miércoles, 28 de agosto de 2013

No me importan los penes


No me importan los penes. Me importan los pranes. Porque nos tienen viviendo en el terror. Porque uno sale de la casa angustiado. A cualquier hora. O peor uno no sale. Porque nos estamos imponiendo una especie de toque de queda. Porque estar en un lugar después de las siete de la noche es un acto casi temerario. Porque uno camina por la calle  sintiendo que en cualquier momento le viene el golpe.

No me importan los penes. Me importa que vas a un supermercado y si no está vacío las cosas están amontonadas en una esquina y tienen una hoja de papel bond escrita a mano que dice cosas como, de a dos por persona. Me importa que uno tiene que hacer preguntas como, ¿los niños cuentan como una persona? Me importan que se arman peleas porque esa señora sale y vuelve a entrar. Y la gente se desespera por una botellita de Maceite. En un país tropical la gente se pelea por aceite de maíz. En el quinto productor de petróleo a nivel mundial. Con el barril por encima de cien dólares. Eso es lo que me importa.

No me importan los penes. Me importa que no se consiguen muchas medicinas. Me importa que tomo un antialérgico y ayer hice una hora de cola y no había. Me importa que cuando vas al médico le tienes que pedir un récipe alternativo, por esa misma razón. Me importa que si consigues el medicamento el precio es exorbitante. Me importa que cuando lo traduces a dólares no es tan caro. Pero no hay dólares. Y uno no gana en dólares. Entonces es como si los dólares no importaran. Pero si importan, porque son la divisa con que se importa, y es importado. Es una gran confusión. Y lo subastan. Y todos sabemos para qué sirve la subasta. Todos lo sabemos. 

No me importa los penes. Me importa que los hermanos Fadoul siguen muertos. Me importa que Franklin Brito sigue muerto. Y no pasa nada. Y no es que revivan. Es que se haga justicia. Me importa que Simonovis sigue preso. Y tantos otros presos políticos. Y no están presos el montón de ladrones que han desangrado este país. Y ni los están investigando. 

No me importan los penes. Me importa que a cada rato pintan la autopista de amarillo y todos sabemos que alguien se mete ese dinero en el bolsillo. Y me importa que están planificando una autopista a La Güaira y el costo es una grosería, y es obvio que alguien se está robando la plata. Y esa gente no está presa. Y no hacemos nada. Me importa que aquí hay  muchos jóvenes que piensan que el que no roba es un pendejo. Me importa que una persona que roba difícilmente se recupera y aprende el valor del trabajo. Me importa que nadie los va a castigar y jamás se van a arrepentir.

No me importan los penes. Me importa que aquí nadie quiere trabajar. No quiere trabajar el obrero. No quiere trabajar la cajera del supermercado. No quiere trabajar el empleado del banco. No quiere trabajar el gerente. No quiere trabajar el niñito de veintidós años recién graduado porque si se enchufa gana más. Porque el sueldo no le da a nadie. Nadie quiere trabajar. Nadie quiere, ni puede, hacer un emprendimiento, porque registrar una compañía es imposible, porque si te va bien quién sabe si te expropian, porque aquí el que no sabe ensuciarse las manos la va a tener bien cuesta arriba. 

No me importan los penes. Me importa que la semana pasada mataron a golpes a una enfermera en la Maternidad Concepción Palacios y seguimos como si nada. Pasamos la noticia y de ahí al fundillo de Diosa Canales en cualquier portal de noticia que quiere mantener las cosas light. Me importa que la cifra de muertos ya se ha vuelto algo de cuentas. Me importa que la vida a nadie le importa. Me importa que aquí la vida sigue y nadie se da cuenta que aquí no hay vida. 

No me importan los penes. Me importa que aquí ya nadie respeta a nadie. Ni a ancianos. Ni a niños. Ni a nadie. Aquí se respeta el dinero y las motos que trancan la calle para que pase alguien en una cuatro por cuatro sin placa, que no siempre es un boliburgués. Me importa que aquí hay gente que es chavista y no se ha dado cuenta. Porque hace lo que le da la gana en todos lados. No sigue las reglas ni del colegio de los hijos. Ni del condominio. Ni de la alcaldía. Ni de la gobernación. Ni de nada. Eso sí me importa.

