sábado, 8 de junio de 2013

Chagall


CHAGALL. MUSÉE DE LUXEMBOURG – 2013




A los padres uno les agradece muchas cosas. Desde aprender a cruzar la calle, hasta el aquello de inculcarle a uno ciertas ideas y principios. A mi padre le debo algo en especial y es la capacidad de admiración y la sensibilidad por el arte. En estos días volvimos a pasar por el pasillo del Museo del Louvre en donde está La Victoria de Samotracia, y en un momento tuve que volver la mirada porque se me salieron las lágrimas recordando las primeras veces que caminamos juntos por ese museo. Mi papá siempre llenó esas visitas de aventuras e historias. Mi papá me enseñó que el arte, todo tipo de arte, antes de ser una expresión, es una historia, una aventura. Jamás he visto la cultura como algo aburrido, por más que a veces haya necesitado un descanso de ella, pues como todo amor también este se oxigena con la distancia.

Estos días que hemos pasado en París, los cuales he ido documentando de distintas formas, como siempre, han sido un regrese a esas raíces. Han sido un regreso a esa compañía. Nos hicimos desde el primer día una agenda cultural apretada. No he parado. Literalmente no he parado. Duermo pocas horas y estoy siempre de pie, caminando, admirando, quedándome sin aliente frente a los edificios de esta ciudad que conozco tan a fondo que a veces ni yo misma me lo creo. Cuando entramos a los museos, siempre vienen de nuevo las historias. Las grandes historias, mezcladas además con esta biografía museística. Los que hemos visitado juntos o separado, cuándo, por qué, qué vimos. “Aquí vi yo a Arcimbolo”, “¡Claro! Esa la vimos juntos”.

Yo no pensé mucho mi decisión de irme por Historia del Arte cuando estudié en Estados Unidos. Fue algo casi tácito. Lo vi ahí y pensé que me moría por estudiar a fondo esas cosas que tanto había hablado con mi papá. Es más, pensé que sería un lujo que mis exámenes y trabajos fueran sobre eso. Fueron los dos años más bellos de mi vida. Tuve que estudiar mucho para hacer casi tres años y medio de carrera en dos. Al final después de mucho estudio lo logré, y comencé a ver el arte de una forma totalmente distinta. Cambió mi aproximación.

Jamás me consideré historiadora o algo así, pues para eso se necesita un postgrado que yo no he hecho. Sencillamente había estudiado. Tenía una nueva noción de ciertos estilos y artistas, de sus vidas, de sus búsquedas, aprendí en una clase maravillosa de historia de la arquitectura, con uno de los hombres más sensibles que haya escuchado en la vida sobre las Catedrales europeas, sobre lo que significaron y aún significan para la humanidad. Aprendí a leerlas. Pues ese era su objetivo, en las palabras de aquel profesor, las catedrales fueron en su momento lo que los libros de historia son para nosotros, pues la meta era plasmar en ellas las historia de la humanidad, alabar a Dios todopoderoso, rogar a la virgen María por el perdón de los pecados y el acceso a la vida eterna, a través del gran ingenio del hombre, del desafío a la naturaleza misma. Sí. Mi papá y mi mamá también debo decirlo, son grandes enamorados de las catedrales. De las catedrales y de las historias que tienen que contar.

Nuestra agenda artística nos llevó ayer a ver una exposición de Chagall en el Museo de Luxemburgo. Pocas veces me he sentido tan conmovida por la obra de un artista. Así de pronto. De frente. Como si cada cuadro fuese un espejo. Como si cada cuadro me revelara una verdad secreta, cuya respuesta está en el fondo de mi alma y que por más que intente no podré expresar jamás con palabras. O viviré en ese intento. Pocos artistas me han hecho sentir tan conectada con este oficio al que me vengo entregado cada vez con más pasión. Será porque Chagall fue un poeta, será porque entendía esa unión entre literatura y pintura, será porque su búsqueda era parecida a la mía. Entre los sueños y la consciencia, Chagall era un “soñador consciente”. Será porque al fin y al cabo, a través de la maestría de su trazo, de su uso del color, de sus casas y sus personajes voladores llegué a sentir el poder de sus historias. Será porque cuando se unen el gran talento y una maravillosa historia se habla un lenguaje universal, que no necesita traducciones y aunque no parezca las interpretaciones son claras, directas. Chagall tenía un lenguaje propio, el lenguaje de los sueños. Chagall fue un pintor poético. Literario.

