viernes, 28 de septiembre de 2012

52 Cosas Buenas


La Promesa de las 52 Cosas Buenas 

El día que ganó el NO aquel referéndum horrible, fue para variar uno de los peores días que pueda recordar. Es esa incertidumbre de bacteria come carne. Fue horrible. Ya era de madrugada. Yo me puse los zapatos de goma y le dije a mi esposo (entonces mi novio), mira pana, si los estudiantes dicen que hay que salir a defender el triunfo, pues yo salgo. No tengo hijos. Este es mi país. ¿Hasta cuándo? Salió Baduel. Presionó. La cosa estaba servida para algo feo. Y ahí lo hice. "Mamama (mi abuelita que en paz descanse y que yo se los juro no saben Mamama como cumple) haznos esta segunda Mamama y yo voy a misa todos los domingos durante un año." 

Todos sabemos lo que pasó. Se dio pues. Ganó el No. Después el loco vino e hizo lo que le dio la gana con su habilitante, pero eso ya es otra historia. Lo cierto es que yo tenía que ir a Misa y aguanté dos domingos. Es que, con el perdón de la audiencia Católica, pero a mí la Misa, si no la siento me aburre. De verdad. Eso de estar ahí pensando en lo que tengo que hacer, en lo que no hice, haciendo mentalmente la lista del mercado, o pensando en el lío que tuve con no sé quién. No me parece. No vivo así. 

Entonces recordé que yo desde hace tiempo vivo mi vida espiritual de otra forma. Me concentro más bien en hacer cosas buenas. O al menos trato. En vivir bajo la premisa de no hacer a  los demás lo que no me gustan que me hagan a mí. No es fácil y obviamente fallo constantemente, pero eso es lo que utilizo como parámetro para mi examen de conciencia. Soy una persona que no tiene miedo de rectificar. Ni de pedir perdón. Y aunque tengo una que otra espinita que no me he podido sacar, trato de soltar al universo el mal que me han hecho, porque pienso que el resentimiento es el cáncer del alma. Porque cuando cargas amargura y rabia, y todas esas cosas, se vuelve muy cuesta arriba ser feliz. 

Lo de las cosas buena viene porque muchas veces tengo ideas de cosas buenas, que son necesarias, que no termino. Donar cuadernos para tal fundación. Revisar la caja de juguetes y sacar los que los niños ya no usan. Mi closet sí lo reviso cada seis meses, mi premisa es si no lo he usado en seis meses va para afuera. No lo necesito, y tal vez alguien por allí sí le haga falta. Seguro que sí. Y se lo doy a gente que tengo cerca. Cosas que no hago. Llamar a ver cómo está alguien que se operó. O esa amiga de mi mamá que quedó viuda, tal vez necesite una visita, unas galletas, algo que le diga, mira, hay gente que piensa en ti. He tenido durante varios meses la idea de repartir algunas copias de libros que he ido acumulando y que tengo repetidas. Pienso que muchos vigilantes en garitas quisieran leer algo. Tienen el tiempo. Tal vez lo hagan. Claro que sí. En fin. El mundo está tan vuelto papilla, por no usar otra palabra, tan abyecto, tan cínico, que cosas buenas por hacer no es que están de sobra. 

Así de aquí al 6 de Octubre tengo para hacer mis 52 cosas buenas. Como verán en el archivo del blog, en los primeros meses ya yo había hablado sobre esto y creo que hice dos o tres y no seguí. Ahora sí. Tengo que hacer mis cosas buenas. Las tengo que hacer. No porque en el fondo crea que de verdad la victoria de Capriles dependa de mi promesa. Pero también el universo toma en cuenta la energía. Yo sí creo en eso. Pero lo que de verdad importa es el ejercicio, de cumplir la promesa y hacer la liberación karmática y sobre todo, el ejercicio de ser mejor persona. 

Acepto sugerencias. Pero tienen que ser cosas viables, no todo tiene que ser, ay hola mira vengo a salvar el mundo. A veces no hablar mal de alguien, o llamar a un amigo (listo aquí tengo una tengo un amigo a quien tengo abandonado y tengo que llamar)  que te necesita o tal vez ese regalo de cumpleaños que nunca diste. Todas esas cosas cuentan. Devolver libros. Discos. Ropa. Decir feliz día cada vez que saludas a alguien. Pero esa no la cuento porque eso lo empecé a hacer hace seis meses, y se los recomiendo, el desear feliz día lo ayuda a uno muchísimo en los días de mal humor. Incluso puede ser complacer a mi  hija y llevarla a comer ese croissant que tanto me pide. En fin. Lo que no quita ayudar a gente necesitada, etc... pero es para que entiendan. A veces no hay que ir demasiado lejos para hacer cosas buenas. 