No me importan los penes. Me importa que estoy triste. Me siento ajena a todo esto. Me siento extranjera en mi propio país. Me siento que no quepo. Me siento que no hay oportunidades. Ni futuro. Me siento que nadie escucha. Me siento que de lado y lado perdimos la capacidad de escuchar. Que cualquiera que opine, o aventure una crítica constructiva es destruido. Porque eso sí sabemos hacer. Caerle encima a lo que sea. Me importa que nadie sabe lo que es la tolerancia. Que no es lo mismo que dejarse pisar. Que mirar hacia al otro lado. Me importa que aquí pareciera que no se entiende lo que es la reconciliación, ni la unidad, ni el hecho de que en todos los sectores necesitamos de todos.  Me importa que aquí cada vez somos más mediocres y conformistas. Me importa que cada vez la brecha que nos separa del resto de América Latina es más grande. Ni hablar del primer mundo. Y no lo vemos. Porque creemos que de esfuercito en esfuercito no estamos tan mal. Porque tenemos mucho talento y bellezas.

No me importan los penes. Me importa que aquí nadie protesta. Y si protesta nadie escucha. Me importa que aquí el tipo dice penes y eso es lo único que importa. Cuando esos penes no sólo no me importan, sino que no son relevantes. Son catorce años de quedarnos pegados en frases estridentes y de evadir los problemas reales. 

No hemos aprendido nada. Eso es lo que me importa.


lunes, 26 de agosto de 2013

Delta of Venus, Anaïs Nin.




Es mi primera aproximación a Anaïs Nin y la verdad, quedé fascinada. Y no me da pena decirlo. La naturalidad de esta autora al narrar escenas eróticas es algo impresionante, más allá de la perversidad de algunas, las cuales, advierto, son  muy duras de tragar, desde el comienzo. Anaïs Nin no es para todo el mundo, y aunque es un libro que engancha, ya que su lenguaje fácil, su temática no lo es.

 Es el tipo de autora que generará mucho rechazo entre radicales. Sobre todo en este mundo políticamente correcto, en el que todo pasa, pero nada se dice, en que las cosas son pero se les pone un nombre que la maquille lo más posible, haciéndonos creer que la igualdad está en borrar las diferencias obvias, cuando lo que nos lleva a ella es justamente lo contrario, es aceptarlas, entenderlas y tolerarlas. En fin, hay gente que se niega a ver ciertas cosas del mundo. Que prefiere creer que hay cosas que no pasan. Que seguramente pensarán que la autora es una pervertida, o que lo pensó, o qué se yo. No lo sé. De hecho tengo mucha curiosidad sobre la biografía de Anaïs Nin, más allá de su relación con Henry y June Miller, la cual me imagino no pecó de inocente. Y el mundo es así, les guste a unos, aterrorice a otros, o incluso nos lleve a luchar. Siempre he pensando que las cosas no se pueden tapar. Claro que habrá quienes piensen que no tienen que usar su rato de lectura para leer sobre ellas.

Y cómo yo quiero escribir. Y esa es mi vocación. Mi trabajo. Y a eso me entrego estos días, tanto así que escribo menos de lo que me gustaría en mis blogs, lo cierto es que me toca leer todo. Lo bueno. Lo malo. Lo atroz. Lo delicioso. Lo que a tantas personas hace leer a escondidas, tapar con papel de regalo o mirar al cielo agradeciendo la invención el e-book sin tapas con fotos reveladoras que delaten sus gustos lectores. Yo a mucha honra, en parte me lo devoré en la peluquería pensando, si la señora puede leer en inglés, y se roba dos párrafos de mi lectura, tal vez me declare persona non grata o me haga una invitación indecorosa que tenga que rechazar con un, no amiga, que no me de pena leerlo no quiere decir que lo haga, yo le voy a al Necaxa. 

En fin, el ser humano es complejo y yo admiro y respeto a los autores que escriben sobre esas complejidades y lo hacen bien. Aunque a veces tenga que cerrar los ojos o pasar páginas porque lo que escriben es demasiado duro para mí, o me cuesta, o sencillamente es algo que no quiero leer. Igual que me pasa en el cine cuando hay escenas violentas y me niego a verlas o incluso hasta me salgo de las películas.

