lunes, 17 de junio de 2013

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Anoche. Anoche no sé qué soñé.

Me desperté bañada en sudor. La sábana empapada, enroscada a lo largo de mi cuerpo, como si hubiese estado intentando tapar mi desnudez por pudor con Morfeo.

Busqué en la mesa de noche algo como un ancla, una señal de que había llegado a tierra firme, con la angustia de no saber a dónde, ni cuándo, ni cómo había sido el viaje. Todo estaba intacto. La lámpara, el vaso de agua, el libro con su marca páginas en la misma hoja en que anoche había dejado una historia sobre un aviador que busca sin cesar un náufrago y no lo encuentra.

La cortina estaba abierta, dejando que mi cuarto se bañara de una luz fosforescente. Los pájaros proclamaban también la mañana. Me pregunté si ellos habrían soñado. Si ellos sabrían de mi sueños. Si tal vez, alguno de ellos habría estado en mis sueños.

Abrí la gaveta de la mesa de noche. Saqué un cuaderno y empecé a recorrer viejos sueños. Allí estaban todos. Los dolorosos. Los aterradores. Los dulces. Lo de sol. Los de la madre luna. Los sueños en que fuimos ladrones. Los sueños en los que fuimos asesinados. Los sueños en que nos matamos unos a otros. Los sueños en que nos perdimos. Los voluptuosos. Los del desangre. Los francamente tristes. Los solitarios. Los de cielo abierto. Aquel en que nos sentábamos a ver el sol penetrar los árboles y darle vida a las hojas, y luego nos uníamos en un fluido y nosotros éramos la clorofila.

Estaba ese otro sueño. Un terrible sueño en que no teníamos piel, y con mi puño y letra había escrito, como si fuese una carta para ti, o la respuesta consciente al teatro absurdo del fondo de mi alma, que ese había sido un momento de nuestras vidas en que nos habíamos herido hasta arrancarnos la piel. Éramos carne, hueso y sentimiento al desnudo. Al aire libre. Nada nos contenía. Y en ese sueño, al terminar nos habíamos vuelto un solo ser. Pero no estábamos juntos. Ni siquiera vivíamos en el mismo planeta. Tú errabas por la Tierra. Yo caminaba la Vía Láctea.

Más allá. Vagando entre páginas, encontré el sueño en que nadábamos desnudos. Después estaba otro en el que nadábamos vestidos. Luego otro en el que nadábamos en lava. Uno que era todo desasosiego, en el que nadábamos entre los anzuelos que nosotros mismos habíamos lanzado.  

Más allá había uno muy angustiante, en el que nadábamos en un estanque que habíamos contaminado. Y yo te decía ¿qué es toda esta basura? Y tú respondías, tus recuerdos y tus lágrimas. Y yo te contestaba, si las lloré por ti entonces te pertenecen, has lo que te parezca con ellas. Yo salía del agua. Tú te quedabas nadando y cuando ya me alejaba gritabas, ¡de aquí nunca voy a salir! Yo me regresaba a la orilla, lloraba un poco más, te decía, hoy subió el nivel del mar a pesar de lo que dijo la luna. Luego me daba media vuelta y me iba por un camino por el que no paraba de tropezar con una piedra, la misma piedra que terminaba por adelantarse siempre a mis pasos, como una especie de perro fiel, que no me seguía sino que me predecía, y que llevaba un collar con tu nombre.

Pero no encontré el sueño en que te perdía. No encontré el sueño en que ya no estabas. En que te borrabas y desaparecías.

No encontré entre todos esos sueños alguno que me ayudara a recordar lo que acababa de soñar. Y comencé a presentir que el sueño para borrarte tal vez nunca llegaría, o tal vez sería tanto olvido, que sería un sueño de puro negro. Sería la nada.

Con miedo me acosté de nuevo en mi sudor.  Pensando en esa oscuridad. En esa vorágine de olvido.   De sueños irreconocibles.

Cerré los ojos. La somnolencia aún hacía que mis párpados descansaran suavemente, casi con pesadez. Mi cuerpo se fue relajando. Respiré profundamente y comencé a buscarte. Me fui a los recuerdos.

A aquel beso. Tras la puerta. A escondidas. Había olvidado tus manos, ya sólo quedaba tu boca, la sensación de estar en tus brazos como quien está en el aire, como un santo, levitando en paz, en armonía con el mundo. Tus brazos como si fuesen un destino. Un salvoconducto para escapar al desasosiego.

Ese recuerdo comenzó a hacer metamorfosis, y yo empecé a mover mis manos, a besarte más profundo, a decirte lo que no dije. Y no tenía miedo, tenía alas. No había silencio, sino un latido como un estruendo, como si nuestros corazones fuesen un truenos. Entonces la noche se abrió, como si fuese ella la que iba a volar, como si fuese ella nuestra nave.

Y ya no sé dónde termina ese recuerdo convertido en sueño. Sólo sé que al regresar de ese sueño seguía empapada, y al ponerme de pie me dije, no has dormido.