martes, 30 de octubre de 2012

Un bicho raro en un café


El tema de escribir en un café es que termina o más bien comienza siendo un ejercicio de personalidad. Sobre todo en esta ciudad. El primer mundo está más preparado para gente rara que se sienta en lugares públicos a hacer vida profesional, llamémosla free lance. Aquí uno tira más hacia los lados del bicho raro.


Nadie sale por ahí con computadoras. Por razones obvias. No quiero ni hablar de ellas. No quiero. Eso quiere decir que uno tiene que buscar lugares de trabajo, que no impliquen, andar por ahí. Es decir tienen que tener ciertas características.

Luego, aquí la gente es muy abierta. Pero también es muy cerrada. Nos parecemos mucho unos a otros, lo que no quiere decir que seamos todos iguales. Y no me refiero a igualdad en el sentido Declaración de los Derechos del Hombre. Por Dios. Estoy hablando de igualdad de vida. De forma de pensar. De forma de existir. Aunque creo que en el fondo siempre terminamos siendo más parecidos de lo que pensamos. Al menos cuando consideras que todos tenemos historias trágicas. Desdichas. Despechos. Razones de peso para sentarlos con un buen vaso de tequila seco y un amigo para llorar.

Eso de sentarse, a destaparse en un café. Es como de mal gusto para nuestra cultura. Eso no se hace. Esas cosas uno las hace más bien en privado. Entonces yo estoy jodida. Yo soy como ALF. Lo que me falta es un ansia loca por comerme al gato. Si tuviera un gato. A lo mejor por eso no tengo gatos. Aunque confieso que no tengo gatos porque no tengo ratones, ni culebras, ni alacranes, porque el día que aparezca uno de esos en mi casa, ese es el día que yo me compro un callejero salvaje. Siempre me he considerado una persona canina. Sí. Yo soy bastante canina, pero tengo alma para los gatos. Gato arrecho que hay por ahí, que se crispa ante cualquiera, me ronronea y se me monta encima. No entiendo por qué. Debe ser esa cuestión de que uno atrae lo que repele. Una de las leyes de vida que menos entiendo, y que más tiempo me gustaría discutir con Dios.

Yo siempre me imagino discutiendo la vida con Dios con una buena taza de café. En un café de esos llenos de vida. Nada de pantallas planas con eventos deportivos en una esquina, salvo que sea época del mundial de football. En cuyo caso tampoco será el último Samsung no sé qué historia que te escupe agua para que pienses que te está cayendo el sudor de los jugadores. Es un televisor viejo que el dueño del local se trajo de su casa y que cada cierto tiempo hay que darle un buen coñazo para que regrese la imagen, y uno atacado porque piensa que se va a perder un gol. Y una, mujer al fin, en parte agradecida y en parte decepcionada porque no pudiste ver bien los muslos de un tipo como Diego Forlán.

Eso es lo que yo veo en los lugares en los que me voy a sentar a escribir. ¿Será que aquí podría tomarme un café con Dios? Será que Dios es ese señor que ya he visto tres veces aquí. Las tres veces que he venido. Que es el habitué. El que siempre viene. El que está echando chistes con todos los mesoneros, y se ríe, y tiene un periódico en la mano, y no está vestido de oficina, porque la gente vestida de oficina no es así de relajada. La gente de oficina está más bien pendiente de hablar un poco de política y economía, antes de subir corriendo a la reunión, o la presentación, o una verdadera rutina.

Siempre he admirado a la gente de rutina. La gente que lleva años haciendo lo mismo. Tomando el mismo café. Corriendo la misma carrera. Con la corbata, el pantalón de pinza, esperando que pase el día de la secretaria para pensar en cómo decorar la recepción de navidad, en el amigo secreto y el enemigo público, porque en toda oficina hay enemigos públicos. Esa gente que no se lleva y que no tiene otra opción que tolerarse, porque el trabajo es uno de esos terrenos donde sencillamente no se pude ceder.

Aquí todo está forrado como de ladrillitos. Y la decoración de Halloween casi te consume. Falta que te pongan un fantasma en la cabeza cuando entras. Pero eso no me molesta. Más bien me encanta. Porque es igual que yo. Exagerado. De esos lugares donde no se anda con la paja de menos es más, sino que más es más. Y así es.

Es atendido por sus propios dueños. Y el propio dueño tiene una cara adorable, pero sé que todavía me está leyendo, y que tarde o temprano me va a salir un regaño. Porque soy la clase de persona a la que los mayores suelen regañar por algo. Desde mire señorita, viene con la falda pisada por la puerta del carro, mire señorita no ande por ahí con la cartera abierta, mire señorita amárrese el zapato que se puede caer, mire señorita ¿ese celular es suyo? Sí. Soy una persona regañable.

