miércoles, 18 de septiembre de 2013

¿Por qué no me voy?


 


                                                     Foto: Un riesgo país - Una Foto x Día X 29 Días 2012

Es duro vivir aquí. Y la verdad es que uno puede pintar esta respuesta con mucha negación, y con nociones vagas estilo, es que no estamos tan mal. Yo en estas últimas semanas he preferido hablar sobre lo que está mal, porque no es indigestándonos con fotos del Ávila como vamos a querer a este país, no es atragantándonos de tequeños que vamos a hacer las paces con nuestras raíces a evitar las ganas, tal vez la decisión de irse. También he querido resaltar lo bueno, porque tampoco podemos clausurar un país y demonizarlo todo, por una sencilla razón, y es que ningún extremo sirve.

Yo me quedo porque amo Venezuela. La amo porque me enseñaron a amarla. Mis padres me inculcaron la noción de hacer país. De sentir orgullo por los símobolos patrios, así de cursi, pero así de importante. Me enseñaron que hacer país, no es sólo quitarse la cachucha cuando suena el Gloria al bravo pueblo, es trabajar, luchar, alzar la voz, ser honesto, respetar a los demás, defender los principios. Me enseñaron que uno lucha por lo que quiere, en criollo, uno le echa pichón. Y hay dos amores principales en la vida: La familia y la patria. No la que dicen que tenemos por televisión, sino la que se lleva por dentro, que tiene impacto en tu visión de vida, en la forma cómo actúas, cómo te relaciones, somos parte de un grupo, y con él nos relacionamos, pero eso no lo entendemos porque la visión aquí siempre ha sido individualista y se demoniza todo. Una cosa es sentirse ajeno, cosa que nos está pasando a muchos, pero otra cosa es creer que no formamos parte y que incluso no tenemos responsabilidad. Por ahí comienzan nuestros males. 

Yo amo mi patria. La que me han mostrado, la que me han enseñado cómo se construyó, la que han sudado y llorado, personas cuyos nombres tal vez nunca lleguemos a conocer,  pero con quien uno tiene una responsabilidad profunda. Y tal vez sea muy John Lennon, pero yo veo cosas como las colas eternas del transporte público y sueño con hacer algo para que eso cambie. Y no. No me voy a lanzar a alcalde, porque la política no es mi ámbito, pero tampoco me voy a sentar a decir, ah bueno mira eso no es rollo mío porque yo no soy alcalde, tampoco voy a llamar a la alcaldía a caerle a groserías al alcalde y a decirle que es un inútil que no hace su trabajo, no. Mi plan es mi área. Yo creo en la educación a través de la lectura. Y a eso me dedico. Librito a librito paciencia y amor. Tengo planes para el futuro, y espero lograrlo, pero no con atore, con desespero, apagando fuegos. También he aprendido la paciencia.  Por ahora escribo. Porque mi área de lucha está en mi voz. Y hago otras cosas como colaborar en el colegio de mis hijos. Es tan sencillo como eso.

Yo me quedo porque sé que aquí hay miles de problemas, que la vida no es fácil, que agobia, que hay mañanas en que me levanto cansada, que hay noches en que no concilio el sueño, y que siento que los fantasmas más terribles están del otro lado de la puerta. Me he sentido perseguida. Insegura. Frustrada. Atemorizada. Sí. Yo no voy a pintar todo de amarillo, azul y rojo, y decir que con puro amor mato a patadas la impotencia. No voy a decir que no he llorado a mares. Elección, tras elección, he sentido que el mundo se me derrumba. He sentido como una avalancha de impotencia, casi he llegado a sentir que me empujan, que me expulsan, que me callan. Sí. Es horrible. Pero en la adversidad hay mucho. No olvidemos aquel poema que termina "porque después de todo he comprendido que lo que árbol tiene de florido, vive de lo que tiene sepultado". 

