miércoles, 4 de septiembre de 2013

El mercado y el purgatorio


Ir a un supermercado en esta ciudad es como yo me imagino que debe ser el purgatorio. El gentío. La bulla. Las caras de la gente, entre la confusión, la rabia, el apuro, el mal humor, el desagrado de tener que vernos unos a otros en esa situación, cada uno sintiendo que nuestra emergencia es más importante. Así no sea una emergencia, al menos en el sentido tradicional. Ok, sí, no me voy a morir clínicamente si no consigo Harina PAN pero no concibo, es que no sé qué le puede pasar a mi estado psicológico si llego un día a comerme el perico sin la arepa, o sin me levanto y no hay café, o si el café tiene una y media de azúcar en vez de dos, o si... Cada quien entiende porque cada quien tiene la suya.

Estás allí. Haciéndote paso entre la gente que a veces lleva el carrito lleno, y que uno mira con curiosidad y confusión. Más confusión. Ves el señor que tiene diez paquetes de Harina PAN y piensas, ¿por qué se tiene que llevar diez paquetes? En parte podrías incluso culpar a la “gente así” del desabastecimiento. Pero la verdad es, y yo pienso así, que si alguien quiere llevarse diez paquetes, y tiene como comprarlos, debería estar en su derecho de hacerlo. ¿Quién sabe por qué lleva diez paquetes? A lo mejor tiene una fiesta. A lo mejor tiene una posada. A lo mejor tiene seis hijos, la abuela y la tía que viven al lado, y se le van dos paquetes por desayuno. A lo mejor le está llevando a su mamá enferma. A lo mejor tiene hambre, y antojo, porque lo dejó la mujer y tiene una depre y le dio por comer arepa. Qué importa el por qué. Después de todo, de eso se trata la libertad. ¿Quién soy yo para estarle viendo el carrito a nadie?

No quiero ser la persona que está pendiente del carrito de nadie. Nunca en tantos años que tengo haciendo mercado he sido de las que se pone a ver el carrito de nadie, porque esa no es mi filosofía de vida. Pero ahora, algo ha cambiado. Uno ve. Entre otras cosas para ver qué hay. En incluso a veces, para darle cuerda a algún prejuicio.

Hablas con la gente y le haces preguntas absurdas, y comentarios, hasta das datos, mira en tal parte sacan la leche en la mañana, entonces alguien más que escuchó la conversación dice, no yo fui ayer y no había en la mañana, la sacaron a las dos de la tarde porque como ya la gente sabía que la sacaban en la mañana se estaba comenzando a hacer demasiada cola. Después alguien llega con un cuento peor, de alguien que desmayó, o de unas viejas que se jalaron los pelos, de una muchacha y un señor que se insultaron, de la gente que roba el carrito de otro que se distrajo mientras pesaba unas cosas, de puños, patadas, pleitos. Y encima siempre sale un cuento de inseguridad. Todo con un epílogo de preguntas incontestables como ¿hasta cuándo?.

En el medio de esto las colas van creciendo como gusanos maltrechos entre los anaqueles, llegando a veces hasta el fondo del supermercado, confundiéndose con otras de servicios como carnicería. La gente pregunta. Gruñe. Se queja.  Nadie sabe dónde está parado. Si en la cola para una caja, para otra, para nada. Caja rápida ya no existe, por lo que la mirada del señor mayor que tiene en sus manos pan y dos litros de jugos es de una desesperanza que a uno le duele algún hueso que no sabía que existía. Otros están sacando cuentas. Pensando si vale la pena llevar algo que no necesitan porque tal vez es lo que pronto va a escasear.

Y de pronto llegan y cierran una caja. En tu cara. Y te provoca armar un carnaval y lanzar los huevos que tienes en el carrito, como lo hiciste aquella vez que terminó en el vecino tocando la puerta y acusándote con tu mamá. Solo que esta vez no lo haces, no porque seas más maduro, sino porque te da miedo. Te da miedo por todos lados. Entre otras cosas te da miedo porque no sabes cuándo no vuelves a ver un huevo. Y estás en el purgatorio. Y malgastar la comida así es un verdadero pecado.