Ya empecé: 

52: Hoy sacrifiqué parte de mi mañana (anoche dormí mal, la pioja se hizo pipí a las 4 am. Tenía además ganas de trabajar en un producto para El Perro Naranja.) y me fui a participar en una actividad que requería voluntarios. 
51: Le dejé en su casa a un amigo un libro que me pidió. 

lunes, 24 de septiembre de 2012

Concentración 0


Mi nivel de desconcentración no es normal. Estoy como una de esas salsas que uno congela pensando, soy un genio, me la estoy comiendo, y después cuando la sacas del congelador y la calientas te queda una especie de mapamundi asqueroso. Pedacitos de grasa por ahí, caldo por allá, una especie de muestra de lo que sería la tierra después de una guerra nuclear. La botas pensando, ni las ratas se comerían esta vaina. 

Mi cerebro está así. No sé si la crisis de nervios es alimenticia, comunicacional, afectiva, emocional, autoinducida o si es producto del dominio que ejerce sobre mí un poder superior, ese ente que está detrás del control de todos nuestros cerebros a través del simbolito del pájaro que está en las tarjetas de crédito. Creo que es Visa. No sé. Pero en un momento se decía que así controlaban las mentes. Igual que creímos que las pulseras que venían con las tapas de compotas, y que los tattooes daban cáncer. No existía wikipedia. Nos creíamos cualquier cosa. Ahora que existe wikipedia nos creemos todo. Es mucho más fácil. Cuestionar. Investigar. Toma demasiado tiempo, y con la inseguridad no es aconsejable navegar por tu teléfono inteligente mientras manejas, buscando fuentes confiables de información. Creer es mucho más fácil. Por eso es que la gente religiosa es gente sencilla. Bueno, en la mayoría de los casos. Aunque son bastante cerrados. En la mayoría de los casos. No en todos. No en todos. 

Me he sentado a escribir varios posts. Ninguno sale. Ninguno. Todos se quedan a medio camino. O me siento monotemática. O alguien me interrumpe. O no me gusta lo que escribí. O tengo que hacer otra cosa. O se me acaba el tiempo. O pienso que debería estar trabajando en las otras cosas que tengo que estar escribiendo. A veces pienso que mi bloqueo tiene que ver más con abuso de café que otra cosa. Otras que este espacio de trabajo es muy encerrado y poco propicio para la creatividad. Pero también es cierto que es un mito eso de que la creatividad y la inspiración y  la guevonada. El tema es trabajo y disciplina. Y una vez más  me juro, me prometo, mañana me levanto a las cuatro de la mañana. El tema es que me acuesto agotada. Varias semanas sin soñar. Duermo perfecto, porque mi cerebro lo necesita de verdad. Hay varias cosas que me quitarían el sueño, pero no hay de otra. Tengo que dormir. No hay espacio para el insomnio. El agotamiento gana. A menos que haya comido chocolate después de las seis de la tarde. En ese caso, vueltas. Vueltas. Vueltas. Hasta que no queda otro remedio que leer un buen rato. Eso sí es gratificante, avanzar en un buen libro gracias a la tregua del sueño. Eso sí, siempre que apago la luz digo, esta vaina la vamos a pagar mañana. Y siempre la apagamos. Y lo trato de remediar con café. pero no se puede. 

Quiero hacer más ejercicio. Pero no es fácil con niños pequeños. No. Quiero nada. Pero es poco práctico. El cloro. El traje de baño. La cambiada. Sí. El cloro. De verdad que uno se pone un poco como las ranas. Medio azul. Y seco. Entonces pienso ¿qué acondicionador usarán las atletas del equipo olímpico gringo? Me provoca preguntarles. Pero es la típica pregunta que si la haces vas a quedar como la cotufera del siglo. Pero no es por cotufera, es porque de verdad tengo el pelo muy seco. Seguro que usan un acondicionador especial. Fabricado en un laboratorio especial. Por un científico loco, que le puso pipí de tiburón, chancho de bagre y diente de piraña molida y así nada más rápido. Sí. Aunque usen gorrito. 

