jueves, 17 de enero de 2013

La lectura y los hijos




Uno dice que promover la lectura en la casa es fácil. Pero en realidad no lo es. Claro que se hace más fácil cuando uno tiene el hábito como adulto. Pero aún así, muchas veces uno siente que ser papá o mamá es suficiente trabajoso como para además sacrificar las horas de lectura. Es algo que me suele pasar con todo. ¿Para qué voy a cocinar? Si puedo estar leyendo. ¿Para que voy a hacer ejercicio? Si puedo estar leyendo. ¿Para qué me voy a ir a tomar café con tal o cual amigo? Si puedo estar leyendo. Lo cierto es que a veces se nos olvida que la lectura lo abarca todo. Que la lectura alimenta la vida y la vida alimenta la lectura. Y hacer ejercicio, cocinar, tomar ese café en el que le cuentas a tu amigo sobre la vez que te conseguiste a un jugador del Barca o aquel recuerdo tan amargo que tienes de haber terminado con alguien que creías era una persona más definitiva en tu vida, todo eso alimenta la lectura. Pero sobre todo, nuestra vida como lectores se alimenta con nuestros hijos.

Mi hija, aunque no lee, todavía ni hemos comenzado con las letras, ya es una lectora. Ama los libros. Y me doy cuenta de ese amor porque durante las vacaciones compartimos juntas una de mis actividades favoritas, pasarnos un par de horas en una librería. Sacamos libros. Buscamos. Yo por autores, por títulos, ella por colores, por personajes que le llamaron la atención. A veces ella cedía ante mis sugerencias, otras yo ante las de ellas. Al final, las dos terminamos descubriendo cosas que nos conmovieron, que nos interesaron, otras que no tanto, y claro está salimos con una torre que no se ajustaba ni al presupuesto, ni a la cordura, pero que yo sé que es el tesoro más valioso que le puedo dejar. El hábito de la lectura. Porque si le llego a faltar antes de tiempo, es allí dónde espero que encuentre lo necesario para convertirse en la mujer que desde ya sé qué es, y que mientras esté en la Tierra yo tengo el deber de formar y pulir.

En estos primeros días del año hemos cambiado un poco nuestra rutina lectora. Ya no es tanto a la hora de dormir. Sí. El hábito de leer antes de dormir es algo que yo tengo, algo que hacía con mis papás, es un momento de intimidad, sin duda lo disfruto. Pero la realidad a veces no es tan sencilla, y las cosas no pueden ser forzadas. Me levanto temprano. Tengo mil responsabilidades. Varios proyectos, entre los que está como no, contagiar a la gente que me rodea del hábito de lectura, ayudar a otros padres a crear ese vínculo con sus hijos. A hacer de sus hijos lectores. Pensadores críticos. Enseñarlos a leer. A veces a la hora de dormir, no estoy en mi mejor momento para sentarme a leer cuentos. Entonces, en vez de rendirme, o de hacerlo apurada y de mala gana, busco otras horas.

Últimamente la hora de la comida se ha vuelto La Hora del Cuento. Sí. Nos tardamos más comiendo. La carne y el arroz se enfrían. Pero me doy cuenta que los vegetales desaparecen más rápido y con menor esfuerzo, y sin la ayuda de la televisión, hábito con el que no estoy para nada de acuerdo, aunque yo fui una adolescente que creció comiendo con televisión, y hoy de adulto comprendo que no me trajo tantas cosas buenas. Tampoco malas. Simplemente no añadió. Es mucho más sabroso comer leyendo. Me doy cuenta que mi hija se hipnotiza con las historias que contamos, y que poco a poco ha comenzado a esperarlas. Esta mañana, camino al desayuno, tuvimos que pararnos en el estante de libros antes de llegar a la mesa. Quiero el de la rana princesa. Y por eso casi llegamos tarde al colegio. Por estar metidas dentro una historia de Mario Ramos.
A veces pensamos que los libros y la televisión tienen una competencia injusta. Esta última es más divertida, más llamativa, más sí, entretenida. Lo adormece a uno. Los adormece a ellos. A veces los veo, casi en trance frente a la tele y me da toda clase de remordimientos y sensaciones negativas, aunque ese momento me esté dando algo de paz para hacer otras cosas que tengo y quiero hacer.  Sí. Mis dos hijos mueren por Mickey Mouse. Le tienen una devoción y lo reciben con una alegría, que casi da celos. Y el programa La Casa de Mickey no es malo. Tampoco quiero se sean unos alienígenas, que no saben lo que es Disney o Discovery Kids. Al final, el balance también servirá para nutrir su vida como lectores, y para sus relaciones con el mundo, con las demás personas.

