al borde del veneno. Así caminaba escuchando About Today.

Y ese día se acabó una historia. Una historia que ha sido 100% ficción. Porque lo cierto es que si alguien, al estilo reportaje audiovisual, documental histórico o simple video de You Tube quisiera investigar, llegaría a una sola conclusión: esa es una historia que no contar. Es una historia en la que no pasa, ni pasó, ni pasará nada. Se acabó lo que nunca había empezado. Se sepultó lo que jamás estuvo vivo. Subió al cielo lo que jamás tuvo alma. No. Se quedó rondando fantasmagórico en las calles de los mundos de ficción que toman vida a través de mis uñas mal pintadas, rosado metálico, tecleando furiosamente sobre una Mac Book Pro. Sorbiendo jugo. Café. Hoy no hay croissant.

Y de pronto digo. Este tema me aburre. No quiero hablar de lo que no ha pasado. Quiero hablar de lo que tiene que pasar. La lista de cosas de esta segunda vez. Todo lo que la vez pasada dejé para ahora y todo lo que me va a quedar en la lista para la próxima vez. Porque como dice la mamá de mi mejor amiga. Siempre hay que dejar algo para la próxima vez. Siempre. Sobre todo a los treinta y tres. No se puede pensar que aquí se acaba todo y que todo está echado. El mundo tiene demasiadas posibilidades, y la Tierra será un planeta pequeño, pero la vida es bien ancha y pasan a nuestro lado desapercibidas miles de cosas. Y hay que viajar con los ojos bien abiertos, porque como dice Jorge Luis Borges, “ciego a las distracciones el destino suele ser implacable con las mínimas distracciones”.

Paris II. Escribir. Tomar cerveza. Ir al cine. Escribir. Corregir. Correr. Correr duro con zapatos viejos. Con zapatos nuevos. Pasar de largo al mendigo. Esperar al poeta que se para en la Rue de Sevres a ofrecer poemas. Continuar negando que se murió y por eso no ha vuelto. Hacerme las uñas. Ir al zoológico. Conocer parques nuevos. Tomar un Moetsitas a las once de la noche, debatiendo si ver una película o corregir el trabajo y preparar la compu para mañana. Comer sola. Comer con amigos. Caminar de noche. Fumar caminando. Fumar sentada. Arrepentirme del olor a tabaco. Leer mucho. Leer en español. Leer en francés. Buscar palabras en el diccionario. Ampliar el vocabulario. Decir menos groserías. Decir las mismas groserías de siempre. Mirar de reojo a los amantes que se besan sin pudor. Escribir sobre ellos. Escribir para las mujeres que les gusta el sexo. Escribir para las mujeres que han sentido alguna vez que no son como las demás mujeres. Como la mayoría de las mujeres. Comer rico. Comer sano. Comer fresas. Comer chocolate. Tomar vino blanco. Comer maní en un bar. No sonreír a los extraños. Sonreír y saludar a alguien que no conozco como si fuese un amigo de toda la vida. Diligencias. Diligencias. Diligencias. Trabajar. Demostrar algo de disciplina. Conocer música nueva. Un nuevo director de cine. Alejarme de lo comercial. Caminar escuchando algo que me haga sentir que mi vida es una película buena. De esas lentas. Seguir enamorándome de The National. Facetimear con mi catire. Esperarlo. Hacerle planes. Enseñarle algo nuevo. Contarle las páginas. Mandar la tarea prometida. Prometerme publicar esto. Cumplirlo. Vencer el miedo. Dejar de ser yo misma. Bulevardear. Pasear. Echar a perder otro par de zapatos. Mojarme en la lluvia. Acostarme tarde. Levantarme tarde. Mirar el reloj con angustia. Dejar de escribir estas locuras. Es hora de ponerse a trabajar. Ah….y montar bicicleta y comprarme un libro de cocina y cocinar.

PD.: Al lado mío se acaba de sentar una chama con una MacBook Pro a escribir. Copia de un cuaderno. Holy Fuck! Los universos paralelos existen y se están uniendo. ¿Qué es esto? No joda. ¡Yo llegué primero! No. Que se quede. Steve diría. Seremos los primeros y seremos los mejores. 

lunes, 16 de julio de 2012

Día 1 - Le Parisien


Se ha vuelto tradición que al empezar a caminar por estas calles con Ipod en mano lo que suene sea The National. Esta mañana salí dispuesta a enfrentar mi primer día de trabajo, aunque para este trabajo no es mi primer día. Es mi segundo libro y llevo ya varios meses trabajando en ello. Estoy en la misma ciudad en la que escribí el primero y ese no lo publiqué.

