jueves, 31 de octubre de 2013

Soldados de Salamina




Este post me lo traigo de mi otro blog: www.lecturamagi.blogspot.com 
Quise compartirlo aquí porque este tema es muy importante para mí. Y como les comenté, estoy dedicando mi vida a los libros, a escribirlos y a promover su lectura. Porque no hay progreso sin educación, y no hay educación sin lectura. Es mi misión en la vida, pero más allá es mi pasión. Espero lo disfruten. Y están cordialmente invitados a leer y participar en Lectura Ama-Gi. 

Si fuera en este momento profesora de literatura de tercer año entraría a la clase y le diría a mis alumnos, dejen todo lo que están haciendo, olvídense de las matemáticas, (solo por un rato, no vamos tampoco a echarle a perder todo al profesor de matemáticas, sólo porque yo soy mala con los números no quiere decir que los números no son importantes), olvídense del deporte, y sobre todo de cualquier basura televisiva que estén viendo, Crepúsculo o la última serie de vampiros o los Juegos del Hambre, o del sueño, o de la flojera mental. ¡Vamos a leer: Soldados de Salamina de Javier Cercas!

Imagino que mi anuncio será seguido por una especie de suspiro resignado, y luego las miradas regresarían a sus teléfonos o al compañero al que le estaban contando la última debacle amorosa digna de un libro de mitología griega. Así son los salones de adolescentes que no entienden el entusiasmo de una profesora, de la que seguro se burlaran en sus recreos por el exceso de emoción al dar la clase. No por nada. No me lo tomaría personal, no solía hacerlo cuando daba clase precisamente en bachillerato. Entiendo que es casi el deber de un alumno caricaturizar al profesor, es parte de la búsqueda de la identidad, porque en algún momento alguno, se identifica con ese que hace todo su esfuerzo y vence todo su miedo por transmitir una idea, con convicción y pasión.

Es por esa razón que me tomaría la molestia de compartir con inusual alegría este texto. Lástima que no estoy dando clases, porque no puedo hacerlo, pero al menos por esta vía puedo compartir con padres y maestros esta idea. No. No es tanto esta idea. Estas ganas.

Creo que Soldados de Salamina es un libro que todo adolescente debe leer. En primer lugar, no hay vampiros. No es que tenga nada en contra de los vampiros, la verdad. Simplemente creo que estamos saturados de vampiros que chupan sangre y se enredan en melodramas. En Soldado de Salamina hay sangre también, pero es de otro estilo. Es justamente de la clase de sangre de la que uno tiene que hablarles a los jóvenes desde temprano.

¿Qué significa un derramamiento de sangre? ¿Qué es una guerra? ¿Quién la vive? ¿Cómo se vive? ¿Quiénes son los actores principales? ¿Cuál es el rol de un solado? Lo que es más, ¿Cuál es el rol de un bando? ¿Qué significa defender una idea, un principio? Más allá, una ideología. ¿De qué sirve? ¿Es realmente la mejor idea tomar las armas? ¿Cuándo no hay más remedio?

Otras preguntas de las más importantes: ¿Qué quiere decir eso de que “siempre termina siendo un pelotón de soldados el que termina salvando la civilización”.?

¿Qué es un héroe? ¿Quiénes son los héroes? ¿Cómo es un héroe? ¿Cuándo se hace un héroe?

¿Quién gana las guerra? ¿Quiénes las pierden? Y ¿cómo se declara eso? Más allá de un tratado firmado por las partes involucradas.

Soldados de Salamina es un libro necesario en esta época en la que vemos tanto cinismo de parte de políticos acartonados, que dan palmadas en las espaldas de viejos, cargan niños, prometen cosas que saben, en el fondo saben que no pueden cumplir, o peor, no tienen ni idea cómo pueden llegar a cumplirlas, y asumen que asegurándole a la gente que no tendrán que sacrificar nada por una vida mejor se ganarán un voto de confianza, que no los ata nada, que no supone ninguna deuda, mucho menos moral, sino que más bien sirve de puente para una carrera personal, para asegurarse el futuro propio, porque las promesas que les importan son las propias, y están acostumbrados a mentir y a hacer tragar mentiras, a evadir responsabilidades, y a nunca decir la verdad. No son todos, pero sí una gran mayoría. 

