lunes, 13 de enero de 2014

¿Qué me llevo si me voy?



Cuando tenía diecisiete años y vivía en el internado en Estados Unidos mis papás me regalaron un documental sobre Isaías Medina Angarita. De tantas cosas que recuerdo la que más me impactó fue la parte sobre el final de su vida. Luego de haber sido exiliado, cuenta su esposa, que cuando ya estaba muriendo le permitieron regresar a Venezuela, y apenas se bajó del avión se lo llevaban en silla de ruedas y con el ímpetu de los viejos le ordenó al enfermero, “¡Páreme! Quiero pisar suelo venezolano!”.

Yo estaba en plena adolescencia cuando vi el documental y me emocionó profundamente, más de lo que la historia suele conmoverlo a uno tan temprano en la vida. Quizás por lo bien que estaba contada y porque yo estaba en pleno exilio, o algo por el estilo. O lo que eso puede ser para una adolescente que se fue huyendo de un colegio en el que no se encontraba. 

No me reconozco desde hace años entre muchos algunos de mis compatriotas. Y no hablo del chavismo. Es otra cosa. Algo mucho más profundo de nuestro gentilicio. No era sólo mi colegio, era algo generalizado, que se repetía y se sigue repitiendo hoy cada vez más. Hoy es casi imposible para un colegio expulsar un alumno. Porque la política de estado es enseñar que la indisciplina, el irrespeto, la vulgaridad, y otros antivalores. No hay castigo, ni vale la pena, lo que importa es la impunidad, el caos, y sobre todo jamás asumir que algo es nuestra culpa, nuestra responsabilidad, y hay castigos y consecuencias frente a ciertas acciones y omisiones. No se le permite a nadie aprender, ni asumir, ni mucho menos tomar control de lo que hace.

En estos días todo el mundo habla de irse. Irse “a la como sea”. Dividir familias. Abandonar trabajos. Buscar oportunidades. Como sea. Buenas. Malas. En países en los que nos identificamos por algo o por casi nada, o los que nos eran totalmente impensables hace dos meses, pero que de pronto se convierten en una especie de Meca o de tierra prometida porque son cualquier cosa menos este infierno, porque están llenos de todo lo que aquí no hay, desde azúcar, leche y carne, hasta valores. 

A veces me pregunto si todo eso vale la pena, y qué le llevaremos a otras tierras. Si en algún momento nos vamos a poner a pensar lo que no le dimos a Venezuela, una vez que entendamos qué era lo que Venezuela necesitaba, porque pareciera que estamos aquí sólo para exigirle al país que nos de, pero pocas personas se han parado a mirarse en el espejo y aceptar con tristeza qué fue lo que no le dieron al país. Sí. Es doloroso. Y no sé si haya esperanza. Tal vez ya sea demasiado tarde para darlo, pero la verdad es que aquí falló un sistema que nos enseñara que a los países también se les da, que por las cosas se lucha, no desde el extremo y la exageración, y esa especie de drama que nos caracteriza, en el que nos damos golpes de pecho, nos victimizamos y culpamos a otro, sino desde  la proactividad, la inteligencia, la creatividad.

Entiendo que a veces la única forma es irse. Para nada intento acusar o señalar a los que se van, porque yo misma he perdido las esperanzas y no creo imposible que ese sea el camino que tome, pero también creo que tenemos que ser muy honestos con lo que dejamos atrás, y creo que tenemos que pensar bien en lo que significa exiliarse, en lo que le vamos a dar al próximo país, al que tendremos que querer como nuestro. Creo además que tenemos que preguntarnos qué significa querer un país.

Siempre he admirado eso de los americanos. Es cierto que Estados Unidos no ha pasado por situaciones como la nuestra, pero a mí me costaría mucho ver a un gringo abandonando su patria. La última vez que estuve allá me tocó ver en el aeropuerto de Atlanta a un grupo de soldados en uniforme. La gente se les acercaba y les daba las gracias por su servicio. Ellos se llenaban de orgullo, de honor, los demás, de una humildad tan grande, que cuando a uno se le salieron las lágrimas yo no pude evitar hacer lo mismo. Casi estuve a punto de ir a agradecer yo también, además explicando mi situación, ser de otro país, no tener que sentir patriotismo americano, y además estando en desacuerdo con algunas de sus acciones. Lo cierto es que al final del día esos soldados le prestan un servicio a la gente, sin influir en las decisiones políticas. Es un tema humano. Muy humano. Me conmovió. Quería darles las gracias por la lección de patriotismo y disculpas por cierta envidia. Explicarles que en mi país a veces sentimos vergüenza, miedo, rencor hacia los militares, que eso aprendimos. Atropello. Injusticia. Abuso de poder. Resentidos con nuestra patria en vez de agradecidos y humildes. Le tenemos rabia, como si haber nacido aquí hubiese sido un castigo. Como si la nacionalidad no se ejerciera también, y fuese sólo un derecho. 

No dejo de pensar que lo que realmente escasea. Además de tantas cosas es el amor por este país. Lo olvidamos. O tal vez no lo olvidamos. No nos enseñaron a quererlo. Entre paupérrimos profesores de historia que no conocían nuestro pasado, que jamás dejaron en el aula la noción de que la Patria se quiere y duele, que no es sólo “me encantan los tequeños, la colita y que somos alegres, bueno también el clima y las playas”. Es algo mucho más profundo que eso. También en muchos hogares, lamentablemente, se enseñó otra cosa, la idea de que las cosas están ahí para tomarlas sean de quien sean. El compromiso con la tierra. La sensación de que esto no es un hotel, ni un lugar de paso, ni una mina, sino una tierra que es nuestra, que no se entrega, que no se negocia, que se venera, como a una madre, como una familia. Faltó la mística del venezolano. Ese que jamás dejaría que le hablen mal de su patria.