Además, hay un tema adicional a la buena vibra y lo que me gusta observar a la gente que mantiene sus rutinas, y va a los mismos lugares, y conoce al señor que hace el café desde hace años, y que sabe que le han visto la cara de trasnocho, la cara de preocupación, la cara de enfermo, la cara de cochina felicidad y la cara de estoy echando carro en la oficina y es la hora del burro y hoy me sabe a mierda el mundo y no quiero trabajar. Hay algo más. Algo que me hace volver. Es una suerte de compromiso. De sentir que no escribo sola.

Porque desde que adopté este café, así como adopté Le Parisien durante mi viaje me pasó algo. Es como si estuviéramos en el viaje juntos. Como si estuviéramos en la misma nave. Como si en el fondo ellos estuvieran escribiendo la novela junto conmigo. Por más que no sepan nada, y que yo no les vaya a decir nada, ni quiénes son los personajes, ni de qué se trata, ni de cuál es el rollo que me tiene trancada, ni de por qué hay días que siento que la cosa no sirve y no puedo seguir, y otros que me voy a comer el mundo como si fuera un pancito con Nutella. Por más que al final nada de eso sea lo que importa, sino que lo que importa es la meta, terminar el libro, sacarlo, compartirlo, vivir esto que es mi destino. Por más que la única responsable de esto sea yo y más nadie. El hecho es que no estoy sola. Ellos están conmigo. Son mis cómplices.

Ya hoy llegué y antes de abrir la boca me dijeron, “café grande y agua”. Sí. Están conmigo en esto. Si ese café no sale. La novela tampoco. 

Personajes que uno observa


"Don´t look at me, I´m only breathing. 
Don´t look at me, I´m indiscreet". 
The National. Cherry Tree. 

Una de las cosas que me gustan de ir a una posada, es que pasas un fin de semana en extraños. Extraños que casi se convierten en una familia. Porque por unas horas, sobre todo si la posada está en un lugar remoto y del cual uno si se aleja es por tiempo corto, es como que uno vive en manada. Comes a la misma hora. A la misma hora te relajas. Y más o menos a la misma hora todo el mundo se retira a dormir.

Entonces durante unas breves horas uno se dedica a una actividad que no confiesa, pero que es inevitable. Observarse. Como uno no se conoce para identificarse usa los rasgos más evidentes. Por ejemplo, los viejitos cuchi, que son esa pareja de viejos que casi no hablan, sino que sencillamente se acompañan. Se ven cansados. Los ves sacar medicinas de un pastillero en cada comida. Sobre todo a ella, que está pendiente del régimen de él. Comen despacio. Caminan despacio. Se echan. Y te miran con esa mirada melancólica, lejana, como si te conocieran de toda la vida, intuyendo lo que haces allí, lo que vas a hacer, lo que vas a decir. Es como si supieran, desde su rincón de vida ya casi pasada, lo que vas a vivir. Ellos fueron tú.

Está la pareja, a él le pusiste @soymalandro porque tiene unos lentes iguales a los que tiene el que sale en el avatar de esa cuenta de twitter. @soymalandro tiene una novia que va a acorde con su peligroso nombre. Flaca. Alta. Una de esas modelos que van para la playa para que uno se siente mal. Se hacen arrumacos todos el día. Se sirven la comida. Están de luna de miel.

Hay otra pareja un poco más extraña. Esa que genera todo tipo de especulaciones.  ¿Serán novios? ¿Esposos? ¿Primos? Hasta hermanos de esos que no se parecen en nada podrían ser. El detalle es que no son una pareja, son un trío. Dos mujeres y un hombre. Entonces las ficciones en torno a ellos crecen hasta lo insólito. Son una pareja en problemas que se fue con una amiga para disipar tensiones. Son una pareja que se lleva muy bien, que invitó a una amiga que está soltera y triste. No. La amiga acaba de terminar con el novio. No. A la amiga la acaba de dejar el esposo. No. Son un trío. Ellas son hermanas. No. Son cuñadas. No. Él es pareja de una y está enamorado de otra. No. Él es pareja de una y ella está enamorada de la otra. No. Ellas dos son parejas y él es gay. Pero esa no cuadra, porque él las ve con esa cara con que un hombre ve cuando le gustan las mujeres, y no necesariamente lo que llevan puesto, sino más bien están pensando en cómo se verían sin eso puesto.