Este post loco se acaba. Regreso a la lista de cosas que tengo que hacer. Me siento como el hijo de Limber. Perdido. Creo que son las semanas. La energía. El ambiente. Creo que mi problema de concentración tiene que ver con todas las anteriores. Alimenticio, ambiental, comunicacional. Creo que es un tema de predicciones. Premoniciones. Creo que esto es lo que sentiría si algún día lograsen detectar terremotos con dos semanas de antelación. La tierra va a temblar. Eso seguro. Con razón esta sensación de inestabilidad en todos los aspectos. 

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Blancanieves Parte II - Lo que Disney no quiso que viéramos


Lo que Disney, no quiso que viéramos. 


El comunicado oficial dirá “diferencias irreconciliables”. En los pasillos, las calles, las tabernas, en los establos y en todos los rincones del bosque se murmurará otra cosa. Hasta los árboles, cuyas caras deformes y terroríficas, le causaron un desmayo a la pobre Blancanieves en la versión original, tendrán su versión de lo ocurrido. Dicen que la dejó por otro. Dicen que fue un enano.

Los enanos estarán escondidos de la vergüenza. Taciturnos. Molestos. A causa de la tensión y la ansiedad, los rasgos que los definen se verán más exagerados que nunca. Dormilón de milagro abrirá los ojos, tontín estará hiperactivo, insoportable. El penoso pasará días sin abrir la boca, ni pararse de la cama. La casita del bosque será una versión muy Hermanos Grimm de Paranoid City.

Blancanieves se habrá mudado. No tan lejos como quisiera por el tema de los niños. Estos demostrarán el típico comportamiento de unos niños cuyos padres se acaban de separar. Algo entre la rabia, la desilusión, la sensación de abandono y de inestabilidad emocional, pero algo de alivio también. Porque cómo ahoga vivir en un hogar en donde los padres no se hablan, se miran de reojo, se disminuyen, cualquier estupidez da pie para un pleito, o una discusión sin fondo, y en donde las formas de comunicación están tan distorcinadas que ya nadie se comunica. La pesadilla de la psiquiatría moderna, o mejor dicho, el plato principal, el banquete de todo aspirante a loquero que está esperando llenar su consulta de gente que siente una insaciable necesidad de un espacio neutro para el desahogo, o buscan soluciones de alguien que a forma de oráculo les responda, no tanto la pregunta ¿por qué? Sino ¿qué hago?

Blancanieves los mirará con ese desgarrador sentimiento de culpa, tratando de perdonarse por ser humana, con el fracaso a cuestas, con una mueca en sus labios rojos como la sangre, que aunque la hace menos bella, la hace más mujer y por ende aún más hermosa que su eterna archirrival. Se dirá para consolarse, que sus hijos algún día entenderán que su papá tendrá sangre real, pero no es ningún príncipe. Viví con él.

Dirá mira. Él llegó regio en su caballo. Se bajó deslumbrado. Abrió mi caja de cristal, me besó, me llevó hasta su castillo. Resolvió todos mis asuntos. Me devolvió mi reino. Puso a la madrastra en su lugar, que no estaba muerta, solo mal herida. Me dio un lugar en su reino, en su vida. Me hizo por un momento la mujer más feliz del mundo. Me dio apellido. Seguridad. Estabilidad. Confiaba en mí. Me hacía sentir querida, pero sobre todo necesaria. Como si yo tuviera un propósito en la vida. En su vida. Él llegaba y se alegraba de verme. Yo entraba al lugar donde él se encontraba y todo en él decía, qué bueno qué llegaste.
Vinieron los hijos. Pasó el tiempo. Y de pronto, sin saber cómo, ni exactamente cuándo, algo cambió. Vinieron los hijos, y yo de pronto setnía el peso de la maternidad. Esa sensación de aislamiento, de responsabilidad, y también de culpa. Se supone que tenía que ser la mujer más feliz del mundo porque lo tenía todo. Esposo e hijos. Pero claro, ellos no se daban cuenta que me tenían a mí. Era como si eso no importase. Ellos estaban muy pequeños, esa parte le tocaba a él. Pero él estaba demasiado ocupado. De pronto era demasiado peso para él, y necesitaba una válvula de escape. Decía que estaba agotado, que los niños no lo dejaban dormir, y que en la mañana tenía que irse a trabajar yo no.