Sin embargo, ese momento de compartir juntos la lectura es invaluable. Da para muchas cosas, pero no sólo para dejarles a ellos un hábito fundamental, sino para uno mismo crecer, reflexionar. A veces uno desde el pedestal de la seriedad se olvida, lo realmente serio que es ser niño, que es la literatura infantil, lo hermosa, lo poética que es. Cosas de las que uno se olvida, pero que de vez en cuando es importante recordar, sobre todo en esos momentos en que uno se cansa, o la vida sencillamente se pone más pesada. 

lunes, 7 de enero de 2013

Resoluciones de año nuevo




Todos los años empiezo con las mismas resoluciones que gran parte del planeta. Comer mejor. Hacer ejercicio. Y dos que se han vuelto mis resoluciones tradicionales, un tanto frívolas y locas, pero cosas que quiero hacer: usar más vestidos y sacarle más provecho a mi boca, lo que quiere decir maquillarme un poco más.

En todo caso el año nuevo siempre es de resoluciones que parecen tontas pero no lo son. Eso de comer mejor y querer hacer ejercicio, uno tiende a verlo como algo casi banal. Es que te quiere ver mejor, es que quiere vivir una vida un poco más Deepak Chopra.

Este año para mí las cosas no han sido tan listica en juego. De verdad, necesito un cambio, una reorganización en mi vida. Tengo un gran frustración en un lado, y es que hace tiempo terminé una novela y no hice nada con ella, por una sola razón, por miedo. Además, estoy trabajando en otra, y esa me muré a mí misma publicarla así tenga que sacar las copias en Copy 911 y pararme en un semáforo con los lanzafuegos, tocando los vidrios de los conductores, que me dirán que no tienen plata y escucharán mi voz, que llega ahogada por los vidrios cerrados, diciendo, no señor, es que yo lo que quiero es entregarle esta novela. Y me imagino que casi nadie bajará el vidrio pensando que le voy a entregar uno poco de papeles embadurnados en burundanga o un  manifiesto de algún tipo de revolución, estilo las que imaginan esa gente que todavía piensa que los Estados Unidos domina el mundo con el lavado de cerebro que se logra a través del pájaro de las tarjetas Visa.

Sí. Estoy frustrada. Tengo mi vida profesional y mi vida personal en un total desorden. Basta ver mi casa. Me va a pasar un día lo que le pasó a un amigo, que llamó a la policía porque escuchó un ruido, y cuando la policía llegó, el policía le dijo, espéreme aquí que voy a revisar. Entraron dos agentes, revisaron la casa y volvieron en menos de dos minutos,  y le dijeron, señor, no hay nadie, pero, lo robaron, mire nada más como está todo. Y mi amigo, que es un personaje, se asomó y con todo descaro le dijo, no oficial, no se preocupe, esto siempre está así.

La verdad, es que he estado escribiendo como nunca, y por eso he faltado tanto a mis citas con el blog. Lo tengo abandonado, porque todos mis esfuerzos de escribir se van a la novela. Voy lento, porque escribir algo que valga la pena no es dos plumazos y allá. Sí. Tengo a alguien, a quien le debo mucho más de lo que se pueda llegar a imaginar, que me ayuda, me mantiene al límite, y me pone si no orden, al menos sí un día de entrega. Es como un jefe. Yo no funciono sin un jefe. Porque le tengo miedo a la autoridad, entonces me pongo las pilas.