Pero yo sé que afuera la vida no es fácil. Yo veo el mundo y la verdad está en un estado terrible. Yo también me he deprimido afuera y he perdido la Fé en la humanidad. Yo también he visto afuera corrupción, marasmo, complicidad, materialismo, intolerancia. No es sólo aquí. No es que el horror humano es exclusivo a Venezuela. Muchas ciudades del mundo en vías de desarrollo y del primer mundo tienen lados oscuros, y la vida no es fácil. Es cara. Es solitaria. Es dura. Hay desempleo. Hay desunión. Hay mezquindad. Hay pobreza. Hay enfermedades. Hay injusticia. Y si me voy no me voy a ir con la falsa ilusión de irme al paraíso, me voy a ir sabiendo lo que me espera, porque como ya me he ido. Y no se me olvida por qué regresé. 

No me voy porque aquí tengo raíces. A mí no me las han quitado. La forma de hablar. Los olores. Los sabores. La relación con mi madre. Con mi padre. Con mis hermanas. Con mis sobrinos. Incluso con mis primos que viven afuera. Porque viven afuera pero son parte de mis raíces, porque forman parte de mi recuerdo, de mi infancia y todo eso influye a su vez en cómo crío a mis hijos. Mi manera de enfrentar la maternidad, de aproximarme a la educación, los valores, los principios que trabajo día tras día para inculcarles a ellos, todos suman una razón por la que me quedo. Quiero que vean la vida cómo yo la veo. Sí, es verdad, aquí no hay un museo de ciencias con un huesos de dinosaurio. Aquí el atraso. Aquí nos preocupamos su papá y yo por cómo vamos a hacer de ellos ciudadanos del mundo, pero la verdad es que yo estoy clara que eso no lo determina en qué ciudad viven, sino qué tan grande es el compromiso de sus padres por abrirles la mente. 

No me voy porque todavía no lo hemos perdido todo. No me voy porque todavía hay por qué luchar. No me voy porque aquí está el trabajo, aquí está la familia, aquí esta la causa no perdida. No me voy porque creo que todavía hay razones para seguir luchando. No me voy porque hay mucha gente que quiero, mucha gente que comparte la visión y las ganas de salir adelante. No me voy porque mientras haya vida hay esperanza. 

No me voy porque a diario veo gente luchando, en su ámbito, porque muchos no quieren trabajar, pero muchos sí, porque conozco jóvenes que quieren estudiar, que quieren aprender, que quieren leer, que quieren actuar, que sueñan con ser ingenieros, médicos, enfermeras,  porque sé de gente que se levanta a las tres de la mañana para trabajar, que sortea huecos, malandros, presiones del vecino, del gobierno, porque conozco padres que hacen sacrificios enormes para educar a sus hijos, conozco mamás que dicen sabes qué yo iré menos a la peluquería pero yo me voy a quedar en la casa para apoyar a mis hijos, conozco madres que dicen sabes qué yo voy a salir a trabajar porque es la única forma de darles la educación que creo necesarias, conozco médicos que no cobran, conozco gente que va y cuenta cuentos en barrios, conozco un señor que apoya a 17 (sí, diez más siete), niños que crecieron en estado de abandono, conozco amigas que nunca dejan de apoyar a fundaciones que necesitan recursos, conozco gente que trabaja con las uñas para hacer trabajos como el de promocionar arte o lectura, conozco señoras que se desviven mes a mes por llevar comida a los presos políticos, conozco niños con enorme talento en deportes, conozco futuros lectores, conozco padres recién estrenados que se reintegran al trabajo por ganas, por puras ganas, conozco maestras que enseñan mucho más que un curriculum, sino que hacen su trabajo con dedicación, conozco políticos de convicción que hacen su trabajo por vocación al servicio público, conozco gente que está dispuesta a ser no complaciente con la camada de corruptos que nos ha dejado este período, y que no le importa ser el único que no le come los tequeños, ni le devuelve la sonrisita cómplice, conozco gente que está dispuesta a ayudar en otra elección, en lo que haga falta, conozco gente honesta, comprometida, conozco gente que quiere un país mejor, que sabe, que intuye que este puede y va a ser un país mejor. 

