sábado, 1 de junio de 2013

Dynamo en el Grand Palais


No pretendo hacer aquí un análisis intenso y técnico. Entre otras cosas porque no ejerzo la historia del arte, y segundo porque el arte contemporáneo no es mi fuerte. Además no es la idea de estos comentarios. Busco más bien compartir otra clase de impresiones. Creo que cuando vamos a un museo, a una exposición, a una galería, cuando caminamos por una ciudad, por cualquier ciudad y nos aproximamos a algo que consideramos arte, es decir, que nos transmite algo que es intocable y a veces indefinible, eso nos enriquece como seres humanos. Más allá de los problemas que una obra de arte trate de resolver, sean concretos o de orden más bien teórico. El caso es que también me da miedo, ahora que está de moda ser culto y que todos quieren ser eruditos. No me gustan, aunque a veces tal vez no mande esa señales, las sentencias de superioridad. Creo que uno no se enriquece de ninguna obra sino se aproxima a ella con humildad.

La exposición de Dynamo en el Gran Palais me dejó perpleja. El arte contemporáneo me cuesta porque después del cinetismo me cuesta un poco ubicar a los artistas, los conozco poco y me pasa lo a veces lo que Vargas Llosa menciona en el Civilización del Espectáculo y lo que ha dicho un par de veces en su columna Piedra de Toque, que a veces siento que el arte contemporáneo me quiere tomar el pelo. Hay cosas cuya belleza admiro, o cuya genialidad, cuya preocupación, expresión, por más sencilla que esta sea, no todo tiene que ser una teoría sobre un problema de escala mundial, o una preocupación sobre la condición humana. A veces las cosas son más sencillas, y justamente uno termina por ir a lo más profundo a través de la sencillez. El caso es que hay varias obras de esta exposión que no me gustaron, bien porque no las entendí o porque al entenderlas me parece que carecen de un discurso sólido, es decir, no me transmiten nada más allá de que se nutrió el ego de alguien que seguramente si hablas con él se considera “artista”. Nada más.   

Debo explicar que Dynamo, es una exposición sobre la luz, el movimiento, la mirada y las distintas formas de percibir el arte, a través de los sentidos. Experimentos artísticos que toman en cuenta cómo es nuestra aproximación al mundo, a una obra, desde la luz, los sonidos, el movimiento, entre otros factores. Quizá el más determinante, el que juega un papel principal, al menos en esta exposición, es la luz, seguido del movimiento. En general la exposición me gustó.

Así como hubo cosas que no me gustaron, y a los otros dos acompañantes tampoco, si hubo par de obras geniales. Entre ellas la de tres venezolanos, Alejandro Otero, Carlos Cruz-Diez y Jesús Soto. De hecho debo decir, sobre todo en el caso de los dos últimos, cuya importancia dentro del movimiento cinetista y su reconocimiento mundial, no se vio en la exposición y se dio lugar a otros artistas, que tal vez no desmerezcan frente a ellos, pero sí creo que esos dos exponentes y estudiosos de luz y movimiento, entre otras cosas, merecían un lugar más protagónico. Lástima por ahí.

De resto, disfrutamos bastante, desde los Calder hasta los Delaunay. Me costó un poco la estructura de la exposición, la cual fue por concepto y no en orden cronológico, a veces me costaba ubicarme, pero sí se entendió el recorrido, quizás es la costumbre de uno de estructurar las cosas a través de la cronología. Un poco larga y tiene varias obras que la verdad no le añaden nada a la exposición.

Al salir de allí visitamos varias galerías, caminamos casi toda la tarde. Fue un gran día.