No sé si el destino de todos sea irnos. No sé si toca salir y no mirar atrás. Al final cada uno tiene sus razones, sus formas. Yo no soy quien para juzgar, ni lo hago, pues cada vez son más las ganas y muchas veces he sentido el desapego. Me he sentido extranjera, fuera de lugar. He sentido miedo, y hoy en día y aunque me duela siento vergüenza de muchos venezolanos, de toda condición social, que son directamente responsables de esta debacle, y que se robaron no sólo nuestro patrimonio, sino el futuro en este país. 

Sin embargo también me pregunto, ¿qué he hecho yo para cambiar eso? Y si me voy, ¿qué me llevo a ese otro lugar? ¿Qué voy a aportar? Más que trabajo, ganas, pasión. Tiene que haber algo más. Y sí, yo si me voy  lo haré con una mano el corazón para que no se me caiga, y la otra con los dedos cruzados para volver a pisar suelo venezolano, como aprendí a decirlo de ese presidente. Sea lo que sea mi país, yo siempre lo querré y estaré orgullosa de ser venezolana. Si no lo estoy. La culpa es mía. 

7 comentarios:

Ira Vergani dijo...

Yo hoy te escribo desde el lado de quien decidió irse y lo que pasa es que la decisión, aunque dificilísima, se reduce a algo más sencillo que todo el análisis que haces (y que yo también he hecho por cierto). Porque sí bastan las ganas, la pasión y el trabajo, quién dijo que se necesita más? Todo lo que uno se lleva cuando se muere es lo que vivimos con pasión, lo demás no es realmente necesario. En mi caso, esta es una salida para vivir de verdad, para vivir una vida en donde uno se tenga que preocupar por lo que realmente se deba preocupar, en donde hayan oportunidades para CRECER. Yo no quiero seguir preocupada o paranoíca por la seguridad, yo me cansé del maltrato, yo me cansé de perder horas de un fin de semana que podría pasar de calidad con mi hijo zanqueando supermercados, yo me cansé de que TODO absolutamente TODO sea tan complicado, me harté de sentirme extranjera en mi propia patria (sí, uso el término patria), me obstiné del odio y de como ese odio se va metiendo en nuestras casas porque creeme amiga que estoy comenzando a odiar yo y eso no me lo puedo permitir. Yo lamentablemente tuve que admitir que este país, no es el país que nosotros creemos que es, el país que nos mueve las entrañas y que hizo que aquel señor que mencionas quisiera pisar nuestro piso, ya no existe. Es doloroso, terriblemente doloroso, pero con todo el dolor de mi alma tengo que reconocerlo.

sh dijo...

que llevarte si te vas? HARINA PAN!! no sabes lo que rompen las bol.. los venezolanos cuando no la encuentran!!! :)

Manuela Zarate dijo...

Es duro Ira. Todos nos sentimos así. Yo creo que tenemos que reconciliarnos con el país antes de irnos. He estado leyendo mucha historia, y eso me ha ayudado. Eso te ayuda a comprender que mucho de lo que creemos que es nuevo no lo es. Mi conclusión es que nos falló la educación, y así fue como le fallamos nosotros al país. En fin amiga. Quién sabe y siga tus pasos antes de lo que pienso.

SH, no me lo tienes que decir, aquí no se consigue. Y no es joda, en el extranjero es más fácil que aquí. En estos días traduzco un artículo que escribí en inglés sobre cómo artículos del día a día nos han convertido en contrabandistas. Es horrible.

Manuela Zarate dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Ira Vergani dijo...

Es así Clara, yo honro y agradezco a este país que haya recibido a mis abuelos que se vinieron como dicen por ahí con una mano delante y otra detrás desde una Italia post-guerra buscando un futuro para sus hijos. Le agradezco infinitamente las oportunidades que ellos tuvieron porque gracias a esas oportunidad es que hoy puedo decidir irme. En este suelo pasé 39 años de mi vida durante los cuales me pasaron cosas maravillosas, en este país dejo enterrado el cuerpo de mi abuela amada y este país me regaló a mi hijo, cómo no amarlo, honrarlo y agradecerle. Pero como todo en la vida, llega un momento en donde tenemos que ser valientes para reconocer cuando ya no pertenecemos a un lugar, un grupo o una relación y cuando es hora de movernos y perseguir nuestros sueños a donde quiera que ellos nos lleven.

Ira Vergani dijo...

Es así Clara, yo honro y agradezco a este país que haya recibido a mis abuelos que se vinieron como dicen por ahí con una mano delante y otra detrás desde una Italia post-guerra buscando un futuro para sus hijos. Le agradezco infinitamente las oportunidades que ellos tuvieron porque gracias a esas oportunidad es que hoy puedo decidir irme. En este suelo pasé 39 años de mi vida durante los cuales me pasaron cosas maravillosas, en este país dejo enterrado el cuerpo de mi abuela amada y este país me regaló a mi hijo, cómo no amarlo, honrarlo y agradecerle. Pero como todo en la vida, llega un momento en donde tenemos que ser valientes para reconocer cuando ya no pertenecemos a un lugar, un grupo o una relación y cuando es hora de movernos y perseguir nuestros sueños a donde quiera que ellos nos lleven.

lucykeme dijo...

Excelente como todo en tu blog! lo que dices de los americanos estando yo muy joven en clases de francés en Boston justo eso era el tema de nuestra clase de conversación. Nos enseñaban el patritismo americano a través de personajes en películas y a mi se me quedó grabado