No me voy por la gente. Así como me quejo del terrible estado en el que estamos, de la descomposición, también tengo que decir, todavía somos muchos, y somos más, los que no queremos vivir en un país descompuesto. Y para muestra el botón de darle compartir a mis desahogos. Es más, somos millones los que queremos arremangarnos la camisa para reconstruir este país. En libertad. En verdadera libertad. 

No saben cómo me ha conmovido la respuesta a estos últimos posts, y cómo me ha dado fuerza y Fe. Y aliméntense de eso, porque allí está la clave. En no dejarse doblegar. En recordarnos unos a otros que no somos los únicos que nos hemos sentido tristes y hasta derrotados, sino todo lo contrario. 

Así que no me voy. Todavía no me voy. Por el momento no me voy. Y no digo que no me voy nunca, porque como dice mi papá, lo único más difícil que cambiar el pasado es predecir el futuro.
La vida es amplia y yo no me cierro a nada. Si viene una oportunidad, una circunstancia, si yo misma veo que algo dentro de mí cambia y que mi voz interior me dice que mi camino aquí ha llegado a su fin, y es una decisión que considero acertada, porque me va a sumar, porque el lugar al que voy es el indicado para mí, y me va a ayudar a crecer y realmente voy a estar mejor que aquí en una gran cantidad de aspectos, pues ese día me iré. Eso sí, con un gran peso en el corazón, porque yo sueño con una Venezuela de lectores, porque con ese sueño me levanto por las mañanas, porque mi hija canta, “amarillo, azul y rojo, los colores de mi bandera, Venezuela, Venezuela, cada día te haremos mejor.” Y a mí se me hace un nudo en la garganta, y siento que el impulso que tengo para trabajar es demasiado grande. 


Así que no me voy. Ni se me está pasando la vida sufriendo. Así como lo de Abreu era tocar y luchar, lo mío es leer, escribir y luchar. Y esa es mi vida. 

martes, 17 de septiembre de 2013

Maltrato


El país del maltrato. Maltrato por todos lados.

Maltrato en la vía. En los huecos. En la anarquía y agresividad de los motorizados. En los conductores que no respetan, tal vez ni conocen las normas de tránsito, que ya no son ni sugerencias, en las que ya no aplica ni la cortesía, a veces ni la piedad, mucho menos la caballerosidad. El mínimo de respeto. La otredad. Maltrato cuando tiran el carro. Maltrato a cornetazos, por cualquier razón, la de la moto que quiere pasar a toda velocidad, la del carro que quiere que arranque el de adelante antes de que se ponga verde, la del que se atraviesa en mitad de una intersección trancando toda la vía, la del que está apurado, la del que no tiene paciencia, la del que está distraído, la del que tiene rabia acumulada, la del que desahoga toda la impotencia ahí, en el centro del volante, como si una corneta de verdad cambiara las cosas. No cambia nada. Sólo hace más ruido y nos haces a todos más agresivos. Nos maltrata. Como maltrata la camioneta que la atraviesa porque es grande y porque puede, la del carrito que se mete porque cabe y porque también puede. Maltrata quien se estaciona, así sea cinco segundos, trancando una entrada, una salida, bloqueando el paso, entorpeciendo el tráfico, por la razón que sea, la madre que compra un helado, el niño que se monta, el perro que se asoma por la ventana, y más adelante un lugar para pararse, pero nada, el centro siempre es preferible. Maltrata el que se come la flecha, el que bloquea la acera, el paso de cebra. Maltrata el que no respeta el límite de velocidad, ni el hombrillo, ni da paso, da la vuelta en U donde le da la gana. Maltrata el que insulta cuando algo en la vía le molesta. Con palabras. Con señas. Con otras cosas. Con lo que sea.