Más allá una señora con la compra en brazos mira hacia la caja abarrotada y se queja porque está segura que se le colearon. Alguien más protesta que no se está coleando, sino que está tratando de pasar. Cada dos minutos alguien pregunta que cuánto de eso te puedes llevar por persona. Entonces alguien se queja, ¿por qué me tienen que racionar? Alguien comenta lo que pasó ayer que puede haber sido cualquier cosa, un apagón, un comentario idiota de algún funcionario, que puede ser el presidente (casi siempre), un ministro, un vocero, hasta un anónimo.

Las colas siguen. Unos detrás de otros. Esperando que el San Pedro virtual del punto de venta se pronuncie. Porque qué lindo quedaría un episodio de esos después de tanta espera.

Los anaqueles parecen humor negro de los dioses. El producto regulado casi nunca está, el que le sigue con precio mediano de vez en cuando lo encuentras, y después está aquella cosa importada, que tiene un precio ridículo, y que te hace pensar en ese programa gringo, The Price is Right (El precio justo), en el que los participantes tenían que adivinar el precio de los productos. Aquí jamás serviría eso, porque un día una galleta importada puede costar 30,00 BsF y otro 542 BsF. Cualquier cosa es posible. No hay referencia. Todo depende.

Claro que mientras compras uno te debates entre tantos mensajes, desde agua contaminada, hasta leche contaminada, además está todo el lío Monsanto y los conservantes. ¿Qué consumimos? ¿Qué compramos? ¿Qué es peor? ¿El pollo con hormonas, el colorante, el MSG de los cubitos? Al final uno racionaliza las cosas y dice, mira antes que Monsanto me mata un malandro, y te llevas lo que sea. Recuerdas que no hace mucho unos amigos se intoxicaron con productos de una empresa nacionalizada. Así que ahora produce pánico la bendita marca de Hecho en Socialismo. Porque miren, este purgatorio también fue hecho en socialismo. Y lo hicieron tan bien, que no tuvimos que morirnos para llegar a él. Es así como lo van matando a uno.

Y lo que mata no es la escasez. No es la resignación. No es el miedo, casi la pérdida del hábito de ir con una lista de compras. ¿Qué vas a hacer con una lista de compras? Ser un optimista es una buena respuesta. Sí bueno. No todo puede ser negro y malo, hay que ver las cosas buenas, si no encuentras harina todo uso, hay leudante, y vice-versa, y todo se puede, y todo se resuelve, y uno aprende a vivir como sea. Hay gente que está peor. Y si te pones a ver, no estamos tan mal.

Pero sí estamos mal. Porque hay que llegar y autoayudarse. Consolarse. Convencerse. Subirse el ánimo. Porque yo tengo treinta y cuatro años y esta es mi etapa productiva. Mi vida es escribir y promover lectura, trabajo en dos bellos proyectos de los cuales pasó más de la cuenta alejada porque tuve que hacer la clásica peregrinación de farmacias o supermercados. Porque tuve que ir al purgatorio y salir a las tres horas. Con cosas que no necesitaba y sin unas cuantas que fui a buscar. Sin concentrarme en lo que quiero crear, en mi rol en la sociedad, sino usando el intelecto para sortear las trampas del purgatorio y no irme al infierno en el intento.





2 comentarios:

Julio Jiménez dijo...

Creo que esta es una buena repuesta a tu escrito -> Venezuela puede empeorar o mejorar, depende de nosotros. http://bit.ly/1fAHV0t | por @aurelia2312

Susy Noguera dijo...

Qué bien describes los diferentes estados emocionales por los que se transita cuando se dispone uno a adquirir (o tratar) de adquirir algún bien de primera necesidad. Al menos, yo me siento completamente identificada con tu sentir.
Ya me ha dado por tomarlo a chiste y me invento una historia, al mejor estilo de Dan Brown, como que estoy en la búsqueda del Santo Grial y debo interpretar los códigos secretos....y hasta me ha pasado por la cabeza registrar el carrito de supermercado que alguien dejó olvidado... y es en un momento como ese que me detengo y lo bizarro de la situación me devuelve a el horror cotidiano