lunes, 16 de diciembre de 2013

Mi Carta a Santa Claus



Querido Santa,

Yo sé que es tarde para escribir esta carta. Ok. Sí yo sé. No me porté bien. Vamos a estar claros, nunca iba a hacerlo. Ok, mírame a los ojos, ¿tú te has portado bien? ¿Qué pasa si te dejas el Facebook abierto?¿Cada cuánto cambias tu calve de gmail? No me vengas con que no tienes una cuenta clandestina, a la que te llegan los correos que no quieres que nadie vea. No me digas que no sigues a Diosa Canales en Twitter y que cuando alguien te pregunta le dices, a mí me parece ordinaria. No me jodas Santa. De verdad. A los nueve, a los diez, cuando comencé a negarte, ok, pero ¿ahora? Creo que ya no.

Por eso Santa te escribo, porque a mi me gustaría de una vez por todas que nos dejáramos de pendejadas. Mira, la vida es una mierda, y muchas cosas que nos prometieron resultaron una cagada. ¿Tú me vas a decir no es todo una estafa? La casa, el marido, el perro. La casa está gravada con una hipoteca que la irás  a pagar cuando tengas canas y tetas caídas, o tendrías que prostituirte para hacerlo ahorita, pero la verdad es que triste y todo, no estás tan buena como para ser puta, o al menos puta cara y esa es la verdad. El marido jode, como todos los hombres joden, al final, lo sabes, se va, es infiel, jode, ladilla, cuesta mucho más caro que la casa, el precio para pagarlo es todavía más alto y cuando lo termines de pagar si es que enviudas primero, olvídate, ya ¿quién te va a querer coger?, ¿el perro?, el perro caga y hay que recoger la cagada, y por más compañía y paja, tú recoges la cagada, con eso es suficiente. Como te digo. Una estafa.

Entonces Santa, yo prefiero que me resuelvas la cosa de una buena vez. No. Tranquilo. Esto no es una carta suicida. Deja de leer basura y ver telenovelas por favor. Yo lo que quiero es que me traigas por una vez en tu vida vainas buenas. Buenas de verdad. Mira, tráeme alcohol. Tráeme cigarros. Muchos. Eso sí, vainas buenas, no es que me vas a matar con un anís barato, y sin la delicadeza de dejarme pastillas para el dolor de cabeza. No. Tráeme un buen Prosecco, Johnnie Walker Gold, Ciroc, vino no, porque seguro me traes Gato Negro y es la misma vaina del anís el mono, y las resacas de vino Santa, cosa que seguro tú sabes no te me hagas el abstemio son casi casi como las de tequila.

Quiero que me traigas chocolate. Pero quiero que me traigas algo que haga que no engorde. Piensa. Sé creativo. Nada de productos As Seen on TV. Nada de Reduce Fat Fast, ni pastillas que quitan el hambre hechas con veneno de ratas que han matado a varias mujeres. No quiero Sasha Fitness, ni dietas locas en las que me voy a dañar los riñones tomando agua con limón a las seis de la mañana, no voy a dejar la leche, ni el gluten, así termine mis días como un cetáceo en cautiverio. No Santa. Hazme feliz, (no quiero tener relaciones sexuales contigo, así que eso no es una indirecta, viejo verde). Piensa. No. No quiero caminadoras, ni ligas, ni un TRX, quiero algo con mínimo esfuerzo. Me lo merezco coño. Son años de dietas locas, de subir y bajar, de la del repollo, la cero carbohidratos, la sin gluten, la sin leche, la sin frutas, la sin carne, la todo crudo, y el puto sabor a Splenda. Vamos Santa. Piensa. Si alguien puede con esto eres tú.

Quiero unas tetas Santa. No. No quiero un calendario de taller mecánico, típica mierda de la infancia, uno te pedía un perro y tu traías un peluche. Si me traes una muñeca inflable, o me sueltas un disco de Diosa Canales, yo te juro que te mando a coñacear en un estacionamiento. Yo quiero 450 CC de cada lado para mí. Sin dolor. Sin tener que sacar un credi lola, sin drenaje linfático, sin polipropileno, ni mierda francesa hecha a la medida de nuestros piojos latinoamericanos que después nos matan, yo quiero que pienses en Mónica Bellucci y me pongas esas tetas. Ya. Así, una mañana Manuela Zárate se despertó con un par de de tetas apoteósicas, y eso sí, justo en el lugar en el que yo las quería. No quiero un collar de bolas criollas, ni tampoco una especie de testículos al lado del ombligo. Tú sabes. 

