miércoles, 11 de diciembre de 2013

No es fácil ser el Niño Jesús




Una de las cosas que me preocupa de la maternidad es cómo hacer para que mis hijos no se den cuenta que yo soy el Niño Jesús. Soy terrible guardando secretos. Sería la peor espía del mundo. Soy demasiado obvia y todo se me nota. Hasta el año pasado fue fácil, porque como no se daban cuenta más o menos podía mantener mi desorden habitual con el papel y los regalos mayores consecuencias. Clari ya está más grande. Es detallista y tiene buena memoria. Ya no está para los descuidos de su madre, y sé que si me equivoco me va a preguntar, mami, ¿por qué tienes el mismo papel de Santa? Y por más creativa que sea mi respuesta no aguantará mucho.

Adicionalmente, hay un tema que no vi venir. Es que ellos hacen una lista, a veces la lista tiene cosas imposibles, estilo, un cababallo que vuele y que sea como My Little Pony y Pricen Twighlight o algo así que yo no sé muy bien qué es, otras es un perrito para mí, un perrito para mi hermano, y otras ella hace su lista imaginaria que es propia de la sociedad consumista, me la hace saber por ejemplo camino al colegio, mami quiero que le pidamos al Niño Jesús, una pijama de Sofía, una Pijama de la Doctora Juguetes, una Pijama de TInkerbell, una Pijama de My Little Pony y una Pijama de Peppa. En fin, que ella quiere pijamas de personajes favoritos y yo no le puedo responder lo mismo que le respondo en las jugueterías, Clari no podemos comprar todo. Aunque sí le dijo, hija el Niño Jesús no va a poder con todo eso, ¿por qué?, porque entonces no queda para los otros niños. Me gusta que piense en los demás, yo creo que aquí hay un tema para el ser humano en el futuro. Y lo hago como puedo. No me preocupo porque quiera cosas para ellas, como se puede ver el sistema se encarga de eso sin que uno haga nada. Mi chiquito es más fácil, él dice que quiere un tren, grita chúuuu chúuuu y hace un gesto con el brazo como tirando de un cordel.

Debo decir que finalmente la lista que hizo Clari fue bastante modesta, y además pidió el tren para su hermano cosa que me enterneció. Cinco cosas, de las cuales una sola es un juguete grande, y no sé qué hacer con él. Es un artefacto para pintar el pelo de Barbie, algo así como Barbie destellos de color. En realidad ni lo he visto, ni sé cómo se llama, sólo sé que ella ve la propaganda, y se emociona. No me importa que se pinte el pelo. Pero no sé cuánto cuesta, es decir no sé si va a estar fuera del presupuesto, ni si a lo mejor va a ser algo demasiado sofisticado para su edad, lo que quiere decir que no se lo voy a comprar, porque tampoco voy a botar la plata.

Me queda otra cosa, y es hasta qué punto se mantiene la ilusión y las ganas, si Santa te falla. Sí. Yo sé. Si me hubieran preguntado antes de tener hijos mi respuesta hubiese sido otra. No lo habría pensado mucho. Después de todo, vivimos en un mundo devastado, vivimos en un país que se cae a pedazos, qué puede importar que le de una Barbie pequeña y punto, Santa o el Niño Jesús, o los Reyes o quién sea que es la figura que hace magia en navidad. Sin embargo, yo creo que los sueños son importantes para los seres humanos. Incluso esa magia fabricada. Esa magia que sabemos que no es magia, que a medida que crecemos vamos viendo que nosotros mismos somos capaces de hacer.

Y cuando te conviertes en padre, la perspectiva te cambia. Ya no ves las cosas de la misma manera. La vida es otra.

Hablando de sueños. Yo confieso que cada año escojo un regalo para mí. Lo envuelvo y soy mi propio Niño Jesús. No se trata de saber o no quién me lo da. Es el hecho de tenerlo allí. De mantener la ilusión, de que por una razón u otra eso llegó a mis manos. Porque me esforcé, porque lo soñé, porque me lo dije desde agosto o desde septiembre, este año en diciembre quiero esto. No es nada grande, casi siempre es un libro, un libro del Zorro Rojo o de Edelvives, ediciones ilustradas que leo con la ilusión de una niñita. Son  mis cuentos. Mis adorados cuentos. Un año fue mi primera novela. Impresa en centro de impresión común. Y allí está. Bajo este escritorio. No la voy a publicar, como tampoco creo que quede un registro de los primeros entrenamientos de un deportista. Eso es lo que fue. Un entrenamiento. Y sirvió. Porque la segunda que estoy a punto de terminar es mucho mejor.

Yo recuerdo la emoción con que abría los regalos de niña. Esa emoción de saber si en algún lugar había alguien que había leído tus deseos. Porque hay otros, que no tienen nada que ver con lo material, o que sí tienen, pero en otra escala, que uno también quisiera que alguien escuche. Creas en lo que creas. Yo por ejemplo soy muy espiritual, pero creo que no hay regalo del cielo si no hay trabajo en la Tierra. Mi mamá siempre repite: a Dios rogando y con el mazo dando. Sin embargo, tengo en mi mesa de trabajo distintos amuletos, por llamarlos de alguna manera, que me recuerdan mi Fé, mis lugares de donde saco la fortaleza, símbolos que están ahí para recordarme lo que llevo dentro de mí.

Entonces pregunto: ¿qué hago? Hasta dónde llega el esfuerzo para darle lo que quiere, y cómo le hago entender que a veces eso no es posible. Lo que no quiere decir que nadie te esté escuchando. Es entonces cuando va a aprendiendo que educar, formar, no es un camino fácil, porque no sólo tienes que enfrentarte a decir que no y lo que conlleva en términos de rebeldía, sobre todo para mí, (mi hija es muy obstinada, desafiante, incluso así ha sido diagnosticada, y supone un gran esfuerzo llevarle la contraria), sin embargo, hay algo que no pensamos, y es que por más que sea necesario, es verdad que en cierta forma les vamos rompiendo el corazón. Y esa es la única forma de crecer. De hacerse fuertes. Uno quisiera resguardarlos de todo dolor, pero ni se puede, ni es bueno, y vamos a estar claros, tampoco es realista.

Toda esta reflexión por un juego de colorantes para el pelo, que aún no sé si podré, ni querré comprar, para entregar como caído del cielo. Ni hablar que otro tema de debate es limitar la chuchería y dar una sola cosa importante, como un juego para aprender, lo que conlleva otra discusión, qué tan pequeños están nuestros hijos para aparatos electrónicos, (diseñados para ellos nada de un iPad, demasiado costoso y delicado aunque respeto a los padres que los dan), cómo cambiarán las pantallas sus vidas, las nuestras, ¿qué reglas vamos a imponer en la casa?, ¿qué tanto podemos oponernos al futuro? ¿no será mejor ir adaptándonos? porque de vez en cuando nos damos cuenta que nos volvemos esa familia en la que cada quien tiene su cabeza enterrada en una pantalla. Y no puede ser. Esa no es forma de vivir. Y yo reconozco, autora de blog, twittera y promotora de lectura en redes sociales, que el primer esfuerzo tiene que ser mío.

Suena muy fácil. Pero esto de mantener equilibrio entre ilusión y desilusión. Entre sueño y realidad. Entre lo es y lo que quieres que sea. Entre lo que es mejor para ellos y lo que ellos quieren. No es fácil. Sobre todo cuando el malabarista es uno.

No es fácil ser el Niño Jesús.