Maltrato al entrar a un lugar en el que nadie saluda. Maltrato cuando ni te mira a los ojos la cajera. Maltrato el de la vieja que camina 10KM diarios en el parque del Este pero hace la cola de la tercera edad, y cuando le dices, señora pero es que yo estoy embarazada te dice, mija ni que la barriga fuese tan grande y allá abajo hay sillas para que te sientes. Maltrato el del que habla por celular mientras tú necesitas que te atienda. Maltrato al no recibir un por favor, ni un disculpe, ni un gracias. Maltrato al no darlos. Maltrato al no sonreír. Maltrato cuando nadie te sonríe. Por descuido. Por mal humor. Por sin simple mala educación o acumulación de resentimiento. Porque no hay razones. ¿Qué da risa aquí? Nada. O sí. A veces nos reímos del maltrato. Sin pensar en la ironía.

Maltrato en las colas. En la del supermercado. En la de la farmacia. En la del pasaporte. La cédula. Cadivi. Seniat. Cualquier ente. Maltrato al momento en que nos otorgan un derecho como si fuera un favor, casi un privilegio, como si fuera un gran logro. Cuando es lo mínimo que debe hacer un funcionario. Su trabajo. 

Maltrato en la sala de espera del médico. Orden de llegada. Horas. Horas que no le importan a nadie. Horas que no cuentan, sino para el que intenta con calma hacer honor a su nombre de paciente. Maltrato a la hora de que no hay medicinas, ni equipos, ni insumos. Maltrato a la hora de pensar que es que el médico quiere cobrar demasiado. Maltrato porque los sueldos no reflejan lo que la vida cuesta. Sobre todo cuando no hay salud. Maltrato porque es un círculo vicioso. Maltrato porque todo el mundo le echa la culpa a otro sin saber cuál es su circunstancia. Maltrato por conclusiones que se sacan sin saber, sin dialogar, porque es mucho más fácil asumir que otro tiene  la culpa de lo que nos pasa.
Maltrato en la televisión. Maltrato en la banalidad. Maltrato al ignorar los verdaderos problemas. Maltrato al no transmitir las verdaderas noticias. Las calamidades de la gente. Los verdaderos dramas. Maltrato en el desequilibrio. Maltrato en el uso de las palabras. Como libertad, verdad, corrupción. Maltrato en la falta de contenido. Maltrato en la falta de calidad. En la indiferencia. Maltrato en cada cadena en la que tratan de obligarnos a escuchar cosas que no necesariamente uno quiere escuchar. Maltrato a no respetar el derecho que tiene uno de cambiar el canal. Maltrato al minimizar a la gente. A insultar la inteligencia. Maltrato con la falta de esfuerzo en los contenidos de la mayoría de las cosas que se hacen.

Maltrato en las escuelas. Maltrato en el aula en la que el mejor profesor es que el que tiene más alumnos aplazados. Maltrato de los padres que no entienden que la escuela debe ser un aliado, no un enemigo. Maltrato en el irrespeto a la autoridad, a la profesión, a la mística de enseñar, al sacrificio de educar, a la noción de que formar es un esfuerzo colectivo, no la responsabilidad de un colegio, de un director, de un profesor. Maltrato a los maestros que se tienen que agarrar de su vocación porque el sueldo no alcanza, porque los padres cada vez exigen más y dan  menos, porque también están frustrados y cansados, porque no saben ya qué quieren para sus hijos.
Maltrato como cliente. Maltrato como trabajador. El que no llega. El que llega tarde. El que está pendiente de una comisión. Maltrato del que se quiere enchufar, del que quiere ser más vivo que los demás, del que piensa cosas como el que pega primero pega dos veces, del que piensa que está bien hacer las cosas sólo porque los demás las hacen.
Maltrato del que confunde la tolerancia con la indiferencia, con ser complaciente y mirar al otro lado pensando que lavarse las manos es así de fácil. O peor, es suficiente. Maltrato del que se cree superior al otro porque tiene más dinero, o más educación, o peor, menos escrúpulos, más ambición en lo material.  
Maltrato. Maltrato por todos lados. En Facebook. En twitter. En los blogs. Maltrato en conversaciones casuales. Maltrato en fiestas. Maltrato en un día cualquiera. Maltrato en diligencias. Maltrato en restaurantes. Maltrato en el cine. Maltrato en el aeropuerto. Maltrato en la bodega. Maltrato camino a la playa. Maltrato del buhonero. Maltrato en la venta de alimentos. Maltrato en los tribunales. Maltrato en las importaciones. Maltrato para el emprendedor. Maltrato para el vendedor. Maltrato para el ama de casa. Maltrato para el que piensa diferente. Maltrato para el que cruza la calle. Maltrato para el que emigró. Maltrato para el que vende. Para el que compra. Para el que todavía lo está pensando. Maltrato para el vecino al que le comen el retiro. Maltrato para el peatón que pisa la gracia del que dejó que su perro hiciera lo que le diera la gana. Maltrato para el que no puede dormir con el ruido. Maltrato para el que trata de lidiar con un policía. Maltrato para el que piensa que toda instución se debe ajustar a él. La iglesia. El colegio. La policía. La biblioteca. La alcaldía.
Maltrato. Maltrato. Puro maltrato. La autoestima colectiva por el suelo. Pareciera que nos han convencido que esto es lo que merecemos. Puro maltrato.  Maltrato en todos lados. De todos contra todos.
Estoy harta del maltrato. 