Aquí vimos además a un Chagall en el que se yuxtanponen su visión de la paz, con lo que vivió durante los años de guerra, de tormento, no sólo político, sino también personal. Cómo lo afectó sobre todo la Segunda Guerra Mundial, el exilio, la muerte de su esposa, y también los momentos que en regresó la calma y se reencontró con el amor. Un hombre sensible frente a las desgracias y miserias de la humanidad, que además mezcló elementos del cristianismo y de judaísmo para demostrarnos que no somos tan distinto y que realmente las religiones pueden y deben coexistir. El rito será distinto pero el mensaje es el mismo. De las cosas que más disfruté de la exposición fueron las ilustraciones de la Biblia, y de libros como Almas Muertas de Gogol, las Fábulas de la Fontaine, los que pasan a estar ahora en esa lista de "libros que quiero". 

En lo personal, aunque que esta no es la primera vez que veía algo de Chagall, en un momento de la exposición  me pregunté si era que se me había olvidado  o si es que sencillamente no estaba poniendo suficiente atención en el pasado, cuando estudié, cuando fui a otros museos y visité otras exposiciones. Entonces me senté un rato y saqué un cuaderno, me puse a escribir y a pensar. Ciertamente que uno a veces peca de creer que sabe mucho. Porque lee un poco, o ha visitado  museos, porque reconoce los apellidos, hasta los estilos. El caso es que una cosa es saber y conocer y otra entender y reflexionar. A veces hace falta un paso más, hace falta ver de nuevo con una mirada fresca, sin tener siempre de intermediario lo que uno sabe o lo que uno cree que sabe. Sobre todo, y esto es cierto en cuanto a la historia del arte, tanta teoría a veces es importante, pero que a veces más bien molesta, tanta clasificación, tanta lectura supuestamente culta que lo lleva a uno a parecer más bien una especie de maestro que quiere demostrar que ha leído mucho y que comprende verdades que nadie más comprende, cuando en realidad a los lugares más profundos se llega mirando las cosas como niños. Sorprendidos. Maravillados. Sin aliento. Buscando. Leyendo. Identificando en nuestras propias vidas cierto rasgo de esas historias que no están contando.

Entonces pensé que en el arte hay una especie de virginidad. Es esa primera mirada, esa primera aproximación. Nos pasa con todo. Quizás Kafka sea el mejor ejemplo. Esas primeras líneas de La Metamorfosis son todo un acto de unión entre escritor y lector, y después de leerlas la primera vez ya no vuelve a ser lo mismo. Ese proceso entre el dolor y el placer, entre el descubrimiento y el miedo, las ganas de explorar, el sentir que uno alcanza otros niveles espirituales y por qué no físicos, puede ser. Luego las cosas cambian y uno las disfruta de otra manera. Pero en el arte, como en el sexo, uno no disfruta bien de ese apareamiento si no sabe combinar como es debido el pensar con el sentir. Uno de los dos piensa, y el otro siente, y así el placer se multiplica y se vuelve casi inagotable, hasta que llega el éxtasis.

Viendo a Chagall di gracias por todo lo que no he visto. Di gracias por todo lo que no he leído. Uno está tan pendiente de lo que ya sabe, de lo que ya leyó, que a veces se olvida que hay un mundo de maravillas por descubrir, y sí, incluso las que uno cree que ya conoce. Incluso frente a aquellas personas que uno considera queridas. El mundo está ahí para que lo descubramos. No es cuestión de que se nos presenten las maravillas, sino que nosotros nos abramos a ella. Por eso vale la pena, cuando uno sienta que algún complejo de superioridad se asoma por ahí, recordar aquellos primeros días, recordar la ilusión y la emoción de cuando el mundo, o un libro, o hasta un amigo era algo por explorar. Revistarlo con la misma emoción. Esa sensación no es de las cosas que te hace sentir más pequeño, o más inculto, al contrario, es lo que hace sentir realmente vivo. Que no se pierda jamás la capacidad de asombro, creo que yo esa es la verdadera diferencia entre los vivos y los muertos.


“Plus clairment, plus nettement, avec l´ âge, je sens la justesse relative de nos chemins et le ridicule de tout ce que n´est pas obtenu avec son propre sens, son propre âme, qui n´est pas emprégné par l´amour.”

“Con más claridad, con más nitidez, con la edad yo siento la precisión relativa de nuestros caminos, y lo ridículo que resulta todo aquello que no se obtiene a través del propio sentido común, la propia alma, que no está impregnado de amor”.