El detalle del trío es que las dos mujeres son esculturales. Y cuando digo esculturales digo, esculpidas porque el escultor por excelencia del Siglo XXI, el cirujano plástico. Yo nunca había visto de cerca unas tetas tan grandes. Yo creo que para este trío, yo soy, la chama lesbiana. Lo confieso, no podía dejar de verlas. Me llaman la atención. Me da mucho curiosidad cómo será la vida con 650cc en cada lado. Es curiosidad de escritora.

Después está la pobre que anda jodida con los niños, mientras el marido lee periódico y coma Whisky. Es el propio que hace chistes malos, tiene una gorra de marca, un traje de baño de marca, lentes de marca. Está perfecto bañado. La esposa está en el último estado. Pelos por todos lados. Y cada cinco minutos regaña a un niño por dos nombres y lo amenaza. Uno le sonríe, escondiendo, como madre el pánico de ser ella.

Luego está la pareja de intelectuales. Están leyendo todo el día. Él se ve mucho mayor que ella, pero no se ve viejo. Ella no es una de bellezas de revista. Es una belleza más tranquila. Es una de esas personas que tiene aura. Energía. No paran de hablar. Pero tampoco dejan de estar en silencio. Se ven cómodos. Contentos. Puedes jurar que los viste agarrados de mano en un momento, pero tampoco te cuadra, porque él regresó solo de un paseo, mientras ella estaba tumbada con el libro en la playa.

Está otra pareja de novios. Se ven de lo más relajados, tienen años. Están lo que están empezando a salir. Están los que tienen cara de incomodidad, que revisan el celular a cada rato.

Está la familia de cuatro con el papá que no para de hablarle a todo el mundo. Es el mejor amigo del grupo de viernes a domingo. Habla de deporte, de cocina, de cine, de famosos en general, después saca unas conclusiones filosóficas de la vida, todas basadas en dichos como, hay que darle duro a lo que viene, porque eso lo que hay, más nada. Termina mucha de sus frases con más nada. La esposa tuerce los ojos todo el tiempo y casi no habla. Un poco para compensar la intromisión de él. Pero el tipo es simpático y agradable para hablar, y uno se ríe, porque es demasiado venezolano. Y en estas épocas es chévere encontrarse con alguien demasiado venezolano. Como que hace falta.

Siempre me pregunto cómo me ven a mí. Cómo me determinan. Soy la que se sienta siempre en la misma mesa, con mucha precisión porque me gusta el puesto fijo, para no andar molestando a la materia gris con el tema, dónde nos vamos a sentar. También creo que es más fácil para los mesoneros. Me imagino que soy la gritona, o la escandalosa, porque siempre hablo muy duro. Y hablo mucho. Pero es raro, porque yo no hablo así de entrada. Yo necesito un permiso para hablar. Eso sí. Una vez que empiezo es difícil que pare. Sí. A veces puedo ser como una tecla a la que tal vez no le deberías dar. Un poco como el blog. Hay posts que empiezo con, no tengo nada que decir y de pronto van, cuatro páginas.

Dicho sea de paso, así va la novela. Ayer llegué a la 102, pero debo decir que he estado trabajando en cosas de esqueleto. Escribir una novela no es fácil. No es que yo pensara que eran papás peladas, pero hay demasiadas cosas que trabajar, desde la sinopsis, hasta el perfil de los personajes, hasta lo más chévere que es la cronología y cuadrar los tiempos de lectura, de narración. Un infierno. De verdad. Odio eso. La maravilla es que no estoy sola.  Pero en caso de que pensaran que lo paré, pues no. Estoy trabajando más y mejor que nunca. Después les cuento dónde. Tengo un pequeño oasis en la ciudad. 

jueves, 25 de octubre de 2012

Creo


Creo en la vida. Creo en mi par de zapatos bien puestos sobre la Tierra. Creo en las alas de la memoria. Creo en el poder de la imaginación. Creo en las mañanas de cielo abierto, cuando Dios te regala el infinito. Creo en los animales. Tanto en la serpiente, como el elefante. Creo en la inocencia. Creo en el abyecto. Creo en el daño.

Creo en el llanto. Creo en el grito. Creo en el silencio. Creo en la sonrisa. Creo en el aliento. El primero. El último. El que se cortó frente a un golpe, una desilusión, un giro inesperado.

Creo en la compañía. Creo en la unión. Creo en la distancia. Creo en el espacio. Creo en el camino de la mano. Creo en el camino solitario. Creo en la ruptura. Creo en el adiós. Creo en el reencuentro. Creo en el abandono. Creo en el rescate. Creo en la huida. Creo en la persecución, aunque la odie.