jueves, 12 de septiembre de 2013

Lo cortés no quita lo valiente



Este fin de semana nos vimos cara a cara con un bullie. Retrocedíamos en un estacionamiento, no vimos a unos peatones, mi esposo frenó de golpe, y acto seguido hizo lo que creyó conveniente, bajarse a pedir disculpas. ¿Por qué? Porque eso es lo que le enseñan a uno, porque le dio pena, porque se asustó, sí, porque ha podido ser una accidente, menos mal que no lo fue, porque está claro que un carro es una fuente de peligro.

Se le acercó un hombre, no tan mayor, digamos que con seguridad pasaba los cuarenta. Bajo pero corpulento, con una voz ronca de estas que te recuerdan a algunos locutores de los que hablan rápido, que sueltan palabras en ráfaga y golpeando. Y golpeado, con todo el derecho que le daba sentirse agraviado, comenzó a reclamarle de una forma que ya no era maleducada, era de bullie. Batiendo manos. Alzando la voz. Repitiendo frases sin sentido. De una forma que me hizo retorcerme en el asiento pensando, si esto no se acaba allá, vendrán golpes o algo. Porque he aquí lo que sucede con el bullie, que a medida que va soltando palabras golpeadas, el tono va subiendo, se va sintiendo más valiente y la cosa va escalando.

Mi esposo le volvió a pedir disculpas, tragó duro, y se montó en el carro, pero no pudo evitarlo, y antes de cerrar la puerta le dijo, disculpa de nuevo y la próxima vez no me grites. Eso fue suficiente para desatar la furia del señor que creía que la hora de descarga se había terminado. De forma agresiva tocó el vidrio del piloto, como quien toca la puerta pero no la quiere tocar, sino que la quiere tumbar. Apretando los labios y con expresión, de ya tú vas a ver lo que tengo yo para gritarte.

Mi esposo le abrió la puerta, mientras yo le rogaba que por favor no fuese a ser parte de un pleito, que no hacía falta, que sus hijos, que el fin de semana, lo que todos sabemos. Tenemos tanto por qué pelear. Tenemos al bullie de los bullies sentando encima nuestro, ¿nos vamos a pelear por un frenazo en un estacionamiento?

Yo la verdad no recuerdo lo que le dijo, y no lo recuerdo porque mi atención se dirigió a contestar la pregunta de mi hija, mami, ¿por qué ese señor le habla así a mí papá? La respuesta no la tuve, y no la tengo, de verdad todavía no la tengo, pero  algo tenía que contestar, así que dije lo que me salió, hija porque está asustado.