Creo que los jóvenes tienen que crecer con estas preguntas en mente, porque sea lo que sea que terminen haciendo en la vida, lo importante es que entiendan que el futuro del mundo está en sus manos. Pasamos años convenciéndolos de que son muy pequeños para hacer una diferencia, al menos eso es lo que está en los medios allí afuera. Todo es muy difícil, y nunca eres suficiente, sobre todo porque no tienes suficiente. Porque la voluntad no es suficiente. Creo que es al revés, creo que la gente debe darse cuenta del poder que tiene. Sobre todo aquellos que viven realidades terribles y se frustran porque piensan que no pasa nada, porque están esperando un héroe, un mesías, cuando la realidad es que tienen mucho más poder del que piensan.

Más allá de eso, creo que es un buen libro para abrir un debate sobre la nacionalidad y el sentido de pertenencia, y la vida en un lugar en el que se respeten las ideas. Porque una de las cosas más bellas de este libro es cómo lo protagonizan, con sus defectos y virtudes hombres de ambos bandos, y en cierta forma, a través de indagar en su humanidad se van borrando esas líneas.

Algo más. En Soldados de Salamina, está la construcción de un libro. La búsqueda de un escritor que todavía no haya bien su voz. Sus fracasos. Sus dudas. El apoyo que encuentra en otro escritor, y como estos van casi de la mano. Como la vida de uno se cruza con la de otro y con un par de palabras uno tiene de pronto una imagen nueva de sí mismo. Como un hombre se decide a tomar un camino que desde hace tiempo sabía suyo, pero que no sabía cómo tomarlo. ¡Joder! No hay adolescente que no pase por ese huracán de verse escupido por un sueño que el mundo le grita inviable. No hay despertar más duro que el del rechazo y dudar de uno mismo. Sobre todo en sistemas educativos que aún no se deshacen de viejos paradigmas. Todavía hay mucho niños escuchando que todo es imposible de boca de hombres y mujeres que se sienten frustrados porque creen que dar clases es la tarea de quienes soñaron algo y no lo lograron. 

Soldados de Salamina es una invitación al riesgo. A seguir adelante. Yo. Que escribo mis libros y estas entradas sin que nadie me lo hay pedido lo entiendo perfectamente. Y cómo me gustaría decirle a un grupo de jóvenes, que afortunadamente nos soy la única. 

Es que lo mejor de todo. Es una historia real. Así que si yo fuera profesora de literatura, entre otras cosas, hablaría con el profesor de historia, porque a pesar de que siempre estas dos disciplinas van muy cerca, en esta oportunidad son una sola. 

miércoles, 16 de octubre de 2013

No necesitamos otro héroe


Hay una canción de Mecano dedicada a Salvador Dalí que le pide, ante la inminencia de la muerte, que se reencarne como sea, porque “andamos justos de genios.” Es una frase que siempre me viene a la mente ante la partida de alguien que me hacía sentir que aportaba al imprescindible al mundo. Que su presencia, por más distante que fuese, me hacía pensar: he aquí alguien que a través de lo poco o mucho que hace contribuye a mundo mejor. 

En estos últimos tiempos también he estado pensando que hay de lo contrario y que de esos pareciera que no estamos justos. Yo recuerdo una época, cuando tenía unos diecisiete años, quería ser Secretaria General de la ONU, estudiar política internacional y dedicarme al servicio público. 