Creo en las comidas abundantes. Creo en la bebida. Creo en la embriaguez. Creo en el ratón. Creo la cafeína en sus distintas presentaciones. Pero sobre todo creo en el olor a café de greca antes de que salga el sol. Creo en comer sola y comer acompañada. Creo en lo salado para el sabor. Creo en lo dulce para la felicidad. Creo en el hambre para el dolor. Creo en el helado para mantener la fe. Creo en Johnnie Walker para destruir cualquier plan y vivir de improviso.

Creo en las casas. Creo en las almohadas. Creo en los sofás que sirven para sentarse y para dormir. Creo en tapar mi vientre con cojines. Creo en sentarme como indiecito.

Creo en las batidoras, en las licuadoras, en los calderos y las cucharas de madera. Creo las sopas para remendar los huecos pequeños del alma. Creo en las tazas grandes. Creo en las cucharitas pequeñas para que el placer dure más.

Creo en las computadoras. Creo en los cuadernos. Creo en los lápices número 2 y los colores de madera. Creo en colores de cera. Creo en témperas. Creo en manos sucias y ropa manchada. Creo en la boca marrón de chocolate. Creo en el aliento a cigarro. Creo en la lengua verde de colorante.

Creo en el rumor de aviones a lo lejos. Creo en el estruendo de las olas al reventar contra la orilla. Creo en el sonido de las caídas de agua. Creo en las mariposas. Creo en revivir con agua los pájaros que se estrellan contra el vidrio.

Creo en las lloradas de autopista. Creo en las fotos que tomaron cuando no te dabas cuenta. Creo en los desnudos premeditados. Creo en mi piel, con todas y cada una de sus cicatrices, porque creo en las cicatrices.

Creo en la apuesta. Creo en el riesgo. Creo en la pérdida. Creo en la ganancia. Creo en el derrumbe. Creo en lo que quedó atrás. Creo en lo que no puedo cambiar. Creo en lo que viene. Creo en el futuro. Creo en los sueños.

Creo en los huesos rotos. Creo en las heridas que se tapan con curitas. Creo en las cortadas que se infectan. Creo en las infecciones masivas, de cuerpo, de alma, de sociedad, de mundo.

Creo en las películas que no puedo terminar de ver. Creo en las flores. Creo en las matas que se han muerto. Creo en las orquídeas que han decidido ser mi conexión con el mundo de la flora.

Creo en el mar. Creo en la arena. Creo en la inmensidad. Creo en fuerzas descomunales. Creo en lanzarme al vacío. Creo en la gravedad. Creo en caer. Creo en el golpe. Creo en los daños. Creo en las heridas.

Creo en los libros. Creo en el sentimiento que se desborda. Creo en la ficción. Creo en la poesía. Creo que en la prosa. Creo en los autores desesperados. Creo en los lúcidos. Creo en los desesperanzados. Creo en los que ansían una luz al final un hoyo que todavía no se sabe si es un túnel, un laberinto o un espacio imposible de determinar. Creo en historias. Creo en personajes. Creo en ambientes.

Creo en las miradas. Creo en las sonrisas. Creo en las manos. Los apretones. Los agarrones. Las caricias. Los golpes. Las que sólo están allí como malla de seguridad para aguantar tus caídas. Creo en todo lo que puedo hacer con mis manos.

Creo en los abrazos. Pero sobre todo creo en los besos.

Creo en el destino. Creo en mis pasos. Creo en no dejar que nadie toque mis pies, porque son mi mejor medio de transporte.

Creo en la acción. Creo en el pensamiento. Creo en los impulsos. Creo en la reflexión. Creo en racionalizar todo. Creo en no entender nada.

Creo en verdades, completas, a medias y ausentes. Creo en espejismos. Creo en el autoengaño. Creo en el desengaño.

Creo en pechos.

Creo en camas desbordadas de sueño, de lujuria o soledad. Creo en esconderme debajo de cobijas como el mejor remedio para el miedo. Creo en el síndrome de avestruz. Creo en el insomnio.

Creo en el tiempo. Creo en que vine. Creo en que estoy aquí. Creo en irme. Creo en volver.

Creo en mi perro. En su amor incondicional. En su mirada sin prejuicio.

Creo en el amor. Creo en la pasión. Creo en el cariño. Creo en la incondicionalidad. Creo en la solidaridad. Creo en la risa.

Creo en la música. Creo en la pintura. Creo en la escultura. Creo en el arte.
Creo en el derecho de palabra.

Creo en brujas. Creo en fantasmas. Creo en ángeles. Creo en demonios.

Creo en pedazos de infernal cielo. Creo en pedazos de infierno celestial.

Creo que el viento es la caricia reconfortante de un ser superior.

