miércoles, 15 de enero de 2014

Las lecciones de nuestros Maestros




Nota: Si lees esto. Se lo debes a un maestro. Tarea para el día de hoy: Buscar un maestro y darle las gracias.

Richard Weinback se llamaba el maestro que me abrió el camino para entender que lo que yo quería en la vida era educar. Tenía catorce años y la clase era Historia Europea. Recuerdo que llegué a su salón con una profunda flojera sobre el tema, que entre globos terráqueos y libros veía que esa clase, la última los viernes por la tarde, sería una tortura semanal. La constante carrera con el reloj de la pared que se negaría a pasar rápidamente para liberarme cerca de las tres y media y dejarme disfrutar mis penas y alegrías de adolescente atormentada. Recuerdo que en las primeras clases él me dijo, un día verás cómo lo que aprendes aquí será precisamente lo que los hombres admiran en ti. Yo pensé, está loco, el último tema que tocaría con un hombre sería historia europea. Por supuesto estaba totalmente equivocada. Al final de año no sólo tocaba el tema con mi novio, o presuntos novios, sino que me apasionaba, quería leer más, aprender  más y compartir ese nuevo mundo que había descubierto. Yo soñaba con dar clases de historia junto a él. En ese internado en Estados Unidos. Ese año me di cuenta que quería ser maestra.

Otro de mis profesores había sembrado una semilla en mí, que tardaría todavía un tiempo en terminar. Paul Bergan se llama, me daba clases de literatura. La lectura más apasionante de La Odisea que se puedan imaginar la escuché en su clase. Ya yo estaba enamorada de los libros, pero no veía todavía que ese sería mi camino a la educación. Que uniría las dos cosas para hacer y reconocer mi misión en la vida. La educación a través de la lectura. Amaba los libros, pero aún no había entendido la fuerza que tenían, la pasión que despertaban en mí, y cómo serían de determinantes en mi camino. Hoy por hoy pienso en mis libros, en el que escribo, los que quiero escribir y sobre todo los que leo. Finalmente me doy cuenta que nada me va a detener en mi viaje hacia ese destino que es compartirlos, cambiar vidas, cambiar el mundo a través de la lectura y la educación.

Si uno busca en la biografía educativa se da cuenta que en algún momento, a través de lo bueno y lo malo, nos cambió la vida un maestro. Los que nos ayudaron a entender quiénes éramos, los que fueron una traba y nos enseñaron a luchar por nuestros principios, los que nos dieron ese regaño que  jamás olvidaremos, los que enseñaron su materia de una forma tan clara, tan apasionada, que todavía recordamos ese concepto que ya muchos olvidaron, está el maestro que nos enseñó el cariño, el maestro que nos enseñó también el desprecio, incluso, aquel que nos enseñó la humillación, está el que nos enseñó el valor del conocimiento, el que nos enseñó el valor de la humildad, el que nos ayudó a reconciliarnos con ese amigo, el que nos abrió los ojos ante la locura que íbamos a cometer, el que tuvo una palaba de consuelo cuando nos equivocamos, el que fue implacable, el que fue consciente, el que fue cómplice, siempre cómplice de todas nuestras rebeldías. Está el que nos hizo pensar, reflexionar, el que nos enseñó a cambiar de opinión. El que nos dio la lección de hacer lo correcto, el que nos enseñó integridad, el que nos enseñó frustración. Está el que amamos profundamente, está aquel que nos hizo suspirar, que nos enseñó el dolor de los amores imposibles, que todavía recordamos rodeado por un aura, por un misticismo extraño, de esos amores intocables, profundos, dolorosos y a la vez sublimes. También está el maestro que nos enseñó el miedo. Aquel a cuya clase no queríamos entrar, en la que aprendimos la duda, la inseguridad, aquel en cuya presencia nos sentíamos disminuidos en todo sentido.  

De todos aprendimos una lección. De cada clase, incluso de las peores, de las que salimos diciendo esto no nos dejó nada, aprendimos algo. Nos traemos algo a este presente. Los maestros han sido, sin que lo sepamos muchas veces, las personas más importantes en nuestra vida. En cada idea, en cada palmo de nuestra forma de pensar, de conducirnos, de actuar frente a nosotros mismos, los demás, y las situaciones que nos presenta la vida, está un maestro.

Es por eso que es la profesión  más importante para una sociedad. Si lo sabremos nosotros, que en el tercer mundo sufrimos las consecuencias de la educación fallida, de las carencias en el aula, de la falta de compromiso, del irrespeto en todo sentido hacia el educador.

La Podemos hacer lo que sea en la casa, pero al final, si les falla el sistema, es como una silla a la que la falta una pata. Hace falta el compromiso del maestro, y a los maestros les hace falta nuestro apoyo y reconocimiento. 

Yo por mi parte jamás dejaré de darles  las gracias a quienes influyeron en mi vida en este aspecto. No sería nada sin ellos. Y me atrevo a decir, que la vida de quien está leyendo esto tampoco.