Claro que a lo largo del tiempo. A medida que fui creciendo y comenzando a ver cómo se mueve el mundo, parte del idealismo se fue muriendo. Murió eso de ser parte de la ONU. No terminé la carrera de derecho. Porque yo quería estudiar derecho por un tema de justicia, de instituciones, de otra cosa que dista mucho de la realidad. Después estudié arte, y educación, di clases, me di cuenta que lo mío era la educación, la formación y por el camino aprendí lo que era la promoción de lectura. Mis ideales se tomaron  ese camino. Porque yo estoy convencida de que esa es la única manera de formar gente que contribuya a un mundo mejor.

Ahora todo este proceso de un párrafo, no ha sido fácil, porque durante todo este tiempo no he dejado de pensar: 

¿qué ha pasado en el mundo? 
¿dónde están los héroes? 
De verdad, ¿quiénes son nuestros héroes? 

Yo veo cosas como las Kardashian, y lo que levantan, y cómo la gente no sólo las admira sino que quiere ser como ellas y lo que veo es un mundo peor. Materialistas. Superficiales. Sí bueno hacen mucho dinero, pero no aportan nada. Son ejemplos de. Nada. Gente que se ahoga en problemas como mi novio bajó rascado a la cena de trabajo de mi mamá. Yo me pregunto qué pensarán de esto quienes luchan a diario con el alcoholismo o la drogadicción en la familia. Y no hablemos de Miley Cyrus. Por favor. Con decir que es fea y fatua. Suficiente. Lo que aporta es dinero para la gente que la explota. Y bueno, el daño que la hace a las mujeres que están golpeadas en su autoestima. Casa nada. 

Ahí están algunos héroes de esta civilización. Ciertas figuras del entretenimiento, que mueven masas, influencian los valores de la sociedad, y cuando los escuchas a hablar te encuentras discurso vacíos, carentes de contenido, ninguna evolución, materialismo, egocentrismo. Lo mismo pasa por ejemplo en el arte. Ahora hay gente que se autoproclama artista. No. De verdad. Yo soy artista. Y ¡claro! Hay gente que merita la mención, y no critico al que tiene confianza en sí mismo y lo dice. Cada quién y su relación con su ego. Pero a la vez veo como el término se usa, no como algo ganado, ni siquiera para sustentar una obra o darle peso a las ideas que la persona quiere transmitir, no.  Es para sustentar un modo de vida. Generalmente la típica indigestión a medio camino de Bukowski y Arjona, el sufrido, irresponsable, de vida desordenada, que todo lo excusa porque le parece que es la única forma de hacer poesía, y yo soy artista, y bueno. El trabajo no tiene nada que ver. Sálvenos quien pueda.

Lo mismo sucede en la política. En estos últimos tiempos pareciera que la gente está clamando otro tipo de político. El sincero. El de verdad. El que dice lo que piensa. El de ideales. Pero sobre todo, el de trabajo. El de resultados concretos. Creo que nos venimos dando cuenta cómo esta gente juega el juego del poder. Y francamente es asqueroso. Creo que a eso le apostó Obama. Ojo. No seguí lo suficiente su discurso como para decir sí le creo o no. Pero lo que vi cuando tomó posesión fue alguien que capitalizó de gente que necesita creer en un sueño. Algo muy peligroso, porque no se escucharon las propuestas concretas, sino que se idealizó una figura, carismática, y se le dio confianza, porque…porque la gente necesita un héroe. Porque el mundo en general nos ha acostumbrado a los héroes. A lo que se declara así. Fácil. Mira él sonríe bonito, dice cosas que no tienen mucho contenido, pero que suenan bien. Le creo.

¿Y mientras tanto qué? El mundo cae en picada. Porque al final, son jugadores y punto. Lo que les interesa es una agenda propia. Es la relación con un partido. Es cómo me ven los medios. Qué dicen las encuestas. Cómo se ve esto. Cómo se ve aquello. Qué twitteo. Que no twitteo. La maldita opinión pública, que al final es una figura que pareciera que siempre reacciona de forma predecible, tiene muchas opiniones valga la redundancia, pero pareciera que ninguna es propia.

