viernes, 31 de mayo de 2013

Caminata Matutina


Amaneció encapotado. Con ese techo bajo, entre azul y gris que es tan de aquí. Leí. Escribí. Desde las cinco hasta las ocho más o menos.  Después me vestí y salí a caminar.

Amo las ciudades cuando están despertando. Aquí todo arranca tarde. Aquí la gente no hace mucha vida antes de las 10 am, el menos no en la calle, comercios y ese tipo de cosas. Antes es la gente caminando a sus trabajos. Las paradas de los autobuses concurridas, las aceras llenas de corbatas y talleres con maletines y tacones.

Los camiones se paran delante de los negocios para comenzar a abastecerlos para el día. Los turistas aún no salen. A esa hora estarán todavía intentando dominar el jetlag y las apretadas agendas que los llevarán por toda la ciudad, preparando cámaras de fotos, escondiendo pasaportes y guardando la plata en un lugar seguro, atentos con los carteristas.

Yo saco mis Urban Ears, regalo de navidad que fue concebido para caminarlo por calles como estas, pero que en una ciudad en la que uno no puede caminar con distracciones han quedado como parte imprescindible de mi rutina de escribir. Escribo con música. Aquí camino con música. Hay hasta un ritual. La primera canción que tiene que sonar cuando salgo es Conversation 16 de The National. Y yo ajusto mis pasos al ritmo de la canción, me miro en algunas vitrinas, siento que de pronto toda la ciudad está escuchando Conversation 16. Estamos en una película.

Me pongo a pensar millones de cosas. Escucho la música. Pienso en mi vida. Pienso en lo que escribo. Veo las tiendas. Pienso en que amo esta ciudad y me empieza a invadir una sensación tan extraña. Es felicidad. Creo que es felicidad. Me doy cuenta, casi sin pensarlo, que mientras camino y a pesar que no tengo papel, ni lápiz, ni laptop, que hay 10ºC de temperatura y llevo las manos en los bolsillos, estoy escribiendo. No te vayas a olvidar de esto me digo.

Imagino que al regreso estaré escribiendo este post en el que les cuento por qué amo tanto caminar por París. Veo en la vitrina de una librería que adoro, Librería de la Educación, unos libros que ama Clarissa, son sobre un lobo. Su favorito es el Lobo que busca una enamorada. Hay uno nuevo, y me alegro porque ya tengo un regalo que le va a fascinar. Entones pienso en otros cuentos de lobo que ella ama, como Grand Loup et Petit Loup (Lobo grande y lobo chiquito), hermosísimo, esos dos lobos se encuentran, comienzan a vivir juntos y se hacen inseparables. Pienso que es curioso que amemos tanto las historias de lobos, y cómo cambian las perspectivas, para mí un lobo era feroz, punto.

Sigo caminando y veo un indigente y entonces ya las cosas no son lo mismo. Y sigo amando esta ciudad, pero me digo que no puedo estar tan feliz, porque aquí no todo es felicidad, turistas, arte. Esta ciudad es dura. Muy dura. Aprieto el paso y los dientes. Llego a un Starbucks, y sí, quizás eso sea algo que uno no debería hacer aquí. Siento que son los gringos y yo. Comprando un café que si te pones a ver no es muy bueno, de hecho si me tomo dos en un día comienzo a sentirme fatal, pero ya es un sabor al que me he acostumbrado. Le pongo canela, azúcar morena, me lo llevo y sigo caminando. Siempre me quemo la punta de la lengua. Por impaciente. No aprendo. Siempre. Siempre paso unos días con esa quemadura de no aguantar un rato a que el café se enfríe, a pesar de que el vaso de plástico lo advierte.

Sigo caminando con mi nombre en la taza. Comienzo a aclimatarme. No me molesta tanto el frío. Me paro a ver las vitrinas, zapatos, camisas, regalos del día del padre, los libros de la Librería Polaca. Casi me atropella una bicicleta, pido perdón, el ciclista se ríe. Me pregunto ¿cómo me verá? Graciosa al menos. Aparentemente.