Ese lo escribí en un Café cuyo nombre me llamó la atención, pero no me di cuenta de él hasta que había terminado. Le Parisien. Sí. Es bastante Parisien este café. Es el mejor café sin duda a varias cuadras a la redonda. Los he probado casi todos. A veces cosmopolitan y cerveza incluidos, porque después de cierta hora es una falta de respeto escribir sin alcohol. En el mundo de la inspiración el bar también se abre a las cinco de la tarde.

Pero no son las diez. Apenas suenan las tres de la mañana en Caracas. En silencio las cuenta el cucú de mi sala, que a esta hora estará oscura y silenciosa, porque el cucú es sensible a la luz. No sale cuando se supone que todo el mundo está durmiendo. Tan considerado él.

Me siento rara aquí sentada. Un café con  leche. Un croissant. Un jugo. Me provoca decirle a la señora que no se emocione. Yo no puedo desayunar aquí todos los días. Me revienta el presupuesto. Yo voy a ver cómo desayunan los turistas, que me miran y tratan de sentarse lo más lejos de mí posible. Y que anotarán en sus diarios de viaje que les resulta curioso que aquí la gente va a los cafés a trabajar. Que había una muchacha con una laptop, unos papeles escritos a manos, audífonos y un gran café con jugo al lado. Qué pintoresca esta ciudad.

Entonces pienso que uno cuando viaja no s pregunta si en las ciudades a las que va las cosas cambian. O se quedan como son.  Yo me imagino que cambian. Porque en la Ciudad de la Furia nos cambia todo. Todos los días. Nos tumban las casas. Nos ponen nuevos semáforos. Nos inventan leyes incumplibles. Pero a la vez nada cambia, porque lo único que sucede, es que cuando cambian a algo, como queriendo arrancar las racíes, las huellas de un pasado, como si se pudiera borrar el paso del tiempo, lo único que hacen es cambiar una mentalidad mediocre y obtusa por otra.

Aquí las cosas no cambian. Hace dos años estuve aquí trabajando en un libro y la verdad es que esta mañana había decidido irme a meter en otro café. Me daba pena meterme en este mismo y explicar que no había publicado ese trabajo que hice aquí, por miedo. Por considerarlo por debajo de la calidad necesaria para aquello que quiero que el mundo lea. Por no considerarlo acorde con mi voz. No es necesariamente lo que quiero decir. O a lo mejor por cobarde y ya. ¿Qué quieres que te diga? A lo mejor podría preguntarle a alguno de ellos. ¿Te parece que lo publique en el blog? Capítulo a capítulo. Post a post. Después de todo, esa era mi intención en un principio. Era un ejercicio que se convirtió en un libro.

Llego aquí y lo único que ha cambiado es la señora que hace el café. Los mesoneros ya no son los de antes. Y por un momento pienso que aquí todo cambia. Hasta que miro hacia la calle y me doy cuenta que las tiendas son las mismas. Que la papelería de enfrente aún no abre porque la señora llega a las diez en punto. Que la boutique de al lado es de una vieja que siempre toma café aquí. Y que el señor del perro que en tres o cuatro días me dará la pata y me sonreirá como me sonreía hace dos años, sigue entrando varias veces por mañana. Es amigo de la casa. Es una institución.

Empiezo a comer y pienso. Voy a ensuciar las teclas de la laptop. No importa. Comer es parte del proceso. Del romanticismo de estar aquí. Mojo el croissant en el café porque me encanta. Mi mamá me regañaría si me viera. Eso no se hace en público. No es comer bonito. Yo soy una causa perdida. Entonces pienso. Como tantas veces al día pienso, si realmente mis libros verán la vida y yo llegaré a ser lo que soy. Y a lo mejor algún día habrá aquí una plaquita que diga, aquí mojó el croissant fulana de tal cuando escribía el libro aquel. O tal vez no habrá nada. Ni la huella. Sino un poco de energía descargada en un rincón, donde alguien con cierta sensibilidad se sienta y de pronto le de frío. Aunque sea verano y haga calor, aquí pasó algo raro.