Después me arrepentí, porque el miedo no excusa semejante comportamiento. Quisiera explicarle, que esto no tiene excusa. Sí, uno es humano, pero incluso ser humano no excusa, para eso se inventó la disculpa, para pedirla, para usarla como método de reflexión. Me gustaría que también entendiera que sinceramente, aunque mi esposo haya tenido la culpa en un momento, aunque haya sido él quien debía una disculpa en un primer momento, la cual otorgó, con la humildad pertinente, luego se convirtió en el merecedor de una, que por supuesto no va a llegar. Como tampoco llegará, (espero estar equivocada) una reflexión de parte de este individuo, de que tuvo la razón y la perdió.

Incidentes como este son ejemplo de lo golpeado que está nuestro pobre país. A veces pensamos que la raíz de nuestros problemas está en el gobierno, en la gente que “todavía es chavista”, en la gente que no entiende porque no tiene acceso a educación, o vive en la pobreza, o es víctima de la violencia, entre tantos otros factores. Pero la verdad es que el golpe moral ha sido por todos lados, y me duele ver que mucha gente que uno supone instruida no sabe cómo comportarse. Me duele. Me duele como aprendimos la arrogancia, la prepotencia, el pedestal el supuesto derecho a aplastar a los demás porque creemos que tenemos la razón y eso es suficiente. Ese es el daño más grande que ha sufrido Venezuela.

Dañar al país no es nada más robar, meterse en ilícitos, tirar basura al piso, maldecir a la Vinotinto, huirle al trabajo, evitar el servicio comunitario, buscar la salida fácil en todo, contribuir con la corrupción a baja escala, es decir, buscarse un gestor para un trámite, o ceder ante la matraca de un policía de tránsito, o no pagar impuestos. Comportarse de esta forma, y más delante de niños es dañar al país. Es sumar a la violencia que nos rodea, que no es sólo balas, es la incapacidad de resolver un desacuerdo o un evento desafortunado hablando. Y aprovecho para decirles a quienes resuelven todos sus conflictos vía teléfono inteligente, que la forma más tonta de agravar problemas y crear barreras, generar malos entendidos y contribuir al desencuentro como sociedad es a través de la agresividad de esos aparatos. No es la forma. Como nos decían de pequeños, los problemas se resuelven hablando, y creo que ese gerundio no hay que definirlo a estas alturas del partido.

Usualmente ante cosas como esta me quedaba callada. Ya no. Ahora las escribo. Sin nombrar porque no me interesa. Pero lo digo, porque el país que quiero no este, es el de la gente que da, acepta disculpas, y aquí no ha pasado nada. Como en efecto no había pasado afortunadamente aquella tarde.

Es el país de la gente que sabe que a la hora de resolver un conflicto hay un primer y tal vez único mandamiento: lo cortés no quita lo valiente. 

2. Editorial Ekaré



Si no conoces Ekaré es hora de hacerlo. No importa que no seas un niño, que no los tengas, que no pienses en tenerlo. Desde los cuentos Pemones, hasta las traducciones de la serie Sapo de Max Velthuijs, (uno de mis autores favoritos y de mis hijos también). 

El trabjo de Eakré es impecable. No sólo porque la calidad de las publicaciones es indiscutible, sino porque el libro como objeto es tratado con un respeto, con una dedicación, que francamente nos hacen sentir orgullosos de que esta sea una editorial venezolana. Ekaré está presente en las ferias internacionales más importantes, así como en las estanterías de los libros de tantos niños venezolanos, que esperemos que cuando crezcan recuerden junto a los tequeños, la colita, la vinotino, a los creadores de esos libros que les abrieron la puerta al mundo de la imaginación: Los libros de Ekaré. 

Si quieren recomendaciones de libros, no duden en preguntar.

Disfruten de la lectura de este artículo.

Ekaré historia de una editorial, Por Pez Linterna en Prodavinci

miércoles, 11 de septiembre de 2013

1. "Jurassic Park en Venezuela"

Este es el artículo que me mandó mi profesor. Me dice, no todo es política, no todo pueden ser cosas malas. Esto es una buena noticia. Lo que es más, las posibilidades de que hayan más cosas. Vamos a imaginarnos que hay más descubrimientos y que de aquí a unos años contamos con un gran museo.

Como dice el artículo es el descubrimiento más grande de este tipo en América Latina. Así que debemos estar orgullosos.