Sigo caminando y pienso en mis libros, en las poesías que estoy escribiendo, en el formato en el que creo que voy a trabajar. Pienso en mi novela en la que trabajé esta mañana. Pienso en el material que tengo que comprar para investigar sobre una historia de amor que tengo que escribir. Pienso en Marcel Proust. Pienso en promover lectura. Pienso después en la Guía de Paris que tengo tiempo escribiendo, y que me gustaría añadirle cosas. Pienso en que tengo que documentar bien mi viaje. En las cosas que me gustan. Paso un cine, hay varias películas que quiero ver.

Sigo caminando y entonces vienen algunos deseos y recuerdos. Uno extraña lo que fue y lo que no ha sido. Lo que ya nunca será.  Es una melancolía dulce. Entonces veo la gente y  me pongo a pensar que así vamos todos caminando. Cada quien con su carga a cuestas. Sus miedos, sus proyectos, sus frustraciones, su perdones que ya no importan, sus te amo no dichos, sus declaraciones de amor correspondidas, sus sonrisas, su manos aún sintiendo el contacto con esa persona amada a quien dejaron esperando en algún lugar que esperan seguro, sus tiempos precisos, sus tiempos sobrantes, escasos, sus espacios demasiado grandes o infinitamente pequeños, sus remordimientos, sus culpas, sus alegrías inesperadas, sus cuentas pendientes, sus deudas perdonadas, su bagaje emocional y su exceso de peso, falta de dinero y los años que se han sido sumando inevitablemente y sin que uno se de cuenta, su anestesia frente a las cosas duras de la vida, su ceguera, su raciocinio, sus deseos no formulados. Entonces pienso, cuántos de nosotros no andamos por ahí con deseos no formulados o porque cuando estás frente a la fuente no tienes monedas, o porque cuando andas con el bolsillo lleno de monedas no consigues la fuente. Así nos cruzamos todos, sanos y un poco enfermos, cada mundo, cada planeta, cada dolencia, desinterés y absoluta devoción. Cada  uno un ser único, pero a la vez todos partes de un género, una especie, un mismo animal.

Cruzo la calle, son las nueve de la mañana. Hora de terminar el café, escribir un poco y desayunar. Que pronto comenzará el día. 

2 comentarios:

Ora dijo...

"Cada quien con su carga a cuestas. Sus miedos, sus proyectos, sus frustraciones, su perdones que ya no importan, sus te amo no dichos, sus declaraciones de amor correspondidas, sus sonrisas, su manos aún sintiendo el contacto con esa persona amada a quien dejaron esperando en algún lugar que esperan seguro, sus tiempos precisos, sus tiempos sobrantes, escasos, sus espacios demasiado grandes o infinitamente pequeños, sus remordimientos, sus culpas, sus alegrías inesperadas, sus cuentas pendientes, sus deudas perdonadas, su bagaje emocional y su exceso de peso, falta de dinero y los años que se han sido sumando inevitablemente y sin que uno se de cuenta, su anestesia frente a las cosas duras de la vida, su ceguera, su raciocinio, sus deseos no formulados. Entonces pienso, cuántos de nosotros no andamos por ahí con deseos no formulados o porque cuando estás frente a la fuente no tienes monedas, o porque cuando andas con el bolsillo lleno de monedas no consigues la fuente." Amé este párrafo, Manu. Ah, la nostalgia.

Ora dijo...

"Cada quien con su carga a cuestas. Sus miedos, sus proyectos, sus frustraciones, su perdones que ya no importan, sus te amo no dichos, sus declaraciones de amor correspondidas, sus sonrisas, su manos aún sintiendo el contacto con esa persona amada a quien dejaron esperando en algún lugar que esperan seguro, sus tiempos precisos, sus tiempos sobrantes, escasos, sus espacios demasiado grandes o infinitamente pequeños, sus remordimientos, sus culpas, sus alegrías inesperadas, sus cuentas pendientes, sus deudas perdonadas, su bagaje emocional y su exceso de peso, falta de dinero y los años que se han sido sumando inevitablemente y sin que uno se de cuenta, su anestesia frente a las cosas duras de la vida, su ceguera, su raciocinio, sus deseos no formulados. Entonces pienso, cuántos de nosotros no andamos por ahí con deseos no formulados o porque cuando estás frente a la fuente no tienes monedas, o porque cuando andas con el bolsillo lleno de monedas no consigues la fuente." Amé este parrafo, Manu. Ah, la nostalgia!