Yo pasé yo. Con mi miedo del mundo. Con mi agonía perpetua. Mi vagar constante en búsqueda de alguien que jamás llegaré a conocer bien, mí misma. Con mis cuarenta versiones de lo que quiero ser. Con mis teorías de lo que soy. Con millones de sueños. Con mis cientos de planetas internos. Mis sistemas de funcionamiento personales. Con mis inseguridades. Mis demonios. Mis fantasmas. Mis santos. Mis brujas. Con mis cafés. Mis tazas de seguridad. Mis escudos. Mis voces. Esos ecos, pequeño caso de esquizofrenia. Universos paralelos en los que soy lo que amo y lo que odio. En los que vivo lo que no fue y lo que nunca será. Con mi única filosofía de vida, vivir intensamente. Lo más intensamente posible cada minuto. Nunca decirle que no a la vida.

Abrazando el absurdo. Rozando la insensatez. Olvidándome de todo. Vuelvo a mojar croissant. Tomo un sorbo de jugo. Me limpio las manos. Miro hacia la calle. Trago. Pienso en que me tiene que durar el café un buen rato. Cambio The National por Adele.  Y comienzo a trabajar.

Amigos de Le Parisiene estamos de regreso. Como dirían los franceses Bon Courage. Agárrense duro. Este viaje. Será turbulento. Esta mañana está llena de ficciones, pero algo en la piel me dice que es de verdad, verdad.

lunes, 2 de julio de 2012

Ni Arjona. Ni Coelho. Ni todo lo contrario.


No me gusta Arjona. Es más. Siento por Arjona lo mismo que siente mi amigo José Urriola sobre Michael Jackon en un post que publicó en su blog y que fue tan divertido, como polémico, como acertado en su sentimiento. Cada vez que uno ve esos reyezuelos de las masas, esos tiranos de la cultura, vendedores de banalidad algo se le muere a uno adentro. Es una sensación como de vacío, de desesperanza. Uno siente que en el fondo nadie, te va a comprender. 

Foto: Una Ritidectomía de UnaFotoXDíaX29Días

Tampoco me gusta Paulo Coelho. Y que Dios me perdone, se apiade de mí, y la gente entienda que en realidad reconozco sus méritos, pero tampoco soy fan de Isabel Allende. Me aburren sus libros. Lo siento, pero exceptuando La Casa de los Espíritus, me temo que fue una obra de su autoría la que me enseñó a que vale la pena dejar a las pocas páginas, un libro que no te aporta nada y que sientes te lo has leído mil veces, que es producto de un autoplagio, pero que ni siquiera está hecho de forma tal que no puedas resistir al goce de leerlo. 

Pero también Dios sabe que tuve mi época Arjonista. Sí. La tuve. Y no lo voy a venir a negar. Y sí. Mi mamá puede confirmarlo, en mi casa hay, no uno, ni dos, sino varios libros de Paulo Coelho que en mis años de adolescencia, cuando no sabía, ni entendía lo que era la autoyuda lo leía y me encantaba. Y sentía que era un genio que sabía cosas que el resto del mundo no sabía. 

Hasta que después un día. Gracias a Dios y a otros libros. Gracias a los clásicos y a novedades fabulosas, leí uno de sus libros y me di cuenta que era paja. Le dije adios y hasta me molesté con él por haberme estado timando durante tanto tiempo. Un poco como esa niña enfadada en You Tube, Valeria, que le grita a Barney, que le mintió por años y que él era real. Más o menos así me sentí. Y además empecé a montar en la olla un prejuicio contra todo adulto que lea eso y toda persona que sea capaz de hacer una cola para oír las sandeces de un tipo que piensa que poner rosa al lado de loca, y cantar sobre cosas como, puedo cortar los segundos de tu ausencia con los cuchillos que me dejaron tus palabras, es poesía. Es decir, es la banalización de la metáfora al máximo. 

Pero sí. A mí eso me gustó. Y lo digo porque a medida que voy trabajando más en promoción de lectura y que voy haciendo inmersiones más profundas en obras como La Montaña Mágica y buscando el gran reto literario del 2012, no quiero olvidar de dónde vine. Porque la humildad no sólo atañe a lo material, sino a lo intelectual también. Tengo que recordarme que habré leído mucho, pero es todavía más grande lo que me queda por leer. 

Me preocupa que a veces que nos hemos vuelto una sociedad en que creemos que lo sabemos todo. Que lo que no sabemos un wiki algo lo averigua por nosotros. Me preocupa que hay como una brecha enorme entre gente que idolatra este tipo de fantasmas, campeones del no pensar, del camino fácil, del vender el mayor número de libros o de discos o de franelas que repitan las "estupideces que yo digo", y que el contrapeso sea gente que entonces hace creer que es que "ellos nacieron amando el Quijote". 

