miércoles, 17 de julio de 2013

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Anoche soñé que te había pedido que me esperaras. Pasadas las doce sonó el timbre. Alguien vino a decirme que estaba listo el almuerzo y que tú esperabas abajo. Yo me asomé a la ventana y no te vi. Las palomas murmuraron algo y salieron volando. La casa flotaba sobre fuego, se  intuía por el calor que nos hacía sudar de vez en cuando, como si las llamas tomaran turnos cada cierto tiempo para venir a lamernos, a torturarnos, a dejarnos la piel trastornada de sed.  

Entonces me di cuenta que no habías esperado. No quería que entraras en medio de aquel fuego, con tu presencia que todo lo inunda. Con tus ojos profundos de mar infinito, que siempre vienen con una falsa calma, pero siempre esperando un descuido para lanzar una ola que algún día me va a arrollar. Esa vida marina de tus ojos. Esos peces coloridos, esos monstruos espantosos, esa isla desierta en tu pupila que una vez quise poblar.

Entonces sentí que brotaba arena de mis labios. Un sabor mineral me invadió la boca y comencé a temblar. No estaba lista para tu presencia. No estaba lista para tus dardos. Me asomé a la escalera y desde la baranda te vi. Vestido de gris. Con un maletín en la mano. Vi cómo te movías. Como un animal inquieto. Inseguro. Tú también con tus miedos. Como al alfiles. Como dragones.

Tú y tu miedo. Como si no supieras si al verme irías a reposar a un camposanto lleno de flores, o serías como un animal que va un matadero sangriento para luego terminar reposando despedazado en el plato de algún ser famélico. ¿Qué te devoraría? Una paz absoluta de tarde fresca o algún pecado capital para siempre insatisfecho.

Fue tu miedo quien vino a verme primero. Me ofreció un cielo a cambio de tu alma. Me dijo en ese maletín está el cielo. Bajó la escalera y se metió de nuevo en tu cuerpo. Mientras bajaba miré mis manos y al final de cada falange había un pequeño cuchillo. Mi piel se erizó y en lugar de cada poro salieron millones de espinas, ínfimas espinas. El gato se acercó a mis piernas y cuando ronroneó junto a mi tobillo lanzó un aullido de dolor.

Me acerqué de nuevo a la ventana pero en esta se proyectaba una película en la que yo iba vestida de negro, con una trenza, una sonrisa y una hoz. Con los ojos te dije que te quería besar y acariciar. Y vi como unas manos transparentes acariciaban tu pelo. Ya se había acercado a ti mi fantasma. Ya te poseía el espectro, cuando la carne aún prometía.

Por fin me acerqué. Te helaste. Tus labios se pusieron azules. Aún así los acercaste a mi cuello, mordiste emulando a un vampiro, pero no brotó lo sangre, ni siquiera rompiste la piel. Inmediatamente salieron las espinas y te alejaste, sin aullido de dolor, pero con un grito en cada puño.

Di dos pasos hacia atrás. Miré el suelo y fui recorriendo con la vista la alfombra azul de borde dorado que cubría el pasillo y que bajaba por la escalera. Mis ojos fueron bajando de escalón en escalón, iba a bajar, a tomarte por los hombros y a pedirte que te fueras, a hacerte una última promesa, la de despertar.

Cuando ya bajaba el primer escalón tu venías del descanso,  una de tus manos recorriendo el pasamanos de madera oscura, una sonrisa seca, ojos en remolino, piel lisa, de las mangas de tu saco salían volando papeles.

Te esperé.  No dijiste nada. Pusiste tus manos sobre mis ojos, vibraron, tembló el suelo, temblamos los dos, se abrieron grietas en el techo, en el suelo y la escalera se desprendió como si fuese un barco que suelta amarras y se lanza al mar. Se apagó el fuego. Y el resto de la casa se hizo polvo.

Comenzamos a flotar. Nos movíamos de lado a lado. Comenzaste a mover tus manos, pero no sentía tu tacto. Fue entonces que vi, que no me estabas tocando con la piel, que de tus manos salían palabras, que en cada parte de mi cuerpo ibas dejando una sospecha, un deseo, una esperanza, un olvido, un miedo, una posibilidad, un cielo, luego de tus dedos salieron lápices, y dibujaste algo en mi espalda, luego te hiciste a un lado y dibujaste una ventana.

Me asomé y allí estaba, otra vez la película, tú  vestido de negro y yo tendida en el suelo, con alas rotas, con la luna y el sol muertos, casi enterrados bajo la ceniza de las estrellas. Volví a verte y me di cuenta que te habías agachado. Te levantaste y me penetraste con una mirada de amor en un ojo y  de odio en el otro. Pensé que me iba a convertir en piedra pero tú dijiste, no hace falta. Miré el suelo, habías dibujado un grillo alrededor de mi pies, me habías atado los tobillos. Me dijiste el día que seas mías vamos a ver lo que fue y lo que será a través de esta ventana, y va a ser…

Esperé el final de la promesa, pero nunca llegó. Una lágrima muda se escondió tras mi lagrimal y luego se acurrucó en mi garganta.

Desperté con un llanto ahogado. Me di cuenta que no estaba llorando. Que estaba viva. En tierra firme. Me paré de la cama y cerré las cortinas.

A pesar de la oscuridad no pude volver a dormir. Las sábanas me hacían sentir presa, y el sol de aquel mediodía de verano parecía fuego.