Me pregunto, ¿qué pasa en este mundo? Nos faltan héroes. Estamos justos. Pero no porque no existan. Sino porque nadie los conoce. Y yo creo, además, que no están muy lejos. Porque en algún lugar de la ciudad en la que yo escribo esto, y tú lees esto, y alguien más comparte esto, hay héroes. Tú mismo. Desde que te levantas. Y Luchas. Y sigues creyendo. Eres un héroe. La vida se complica, cada vez más, y aquí seguimos. Y lo que es más, estamos dispuestos a hacer lo que sea por un mundo mejor. Trabajar en el colegio de los hijos a pesar de los horarios brutales, pensar en cómo mejorar su vida, ayudar al vecino, ayudar al empleado, de la forma que podamos, con generosidad, sin miramientos, buscando un balance, entre lo que es bueno para mí y lo que es bueno para él, que al final sea lo justo para todos. Tú eres un héroe. Tú no tiras basura en la calle. Tú das los buenos días, incluso en el peor de tus ideas, tu consigues la manera de sortear tus problemas, tus deudas morales, económicas, existenciales. Incluso a lo mejor arriesgaste todo por un sueño, o no lo has encontrado. Tú cumples con quienes amas. Tú te acuestas agotado. Reconoces tus errores. Trabajas. Das lo mejor de ti mismo. Tú te entregas hasta donde puedes. No me vengas con que un jugador de fútbol es mejor que tú. Sí, lo admiramos por su talento, sí es bello, yo también lo veo y me derrito. 

Un héroe. Gente buena, más no perfecta. Que no roba. No insulta. No utiliza a los demás, sino que está clara, que en la vida, hay principios inquebrantables, que espera lo mismo de quienes le gobiernan. Que hagan su trabajo. Sin idealizar a nadie, porque me pregunto, ¿de qué ha servido endiosar a los demás?

Viene siendo muy duro el hecho de ir bajando a ciertas figuras de nuestros altares. Y jamás nos montamos allí a nosotros mismos. No quiero decir con esto que vamos a entrar en tema dañino de egoísmo y auto-endiosamiento, pero en general tenemos la autoestima baja. Vivimos en mundo que nos ha convencido que somos poco cosa y que no podemos. Que no somos ni tan inteligentes, ni tan talentosos, ni tenemos los atributos físicos suficientes, y que además todas esas cosas son muy caras y tienes que seguir invirtiendo en ellas porque si las tienes las vas a perder eventualmente.  

Yo digo que tenemos que regresar a lo básico. Yo pienso que tenemos que empezar por reconocer la importancia de la labor que hacemos a diario. Rescatar el trabajo, y el respeto. Y comenzar a exigir que quienes nos gobiernan hagan lo mismo. Al final es trabajo como cualquier cosa. Y el deber es hacerlo bien. No medir constantemente que es lo que la gente piensa. Así se hace un mundo mejor. Lo que me recuerda el final de una canción de Tina Turner, que creo es la de la película Mad Max, we don´t need another hero. Y dice No necesitamos otro héroe, entonces, ¿qué hacemos con nuestras vidas?, ¿Brillará nuestra historia como una luz? No necesitamos otro héroe.

We don´t need another hero
So what do we do with our lives?
Will our story shine like a light

We don´t need another hero.

lunes, 14 de octubre de 2013

Lo que espero



A veces hago el cruel ejercicio de imaginarme cómo sería Venezuela si en el 98 no hubiera ganado Chávez. Me imagino el Boulevard de Sábana Grande convertido en algo así como la calle Florida de Buenos Aires. Tiendas. Restaurantes. Una librería enorme, de esas a las que es un plan ir y pasarse horas, en las que tomas un vino y ves los libros, y nadie te mira como que te los vas a robar, ni te dicen que no les puedes quitar el plástico. Me imagino cenando de noche en la calle, y después viendo un festival como Las Noches Blancas. Teatro. Concierto. Poesía. Todo en la calle. Me imagino trotando, caminando, paseando. En el malecón del litoral. Reconstruido. También lleno de restaurantes. Los cruceros llenos de turistas parados allí, una heladería de esas gloriosas, un gringo que te pregunta dónde puede comprar ron, y yo señalándole una tienda enrome de Santa Teresa, en un centro comercial moderno, donde hay un cine 3D, una discoteca, un Zara, y una tienda de artesanía local, y claro una librería. Y le digo, mira es allá, pasando el Hesperia, pero antes de llegar al Fiesta Americana, si pasas el Intercontinental, te pasaste.