Creo que mientras mantengamos las expectativas tan altas y la buena música y la literatura en un Paranaso, nunca vamos a conseguir animar a los nuevos lectores, a darle oportunidad a las cosas realmente profundas. Aquí difiero de Vargas Llosa (con todo el persmiso del mundo, quién soy yo, una carajita bloggera que está pelando una bola terrible con tres proyectos literarios, uno que le da vergüenza publicar, uno a medio camino y otro que no sabe cómo encaminar, versus un premio Nobel), creo que el trabajo intelectual sí puede llegar a una gran cantidad de gente. 

El problema es que pocas personas creen en la cultura. El problema son las fuerzas que les da miedo comercializar cosas que no sean publicidad barata y chimba, ideas abstractas y vacías, estilo los discursos de los peores demagogos de la historia. Porque en las cosas que dicen hay cabida para todo. Para odiar, amar, creer, no creer, y así es que tienen éxito. Porque nadie le está enseñando a la población a entender la diferencia. 

No soy de las personas que se declaran enemigas de los best sellers, o las comedias románticas. Yo veo películas de Jennifer Aniston y a mucha honra. Y sí, bailo Checherereche, y con mis hijos. Y la alegría que invade mi hogar en ese momento es indescriptible y la disfruto al máximo. Yo croe o que en lo simple, en lo comercial, hay valor. Muchísimo valor. Como dice mi papá, en referencia a los vinos, el que no sabe disfrutar un beaujolais nouveau tampoco sabe disfrutar de Chateau Margaux. 

Sin embargo, tampoco se puede caer en el extremo opuesto. No querer ver nada. Asumir que la farándula es todo, no reconocer que hay más allá del placer, dejarse consumir por la televisión y su agresividad y su pasividad, so pretexto de que es que "yo no leo" o "yo soy denso con la literatura" o es que "en realidad Desperate Housewives es más profundo de lo que parece". Creo que las cosas por sus nombres, no es profundo, es trillado, rebuscado, a veces hasta mal actuado y mal escrito, a veces igual que Gray´s Anatomy, te deja pensando, que las telenovelas latinoamericanas no tienen nada que envidiarle, es lo mismo con más presupuesto y glamour y Globos de Oro y qué se yo. Eso no quiere decir que uno no lo pueda disfrutar y no lo pueda reconocer. 

Yo casi todos los años veo el Miss Venezuela. A medida que pasan los años voy reconociendo como me van pasando por encima. Me empiezan a producir horror ciertos comentarios, me da un poco de sueño esperar a que coronen a la Miss, me parece atroz la música y los espectáculos me dan entre risa y pena ajena. Igual los veo y sí me divierto. No lo voy a negar. Lo escribo y lo comento. Y sigo pensando, cómo me hubiera gustado ser Miss Venezuela. Porque me he imaginado cómo sería ostentar ese título desde que tengo ocho o menos años de edad. Y esos recuerdos no los voy a cambiar para decir ahora que yo siempre he soñado con ser Herta Müller, porque ni es verdad, ni creo que lo logre, ni me parezco a ella, ni quiero hacerlo. Yo soy yo, con mi dosis de cultura comercial incluida. Pero a veces me pregunto si es que el mundo siempre ha sido así, o si no es verdad que con los años, de Piez Descalsos a Waka-Waka Shakira perdió originalidad y mensaje, para convertirse en una maquinaria de lo que un grupo de consumidores quiere meterse al Ipod para no pensar. 

En fin. No me gusta Arjona. Me lo imagino componiendo canciones como quien hace uno de esos Mad Libs. Me da flojera y algo de rabia. Me gustaría que el mundo abriese un poco los ojos, y no, que no los siga, es entender, eso no es poesía, eso no es mensaje. Una cosa es farándula, una cosa es banalidad y otra pensamiento, reflexión. Nos hace falta más filosofía de vida, pero de la verdad, no de la de Slogans de Nike, a los que uno le pasa por encima o le pasan por encima a uno. En fin. Más filosofía. Mas trascendencia. Así como uno tiene la ambición de llegar lejos, de ser económicamente independiente, de mejorar el carro cada cierto tiempo, también deberían haber ambiciones intelectuales, llegar a entender tal autor, estudiar tal cosa. Pero sin olvidar nunca de dónde se vino. Al final, el subconsciente siempre te suelta un perrito que viene tras de ti a morderte una nalga cuando andas por ahí haciéndote el invencible. En mi caso, la cruel ironía de que el nombre de este blog es el mismo de una canción de Arjona.