miércoles, 5 de junio de 2013

Plantearse una liberación





Creo que las mujeres tenemos que plantearnos en serio una liberación. Una liberación que no tiene que ver tanto con los hombre en la cocina y nosotras en la oficina, sino con el derecho a querernos a nosotras mismas y hacernos respetar. Desde los diecisiete mi relación con mi cuerpo es complicada, a veces hasta desagradable. Hay tantas cosas que he llegado a odiar de mi apariencia que a veces hasta me entristece y me pone cabizbaja. La maternidad, con todas sus alegrías, no ha venido para anotarme puntos a favor en ese aspecto. Al contrario. Si algo se avivó la batalla. Mi cuerpo cambió tanto. Sufrió tanto, que a veces hasta me veo añorando lo que era.

He tenido parejas que me han hecho la vida imposible con mi cuerpo. Imposible. De verdad imposible. “Tú eres una gran mujer, pero es que tengo un problema con tu cuerpo” “deberías ir al gimnasio” “con unos cinco kilos menos te verías mucho mejor” “los bluejeans no te quedan bien, pero si hicieras ejercicio la cosa cambiaría”. Y así la lista sigue. Y sí, me he encontrado con que estas personas siguieron a conseguirse mujeres que van más acorde al canon de la mujer bella de hoy en día. Flaquísima, tetona, alta y debo decir que me ha generado sentimientos encontrados, una sensación de vacío e impotencia, de desilusión, y muchas veces hasta de agradecimiento, porque si no me iban a querer por el tamaño de las tetas o por las estrías que me acompañan desde la adolescencia al final quien tiene el problema es él, no yo.

Claro que toda esta situación me llevó a pasar por momentos de odiar la comida, odiar mi ropa, temer ir a la playa, arrastrarme hasta un gimnasio a hacer cosas que me fastidiaban, que no me gustaban, a las que no le vi en su momento ningún sentido. Cosas que no me sirvieron sino para alimentar fantasmas y atizar el descenso de mi autoestima. He llegado a sentirme mínima. De estatura. De talla de sostén. De apariencia en general. Todo por comentarios mal estacionados, por sentir que la valoración de mi cuerpo venía de la presión que una pareja ejercía sobre mí. Y a veces no era la pareja, las demás mujeres también. No tengo dedos en las manos para contar cuántas veces me alabaron otras mujeres, y hasta me proclamaron su envidia, cuando llegué a pesar unos aterradores 45 kg. Incluso una doctora, que le pareció que yo estaba muy sana. Cinco kilos por debajo de mi peso normal, con una depresión que saltaba a la vista, pero en ningún momento me ofreció ayuda, ni me pidió más exámenes, le faltó decirme el dicho aquel, de never too thin, never too rich, never too young.

Con el tiempo, después de poner en una balanza cosas que he escuchado a lo largo de los años sobre mi apariencia y sobre las mujeres, después de haber sufrido de anorexia, de haber visto a muchas de mis amigas perder novios, tiempo, energía, vida en general, porque sencillamente no le llegan a la marca que nos impone la sociedad he comenzado a sentir un gran hartazgo por todo este tema. Molestia. Cansancio. Y una gran responsabilidad. Me pregunto, ¿cómo me dejé influenciar por esos comentarios? ¿Cómo es que no fui más fuerte? Tal vez porque estaba enamorada, y el amor lo lleva a uno a querer complacer al otro, a veces hasta el punto de sacrificar tu imagen y quien eres. ¿Cuántas no dejamos de pintarnos la uñas de tal color o usar ese tipo de pantalones o faldas, cortas o largas por un comentario de una pareja? Más de lo que pensaríamos. Tal vez más de lo que estamos dispuestas a admitir.

Ciertamente es sabroso arreglarse a sabiendas de que uno va a agradar, pero también es importante ser fiel a uno mismo, y no es solo lo que te pones. Porque mucho más sabroso que saber que agradas al otro, es saber que agradas por lo que eres y punto. Con todas tus imperfecciones. Con tu cicatriz aquí, con tu kilo de más allá, con tu diente medio salido, con tu pelo incontrolable, con tus zapatos estrafalarios.

Someternos al yugo de dietas absurdas, de rutinas de ejercicio que van a más allá de lo que es saludable y que disfrutamos, no poder sentarte con tus amigos en una cena y disfrutar, o pedir ese postre que tanto te gusta, claro que con equilibrio, pero aprovechando la vida, porque también esos momentos pasan y no vuelven, y es mentira que nadie te quita lo bailado, porque sí te lo pueden quitar, cuando viene un desorientado a hacerte comentarios hirientes, cuando viene alguien que sólo vive a través de sus inseguridades, que proyecta su impotencia, su disfuncionalidad en ti, y lo hace a través de algo como el físico. 

Si bien nuestro cuerpo es un templo y hay que cuidarlo, tampoco hay que tomarlo tan en serio, porque no importa cuanto botox estén produciendo, ni cuanto silicón te de lo que la naturaleza no te dio, lo cierto es que el que no está contento con tu apariencia tal vez no esté contento contigo en general, pero sobre todo no lo esté consigo mismo. Yo jamás le he hecho comentarios despectivos a un hombre, ni por cómo se viste, ni por sus dientes amarillos o sus uñas comidas. Me importa un carajo. Me parece más importante que sea inteligente, sensible, que tenga sentido del humor, que respete mi libertad, mi forma de ser, mi chistes fuera de lugar y mi tendencia al drama. Las cholas que use o deje de usar no son problema mío. Al final el físico de mi pareja no le añade ni le quita nada a mi vida. Cómo vive la vida es otra cosa.

Y cuanto estemos haciendo tonterías, tapándonos una parte de nuestro cuerpo o dejando de hacer algo que nos genera placer y no nos daña, sino que simplemente va en contra de una regla que impuso quien sabe quien la pregunta que deberíamos hacernos es: ¿vale la pena esto?


1 comentario:

FabiPaolini dijo...

Me encantó tu post! Está hermoso y muy acertado! lo estoy publicando en mi blog (con toda tu info) porque me encantaría que la gente que me lee a mi lo lea también!
Un abrazo :)