El caso es que Anaïs Nin, entre sus historias llenas de erotismo y de un alto y gráfico contenido sexual, nos entrega un lenguaje poético hermosísimo, y es casi imposible no caer bajo su hechizo.

Pero de nuevo, el libro es muy duro, y no lo recomiendo a personas que se ofenden fácilmente. Sin embargo, para todos aquellos que disfrutaron de 50 Sombras de Gray, se los recomiendo, este es el ejemplo de cómo se hace.  

lunes, 12 de agosto de 2013

.40 Estos son mis sueños: La lluvia o la esperanza


Anoche soñé con lluvia. Sali a caminar hasta la parada del autobús. El 84. No venía. Y no venía. Me quedé ahí. Esperando. Gélida. Los dedos azules alrededor del paraguas. Los labios en mueca de resignación. El pelo entregado a las gotas. El vestido casi una historia. Como si toda la tristeza de mi corazón se hubiese pegado a esa tela, que para colmo de ironías, o de detalles simbólicos era negro. Hay algo de paz en dejarse mojar. Tal vez eso es la paz, es dejarse ir.
Es salir y esperar a que llueva. Dejar llover eso es todo. No correr. No ponerse bajo techo. Llueve y ya. No hay nada qué hacer. ¿Para qué vas a correr? Donde estés llega el agua. Las tuberías que se rompen. Los espacios bajos que se van anegando. Ese desagüe al que nunca le limpiaron las hojas secas. Las quebradas que se desbordan. Todo es un gran desorden. Y uno se consuela pensando que en el desorden tenemos nuestro propio orden, pero no es verdad. Sólo que así es mejor asumir este mundo de aguas. Río abajo en el barquito. Esperando a que salga el sol para mirar el cielo, y detenernos a comprar quién flota mejor, si uno o las nubes. Es mejor imaginar, esperar, soñar, creer, que hay un Dios o una fuerza mayor, que la luz está al final del túnel, aunque no sepamos la diferencia entre un túnel y un campo abierto. Es mejor creer. Creer en algo. Eso hace todo más fácil. Incluso hasta puedes morir por eso. Porque eso le daría un sentido a la vida. Eso de morir por una esperanza es mucho mejor que haber vivido en busca de ella. O si te pones a ver, si esperas demasiado no te queda otro remedio que morir, pues lo esperado nunca llega, o cuando esperas demasiado, cuando llega nunca es suficiente, nunca es exactamente lo esperado. Porque los sueños se esculpen en aire, se escriben en clave de vuelo, apresuradamente, sin tiempo de tomar nota, ni hacer apuntes, ni pensar demasiado. Los sueños. Flotando en la barquita. Mejor salir y dejar que la lluvia moje y ya. Soñar bajo el agua. Sobre el agua. Sólo soñar. Que todo pase. Que también pasará. Incluso la esperanza. Yo espero. Que la esperanza. También pasará.  

¿Qué pasa primero? ¿La lluvia o la esperanza? 

¿Quién sueña grande en este país?


Yo a veces hago el ejercicio, casi diabólico de imaginarme cómo hubiese sido Venezuela, si hubiésemos tenido otro gobierno. Nótese que he hecho el esfuerzo de decir haber tenido otro gobierno, no “esta desgracia que nos cayó”, porque hay que olvidarse de esa frase. No nos cayó una desgracia, esto lo trajimos, esto fue una consecuencia de años de negligencia, de flojera, de no apreciar ni la democracia, ni la riqueza, ni el trabajo. Pensar que es todo esto es producto de la mala fortuna, es demasiada ingenuidad, tal vez sea un mecanismo útil para dormir mejor por la noche. Uno siempre se consuela pensando que el mundo es demasiado grande para que uno solo pueda cambiarlo, lo mismo pasa con el país.

La gente te dice, es que yo no soy ni político, ni empresario, ni militar, ni activista, es más a mi ni me interesa eso, cuánta gente no le dice a uno, es que yo soy apolítico.

Ese fue el primer problema, endosarle todo a otros.

