viernes, 10 de enero de 2014

Hartos de las Colas Comunistas


En 1997 fui a Praga con mis padres. Llegamos al castillo y la cola para entrar era muy larga. La guía que nos acompañaba nos dio algunos detalles y luego dijo que nos esperaba afuera, que ella no iba a hacer cola para entrar. Le pregunté por qué y entonces vino una respuesta que jamás olvidaré, no sólo las palabras, sino el tono, la forma como afincó sus ojos en el vacío, clavándolos en un recuerdo que cuyo dolor de pronto lo invadió todo, “porque estamos hartos de las colas de los comunistas”. Estábamos en la Praga en la que aún se notaba el peso de hierro de los años soviéticos. La falta del color, el sabor de la comida, y las expresiones de la gente. Expresiones como esta. Llenas de una rabia que la democracia avenida no había aliviado aún. Jamás pensé que yo llegaría a entender y a compartir ese sentimiento, mucho menos desde un lugar en que el que todavía se ignora si seremos libres de nuevo.

Esa carencia de libertad, que todavía muchos no entienden se expresa en ese fenómeno al que nos han ido sometiendo: las colas.

Ya no es cosa que extrañe, pasar frente a un mercado y ver que sale del recinto una cola que serpentea por las aceras. Uno ve las caras de la gente. Personas con las que he hablado dicen que ven resignación. Yo no veo resignación propiamente, es como una suerte de tristeza, como un vacío, de miedo, de incertidumbre. Yo veo más bien desesperación. Una desesperación que no sabemos cómo canalizar.  

Leche. Azúcar. Harina. Papel higiénico. Arroz. Aceite. Servilletas. Papel Absorbente. Mantequilla. Harina Pan. Son algunas de las cosas que generan colas. Porque todos las buscamos, como animales desesperados, como gallinas que ven entrar al granjero con un saco de maíz. Eso nos hemos vuelto. Animales. Porque tenemos que comer, apelamos también al instinto para buscar el alimento, ya no la razón.

Ya cada quien tiene su dinámica, que parece bien pensada, pero es casi animal Nos avisamos unos a otros que en tal lugar está llegando, que en tal otro hay, que apúrate que la cola no está muy larga, yo hago la cola, después me pagas y la próxima vez vas tú. Así empleamos tiempo, esfuerzo, ganas, emoción, que nos roban la esencia de la vida, el tiempo en que deberíamos ser productivos. En vez de estar soñando con una meta, trabajando por ser mejores, sudando un futuro mejor, estamos soñando la inmediatez de un producto básico. Sin saber bien por qué, entendiendo en forma vaga quién es el culpable, pero buscando uno más cercano.

Es así como se genera el odio con el vecino. Pensamos en esa persona que tiene mucho aceite en su casa, y la odiamos. Pensamos en aquel que hizo un negocio sucio y lo odiamos más todavía. Pensamos en el que simpatiza con este régimen y la posibilidad de reconciliarnos se hace imposible, porque consideramos que lo que nos han robado es imperdonable. Han sometido a todo un país, a toda una generación que no ha conocido nada diferente, y nos están despojando, aunque no nos maten, de lo más preciado que tenemos la vida.

Odio las colas. Me parecen denigrantes. A primera vista parecen una forma de mantener el orden, pero no lo son. Son una forma de sometimiento, una manera de apaciguar, de humillar, de vejarnos sin que nos demos cuenta, sin que podamos decir que alguien aplicó la fuerza sobre nosotros. No nos damos cuenta, no tenemos chance de pensar en la vejación principal, la de obligarnos a hacer la cola, la de robarnos el tiempo para producir, para pensar, pero sobre todo, para decidir.

Lo que más me frustra no son sólo las colas en sí. No es nada más que estás esperando y de repente llegan diez personas a quien alguien les está guardando el turno. No es cuando reparten números, ni una señora que corre maratones se trata de colear diciendo que ella es de la tercera edad, ni la mujer embarazada por la que tratas de sentir compasión, pero a la vez no puedes dejar de pensar en tus hijos y en ti, sí en ti, porque no puedes evitar ser egoísta. Es un detalle, ese que está en la mirada de los que esperan y van avanzando turno por turno.

Es que estamos hartos de las colas, pero no terminamos de frustrarnos, y de entender que las colas se acaban el día que digamos ¡Ya basta! Y que eso nadie, ni líder, ni santo, ni profeta, lo hará por nosotros.