Quiero que me traigas efectivo Santa. Sí, yo sé, es como de mal gusto. Pero vamos a estar claros, ir a un cajero es un tema ya casi de vida o muerte. No sólo por la cantidad de números que tienes que meter y el riesgo de que la máquina se trague tu tarjeta y el rollo astral que eso conlleva, la ida al banco, la declaración jurada, la mirada de tú-eres-estúpida del que te atiende con la sonrisa de atención al cliente falsa y aprendida, es que además, si te van a robar, cómo le explicas al ladrón que eres un pela bola, o aguantas el no joda, yo tengo mejor saldo que tú, y como son las cosas tal vez sólo por eso te pega un tiro.

Paso Santa a pedirte que me traigas sexo, y no sólo a mí, creo que le deberías traer sexo a la humanidad. Tal vez este tema lo deberíamos hablar tú yo, cerveza y maní de por medio en un bar, tipo temprano, a la salida del trabajo, pero el caso es que yo creo que los males de la humanidad se deben al mal sexo. Mira, cara persona amargada, frustrada, fastidiada, que no sabe sonreír, ¿no me vas a decir tú que eso es porque no ha visto un orgasmo en mucho tiempo? Tal vez nunca. No Santa, yo creo que si arreglamos eso encaminamos las cosas, al menos mal no lo vamos a pasar en el intento.

Y bueno, ya que estamos pidiendo, te pido libros, zapatos,  maquillaje y esos anillos de animales que tanto me gustan, ah y un cintillo, porque ahora tengo el pelo largo y me gusta usar cintillos.

También tráeme libertad, por cierto, muy importante. Un poco más. Yo soy un espíritu libre, pero el año que viene quiero una libertad más completa. Ser yo. Mi propia persona. Mi vida. Mi dueña.

Ah, otro detalle, quiero que te encargues de los criticadores de oficio. Sí, esa gente que odiamos. Esa gente que no hace un coño y se dedica a criticar, a ofender, a chismear, a hablar sin saber, sobre todo los que lo hacen conmigo, ¿sabes? Sí, todos esos que de pronto han leído estas páginas y han pretendido psicoanalizarme sin haber leído a Freud, sin haber pisado una facultad, sin tener las credenciales  y peor, el resto de la información sobre mi vida. Esos. Sí. Encárgate de ellos. No vale Santa, por favor, no a lo Cosa Nostra, dales una lección, nada más, que les pase lo mismo, que vean lo que se siente que alguien que no sabe quién eres asuma cosas sobres ti. El peso de verte reflejado en la boca de un tercero. ¿Una piñita no? Te debe pasar lo mismo, ¿cómo no? Si nos quejamos todo el tiempo, si sentimos que nunca nada es suficientemente bueno, porque siempre sale una actriz, una modelo, un restaurante, una marca de lujo, un carro, una película, un producto MAC, una enfermedad, algo que tenemos que tener o que nos impide ser felices, o al menos apreciar la vida, si nos llenamos de excusas siempre, señalando a otro cuando somos nosotros quienes que tenemos que tomar el control de nuestras vidas.

Sabes qué Santa. Tal vez olvídalo. Tal vez me simplifico la vida, tal vez todo eso que te pedí lo consigo yo, y tráeme más amaneceres como este, cielos abiertos, luz, mientras yo disfruto la plenitud de dedicarme a lo que amo, estaciona el trineo que yo siempre estoy en mi mesa de trabajo a las cuatro de la mañana. Bájate y nos tomamos un café. Y ya sé, hagamos algo, tráete un whisky, algo bueno eso sí, y nos pasamos por el forro la maldita regla de que no se puede tomar por la mañana, nos sentamos y comparamos y ahogamos penas. Yo te cuento que escribo, tú me cuentas qué fue lo más absurdo que te pidieron, y cuáles de tantas cartas te rompió el corazón. Te regalo una poesía, y terminamos con un buen café negro, y seguimos trabajando. 

Vida y amigos, lo demás al final, depende de uno, y así es mucho mejor.