Claro que hay que definir todo. A mí tampoco me gusta la política. No tengo interés en ejercer cargos, ni liderazgos, es más, trabajo mucho mejor por mi cuenta, no me gustan las amistades forzadas, ni tolero ciertas cosas que la gente con mano izquierda por llamarlo de alguna forma tiene que tolerar para poder trabajar para todo el mundo. Sí, en algunas cosas soy demasiado radical. Conozco mis limitaciones. Mi campo es otro. Eso no quiere decir que no tenga mi cuota de responsabilidad.

La gente piensa, o le gusta pensar que un país se construye a base de leyes, de peleas en el congreso, de un presidente, de un alcalde, de un diputado, si el municipio está sucio es que Fulano es una porquería, que yo haya tirado papeles en el piso, apagado cigarros en área verde, y simplemente haya visto como otros lo hacía sin hacer, ni decir nada, no tiene que ver. ¿No?

Pues claro que tiene que ver. Un país necesita de toda su gente, en cada uno de sus trabajos. Desde el que atiende en la gasolinera, hasta el empresario que mueve las industrias más importantes, que invierte, que visualiza proyectos, que produce empleos, productos, que ayuda a la competitividad, a la educación. Necesita deportistas. Necesita esas profesiones tan básicas, como que las que hoy en día muchos ven por encima del hombro, enfermeras, policías, maestros, bomberos. Durante mucho tiempo he querido ser rescatista y bombero, no he podido hacer el curso, y es de esas cosas que tengo pendientes para cuando tenga más tiempo. Hay que ver la cara que me pone la gente. Tengo un amigo Guarda Costa, hay que ver la cara que pone la gente cuando uno dice eso. Comentarios como, qué pérdida de tiempo son los más amables. Siempre pregunto, si te pierdes en una embarcación, ¿tú qué esperas? Qué te busque McGyver, claro, porque Santa Claus no existe, pero McGyver si.

Un país necesita artistas, escritores, pintores, filósofos, la gente que piensa, que se cuestiona, que pone a su vez a los demás a hacer lo mismo. No basta con sentarse a criticar, ni a contar cosas porque si, para hacernos reír u olvidar, en fin entretenernos y ya.  Vamos a escandalizar con un asesinato horrible, a narrarlo y a vender muchos libros, o contar por enésima vez el cuento aquel de la tipa que la dejan por una tetona, los hombres son una mierda, no sirven, ¡Mujeres al poder! Porque ahora la ley de cultura dice pintores y pintoras.

De nada sirve.  Hace falta la gente que nos estimule a preguntarnos quiénes somos, qué hacemos aquí, y si la vida está resultando lo que queríamos, lo que creíamos, si vale la pena el mundo, y por qué. Hacen falta los abogados que introducen esos recursos que demuestran por donde se le cuela el agua al sistema. Hace falta gente que trabaje en condominios, en museos, en colegios, en instituciones benéficas, que done tiempo a hospitales, a hogares para niños abandonados, que de clases en prisiones, en colegios de zonas necesitadas, que trabaje en pro de un país más verde, de crear consciencia sobre el planeta y el futuro que nos depara si no lo cuidamos. Hacen falta ingenieros que imaginen puentes, edificios de gran escala, investigadores que se dediquen a mejorar todo tipo de técnicas relacionadas con el campo de la salud, de la innovación, un robot que haga aquello que jamás pensamos posible, o que llegue a ese planeta que ese soñador está seguro de que va a descubrir. Hacen falta los literatos, los matemáticos también, los lectores, los no lectores. Tanto como las reinas de belleza. Hacen falta los que sueñan con ser actores, pero también los que quieren ser guionistas, y no es sólo ganarse un Oscar ni esa paja, por Dios, es soñar con contar algo, algo que uno está viendo y que siente que nadie más ve. Que no entiende por qué nadie más ve. Alguien que quiera comunicar y transmitir mensajes. Hacen falta periodistas que investiguen, ¿Por qué las muertes extrañas? ¿Por qué los precios tan elevados? ¿Por qué ciertas personas de la noche a la mañana tienen tal estilo de vida? Hace falta quién se pregunte por qué, en televisión, en prensa. Hace falta quien viaje, quien se quede, y quien lo narre todo. Hace falta también que lo lea y quién se interese.

