domingo, 24 de noviembre de 2013

Escasean también ética y valores


Vivimos en la Venezuela en que una minoría de empujones, coleones, agresivos, groseros, desorientados morales, nos quieren convencer de que los valores son cosas de pendejos, o peor, cosas del pasado. El que es honesto es poco menos que un idiota, o un idealista, soñador, que no sabe dónde está parado, que no tiene ambiciones.

Yo le he dedicado mucha reflexión a esto. Es más, he intentado escribir esto durante meses. Me ha costado empezar. No es fácil. Porque el robo y el saqueo, se han vuelto como el cáncer. Pareciera que todos conocemos a alguien que de una forma u otra se ha ensuciado las manos. Reconozco que hubo un momento en lo sentía ajeno a mí. En que o no me llegaba tan cerca, o sinceramente sentía que “el gobierno” era algo abstracto. No entendía, porque no es fácil imaginarse las arcas del gobierno, las reservas, porque es algo que para uno que no está metido, ni jamás ha estado metido en la administración pública es abstracto.

Entonces un día me puse a pensar, y la verdad me sentí tonta, porque es realmente sencillo. El dinero no es del gobierno, es nuestro. Nuestro. Tuyo, mío, de todo el que se ha nacionalizado, se ha hecho residente, el gobierno es un simple administrador. De modo que aquí la primera expropiación la hizo el que pensó que el cargo de presidente y el título de jefe de gobierno hacía de ese dinero suyo, que podía disponer de él, sin más remordimiento ni responsabilidad hacia nosotros, sino hacia objetivos y proyectos personales y de su partido. Me atrevo a decir, que este mal es anterior a Chávez, y que por eso a muchos no les pareció tan malo cuando este hizo lo mismo, de forma mucho más exagerada, atropellada, y con objetivos que nada tenían que ver el mundo utópico que le pintó a quienes cayeron en la trampa de pensar que los santos existen y que se les puede poner la banda de presidente para que salven un país, un continente, y aparentemente la galaxia y sus alrededores.

Quienes han participado de esto, o quienes se dejan llevar por la complicidad, no se dan cuenta que tan malo como quienes activamente trabajan por resquebrajar la sociedad, es la complicidad con quienes lo hacen o los ayudan de forma indirecta. Es duro. Pero no, lamentablemente llega un punto en el que hay que demostrarle a la gente que la tolerancia y la complicidad son cosas distintas. Sí, llega un punto en que si tratas al ladrón como si no lo fuera, estás pisando terreno minado.

No digo que uno tiene que convertirse en un justiciero desaforado. No. Mecanismos hay, y muchas veces entre la justicia y la vida se encargan de ello. Sin embargo, uno pone sus límites y marca las distancias necesarias. Porque la verdad es que si uno tiene consciencia no hay otra forma de vivir. No es que no te sientas a la mesa con un ladrón porque quieres que se sienta mal, es porque tú te sientes mal si lo haces. No es que quieres, ni que debas hacerle una grosería, es que primero tienes que respetarte a ti mismo, ser honesto contigo mismo. De eso se trata defender los principios.

En estos días un amigo como contaba cómo una vez más había sido víctima del hampa. Triste, cansado, pero sobre todo harto, con ganas de hacer algo, de decir algo, de expresar ese sentimiento más que de recuperar lo perdido, la impotencia de tener que callar frente a la violación y la vulnerabilidad, pero teniendo que soportar palabras necias de, pero ha podido ser peor, da gracias, ¿gracias? entonces le comenté, ¿qué harías si te encontraras aquí al malandro? Si entrara por esa puerta y se sentara aquí a compartir, yo te dijera que es mi amigo, que lo conozco desde hace mucho tiempo, que por favor no te vayas, que lo entiendas, que dentro de todo no es una mala persona, que si no te hubiera robado él, te lo roba otro. Incluso él saca el teléfono que te robó, llama a sus amigos, te lo enseña, se pavonea con él, ahora él tiene un teléfono inteligente que tú has trabajado para pagar, tú te quedaste sin nada, pero yo insisto, no tienes pruebas en realidad, ¿estás seguro que fue él? ¿cómo sabes que fue él?. Seguro te molestas, le digo, y él alza las cejas y hace un gesto de que le estoy diciendo algo obvio, como mínimo, pero yo insisto, y al final te digo que mira, que yo no soy Dios, no soy quien para juzgar, que hay que entender y que como ya te dije, no tienes pruebas, y que sólo porque te robó no puedo dejar de ser su amiga. Me pregunto qué terminaría pasando. Nos quedamos en silencio. Un silencio triste y casi asqueroso, porque los dos conocemos a gente que nos ha dicho más o menos lo mismo. Sorbemos el café. Y finalmente él me dice, la verdad, yo me iría, yo me parararía y me iría, y sé que tú también, y si no lo hago, sentiría una tristeza muy grande. ¿Ya la has sentido verdad? Sí, le pregunto, ¿es incluso más grande a la que sentiste cuando te robaron verdad? Igual o peor no sé, tristeza al fin.

Y lo habíamos dicho no hay diferencia entre el malandro de moto y  el que roba desde una mesa con whisky no sé qué tantos años en la mesa, el que cobra una comisión, el que tiene un pana, que tiene un pana, el que tiene un negocito chévere, el que sólo lo va a hacer una vez, el que no sabe pero sí sabe porque tú sabes, finalmente, no importa si era del fondo para la mujer indígena que todos sabemos que jamás iba a llegar más allá de la periferia de Caracas, de una forma u otra es un malandro que nos robó a todos. Se llevó plata nuestra. Y punto.  Me robó. Te robó. ¿qué hacemos? ¿Sonreímos y ya?

Es más sencillo de lo que parece. La respuesta es obvia. Una cosa es ser tolerante y otra pendejo y lo cortés no quita lo valiente. Y no los llaman valores por casualidad, sino porque a la hora de la verdad cuesta, cuentan mucho, pero vivir sin ellos cuesta mucho más, y si no basta saborear un día de atropello en esta ciudad, en la que escasean mucha cosas sobre todo ética y valores.