Sin embargo, lo cierto es que estoy enganchada en mi propia historia y quisiera dedicarle más tiempo, y no poder hacerlo, además no tener suficiente tiempo para leer, y para escribir sobre lo que leo, me frustra. Es lo que quiero hacer en la vida, es lo que me apasiona. Mi rollo es la estupidez de no haber dado el salto definitivo a hacer eso como único rol y norte en la vida, y estar todo el tiempo armándome de proyectos que tal vez me gustan, pero que al final del día, no son lo que yo quiero. O para ponerlo en otras palabras, no son mi misión en la vida, no son yo.
Mi esposo me dice, que yo tengo la suerte de saber lo que quiero hacer. De saber lo que me apasiona. Pero he tenido siempre el miedo encima de creer que las cosas para mí son imposibles. Una amiga me dijo una vez que uno vive desde dos planos, desde el amor, y desde el miedo. Y yo vivo constantemente desde el miedo. Así aprendí a vivir.

Este año mi resolución, es vivir desde el amor. No es que voy a dejar el miedo, porque todo sentimiento es inevitable, es parte de ser humano, pero uno si controla desde dónde vive, y cómo dejas que te afecte.

Este año voy a entregarme a lo que me apasiona. Este año, voy a comer mejor, voy a hacer algo de ejercicio, voy a ordenar mi casa, voy a jugar más con mis hijos, voy a aferrarme de una forma distinta a mi papel de mamá (ya escribiré más sobre eso), no sé si voy a terminar mi novela, pero al final del año, mi meta es haber avanzado enormemente, no creo que uno pueda decir algo como la voy a terminar tal día, y quiero terminar dos proyectos adicionales relacionados con literatura. Uno es de poesía, (sí, mundo, si! Yo escribo poesías, siempre me ha dado terror compartirlas, porque las veo meses después de escritas y me caigo a insultos, cosas como, verga, esto parece escrito por Ricardo Arjona, cursi, intensa, blablablá, sí soy mi peor enemiga. Ni para qué decirlo).

Este año voy a trabajar no en ser otra persona. No en meterme en el papel de…una niñas más educada, una señora más ordenada, una mujer más ejecutiva (yeah right! Yo! Ejecutiva! Eso es como si Margaret Thatcher hubiese dicho, quiero ser ama de casa. Y con no ejecutiva no quiero decir menos trabajadora, simplemente, que mi trabajo es distinto, mis visiones son otras.

Este año voy a trabajar en llegar a ser lo que soy. En plasmar mis historias, pero sobre todo creer en ellas. Es más o menos como la cita con el pasado, pero una cita, no tanto con mi futuro, sin con algo así como un Yo, que está siempre castigado en una esquina oscura, porque el mundo considera que se porta mal, porque no entra dentro del patrón ideal de lo que la sociedad piensa que uno tiene que ser.

En fin. Este año lo que quiero es reorganizar todo. Empezando por los cajones. Sí. Tengo que empezar por aquí van los colores, allá van las muñecas, aquí van los libros de no ficción, y señor retomar el arte del taladro para terminar de pegar a la pared par de cuadros que tengo en el piso, ni hablar de las fotos que tienen que ir a sus marcos. Es decir tengo que reorganizar mi espacio.

Luego tengo que reorganizar mi tiempo. Es decir, armarme bien mi horario. Y el de mis hijos. De tal hora a tal hora, hacemos esto. Incluso dejando un espacio para que salgan las cosas que no podemos planear, un cine inesperado, un helado que no teníamos pautado comernos, una siesta de esas abrazados, acobijados por el sol que entra por las rendijas de la persiana. Pero tengo que tener bien mi esquema de tiempo. Incluso tiempo para ir a hacerle un cariño a mi pelo, que es de verdad, una mezcla entre Whitney Houston en su peor momento, y Farrah Fawcett.

Es decir tengo que armar bien todas las condiciones para crear. Y después entregarme a ello. Más nada. Todo lo demás, viene solo.