Me imagino que no somos esta sociedad que se levanta todos los días a cumplir su compromiso con la resiliencia. Esta sociedad que se aturde de una especie de promesa de tener esperanza, porque es que si eso se nos va, ¿entonces? Ya sabemos como es Cuba. Ya sabemos que el mar de la felicidad está totalmente contaminado. Tenemos nadando en él años y es poco a poco que nos hemos dado cuenta lo que flota al nuestro alrededor. 

No. No. Yo me quedo imaginado. Yo imagino que tenemos programas de calidad de servicio y atención al cliente, que tenemos más de un restaurante entre los mejores de Latinoamérica, que tenemos más de un actor en Hollywood, que sí, con el dinero que entró se financiaron películas que han sido nominadas en varios festivales internacionales. La tecnología. En todo sentido. Descubrimientos por todos lados. 

Imagino el Museo de Arte Contemporáneo. Imagino todo Bellas Artes. Imagino las exposiciones que se hacen. Imagino que entro y digo, yo quiero trabajar aquí, y que abro el periódico y le digo a mi esposo que el plan del día es llevar a la pioja al tour infantil de una exposición de Reverón. Y también está una de arte precolombino. Y una de fotografía. Yo imagino que el Taller de Fotografía de Roberto Mata es un edificio blanco de cinco pisos, con muchísimo vidrio, y no te quiero ni contar cómo es el café de Mayorie, y la sala de exposiciones, y es en La California, y resulta que es la zona industrial, pero cerca hay una calle de cafecitos, y uno sale de clase, de noche y te vas a comer algo por ahí. Y resulta que poco a poco se ha ido invirtiendo en transporte público, y te vas a tu casa en autobús, porque eso de ir en carro,  eso era cuando Caldera. Venezuela ahora es otra.

Me imagino que este año vamos a recorrer Venezuela en diciembre. Un viaje por toda la costa. Yo me imagino Choroní. Puerto La Cruz. Coro. Mérida. Me imagino un paseo comenzando en Santo Domingo del Táchira y terminando en Los Nevados. Esa belleza.  Imagino los hoteles. Los franceses. Los italianos. Los japoneses. Imagino el problema porque ahora se vuelto turismo de lujo y para uno es tan caro irse a montar en esas montañas, pero es que ahora hay una cadena de hoteles que no son tan caros, y resulta que los venezolanos tenemos descuentos especiales, porque hay un programa del Ministerio de Turismo, que aplica para que las familias viajen y conozcan el país, y no sabes qué maravilla. Y no sabes qué desayunos. Y que gloria recorrer este país. Y Canaima. Y La Gran Sabana.  Yo siempre había querido ver El Guri.

Claro que hacer este ejercicio es muy fácil. Imaginar. Soñar. Idealizar. La verdad es que este país no los destruyó una sola persona. Y antes de él no veníamos bien. No estaba todo bien. No necesariamente estaban todas las condiciones para ser eso que uno sueña. Porque yo lo sigo soñando. Yo sigo imaginando eso. Y sí. Lo creo posible.