Yo traté de darle espacio. Porque eso es lo que recomiendan. No agobiar. No enfrentar. No decir. Se supone que los hombres quieren mujeres que no sean tan complicadas. Que no quieran tanto. Que no pidan tanto. Y eso fue lo que yo hice. ¿Qué quería jugar golf? Pues se iba. ¿Qué quería una noche con los amigos? Pues la tenía. ¿Qué quería aprovechar el sábado para dormir hasta tarde? Pues yo lo dejaba. No lo agobiaba, ni lo despertaba, mira mi Príncipe bello, yo estoy molida, agotada, y además me siento sola. Ayúdame vale. Yo estoy aquí. Yo sigo siendo una mujer. Yo siento. ¿Y si hoy me voy yo con mis amigas?

No sé en qué momento, pero hubo un año en que no me compró nada para mi cumpleaños. Y la cosa pasó sin pena ni gloria. Y después vino otro, y yo le dije algo, pero entonces me dijo que yo era una exagerada, que esos detalles no significan nada. Entonces vino diciembre y tampoco. Nada en el árbol para mí. Y yo agotada. Él pendiente de algún deporte estúpido en la tele, y yo entre regalos, y cenas, y toda la ilusión de los niños. Porque diciembre es mágico. Para todo el mundo, menos para mí, claro.

Aquello se hizo una rutina. Yo ya no contaba. Me dejó de ver. Sencillamente me dejó de ver. Ya ni peleábamos. ¿Para qué? Para gritarnos que él estaba agobiado, y yo que él era un insensible. Siempre terminábamos en lo mismo. Era como darle vueltas al disco más aburrido del mundo.

Ella se fue. Ahora se mira a sí misma independiente. Sola. Pero en su autonomía. Y tal vez. Tal vez, ahora viendo las cosas de otro modo, con un camino recorrido, con un fracaso de por medio. Entonces se de permiso para aceptar a ese a quien rechazó porque creía que sus realidades eran demasiado distintas. Tal vez él no sea tan gruñón. Tal vez ella logre sobrepasar esa coraza, y encontrarse con un ser distinto. Habrá que ver. Sí, gruñón. Nos vemos esta noche. Vamos con calma. Lentamente. De ahora en adelante, si dirá ella antes de salir, me daré permiso para equivocarme. 

DE NINGUNA MANERA ESTO ES THE END.

lunes, 17 de septiembre de 2012

El deber de votar


Nunca me imaginé algún día tendría tantos amigos viviendo afuera del país. Mucho menos familia. El futuro que teníamos en mente, mientras vivíamos aquel pasado que ya hasta inventado parece, era muy distinto. Era otro país completamente. Quizás porque éramos muy jóvenes, o teníamos demasiado, no nos dimos cuenta de la realidad que teníamos encima. A nosotros como generación (me refiero a los que estamos entre 30 y 45 años) no nos enseñaron a amar este país. Ser venezolano era una especie de accidente del destino. Es más, hasta era considerado cursi ser demasiado nacionalista. Era una piña, un ridículo propio de alguna profesora fanática, que le hacia a uno cantar sobre la bandera, y el escudo. Olvídese usted de leer la constitución nacional en un aula que no estuviese relacionada a la carrera de derecho. En historia vimos a Cristobal Colón hasta el cansancio, los Chibchas, los Arawakos y los Timotocuicas, tal vez llegábamos hasta Vicente Emparan, pero ya para entonces el tercer lapso se acababa y uno estaba pendiente de irse de vacaciones. No conocimos nuestra historia, ni nuestro país. Y uno no ama lo que no conoce. Mal podemos pedirnos sopesar momentos como este y reaccionar ante la gravedad del asunto. Para saber de algo hay que aprender, no basta con ver Aló Ciudadano y ser un twittero adicto. Sería mucho más fácil, pero así no funcionan las cosas. 

