martes, 11 de junio de 2013

Sueño .19


Anoche soñé que yo era el mar.

Cada ola era como una procesión de esperanza. Un camino en búsqueda de una compañía. Tu compañía. Esa compañía. Compañía de libertad. Compañía de soledad. Compañía total.

Cada ola, cada explosión de espuma, una liberación al aire de deseos inconfesables, de miedos, de terror, del terror que te encadena al silencio, que te hace un cuerpo gigante, inamovible aunque fluctuante. Cada ola un grito, un canto, una llama fresca que nadie encendió.

Entonces vi dentro de mí los peces muertos. Allí, meciéndose al ritmo de mis corrientes. Una danza fúnebre. Una procesión de fantasmas dormidos, sus escamas apagadas un recuerdo de que lo mío era un vaivén de oscuridad. Acudir siempre a llamados imaginarios.

Entonces vino una corriente helada. De rabia. Y yo fui una tormenta.

Luego vino una corriente melancólica. Y yo fui casi un lago. Lacio. Desganado.

Y te vi a lo lejos. Hundido en la arena. Enterrado hasta al fondo. Lejos del mar. Lejos de mí. 

Mi corazón comenzó a diluirse, y por las grietas que se hicieron en todo mi ser comenzó a brotar agua salada. Y me di cuenta que todo era un recuerdo del futuro.

Yo no era el mar, yo iba a llorar hasta hacerme mar. Te iba a llorar. Iba a inundar con mis lágrimas el planeta que seríamos. Y las criaturas que vivirían en mí estarían primero vivas y se irían muriendo poco a poco, de mengua, de arponazos de melancolía, hasta dejarnos solo con los ojos de muerte en soledad en que acabaron esos seres fantásticos que creamos al ir mojando nuestros desiertos.

Y de pronto fue como un estallido de sabores amargos, de luces de colores intermitentes, caí por un vacío, luego atravesé un túnel y bajé hacia un banco de arena, miré hacia arriba y allí se veía el destello de la luz y se delineaba la superficie del mar. ¿Yo nadaba en mí? No. Yo había venido a morir. Yo no era el mar. El mar eras tú. Y era yo quien nadaba en tus lágrimas. Y era yo quien había matado nuestras criaturas a arponazos. Y era yo quien te había hecho inundar ese planeta que fuimos. Fui yo. La destructora. La que acabó con el planeta que tú habías creado, la que le anuló el poder de tu dios. Era yo. Maldita yo.

Me acuné junto al vientre de una ballena muerta. Y abrí los ojos, para soñar junto a ella la muerte de las dulces asesinas. Las asesinas que matan sin querer matar.

Desperté con ojos hinchados y húmedos. Un vaivén de soledad que a veces sentía que me ahogaba. 

4 comentarios:

Anónimo dijo...

estas escribiendo muy pero muy bien! segui asi

Manuela Zarate dijo...

Gracias anónimo! Gracias por las porras! Eres Anónimo pero tu nacionalidad se delata, jajajaja. Siempre había querido tener un amigo, así, que le pueda decir a mis otros amigos, sabes ayer me tomé un café con mi amigo Anónimo, ¿con quién?, mi amigo Anónimo, ¿pero quién es?, ah no te puedo decir...pero gracias de nuevo, asumo eres el mismo anónimo del sueño .18, lo digo por el acento, jajaja. Saludos. Nos seguimos leyendo en la blogosfera.

Anónimo dijo...

;)

FabiPaolini dijo...

hermoso! :)