Pero también creo que para que sea posible primero, no sólo tenemos que cambiar de gobierno, obviamente, sino que además tenemos que sincerarnos, reflexionar, y vernos al espejo. El despilfarro. El resentimiento, la demagogia, la flojera, el conformismo, la mediocridad, la violencia. Eso ya lo teníamos, pero se incorporó al discurso y se volvió la bandera de quienes nos pisotean, y es más, mucha gente lo usa para manipular. Mucha gente le apuesta a la desesperanza de quienes queremos trabajar, para que uno se desanime y tire la toalla, te vayas o te quedes, pero calladito y sin molestar. Lo que implica además, ser cómplice de su vagabundería, y sí, como dijo Leonardo Padrón, su rapiña.

Yo creo que tenemos que comenzar por ver a quién admiramos y por qué. ¿Qué nos pasó? ¿Cómo terminamos así? ¿Cómo se nos fue por la borda todo lo que podíamos ser? Y la respuesta no puede ser culpar a otro. Ni a otros. Hay mucho que uno hace y deja de hacer que tiene gran impacto. Cada uno de nosotros juega un papel crucial a escala mayor. Cada actitud. Cada momento de indiferencia. Todo eso tiene que ver. Incluso la actitud que exhibimos frente a los demás y su falta de principios. Cada vez que nos dejamos pisotear, por el que atraviesa su escolta, por el que pretende que veas hacia otro lado mientras te atropella.

El sueño de un país mejor es posible. Pero tenemos que estar claros en una cosa: Nadie lo va a hacer por nosotros. Ni un líder de calle. Ni un partido. Ni un gremio de empresarios honestos. Ni maestros mejor preparados. Ni policías mejor pagados. Ni la inversión extranjera. Ni la justicia internacional. Somos nosotros. Empecemos por imaginar el país que queremos, y pensar todos los días que vivimos en él. Por él. Para él. A lo Kennedy. A lo idealista. Y comencemos a exigir. Comencemos a construir. Es a punta de trabajo. No hay otra forma. Si no que el petróleo diga lo contrario.



jueves, 10 de octubre de 2013

Lo que viene

Todo se ha vuelto tan extraño. Este es el país en que el que una flecha pintada en la calle dejó de ser un indicador obligatorio sobre el sentido de la circulación y pasó a ser más bien algo así como un acto de costumbre. Cualquier cosa que haga una persona en este país tiene que ver más con su estructura interna que con la organización sistemática de la sociedad. Es decir, somos un país en el que cada quien hace sus normas. Y si haces el ejercicio y te pones a ver, sí. Esto es el caos.

Uno lo ve por ejemplo en una intersección en hora pico. Las ganas de salir corriendo son difíciles de reprimir. Ni hablar en un automercado. Ni hablar de las ganas de gritar cuando uno escucha a un funcionario del gobierno, con toda la parafernalia que implica el tener un puesto de alto rango y escuchar cosas que sólo pueden ser clasificadas como disparates. A veces pareciera que estuviésemos viendo una película de Luis Buñuel en 3D. Y entonces, algún momento alguien ¿se corta el ojo? Si eso sucediera no nos sorprendería. Pareciera que en cuanto a locura ya estamos curados en salud. Todo lo que parecía improbable ha sucedido. Cosas tan surrealistas como que aquel quien controla los dólares da un discurso diciendo que va a arrebatar los dólares al que los controla. Yo sé. Yo tampoco entiendo.
Teorías. Explicaciones. Rumores. Uno se basa en la historia. Uno pide consejo. Uno trata de pensar cuál será la mejor decisión y sigue, tal vez en un dilema que comenzó incluso antes de diciembre del 1998. Me voy. Me quedo. Me arraigo. Vivo en negación. Planifico. Me deprimo. ¿Hasta cuándo?