El hecho es que caímos en lo que caímos, y ya no hay vuelta atrás. Ahora lo que queda es mirar hacia adelante y tratar de hacer lo que podamos por el futuro. En lo personal yo siento que para muchos los mejores años de nuestras vidas pasarán en país que tiene poco que ofrecernos. Nuestra realidad, lo siento, pero es una cagada. Porque las opciones no son muy alentadoras. Una es: Quedarse aquí y echarle pierna a ver, si los astros se alinean, si el destino se apiada de nosotros y las voluntades necesarias se suman y comenzamos a andar por un camino que lleve al menos a un sueño realista de progreso. La Otra: irse, y tratar de empezar de nuevo en otro lugar. Asumir un país extraño como el propio, y dar lo mejor de sí, en aras de construir el futuro que alguna vez soñamos. Una familia. Un hogar. Una carrera que nos haga sentir exitosos y con la conciencia tranquila de que estamos haciendo aquello que vinimos a hacer a este mundo. 

Si hay algo cierto, y es lo que lo mantiene a uno con ánimo: en ambos casos, siempre que haya la disposición. Las ganas. Hay oportunidades. Claro que sí. 

Claro que, cualquiera de las dos opciones conlleva sus dificultades. Nada es sencillo en esta vida. El que se queda tiene sus cuentos de horror. La incertidumbre quizás sea lo peor de todo. Llega un punto en el que uno se agota de vivir cada año sintiendo que en algún momento hay una fecha, en la que está pautada una elección que se percibe como el fin del mundo. O ganamos tal día o…ahora sí es el fin, pero de verdad. A eso le sumas, la inseguridad. El terror de salir a la calle. El no saber en quién confiar. La corrupción. La sensación de anarquía, de que no hay reglas claras, de que el único que cuenta aquí es el vivo y los demás no servimos para nada, ni tenemos chance de nada. La ausencia total de valores. La gente se atropella, se insulta, se agrede por cosas absurdas. Se colean. Tiran basura en el piso. Hablan de forma soez y alaban a cualquier idiota que se "autoproclame" inteligente. Eso le tumba el ánimo a cualquiera. 

Afuera tampoco es fácil. Las visas. Los permisos de trabajo. Las diferencias culturales, desde el idioma, hasta el sabor de la comida. La forma de hablar. Hasta los olores. El clima. En algunos lugares es el frío que pela, y uno extraña las playas. En otros es el calor que calcina, y uno extraña Caracas en diciembre. En otros es la lluvia, y uno piensa en el cielo azul, azul que parece mar haciendo al Ávila imposiblemente bello. Luego está el trato de la gente. El no conocer. No conocer calles. No conocer gente en lugares clave, desde el carnicero, hasta el que vende el periódico. Hasta el amigo que te va a socorrer cuando tengas un lío laboral, o emocional, o una disputa de pareja. Hace falta a veces con quien tomarse un café, así sea en silencio, porque es que ese amigo sabe que tú a veces necesitas estar solo en compañía. Todo eso pega. Y yo he pasado navidades sin hallacas, ni pernil. Yo sé.  

Sea cual sea el camino, nada quita el deber que uno tiene como ciudadano. Aunque el lazo ya no sea legal, aunque uno haya renunciado a la nacionalidad. No es tema de pasaporte. Tenemos el deber estar a la altura de los acontecimientos de un país, que lo menos que nos dio fue la vida. Al final, aquí nadie echó a perder el país solo. Y siempre lo he dicho, en un conflicto uno como individuo tiene que ver en qué falló. Tal vez fue esa otra elección en la que no votaste. Si crees que no importa ve la abstención y saca la cuenta. O tal vez fue ese voluntariado que no hiciste. Son miles de cosas las que uno hace por su país. 

Me sorprende ver que el tema de la votación se está tratando el tema como si fuese un favor que le están haciendo alguien. Al país, a unos amigos, a un pana que está en la campaña de algún candidato. Porque eso es lo que parece. Ciertamente para todos es un esfuerzo ir a votar. Para algunos es un esfuerzo mayor, que implica sacrificios económicos, familiares, laborales. Que implica agarrar aviones y reducir presupuestos, y traslados maratónicos. Para otros es más sencillo. Cada quien tiene su circunstancia. Si se trata de recopilar historias de sacrificio, creo que Venezuela ya nos ha dado demasiadas, y a juzgar por lo que estamos viendo, todavía vienen más. Y eso se aplaude cómo no. Porque ¿no es es lo que queremos? Ver un país de gente comprometida, que da la cara, que aparece, que está ahí, a la orden. 

