viernes, 17 de mayo de 2013

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Sueños viejos

Carta de amor I 

Anoche soñé que me escribías una carta de amor. Tenía una C. enorme en la esquina inferior izquierda. Me la diste en tu casa. Tu casa era una especie de monumento de mármol negro. La cocina. Los baños. Los pisos. Las paredes. Todo estaba cubierto de mármol negro.

Era de noche. Por los ventanales se veía puro negro.

Me habías dicho que la buscara y nada más entrar la vi brillando, blanca y tranquila, sobre el mesón de la cocina. Yo me acerqué dudando. Pensando cómo alguien escribe una carta de amor en un lugar tan frío, y tan oscuro.  Recuerdo el miedo. Aunque estaba dormida sentía mucho miedo. Miedo no sólo de ti, sino de descubrir al ver la carta que tenía otro nombre. Que no era para mí.

Cuando la tuve en mis manos y vi aquella letra azul, sentí una eterna felicidad. Una felicidad que me va ayudar a colmar de esperanza, la vida después de la muerte de este corazón roto. Como si me hubiese lanzado por fin a ese mar tan lejano, en el que siempre me había querido ahogar. En el que me había querido ahogar contigo. Esa letra fue toda una vida contigo.

Por fin tomé el papel. No estaba tu letra. No habían declaraciones, ni promesas, no había canto al futuro, ni llantos para el pasado. Era un contrato. Un contrato mecanografiado. Entonces entendí, que jamás habrá palabras, que tu amor es pura cadena. Es un instrumento para segar mi libertad. Es una atadura. Un impedimento para todo. Una opresión. Un instrumento que sirve como coacción para limitar cada acto de mi voluntad.

Así que ese iba a ser tu amor. Seco. Distante. Formal. Con entradas y salidas de medidas perfectas. Estipulando ganancias. Con una parte, una contraparte. Con reglas y sometimientos. Con obligaciones. Con tiempos. Con espacios. Con todo determinado. Hasta la estrategia de salida. Hasta la fecha de vencimiento.

Lo único que no estaba estipulado, en tu casa de mármol negro era lo que yo quería sentir. Entonces llegó aquella sombra. Esa sombra imprecisa, por la espalda y me derribó. Caímos al suelo. Los papeles volaron. Mi carta de amor. Mi contrato de pertenencia. Ese instrumento de tortura exquisita que me mantenía atada a ti y que me libraba de tener que asumir mi destino.

No sé si al final lo firmamos. Sólo sé que justo antes de abrir los ojos yo estaba parada afuera de tu casa, con una maleta y un hilo de sangre que bajaba de mi boca. Alguien me preguntó que llevas ahí, y yo contesté, tocándome el pecho y bajando la mirada, miedo y soledad.

Y cuando estaba empezando a caminar, abrí los ojos, y pasé el día con un C. azul y una casa de mármol negro en la mente.