La calle está muy ruda. Es la inseguridad. Es la grosería. Es el atropello. Y no es nada más el enchufado. El opositor disfrazado que se puso la cacucha tricolor de la forma más hipócrita que te invitó un traguito pagado con el último guiso que armó con el gobierno, cantaron por los viejos tiempos y al poco tiempo pasó algo que te hizo abrir los ojos. Sí. Hoy en día todos conocemos alguien que ve las Kardashian y que está enchufado con el gobierno. Y uno siente que el mundo se le viene encima. Pero yo sí debo decir, por cada enchufado que he descubierto conozco a diez que están hartos de la vagabundería, y que hoy en día tiene tolerancia cero ante el ladrón, y que están claros, que el te roba a punta de pistola desde una moto no es más malandro que el que negocia una comisión, whiskey de por medio diciendo, es que algo tiene que quedá pa papá. Poco a poco las caretas están cayendo. Ahora, una de las cosas que más temía ver caer era el ánimo del venezolano.
Y la verdad, en estos últimos dáis he notado que no estamos tristes. Estamos preocupados. Estamos apagados. Pero sobre todo estamos hartos. Hartos. Hartos. Pero hartos de verdad.

Es que esto es como si hubiésemos estado años y años tratando de graduarnos, como dice un amigo mío y simplemente no pasamos la materia. Y todas las veces parece que es la definitiva. O nos hundimos o salimos a flote. Y vamos viviendo como si aquí sólo queda una de dos.
Pero por primera vez se siente que ya no es un tema de elecciones. Ya no depende ni del que no está, ni del que no ganó, o del que ganó para representar a los que sienten que nunca han ganado. Ahora se siente por primera vez que es una de más de la mitad de un país. Un grupo de gente que cada vez es más grande que se está dando cuenta que esto jamás fue cosa de una sola persona. Ni la destrucción la hizo uno solo, ni la reconstrucción depende de una sola persona.

Vienen días muy duros. Porque vamos a tocar fondo y eso nos va a enfrentar con verdades que durante mucho tiempo no hemos querido ver. Vamos a entender para qué servían los valores que durante mucho tiempo tanto despreciamos. Vamos a entender por qué es importante tener palabra, y cómo le duele a un pueblo que se la rompan. Como duele cuando el que creíste idealista es un cínico. Como duele que las oportunidades se pierden porque un oportunista capitalizó con el dinero que era para el bienestar colectivo. Vamos a entender como duele eso que llaman reconciliación. Porque eso viene. Y vamos a tener que ejercer en muchos casos la tolerancia. Y es muy fácil ser tolerante con el que piensa como uno, con el que siempre ha pensado como uno, pero no es fácil mirar a la cara y entender que tienes que compartir espacio con el que te hizo tanto daño.

Pero el venezolano es tan resiliente. El venezolano tiene una cualidad para la que no hay palabras. Lo he visto. Lo he sentido. Aquí escasea de todo. Aquí lo que se vive es horrible. Pero aquí lo que está comenzando a escasear es el miedo. Aquí lo que está comenzando a escasear es el silencio. Y todo esto me recuerda una canción de Tracy Chapman, talkin about a revolution. Don´t you know, they are talking about a revolution, it sounds like a whisper. Y con toda la ironía del caso, en la calle se siente esa especie de secreto a voces. La gente cada vez habla más alto.

Somos una gran mayoría los que queremos un país distinto. Somos una gran mayoría quienes creemos en la decencia. Y sí. El daño que nos  han hecho tardará generaciones en recuperarse. Pero no es imposible. Un nuevo país va a surgir. De ello estoy segura. Yo lo he visto en estos días en los ojos de la gente.

Yo siento que algo en mí ha cambiado. Yo siento que como venezolana vivo un tiempo nuevo, y que tengo una misión en mi país. No es tal vez la de un gran líder. Es la de aquel que aporta un grano de arena. Y yo creo que a medida que cada uno de nosotros descubra la fuerza y el poder de su voz, que se reencuentre con su patriotismo y nos demos cuenta que el país que queremos no sólo es posible, sino que hemos mantenido esa posibilidad al no habernos dejado doblegar durante catorce años, al habernos mantenido firmes, con esperanza y siempre luchando sin comprometer nuestros principios, ese día las cosas van a cambiar. Y ese día está cerca.


Así que nos desmayemos. Los titulares son cada vez peores. Pero quienes queremos cambiarlos somos una inmensa mayoría.