Aquí no se trata de medir quién ha dado más o menos. Aquí se trata de hablar sobre algo que es lo mínimo que puede hacer un ciudadano por su país. Ojo, de nuevo es lo mínimo. No nos damos cuenta pero votar es lo mínimo. De ninguna manera es lo máximo.  Es un muchos lugares el voto es un deber, no un derecho. Y se sanciona a quien no lo ejerce. Me pregunto qué pasaría con las cientos de miles (y me duele pensar en ese número) que no van a votar, si hubiese una multa que pagar por no ir a votar. ¿Cuáles serían los justificativos? Me pregunto sin pagarían igual, porque duele menos el dinero que el país, o si sí irían porque, la realidad es que duele el bolsillo, y mucho. Me pregunto si harían una marcha, o si casi que votarían por el candidato que prometiera reformar la norma para hacer del voto algo así como, bueno si puedes, y tienes el chance, y te da tiempo, lo puedes hacer. 

El tema es que hoy en día estamos viendo mucha gente que una vez más, prefiere el camino de las grímpolas, irse a otro lado, como si esto no fuese problema suyo. Y no es válido el a no me gusta ningún candidato, porque para eso existe el voto nulo. Vaya y vote nulo, y exprese su opinión. Diga ninguno. Pero dígalo. No use eso como excusa. Porque no lo es. Aquí hay gente que piensa sólo en lo propio, esperando que sean otros los que hagan el trabajo. Como si de verdad lo que pase aquí "no es problema mío" o "es que yo soy apolítico". Deber ser que a los que no se pronuncian no les piden carpeticas de Cadivi, o andan por la calle, su familia, sus amigos, con un letrero que diga: NO SE ROBAN. 

Todavía me cuesta pensar que aquí pueda haber gente indiferente. De verdad no lo creo. No me atrevo a decir la cifra de muertos que van por la inseguridad, no quiero ni pensar en la cantidad de gente que perdió el trabajo de una vida, porque a un señor le dio la gana de expropiar aquello que con tanto esfuerzo había construido. Por envidia. Por resentimiento. La gente que perdió todo en una crecida de un río y ahora no sabe ni en quién confiar, ni a dónde ir. Los que fueron maltratados en refugios. Los que fueron despedidos de sus trabajos por no someterse. Los heridos y las víctimas de Amuay. ¡Los presos políticos! ¡Dios mío! Pasa el tiempo y nadie se acuerda de ellos, sólo un grupo de señoras que van y van, y que además otros critican, porque así somos. 

Yo no critico al que se fue del país. Al contrario. Lo entiendo. Lo entiendo tanto. Todos los días esta ciudad me maltrata de alguna forma. A veces hasta me siento una extraña. Pero yo decidí quedarme aquí. Aquí está mi vida, y espero que sea siempre, pues me partiría el corazón tener que irme, y ya sé que para mí este es el mejor país del mundo. Por más que lo tenga en pedazos. Y para unir esos pedazos necesitamos de todos. También de los que están afuera. Y aunque cada quien tenga una realidad distinta, el hecho es que votar es un deber, y si hay una razón válida para no poder ejercerlo, pues eso cualquiera lo entiende. Pero si hay algo que parece una excusa, entonces probablemente lo es. Y aquí, viendo lo que nos estamos jugando, sencillamente no hay excusas. 

Una vez más, les dejo mi cita favorita. Y creo que lo más aplica en este caso, es la última frase. Se puede combatir la injusticia, donde quiera que uno esté. La distancia…no. La distancia no es una excusa. 

"Hoy es el día más hermoso de nuestra vida, querido Sancho...
Los obstáculos más grandes, nuestras propias indecisiones...
Nuestros enemigos más fuertes, el miedo al poderoso y a nosotros mismos...
La cosa más fácil, equivocarnos...
La más destructiva, la mentira y el egoísmo...
La peor derrota, el desaliento...
Los defectos más peligrosos, la soberbia y el rencor...
Las sensaciones más gratas, la buena conciencia, el esfuerzo para ser mejores sin ser perfectos, y sobre todo, la disposición para hacer el bien y combatir la injusticia donde quiera que estén."

miércoles, 5 de septiembre de 2012

El primer día del resto de la vida


Dicen que todo el mundo llora el primer día de clases. No esperaba llorar yo. Aunque lo vi venir el día que hice el tour por el colegio, mientras a ella le hacían su prueba, y sentí que se me hacía un nudo en la garganta. Es que como mamá uno siente que el niño es de uno. Si yo la llevé nueve meses en la barriga. Vomité. Saqué estrías. Me quedó un bolsillo arrugado en la barriga como recuerdo. Yo los traje a este mundo con esfuerzo. Todavía la veo y me digo, eres mía. 