Creo en los corazones negros y rotos. Creo en los latidos de sangre roja, llena de óxigeno, llena de vida. Creo en los suspiros. En los bostezos. Creo en respirar hondo y llenarte de universo.

Creo en el universo.

Creo en la vida.

Creo en los dolorosos inconvenientes de ser puro de corazón.

Creo…que creo en mí. 

domingo, 21 de octubre de 2012

Vivir con un velociraptor dentro


¿Cómo domar al velociraptor que vive en el estómago? Yo tengo un velociraptor que vive dentro de mí.  Se come todo. Menos la angustia. Menos el miedo. Menos las inseguridades. No siempre está despierto. Es entonces cuando puedo pensar. Pero una vez que se levanta, ya no soy dueña de mí. No puedo decir lo que pienso. Sólo lo que ordena el velociraptor. No soy coherente. Ni racional. No tiene sentido nada de lo que digo. No hay un hilo conductor en mis acciones. El que manda es el velociraptor.

Carnívoro al fin. El velociraptor se ha ido comiendo mis entrañas. Se ha ido comiendo partes de mí, y aunque los cirujanos tal vez encuentren mis entrañas intactas, lo que el velociraptor se ha comido de mi interior se manifiesta en la suma de errores, de traspiés, de desaciertos, de palabras y gestos desafortunados que he acumulado a lo largo de los años.

Lo curioso del velociraptor es que, tiene su corazón. No es puro rugido y destrucción. Es quizás por eso que nunca he tenido la fuerza de extirparlo, aunque, no sé si realmente pueda. Me lo he propuesto. Pero siempre a mitad de camino he perdido la voluntad. El velociraptor y yo en el fondo, nos queremos. Hemos estado juntos toda la vida, y hay algo de estar con alguien o con algo, o con una parte de ti desde toda la vida, que es más fuerte que cualquier dictado de la sociedad o de la razón. Yo sé que el velociraptor está aquí para quedarse.

El velociraptor es el motor de noches como esta. El reloj de la computadora marca 03:30 am. Hay quien la llama la hora del diablo. Yo la llamo la hora del velociraptor. El quiere que nos sentemos a escribir. Porque el velociraptor, aunque me de un poco de pena decirlo, es algo poeta. Se pone hasta cursi. Tiende a la melancolía, a la tristeza, me hace llorar, escupe un fuego que me nubla la vista, me intoxica, me lleva a otros lugares, lejos, muy lejos de la pantalla azulosa y las teclas suaves, del sofá que me molesta en la espalda y los ojos hinchados por la falta de sueño. El velociraptor tiene la capacidad de darme otras pieles y abrirme la imaginación. El velociraptor no es tan malo. Me hace daño, pero me deja más de lo que me quita. En suma. Así debe ser toda relación. Porque ¿en qué relación no hay daño?

Claro que dicho carnívoro prehistórico, descrito tal vez en los últimos párrafos con mucha benevolencia de mi parte, no deja de ser sanguinario. No deja de ser un cazador. No deja de estar acechando constantemente, obligándome a engordar mi interior con presas para alimentarse. Una vez satisfecho, cual perro fiel se acurruca en la boca de mi estómago, espera un rato, luego salta y juega. Susurra cosas. Cosas como, ¿por qué no mejor retroceder en el tiempo? ¿Por qué no mejor revivir esto o aquello? ¿Por qué no hacerlo distinto? ¿por qué no desvivir, pero con un solo propósito? Volver a vivir.

Volver a vivir. Es quizás de las propuestas más crueles que me ha hecho el velociraptor. La más cruel, es la de vivir por adelantado. Por eso mido muy bien lo que escribo antes de hacerle caso al animal. No vaya a ser qué, no sólo tenga poderes de evocación, sino que además sea un vidente. Un adivinador, un tipo de estos que son capaces de pronosticar el futuro, sin tener una reputación de por medio. Sólo mis ojos. Sólo mis manos. Sólo un texto. Una ficción demasiado cierta. Demasiado real. Tan real que lo que vives comienza a ser una mentira.

A veces pienso que lo único real que tengo es el velociraptor. Nada más cuenta.

El velociraptor una vez más no me deja dormir. Mis ojos quieren. Pero él no deja. Está inquieto. Preocupado. Lleno. Indigestado. Agresivo. Malhumorado.

Me está obligado a decir cosas. Tienes cosas que decir. Dilas.

Mi status cambia a: pluma en mano.

Defivinitamente no sé otra forma de decir lo que tengo que decir. Lo demás siempre se lo ha llevado el viento, o ha sido, ya no la poesía, sino vómito despreciable, del velociraptor.