Lean el artículo, si alguien desea una traducción, pues con muchísimo gusto.

http://www.huffingtonpost.com/2013/09/05/venezuela-jurassic-park_n_3876039.html

Para amar a Venezuela




Es horrible. Yo sé. Las colas. La inseguridad. La pérdida de valores. Vamos a decirlo otra vez. La pérdida de valores. El hecho de que uno casi ni se reconoce. Extraviamos el pasado. No podemos traducir el presente a un idioma que nos parezca coherente. El futuro: Más allá de la semana que viene es inventar demasiado. Es jugar a Nostradamus. No sabemos qué va a pasar a menos qué lo intuyamos basados en dos fuentes importantes: los rumores y las opiniones de algún analista que nos recuerda en copiosos artículos que las cosas están muy difíciles y cree, según su análisis, que se van a poner peor. Sí yo sé. Esto parece una película con Robert Duvall o alguien así y no llega el gringo que nos salva, o el venezolano que algún día Hollywood adaptará para que sea un gringo. Los finales Disney están en la lista de cosas que nunca están cerca cuando uno las necesita. No vamos a chocar contra el asteroide, ya chocamos. Sí. El soundtrack de nuestra vida ya no es una canción Pop, ni la última maravilla de la bandita de San Francisco que conoces porque recomendó tu amigo rockero en su twitter. Nuestro soundtrack es Martha Colomina. Es horrible. Todo es horrible. Lo sé.

Pero al final, como me escribió alguien querido hace dos posts, uno se aferra a la vida interior, a la gente que ama, ¿qué más nos queda? Cuando todo es una mierda. Cuando has perdido la fe en las instituciones, en ciertos líderes, en el futuro, y estás a punto de pensar que el problema eres tú, caer en una crisis existencial, declarar tu vida en bancarrota, la humanidad una mierda, el mundo un lugar tóxico e irreparable, y solo buscas una salida para empezar de nuevo, a la vez pensando que los comienzos son horribles sobre todo cuando no sabes dónde, ni cuándo, ni siquiera bien por qué vas a volver a empezar. Lo que queda es buscar lo bueno. Buscar un pedazo por pequeño que sea para plantar tus zapatos y así poco a poco ir estructurando tus pasos. 

Lo sé suena a mucho Paulo Coelho. Yo sé. Pero de verdad. Un poquito de confianza. vamos. Este país tiene mucho de bueno. Aquí todavía queda bueno por delante. Bueno pa´rato para decirlo en criollo. Estamos nosotros. Los escribimos y los que nos leemos y nos comentamos, y soñamos, nos animamos, nos criticamos. Mientras estemos aquí no todo está perdido. Yo lo sé. 

Lo sé, ese todo está en algún lugar con el que a veces me cuesta conectarme. Pero quiero luchar. Y como he perdido el empuje, pues voy a empezar a buscar razones. No es el petróleo y las misses nada más. Hay que buscar otras cosas. Aquí hay gente brillante, con mucho potencial, seguimos teniendo maravillas, más que El Ávila, más que Rorarima. Cosas que ni sabemos. Historias que ni escuchamos. Estamos tan pendientes de nuestro horror diario que no escuchamos más nada. Y sí. ¿Quién va a querer luchar por un país de cifras rojas? Nadie. Así que pienso reencontrarme con el amor  por mi país vía las cosas buenas.


Entre otras cosas, por dos razones, más bien casualidades de la vida, hoy un profesor me mandó un arítculo el cual va a ser mi cosa buena número uno, y otra, que mi hija empezó a cantar de la nada una canción que aprendió en el colegio, y que dice: amarillo, azul y rojo los colores de mi bandera, Venezuela, Venezuela, cada día te haremos mejor. Y se me salieron las lágrimas. Me sentí responsable. No le puedo decir a mi hija, mira me rendí, este país es solo colas. No.

Y no le voy a enseñar a mi hija otra cosa que no sea orgullo y amor por su país. Razones sobran. Aunque nos quieran convencer de lo contrario.