¿Cómo no? Si me levanté noche, tras noche, a darle de comer, a revisarle el sueño, cambié pañales, llamé angustiada al pediatra el día que salió el primer moco, y con cada una de las fiebres me he quedado a su lado, usando mi pecho como el mejor remedio casero para pasar la enfermedad. He velado sueños, he sido un fiscal de platos que, no tienes que comer completos, pero sí suficiente. Lo que yo considero que es suficiente, porque yo soy tú mamá. Porque como sentenció el neonatólogo, cuando la vino a ver en mis brazos, a decirme que todo estaba bien y darme un par de consejos, a ella nadie la conoce, ni la conocerá mejor que tú, porque tú eres la mamá. No hay ni médico, ni amigo, ni maestra, ni abuelo, ni tío, ni primo, nadie que la conozca mejor que yo. 

Es entonces cuando uno te tiene que darse cuenta, que ha pesar de todo eso, del sacrificio físico, emocional, económico, a pesar de todo, la realidad es que no son de uno. Es duro. Porque no son de uno. Ellos son. Solamente son. Y lo mejor que uno puede enseñarles, el mejor regalo que uno puede darles, es precisamente ese, respetar su propia autonomía, y valorar antes que nada su libertad. Por eso es tan hermoso y tan difícil un día cómo hoy, porque como dice Sally Mann, "How is it that we must hold what we love tight to us, against our very bones, knowing we must also, when the time comes, let it go? (¿Cómo es que debemos abrazar fuerte aquello que amamos, contra nuestros propios huesos, sabiendo que también, cuando llegue el momento, debemos dejarlo ir?). 

De esto se trata esta experiencia, porque hasta hoy, todo o casi todo, dependía de mí. Ahora ya no. A partir de hoy, ella que aprende a vivir, yo que tengo que aprender a dejarla ir. Día tras día, grado tras grado, año tras año, ella que irá aprendiendo a vivir, yo que iré a aprendiendo a dejarla ir. Porque hasta hoy yo decidía todo. Pero ya no todo depende de mí. Sus amigas serán las que elija, las que le toquen, no solo las hijas de mis amigas que tienen la misma edad. Escogerá de la biblioteca el libro que le guste, y ese lo traerá a la casa. Tal vez ninguno, tal vez se enamore de las clases de matemática, y sea ese su universo, uno tan ajeno al mío. Tal vez sea científica, y ese sea su sueño. O tal vez lo suyo sea el deporte, o la música. De hecho, eso fue lo que me preguntó, mami, ¿aquí cantan? Y ahí fue que una vez más me di cuenta, para el adulto es obvio, para el niño no. 

El colegio es tantas cosas. Es el lugar donde uno aprende la amistad, la cooperación, el valor del esfuerzo, del trabajo, del reconocimiento. Es también donde uno aprende el amor. Porque sea mixto o de un solo sexo, uno se lleva las angustias al colegio. Es la otra familia. Es el lugar donde uno pasa más horas y al que más le invierte esfuerzos. Es allí donde te dicen muchas de las verdades de la vida, como si existe Santa Claus y hasta te explican cómo es un beso con lengua, y la primera vez que uno lo escucha hasta dice asco y lo niega. Y después aprendes lo contrario, aprendes a contradecirte, a hacer las cosas que dijiste que jamás ibas a hacer, como renunciar a las muñecas, o al sueño de ser princesa. Aprendes a tener miedo y a ser valiente. A ser incondicional, y sí, aunque uno lo niegue, a caer en la traición. 