Todos esos profesionales hacen falta. Y sí. Los hay y muchos. Mucha gente trabaja duro. Pero vamos a estar claros. De verdad. Hace rato aquí estamos medio tirando la toalla. Haciendo las cosas a medias, porque no nos queda de otra. Porque no hay materiales, no hay espacios de difusión, no hay interés de la gente, sencillamente no lo hay, ¿quién le invierte a una gente que quiere investigar sobre trasplantes de piel para quemados? ¿Quién va a financiar un museo nuevo? No. No un espacio cultural con un café para veinte personas, con una galería de quince metros cuadrados. Un museo. Gigante. Con una junta directiva que llegue un día y diga saben qué, aquí vamos a trabajar con el sueño de que del MoMa nos van a llamar a preguntarnos, ¿cómo hicieron ustedes eso?.

¿Quién cree en eso? ¿Quién sueña grande en este país? Nadie. Porque hemos perdido la fe.

Aquí la gente se pregunta y te pregunta, ¿qué va a pasar? Y mientras sigamos así la respuesta será nada. Porque nada nos va a molestar en serio, ni nos va a doler, hasta que no le metamos el pecho de verdad. Hasta que no asumamos que la lucha no es por un político tal o porque fulano dijo, sino que es también de uno. Hasta que no hagamos un punto de honor de nuestro día a día. Que seamos gente que respeta sus señales de tránsito, que respeta las reglas de los colegios de los hijos. Sí que respeta las reglas de los colegios de los hijos, lo repito porque aquí está la base de todo y cuando veo como se portan algunos padres lo entiendo todo, allí está la cuna de la gente que jamás va a querer a su país, porque todo eso se aprende, no es que nace porque el amor es bello. No. Al país se aprende a quererlo. A respetarlo también. Y se aprende así, paso a paso. Primero es la mamá, después es la maestra. Después viene lo demás. El niño que le pega a la maestra, que le dice groserías y después lo regañan y encima la mamá lo defiende, ahí estará uno que sentirá que la vida le debe. Igual que sentimos que Venezuela nos debe. Pero nada de eso es nuestro problema, porque no somos políticos, ¿cierto?

Este país necesita gente que haga su cola, que no se colee, ni en el banco, ni en la autopista, ni en el médico porque es que la secretaria del doctor es mi pana, ni en la peluquería, porque es que yo vengo aquí de toda la vida, necesita gente que se preocupe menos por la marcha, y si vamos a marchar, y si tal político dice, o yo opino, o mi primo que es vecino de no sé quién dice que es que si salimos o no salimos. Por favor. ¿En serio alguien piensa que eso es una solución? Y cuando uno se da cuenta de que la respuesta es no, entonces tira la toalla. De regreso al canibalismo, a la comodidad, tiramos el carro, si nos para un policía se arreglan las cosas, tú sabes, y yo tengo un pana que se dedica al, bueno vale, mira sí tiene negocios, pero qué le vamos a hacer, así es la vida, es mi amigo,  ¿no?

Si quieres salir de esto te le plantas a ese pana, y le dices ¿sabes qué? pues hay cosas que la amistad no tolera, no es incondicional, donde comes tú, no como yo. Punto.

Pero nadie hace esto. Nos pasamos la pelota y adjudicamos responsabilidades. Que si fulano rompió la unidad. Mengano no tenía por qué lanzarse. Perencejo sólo hace las cosas por su partido y no le importa el país.

Coño, y a los demás ¿de verdad nos importa? ¿Dónde has estado tú mientras Perecenjo recorre el país por los motivos que sean?

Yo hago el ejercicio de imaginarme este país con otro gobierno. Francamente no sé qué tan distintos seríamos. No sé si igual hubiéramos despilfarrado todo. Porque fíjate que ya lo hemos perdido casi todo y ni siquiera lo estamos llorando. Ni siquiera hemos llorado el haber dejado pasar la oportunidad de ser mejores. Dijo Kennedy, no es lo que tu país puede hacer por ti, sino lo que tú puedes hacer por tu país. Criticar a los políticos y pensar que eso exime la responsabilidad, ¿es suficiente?