En el colegio aprendes a actuar, a fingir, a mentir, a equivocarte. Aprendes a volver a empezar. Aprendes a pelear y a defenderte, a llorar en público, pero también a tragarte las lágrimas. Aprendes a gritar y a correr, hacia algo que quieres, pero también hacia las faldas de la maestra, de tu mamá. Aprendes a que en tu casa tienes un refugio, pero que a veces también necesitas un refugio de tu casa. El colegio unos días es un karma, y otros es un alivio. Aprendes la autoridad, y lo que es sentirse casi oprimido, y la realidad de la vida, de que a veces no todo es como quieres y las reglas no las pones tú, pero igual hay que seguir, pero también te enseña que hay batallas que hay que dar, y cosas que puedes cambiar. Aprender a ser tú mismo, aprendes a ser otro. 

Empiezas cosas, terminas cosas y seguramente hay otras que se quedan a la mitad. Aprendes a tener pena, y a levantar la voz. A jugar. A estresarte, a lidiar con gente difícil, que no escogiste, pero que te tocó en el camino y punto. Aprendes a perder amigos y a ver la gente cambiar, o cambiarte a ti, por razones que no logras entender. Aprendes a equivocare, y a ganar. Aprendes a que unos ganan más que otros, y que unos tienen más que otros, y si tus padres lo hacen bien (porque esto si es cosa que enseñamos nosotros), aprendes a no fijarte en eso, sino a apreciar lo que tienes y ser feliz con eso. Aprendes el orgullo y el dolor de la humillación. Aprendes a que después de un mal día siempre viene otro, tal vez mejor, tal vez hasta peor, pero siempre, siempre, vuelve a amanecer, hasta que lo malo pasa, y lo bueno también. La vida es ciclo. 

Y yo estoy aquí, tragando duro. Porque sé todo eso. Porque habrá días que venga riendo, y otros no tanto. Habrá días que se quede y me diga que me vaya, y para eso tardará un poco, porque todavía me llora, y me grita, y se aferra a la reja com King Kong, y yo con ganas de hacer lo mismo, pero sabiendo que ha llegado el momento de comenzar a dejarla ir. Porque lo que no aprendes ahora, después es paga muy caro, porque ahora dejarla ir es resignarse a que llegue un día diciendo que se le perdió la lonchera, o que le regaló un peluche a un amiguito, o espero que no sea el caso, que se lo quitaron, y yo tendré que irla enseñando a defenderse, o cuidar sus cosas, o a ser menos despistada, no sé con qué moral, o bueno, con la que nos exige tratar lo mejor posible de hacerlos mejores que uno. Pero el día de mañana, cuando tome sus propias decisiones y sea la mujer que sueño, íntegra, valiente, decidida, generosa, consciente de la otredad, pero con suficiente aplomo para no dejarse pisar, me diré que valió la pena el esfuerzo, y recordaré el día de hoy. 

Como Walt Disney dijo, que no podemos olvidar que todo empezó con un ratón, yo me diré, que no podemos olvidar que todo empezó el primer día de colegio. Cuando llegamos diciendo, hola ella es Clarissa, y ella bañada en lágrimas me dijo, mami no quiero que te vayas. Y yo pensando, yo tampoco quiero irme. Pero así es la vida. Hoy es el primer día del resto de nuestras vidas. Pero sí quiero guardarme una frase, que no la va a entender todavía, pero que en algún momento espero le sirva, sobre todo para esos días lluviosos, y es que aunque esté aprendiendo todos los días a dejarte ir y a ser tú misma, hay algo que es lo más maravilloso de todo, es que el camino ya no lo puedo, ni debo hacer por ti, pero lo hacemos juntas. Y una vez que tragamos duro, y pasamos los sentimientos de nostalgia y el miedo, llegamos a lo mejor, una gran sonrisa, porque bueno o malo, como diría Papachu, mala cara, ¡Nunca! 

"Hoy es el día más hermoso de nuestra vida, querido Sancho...
Los obstáculos más grandes, nuestras propias indecisiones...
Nuestros enemigos más fuertes, el miedo al poderoso y a nosotros mismos...
La cosa más fácil, equivocarnos...
La más destructiva, la mentira y el egoísmo...
La peor derrota, el desaliento...
Los defectos más peligrosos, la soberbia y el rencor...
Las sensaciones más gratas, la buena conciencia, el esfuerzo para ser mejores sin ser perfectos, y sobre todo, la disposición para hacer el bien y combatir la injusticia donde quiera que estén."